«… y caigamos en la cuenta del milagro que significan estas redondillas, en rápidas saetas de plata.»
Gabriela Mistral

Donde el verso es un ciervo herido, Adagio Benítez, acrílico sobre tela, 1996.

Un breve ensayo que Gabriela Mistral escribió para la Antología crítica de José Martí (Editorial Cultura, México, 1960) es el motivo de esta entrada. Este ensayo, también recogido en el número 17 de la Revista de Literatura Cubana. Crítica, historia, bibliografía (1991), se titula Los Versos sencillos de Martí.

Gabriela Mistral, con esa prosa cercana y de decir chileno que la caracterizó, nos explica las razones por las que consideraba los Versos sencillos «isla genuina de la originalidad poética de Martí».

Gabriela Mistral halló los tesoros que el poeta cubano escondió en sus Versos sencillos, esos versos de temas profundos contados sin artificios. Poemario que, en la opinión de la Premio Nobel de Literatura (1945), no fue «rozado» por el Romanticismo «abundante y flácido», ni por el Clasicismo «estéril de unos cuantos viejos».

Pero no digo más, descubran ustedes mismos por qué José Martí fue para Gabriela Mistral un gigante, un «generalato humano»; por qué, en no pocas ocasiones, quiso dejar constancia de la influencia que sobre ella tuvo la obra martiana.

Los Versos sencillos cantan en los oídos, son como tonadas chilenas, como habaneras cubanas, como canciones mexicanas, leí por ahí que dijo.

LOS VERSOS SENCILLOS DE MARTÍ
GABRIELA MISTRAL

El arrollo de la sierra, Alicia Leal, serigrafía, 1997.

Se diría que el milagro de los Versos sencillos es el de que en ellos está la semilla genuina del ser de Martí o, con frase ajena, que en ellos el hombre Martí «se desenvuelve a sí mismo o se reduce a sí mismo».

El ambiente literario del tiempo suele ser un fondo sostenedor o un ancho afirmadero, pero con frecuencia se vuelve un fardo descomunal, especie de avalancha que arrastra a su hombre y que pesa sobre su lomo, como un rodado de piedra cordillerana. Cuando se trata de persona pequeña, el hecho de que su época la invada y la influya, no duele mucho; ella es flaca, y sin aupamiento, tal vez apenas le distinguiríamos el bulto. Pero cuando, como en el caso de José Martí, la persona es un generalato humano, un almirantazgo del ser, cuando de veras trae consigo lo que llamamos la constitución propia, el organismo original, entonces vemos con apenamiento y hasta con cierta cólera, el peso de la época sobre el individuo.

Pobres de calidad fueron los tiempos de Martí; aquel romanticismo, a una vez abundante y flácido, obeso y débil; y en las zonas donde la langosta romántica no entraba, aquel clasicismo de homúnculo, salido de redoma, fruto del manipuleo estéril de unos cuantos viejos.

No se merecía Martí, criatura de intemperie, por veraz y fuerte, una época de palabra falsa y de perifollos verbales.

Por esto mismo, leyéndolo con la pasión que le tenemos, los martianos más celosos hurgamos, como castores, en su prosa y en su poesía. Queremos hallar en esta obra tan amada los puntos no rozados siquiera por el ambiente inferior.

Mi impresión es, dejada aparte la prosa, la de que los Versos sencillos son la isla genuina de la originalidad poética de Martí, que son la médula martiana, adonde no pudo colarse el enemigo. Esta isla me es, por eso, particularmente querida. Tengo en ella mis mayores gozos con el Maestro; tengo allí con él mi coloquio más logrado; desde este pedazo de su obra cae sobre mí el rayo martiano más vertical. El instinto, que es la única sabiduría de la mujer, me dice, cuando leo los Versos sencillos, que el hombre sin mezcla que me importa está en ése mejor que en los otros racimos de la gran cepa.

Parece que nada se dijese cuando se apunta que en tal libro o en tal frase del hombre se halla su ser legítimo. Porque desde que tiramos la teología, somos harto desatentos a los rumbos del alma, y a sus mudanzas finas como un pestañeo, y vivimos desatentos sobre todo a los espejismos del ser, a sus derroteros falsos. Pero quien no tenga ojos banales para seguir la aventura de un espíritu, sabe el precio de diamante que debe pagarse por la expresión verídica de un gran poeta, y se da cuenta del valor que se debe a la parcela de su legitimidad, que es también la de su más pura intimidad.

El nombre ya acuñado de documento humano, vale para los Versos sencillos. El documento no es aquí una ficha de datos, sino un material caliente de entrañas confiadas a nosotros. Estamos leyendo de veras con la mano puesta en el plexo solar del escritor y leemos con gravedad, religiosamente.

En la conversación familiar, hablando a lo niño, no sabemos bien en qué giro vulgar nos confesamos, soltando briznas de nuestro secreto.

Ya dije que Martí no dio mucho tamaño a los Versos sencillos y hasta ofreció excusas de haberlos recogido dentro de su obra poética. Un poco de amor hacia ellos y entonces lo pule o repasa y el agua color de aire de esta inocencia se nos enturbia toda. Mejor fue para nosotros que él ignorase y que nos los diese así, cosa de nada.

LENGUA POPULAR

Martí escribió casi todos los Versos sencillos en el octasílabo de la copla criolla, porque la sencillez le pedía un metro y un ritmo parientes como eso de lo popular y que se allegase a lo cantable. Yo me oigo en coplas, la mayor parte de los Versos sencillos, habiendo en todos ellos tanta vida profunda y tanta cosa trascendente, ellos me resbalan por los oídos en el agua rural de los cantares y las «soleares».

Recordemos que Martí era, ante todo, orador del período caudalosísimo, y caigamos en la cuenta del milagro que significan estas redondillas, en rápidas saetas de plata. La majestad del discurso martiano ha desaparecido, porque el águila acepta correr los pastos con pies de paloma: la anchura de la frase se ha adelgazado igual que el tronco del pino en el goterón de resina.

Las alegorías lujosas de su oración patriótica él las abandona, para emplear el símil ligero y de pasada. Los Versos sencillos se vuelven, lo mismo que las coplas contables, poesía de látigo veloz, frase urgida por la necesidad del decir pronto y cabal, que es la técnica del payador o del coplero.

Una de las humildades del gran humilde sería su abajamiento a la estrofilla, estando él tan acostumbrado al endecasílabo de su desahogo.

Los Versos sencillos, a causa de su manera populista, son los versos de Martí que más se apegan al oído, los que se hincan en todas las memorias, los que nos caen solos a las manos cuando buscamos decir algo suyo. Parecen versos de tonada chilena, de habanera cubana, de canción de México, y se nos vienen a la boca espontáneamente.

El Maestro amaba el folklore español y americano: él era, entre muchas cosas encontradas, un letrado campesino, algo así como el Mistral de la Provenza, o el Góngora que se desdobló en letrado y en voceador de letrilla. Su estilo mayor, el solemne, él lo trufaba aquí y allá de clavos de olor castizos de almendras campestres; él escribía en una lengua de colores y de sabores: parece que, hablando exprimiese pomos de pintura y a la vez saborease las delicias de una vainilla tropical. Él era conjuntamente gran señor y pueblo gozador, porque no se oponen estas cosas, o, a lo menos, nunca se opusieron, desde Virgilio a Francis Jammes. El señor es lo contrario del señorito; él ama al pueblo y se entiende lindamente con él.

Tarde o temprano, el hombre de tribuna y de mesa de redacción, tiene que echarse al campo y dar allí unos versos válidos para ser cantados como para ser dichos por cualquier muchacha, al margen de la recitación ateneísta.

Lástima de los días en que él nos dio los Versos sencillos, y que fueron prietos de congoja: pena grande que un amor feliz no le acompañase en su estada de Central Valley. Hubiésemos tenido un manojo de anacreónticas mejores que las griegas: cantarían ahora los enamorados esas coplas en el cañaveral o afirmados en la palma de la costa. Pero el trance del momento era duro, y Martí nos entregaba su poesía rural cortada aquí y allá del sollozo patriótico o del puñetazo de fuego al tirano.

Hay hombres que, como adivinando que van a irse pronto, antes de que la muerte les rasgue por mitad el lienzo de la obra, dejan señaladas en él las líneas que los otros debemos seguir, una por una, sin que falte ni la pequeña.

Martí, criatura literaria completa, amaba sus clásicos y amaba la poesía del pueblo, porque el humanismo no le disgustó lo popular, ni lo elemental le invalidó para lo clásico. Tenía, pues, que escribir los Versos sencillos, y aunque en ellos no llegase al terrón de la ruralidad, allí nos apuntaba su mano en alto el rumbo populista, tan desdeñado en ese tiempo.

Los comentadores políticos del Maestro se complacen en verificar las adivinaciones de política social que él llegó a tener y que forman parte de su legado para nosotros. Los poetas podemos decir también que faltos de tiempo para dejarnos todos los temas surcados, su índice grande de capitán nos marcó cuáles suelos estaban baldíos, en espera de su arador. Todo lo previó cuando no lo proveyó: hacia los puntos más borrosos del horizonte echó su lumbrarada y lanzó en esa dirección a los suyos. Él ayudó a Rubén Darío antes de que este naciera, con un claro consejo de poesía: él también instó a los nativistas antes de que llegaran.

¡Padre Martí, padre real, granero del apetito pasado y del hambre futura, troje de la que seguimos viviendo, que es oscura de cuanto queda en ella todavía por desentrañar y es clara por el nivel del que aprovechamos, cogiendo el trigo a la luz de nuestro día!

ENLACES RELACIONADOS

Versos sencillos y De versos sencillos (José Martí).

La Cenicienta (Gabriela Mistral) Poema íntegro.

Las poetas modernistas y posmodernistas hispanoamericanas. Poemas.

José Martí y la Navidad.


Compártelo con tus amigos: