FERNAND LÉGER, SUS GRABADOS Y EL «BALLET MÉCANIQUE»

«No hay nada más redondo que el circo. Dejáis vuestros rectángulos, vuestras ventanas geométricas y entráis en el país de los círculos en acción.»

Fernand Léger (1881-1955) fue un apasionado del desarrollo industrial; pero no por la tecnología en sí misma, sino por el vínculo indisoluble que se creó entre el hombre y la máquina, maridaje que en los principios del siglo XX ya había condicionado las relaciones del hombre con los entornos naturales y con las ciudades, convirtiendo al sujeto en constructor en cadena —la creación en serie jubiló a las manos artesanas.

El arte de principios del siglo XX muestra cómo la automatización de la máquina cambió la sociedad.

Las ciudades se volvieron atractivas con sus anuncios publicitarios, sus comercios, sus ofertas de ocio nocturno, su iluminación y sus propuestas de mejoras laborales. Las ciudades se volvieron populosas y los hombres que las habitaban andaban por sus calles cada vez más estresados, más ambiciosos, más inseguros, más consumistas y, en muchos casos, más frustrados —no había trabajo para todos.

Se producía, se vendía y se compraba compulsivamente. Las casas se volvieron cada vez más chicas y los árboles fueron sustituidos por colonias de viviendas idénticas que invadían los terrenos cercanos a las grande urbes. En los lugares menos deseados, debido a una población cada vez más numerosa, crecían los barrios marginales.

Los campos y los caminitos, antes pisados por cascos de mulas y de caballos, fueron pavimentados para uso exclusivo de trenes y autos. Los inicios del siglo XX trajeron inventos tecnológicos y científicos que mejoraron la vida cotidiana y que, sin embargo, por su mal uso se convirtieron en gérmenes de grandes desgracias.

La obra de Fernand Léger recoge el optimismo y el triunfalismo que experimentó el arte de preguerra y la desesperanza que luego llegó. Es una obra transversal, pues su autor vivió el auge, la destrucción y parte de la reconstrucción de Europa.

La segunda revolución industrial, que es moza a mediados del siglo XIX, a principios del XX es una ambiciosa y experimentada maestra con grandes proyectos en marcha que incluyen nuevos materiales y tecnologías, nuevas energías, avances importantísimos en las telecomunicaciones y la explotación de la industria química.

La cultura, en este torbellino de ofertas, no se quedó atrás. Como hijo de su tiempo, el arte también ofreció un amplio abanico de estilos y de movimientos, que los historiadores y críticos han agrupado bajo el término de ismos.

Las primeras obras de Fernand Léger fueron impresionistas, pero pronto el francés se dejó seducir por el Cubismo. Aquí, dentro de este movimiento, hallamos una fase inicial que es abstracta y que pronto terminará siendo figurativa; aunque Léger, artista imprescindible de las primeras vanguardias del siglo XX, no fue lo que se dice un «cubista puro».

Fernand Léger consiguió lo que muchos artistas ansían: una «manera» de contar, una estilo suyo y al servicio de un objetivo muy personal: en un momento donde otros compañeros se empeñaban en hallar una simbología visual para el universo del sueño —Delvaux, De Chirico, Max Ernst…—, donde unos daban vida al Surrealismo o al Abstraccionismo, Léger buscaba una técnica que le permitiera representar emociones reales.

El pintor deseaba un arte más directo, más comprensible para la gente llana. Y en esto se enlazó con el Futurismo, con la necesidad de dar voz a la deshumanización que consigo trajo la tecnología y la industrialización. Y en esto conectó con el realismo de las vanguardias rusas, aunque también lo hizo a su manera.

La obra de Léger sufre una transformación y se define por completo después de su participación en la Primera Guerra Mundial, donde pudo comprobar el poder destructor de una maquinaria creada, en principio, para mejorar la sociedad.

El artista se exilió en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Fernand Léger regresó a Francia al terminar el conflicto; para entonces era un convencido de las tesis comunistas. Esta opción ideológica lo acercó más a su idea de crear arte para el pueblo. De ahí sus series sobre el circo y las actividades populares de divertimento; de ahí su toma de partido, definitivamente, por lo figurativo.

Retrato de Rimbaud inspirado en uno realizado por Étienne Carjat en 1871.

Experimentado por lo sufrido en los conflictos bélicos, Léger compone la figura humana que había fragmentado. Así lo explica:

«Después del dinamismo del período mecánico he sentido la necesidad del estatismo de los grandes rostros, que he llevado más tarde a mi obra. Antes yo había roto el cuerpo humano y, entonces, me puse a recomponerlo y a buscar de nuevo el rostro. Desde ese momento he utilizado la figura humana; esta se ha desarrollado más tarde, lentamente, hacia una imagen más realista, menos esquemática».

El circo fue un tema muy trabajado por Léger en los años 50, pues para él era «metáfora de vida». Payasos, acróbatas, domadores, malabaristas, magos, animales exóticos, forzudos, tragasables, titiriteros… Todas las artes circenses fueron pintadas por él.

El circo es movimiento, acción y sonido. Es concentración, es preparación, es imaginación. Es un sitio que agrupa a los hombres sin distinción de edades y de clases sociales. El circo es un lugar que contagia alegría y nos une a través de la risa —curioso: la risa es una respuesta biológica, una «acción mecánica humana».

Léger y su búsqueda de una estética mecanizada capaz de ofrecer la realidad experimentada de una forma sintetizada. Una realidad no fiel a su modelo —no copia—, sino a la idea que tenía de ese modelo; es decir, una realidad interpretada. Una realidad sensorial y de formas simples e identificables, donde no cabía lo onírico.

Geometrías cilíndricas, paleta brillante con predominio de colores puros, movimiento, ritmo, imágenes repetitivas —concepto relacionado con lo que sucede en la elaboración de piezas industriales—, líneas gruesas, delimitadas y negras, que marcan el dibujo que luego será coloreado de manera arbitraria, son otras características de su pintura.

Observa cómo el color es aplicado en brochazos que se independizan del trazo.

La semana pasada fui a ver los grabados expuestos en la salas de la Fundación Canal de Isabel II y quedé impresionada; pues, si sus pinturas son llamativas —la paleta es incendiaria—, sus estampas tienen esa cosita que queda mariposeando por dentro y que no sabes describir bien; principalmente, al menos para mí, las dedicadas al circo.

La Fundación Canal Isabel II también proyecta Ballet mécanique, película experimental que Léger dirigió en 1924 y donde pretende un paralelismo entre la maquinaria y el hombre moderno; paralelismo que creo que consigue alternando y repitiendo las imágenes de tuercas y de máquinas automatizadas con las de la sonrisa y el pestañeo de la intérprete y con las de la señora que baja y sube las escaleras constantemente.

Ballet mécanique tiene una música que irrita —a mí me aturde— y que fue concebida con la mezcla de sonidos de campanas, xilófonos, péndulos, sirenas, piano… Es una película que pretende reflejar, en su pureza, lo específico del lenguaje cinematográfico: no hay actuación, no hay diálogo; solo movimiento, fragmentación de la imagen y ritmo… ¡mecánico!

Dejo aquí Ballet mécanique e ilustro la entrada con fotografías que realicé a los grabados; como verán, no son de gran calidad, pues, como pasa muchas veces, la iluminación y los cristales brillantes, que se empeñan en poner a los marcos, impiden una definición mejor. Los grabados no tienen fecha y pertenecen a series. He escogido, fundamentalmente, los dedicados al circo. 

El artista francés trabajó también en decorados teatrales, pero pienso dedicar una entrada a la colaboración de pintores vanguardistas en propuestas escénicas y ahí hablaré más sobre él. Léger, además de pintar y de hacer escenografías y vestuarios cubistas para los ballets suecos de los años 20, hizo vidrieras, murales y tapices.

Fernand Léger escribió:

«Si la expresión pictórica ha cambiado es porque la vida moderna hizo necesario ese cambio (…) La cosa imaginada es menos fija; el objeto en sí mismo se expone menos de una vez. Un paisaje atravesado y roto por un automóvil o un tren pierde su valor descriptivo, pero gana en valor sintético».

BALLET MÉCANIQUE

 

 

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