FLOR DE ROMERO

«No porque hayas hecho enmudecer a una persona la has convencido.»
John Morley

Mujer ante el ocaso, 1818, David Friedrich.

 

FLOR DE ROMERO

Como hija única de la Diosa del Llanto se eleva más allá del arco iris para cumplir con la misión que le encomendó el escultor.

Con los ojos sin párpados mira fijamente al frente, pues no sería una buena  guardiana si no viera llegar lo que se espera.

El sol dora la piedra, el viento deposita cenizas sobre sus manos y pies, el alba la baña con rocío y con las puntas de las estrellas se peina.

Los pájaros la ensucian y la lluvia la adecenta con destreza. Espera.

Encabeza un largo cortejo de bustos, relieves y cuerpos mutilados por la erosión.

Es la plañidera de alabastro que embellece la entrada a la mansión de Hados.

Tiene la encomienda de hacer llamar la atención del caminante, de torcer su voluntad, de poner sobre su rostro el negro manto. ¡Ah…!, pero su experiencia no basta para atraer a un hombre apasionado.

La plañidera aguarda que el errabundo la mire, que se vuelva. Pero este recoge flor de romero para adornar su sombrero e, ignorándola, continúa el viaje —esa noche el deseo lo espera en el cafetal.

Quizás de regreso… Quizás, una vez la flor cortada, ascienda la mirada.

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¿Hasta dónde creo lo que pienso?


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