“El nombre es la frontera que divide el territorio del sentido del desierto del delirio”.
(El silencio del nombre, Esther Cohen).

Pastor alemán, Otto Dix, temple y óleo sobre tabla, 1928.

Es necesario ejercitar la memoria para evitar caer en la Nada que nos seduce a través de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías, aliados bien adiestrados al servicio de un proyecto de sociedad ya denunciado por Aldous Huxley en Un mundo feliz, novela que describe un universo en el que “todos pertenecen a todos”  y, por tanto, la identidad es contemplada como un tumor a extirpar.

Hay que acudir a la memoria, hay que recordar Auschwitz, Hiroschima y el Gulag, las tres grandes residencias de la desolación, los tres grandes laboratorios de la deshumanización. Hay que recuperar los testimonios de aquellos que, muertos en vida por la atroz experiencia, encontraron fuerzas para revivir el Infierno sufrido con el único objetivo de contar la muerte en masa, el exterminio de la individualidad.

Hay que escuchar a los hombres que escribieron sobre la muerte que no tiene el consuelo de un nombre, de un duelo, de una fecha para recordar. Hombres que dedicaron su existencia pos-campo a la ardua tarea de concienciarnos sobre el lado oculto y brutal que anida en todo ser humano, independientemente de su credo y de su inteligencia.

Hay que rescatar las voces que hemos intentado silenciar por creerlas del pasado, hijas nacidas de tiempos acotados. Hay que volver a ellas, escucharlas, porque son voces que explican la muerte organizada y tecnificada, y el papel jugado por la burocracia en la aniquilación de razas y de contrarios a los sistemas totalitarios. Hay que practicar la empatía con el dolor ajeno para evitar causarlo, para impedir que la indiferencia se vuelva pandemia.

Sabemos que somos constructores de un mundo enajenado, polarizado, egoísta, descreído. Sabemos que el terrorismo se alimenta de las debilidades de las democracias y que estamos debilitados. Nos hemos convertido en ignorantes voluntarios, en orgullosos cobardes, en desinformados espontáneos. Pero somos responsables de la sociedad que habitamos y debemos actuar para frenar el nihilismo reinante.

“Lo único que vislumbramos es un precipicio sin esperanza… No vivimos en un mundo ‘destruido’, sino en un mundo ‘desquiciado’. Todo rechina y cruje igual que el aparejo de un velero que naufraga”.

Es importante volver a leer, volver a recordar las experiencias de aquellos que sufrieron la maldad de hombres ilustrados. Es importante entender e importante no olvidar, porque el olvido paraliza la justicia y sin justicia el ser humano pierde la esperanza y, con ella, los estímulos necesarios para construir su futuro.

Hoy dedico esta entrada a Los narradores de Auschwitz, de Esther Cohen. Es un ensayo imprescindible para todo lector interesado en los textos que describen la naturaleza de los campos de la muerte. Pero en esta obra también están presentes autores que se adelantaron a su tiempo y relataron lo que pocos años después sucedería para vergüenza del siglo XX.

Escritores que percibieron la oscuridad que se avecinaba, como Franz Kafka y Joseph Roth (“Los libreros nos rechazarán. Las tropas de asalto de las SS romperán los escaparates”, leemos en la carta que Roth envió a su amigo Zweig el 6 de abril de ¡1933!), ocupan varias páginas de este libro; como las ocupan también Albert Camus y Hannah Arendt, intelectuales que denunciaron la “muerte anónima”, aunque no pisaran las trincheras ni se apretujaran en los barracones.

En Los narradores de Auschwitz los escritores que vivieron en primera línea la barbarie tienen un sitio destacado: sus memorias, poesías, novelas, ensayos, cartas y diarios no son olvidados. Pero este texto no es un estudio literario, es un trabajo centrado en las ideas del escritor que avisa. Este libro ahonda en el pensamiento de los narradores de la barbarie, porque Esther Cohen comparte el mismo propósito de los autores que estudia, porque somos, nos dice, “querámoslo o no, herederos de Auschwitz, de Hiroschima, del Gulag”.

Victor Klemperer, Primo Levi, Jean Améry, Paul Celan, Etty Hillesum, Imre Kertész,
Jorge Semprún… contaron sus experiencias para mantenerlas vivas. Y no lo hicieron por perversión, por recrearse en el dolor, sino para homenajear a sus muertos y para concienciar a la sociedad, en un intento desesperado de evitar nuevas catástrofes.

-¡Cuidado! ¡No te silencies! -gritaron hasta desgañitarse, pero no los escuchamos. Total no eran más que unos gafes, unas personas que no encajaban en ninguna parte. Estábamos tan ocupados en rehacer lo destruido, tan avergonzados de nuestro comportamiento, que no prestamos oídos a los grillos de la conciencia.

Se ha sobado tanto la historia, se ha hecho de manera tan descarada, prostituyendo los mensajes, frivolizando, creando versiones guionizadas por sustitutos que han ocupado el puesto de los verdaderos testigos que, al final, el resultado conseguido -y pretendido, que esta situación no se ha dado porque sí- es el hartazgo. Nos hemos cansado de escuchar, hemos desconectado, hemos olvidado y, al hacerlo, hemos construido, como diría Esther Cohen, “un tiempo no comprometido”.“La belleza es atractiva, y no queremos que el pueblo se sienta atraído por las cosas viejas. Queremos que le gusten las nuevas”.

La barbarie del siglo XX, esa navaja que parte en dos la historia, mutilando a la humanidad, creando una sociedad nueva con una concepción del hombre diametralmente opuesta al concepto humanista anterior a la Primera Guerra Mundial, está descrita en una serie de libros que deben ser rescatados del olvido. No sólo por hacer justicia a los idos -justicia, palabra cada vez más prostituida-, sino para evitar la tentación de caer en la hibernación que nos ofrece la Nada. Eso si queremos ejercer, al menos, el derecho a vivir nuestra propia muerte, a que nadie, en nombre del Estado, imponga sobre ella el anonimato.

A continuación voy a dejar aquí una serie de autores y títulos que considero deben formar parte de cualquier biblioteca que se precie de serlo, algunos de estos libros son analizados en el ensayo de Esther Cohen Los narradores de Auschwitz. Para mí no son títulos desconocidos. Los he leído todos.

Entiendo que para Primo Levi la única terapia posible fuera la de contar, una y otra vez, la misma historia y comprendo la falta de clemencia de Jean Améry consigo mismo: un hombre que no quiso olvidar ni cuando dormía.

Entiendo la bondad infinita de Etty Hillesum, que hizo lo indecible para que sus ancianos padres no sintieran todo el rigor del campo a donde estaban destinados y entiendo que subiera al vagón, con destino al crematorio, cantando y que tuviera tiempo para describir en las cartas los arco iris que brillaban sobre los barrizales. Comprendo que no aceptara, a pesar de saber que podría librarse de la muerte con un poco de suerte, la oferta de participar en el Consejo Judío que decidía, cada día, quien partía a los crematorios y quién se quedaba hasta la siguiente ronda.

Entiendo el afán de Victor Klemperer para hacernos comprender las consecuencias nefastas de la unificación del lenguaje y comprendo la forma novelada utilizada por Jorge Semprún para contar su calvario.

Entiendo a la Hannah Arendt de Los orígenes del totalitarismo y no comprendo a la abducida de Eichmann en Jerusalén, que con su teoría de “la banalidad del mal” diluye el “mal radical” . La tortura y la muerte en masa son el producto de una voluntad de hacer daño. ¿Qué nimiedad hay en estos actos conscientes y depravados, Arendt?

Entiendo el quebranto que alberga en la poesía de Paul Celan y comprendo los desgarros de Walter Benjamin, y hasta entiendo el por qué de tantos suicidios: fueron nuestro silencio y nuestra recaída los que hicieron la vida insoportable a aquellos intelectuales que creyeron dar un sentido a su vida contando lo sucedido.

Entiendo todas las formas de expresión, todos los modos utilizados -modos directos e indirectos, idealistas, realistas, pesimistas, áridos…-, los gritos y los susurros empleados para alertar sobre el terror organizado, sobre la humillación, el sometimiento y la muerte en masa.

Y de todos los llamados son  el rugido de Améry y la plegaria espiritual de Hillesum los que más me conmueven.

Entiendo, sencillamente, porque los he leído.

“Vivimos en una época en que acontecimientos similares al Holocausto son posibles”, advirtió Primo Levi percibiendo el silencio sofocante que lo rodeaba y que quizás fuera el causante de que se precipitara por el hueco de una escalera. Ese silencio era el preludio de una era orientada a ambicionar y a soñar en masa.

“El lenguaje es más que sangre”.
Roland Rosenzweig

LTI. LA LENGUA DEL TERCER REICH
Victor Klemperer)


“Desde el primer día de guerra y hasta la caída del Tercer Reich, todo lo que es heroico en la tierra, en el mar y en el cielo, lleva el uniforme”.

LA TREGUA
(Primo Levi)


“La libertad, la improbable, imposible libertad, tan lejana de Auschwitz que sólo en sueños osábamos esperarla, había llegado: y no nos había llevado a la Tierra Prometida. Estaba a nuestro alrededor, pero en forma de una despiadada llanura desierta. Nos esperaban más pruebas, más fatigas, más hambres, más hielos, más miedo”.

MÁS ALLÁ DE LA CULPA Y LA EXPIACIÓN
(Jean Améry)


“Sobre mi antebrazo izquierdo llevo tatuado mi número de Auschwitz, es de lectura más suscita que el Pentateuco o el Talmud y, sin embargo, contiene una información más exhaustiva”.
“Yo me rebelo contra mi pasado, contra la historia, contra un presente que congela históricamente lo incomprensible y con ello falsea del modo más vergonzoso. Ninguna herida ha cicatrizado y lo que en 1964 parecía a punto de sanar, vuelve a abrirse como una pústula”.

KADDISH POR EL HIJO NO NACIDO
(Imre Kertész)

“En esos años reconocí también la verdadera naturaleza de mi trabajo, que no es otra cosa que cavar, seguir cavando la fosa que otros empezaron a cavar por mí en las nubes, en los vientos, en la nada”.

DIARIO
(Etty Hillesum)

“(…) No es que quisiera partir a toda costa, por una especie de masoquismo, o que desee ser arrancada del fundamento mismo de mi existencia, pero dudo que me sentiría bien si me fuera ahorrado lo que tantos, en cambio, deben sufrir”.

LOS HUNDIDOS Y LOS SALVADOS
(Primo Levi)

“De cualquier manera que termine, esta guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar, el mundo no lo creería (…)”.

LA ESCRITURA O LA VIDA
(Jorge Semprún)

“Les enseñé la hilera de hornos, los cadáveres medio calcinados que habían quedado en su interior. Casi no les hablaba. Les nombraba sencillamente las cosas, sin comentarios. Era necesario que vieran, que trataran de imaginar”.

EL CORAZÓN PENSANTE DE LOS BARRACONES (CARTAS)
(Etty Hillesum)


“No será fácil construir un puente entre los habitantes del campamento y los miembros del Consejo Judío (…) Hay mucha gente de negocios que antes comercializaba dentríficos y ahora judíos”.

OBRAS COMPLETAS
Paul Celan“La Muerte es un maestro alemán su ojo es azul/ él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú”.

DIARIO DE LA GALERA
(Imre Kertész)

“Empiezo a comprender qué me salvó del suicidio ( de seguir el ejemplo de Borowski, Celan, Améry, Primo Levi y otros). La ‘sociedad’ , que tras la vivencia del campo de concentración demostró, en la forma del llamado estalinismo, que no se podía ni hablar de libertad, liberación, gran catarsis, etcétera, de aquello que los intelectuales, pensadores y filósofos de otras regiones del mundo más afortunadas no sólo mencionaban, sino en lo que a buen seguro creían; me salvó la sociedad que me garantizaba la continuación de una vida esclavizada y que de este modo excluía también la posibilidad de cometer cualquier error. Por eso no me llegó el aguaje de la desilusión (…)”.

EL NARRADOR
(Walter Benjamin)


“¿No se notó acaso que la gente volvía enmudecida del campo de batalla?”.
“Narrar historias siempre ha sido el arte de seguir contándolas, y este arte se pierde si ya no hay capacidad de retenerlas”.

LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO
(Hannah Arendt)

“El objetivo de todos los gobiernos totalitarios no reside solamente en la ambición declarada de confiscar a la larga un poder global, sino igualmente en el intento, jamás confesado y sin embargo realizado efectivamente, de dominar completamente al hombre”.

LOS NÁUFRAGOS
(Jean Améry)

“Eugen sólo tenía una cosa clara: que se había comportado de nuevo de manera espantosa. Es cierto que habría sido absurdo enfrentarse a aquellos quince hombres para defender al desconocido de cabello oscuro, y correr así el riesgo de que lo mataran también a palos. Pero había algo más que no soportaba: se había distanciado del hombre mentalmente frente a aquellos quince. Y esa distancia no se reducía. ¡Qué le importaba a él el joven bailarín, el estudiante de derecho, que se haría cargo del reputado despacho de su padre! Sin embargo, frente a aquellos que habían perseguido al que sangraba, no había distancia que valiera. Estar contra ellos era ponerse del lado del perseguido, y él debía ponerse de ese lado, también ante sí mismo”.

LOS NARRADORES DE AUSCHWITZ
(Esther Cohen)“Somos testigos, también nosotros, de lo que podríamos llamar memorias saturadas cuyos volúmenes conducen a la repetición irreflexiva y al olvido. La memoria a la que me refiero, en cambio, necesariamente, tiene que producir acontecimientos, nuevas formas de acción, de organización y de vigilancia: de conciencia”.

LA PESTE
(Albert Camus)

“Y como las fórmulas que se pueden emplear en un telegrama se agotan pronto, largas vidas en común o dolorosas pasiones se resumieron rápidamente en un intercambio periódico de fórmulas establecidas tales como ‘Sigo bien. Cuídate. Cariños’.

FUGA SIN FIN
(Josept Roth)

“A esa hora mi amigo Franz Tunda, treinta y dos años, sano y despierto, un hombre joven y fuerte, con todo tipo de talentos, estaba en la plaza frente a la Madeleine, en el corazón de la capital del mundo, y no sabía qué hacer. No tenía ninguna profesión, ningún amor, ningún deseo, ninguna esperanza, ninguna ambición, ningún egoísmo siquiera”.

MARCHA RADETZKY
(Joseph Roth)

“Los pueblos pasan, los imperios se marchitan, pero quedan la memoria y nuestros desencantos”.

SER AMIGO MÍO ES FUNESTO. CORRESPONDENCIA
(Joseph Roth y Stefan Zweig).

“La palabra ha muerto, los hombres ladran como perros”.
(Joseph Roth, octubre de 1933)
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