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HABÍA UNA VEZ UN NIÑO…

¿Cómo inculcar en los niños las buenas maneras, los valores universales y la sabiduría sin que pierdan la atención? ¿Cómo integrarlos a la sociedad, cómo desarrollar su imaginación de forma divertida? En definitiva, ¿cómo llamar su atención, cómo encantarlos si no es a través de moralejas y cuentos?

Los animales parlantes y los hechiceros, las hadas y los elfos, los caballeros y las princesas, los dragones y las brujas han sido desde siempre -desde que las leyendas y las fábulas se transmitían de forma oral- los mejores aliados de los adultos en esa hermosa y difícil tarea que es la enseñanza.

Tal es así que puede decirse que las narraciones infantiles se vuelven inmortales. Hans Christian Andersen,  Charles Dickens, los Hermanos Grimm, Charles Perrault, Lewis Carroll… forman parte de la larga lista de escritores célebres que se esforzaron por crear un mundo de ensueño rico en moralejas educativas.

Cuando un niño escucha un cuento con atención está dando el primer paso hacia su integración social. Pero cuando ya puede leer identifica lo que está bien y lo que está mal hecho. Ese niño muestra una actitud ante su entorno, pues tiene conocimientos básicos sobre el amor, la amistad, la familia, la naturaleza, la alegría, la tristeza…

Los personajes buenos de los cuentos infantiles les revelarán que existen la prudencia, la virtud, la obediencia, el esfuerzo, la sinceridad, la entrega, la libertad, la reciprocidad… Y los personajes malvados le enseñarán que existe la pobreza, la soledad, el abuso, la discriminación, la injusticia… Los críos a través de la lectura aprenden a juzgar su entorno. Y el enjuiciamiento es el resultado de una valoración ética.

Veamos que nos cuentan algunos de los cuentos clásicos que contribuyeron a la maduración de nuestro espíritu.

alicia1En Los músicos de Bremen los animales vencen la adversidad gracias a la amistad. En Ricitos de Oro, los niños aprenden que es importante adquirir buenos modales. En Blancanieves descubren que el amor es el mayor antídoto contra la envidia. En Los zapatitos rojos confirman que la coquetería y la vanidad nada bueno dan. En El hueso de la cereza advierten que la constancia y la paciencia son los mejores instrumentos que tenemos para hacer realidad los sueños.

En los cuentos de princesas, príncipes y malvados, como La Cenicienta o La bella durmiente, descubren que el amor es la recompensa que obtienen los buenos en su lucha contra los malos.

Con El soldadito de plomo los pequeños dan un paso más, pues el cuento descubre que hay amores que son eternos, amores que la muerte no puede silenciar: el soldadito que al fuego cayó y la bailarina que en su auxilio acudió terminan unidos en un corazón de plomo.

En las narraciones infantiles los animales hablan y los objetos inanimados se mueven y sienten con el único fin de acercar a los niños a la vida real, aunque de manera indirecta. Eso sí, siempre hay un final explícito para que el pequeño lector comprenda la moraleja.

Los clásicos de la literatura infantil no tienen fecha de caducidad, pero sí fecha de nacimiento. Todo autor escribe para su época. ¿Cómo eran los niños para los que escribieron Andersen,  Dickens, Stevenson, Collodi, Swift, Kipling, Barrie?

alicia2En una vieja librería compré un ensayo titulado Los niños ingleses. En él, Sylvia Lynd hace un recorrido por la historia del niño en Gran Bretaña. El volumen abarca un período que va desde la Edad Media hasta la Revolución Industrial.

Los cuentos y las fábulas infantiles tienen como receptores a la parte más frágil de la sociedad. Son los niños los más indefensos y, sin embargo, son los más receptivos, los más curiosos, los más dispuestos a entender el entorno donde crecen.

Creo que el libro de Sylvia Lynd es muy interesante, aunque solamente describa al niño en el contexto inglés.

Los pequeños lectores u oyentes a los que Sylvia Lynd prestó atención no sólo se enfrentaron a las hambrunas, las guerras, el desamor, las pestes, las inclemencias de la naturaleza, las supersticiones, sino también a los métodos educativos de sus respectivas épocas que, como podrás comprobar a continuación, eran bastante drásticos.

alicia3Los niños ingleses lleva muchos años descatalogado, por lo que he decidido acercarlo al lector de hoy resumiéndolo.

Ilustro mi introducción con imágenes de diferentes publicaciones del cuento Alicia en el país de las maravillas. Para la segunda parte he escogido los dibujos que Ibam Barrenextxea hizo para el cuento Blancanieves (Nórdica Libros).

Dedico la entrada a los niños que hoy viven esquivando golpes y que, a pesar de que nadie les cuenta una historia mágica, intuyen que hay un mundo que se abre cuando se pronuncia Había una vez…firma gabriela2

 CURIOSIDADES SOBRE LA FORMA DE VIDA DE LOS NIÑOS INGLESES A QUIENES IBAN DESTINADOS LOS CUENTOS INFANTILES QUE HOY CONSIDERAMOS CLÁSICOS
SYLVIA LYND

LOS NIÑOS EN LA EDAD MEDIA

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En los comienzos del medievo no había camas para dormir, ni sillas para descansar. En aquella época “todos los invitados a un festín bebían en el mismo jarro” y “la pérdida de una aguja ponía en conmoción a toda una aldea”.

La mayor parte de las casas inglesas tenían la techumbre de paja y una sola habitación; aunque los grandes castillos de piedra normandos poseían varias estancias, pisos superiores, escaleras y galerías.

Por aquel entonces, los anglosajones tenían la costumbre arraigada de “vender a (…) los hijos de sus colonos a mercaderes extranjeros de esclavos”, práctica que no fue abolida hasta finales del siglo XI.

El niño de los albores de la Edad Media dormía en un cesto de juncos -las cunas de mimbre o de madera se construyeron siglos más tarde-. El cesto se encontraba sobre un suelo de piedra si el niño era rico, y si era pobre descansaba sobre la tierra. Cuando el bebé ya no cabía en la cuna dormía con el resto de la familia, todos juntos en el suelo de piedra, o de tierra.

Con el transcurrir del tiempo se hicieron colchones y jergones de paja y heno para los ricos. Los niños pobres dormían directamente sobre la paja.

El frío era el primer enemigo natural del niño. Pero Inglaterra, tierra de ganado lanar, contaba con mantas de hilo y lana, que se tejían en casa.

Los chicos de aquellos tiempos dormían aseados, pues se le daba mucha importancia a la ropa interior limpia. Los niños ricos vestían con telas de colores, los pobres con telas sin tintar.

Los chicos descansaban escuchando el golpeteo de los telares, que era el sonido habitual en los hogares medievales: “Durante doce siglos los niños se durmieron oyendo hilar y cantar”.

Los varones comenzaban a usar pantalones a partir de los seis años, también llevaban camisa y túnica, y un cinto del que colgaban navaja y bolsa. Las niñas llevaban trajes largos hasta el suelo y enaguas. Los pobres iban descalzos.

Los bebés se alimentaban de pan y de leche. Los niños, a partir de los seis años, bebían cerveza.

En el medioevo, los niños se convertían en aprendices a muy corta edad. Con menos de diez años conocían los oficios, los deportes y el manejo de las diferentes armas, pues los talleres y los negocios familiares estaban dentro de sus casas, o muy cerca de ellas.

“Si era un niño pobre aprendía a cuidar gallinas y cerdos, a arar, a injertar, podar, cavar; y si era rico, la cetrería, la caza y el uso de las armas.”

Se divertían también con los animales que había en las casas; entre ellos, halcones y gavilanes. Pero el juego favorito era la pelota, juego en el que las niñas también participaban.

“En los días húmedos permanecían en casa con sus mayores, en la habitación que era al mismo tiempo comedor, cocina, dormitorio y, sobre todo, sala de estar. Todo el día se encontraban envuelto los niños en una marea incesante de conversaciones (…) Las casas señoriales de los tiempos medios eran, en muchos aspectos, como la cocina de una casa de campo moderna.”

Las familias eran numerosas, aunque la mayoría de los niños no llegaban a la edad adulta. Una vaca con leche garantizaba un niño feliz. Un niño enfermo “era destinado al sacrificio. Vivía desaliñado, y entre suciedad de todas clases”.

Los baños eran considerados un remedio medicinal. No se bañaban para asearse, sino para eliminar enfermedades mediante el sudor.

Los mayores inventaban historias de brujas y lobos para asustar a los pequeños y evitar que se alejaran de las casas y que se introdujeran en los bosques a comer bayas venenosas. Muchas de estas historias orales están recogidas en las narraciones infantiles de los Hermanos Grimm.

En la Iglesia aprendían, de oídas, cantos y salmos.  Los niños con buena voz entraban en las escuelas de coros, donde les enseñaban, además de música, a leer, a escribir y a contar. También estaban las Escuelas de Gramática, aunque hay que decir que eran escasas y poco atractivas.

“La idea de educación equivalía a sometimiento, y esta fue la base sobre la que más tarde se fundó el Puritanismo.”

Se escribieron muchos libros sobre urbanidad y educación entre los siglos XIII y XVI. Pero en todos aparece el mismo consejo en cuanto a buena conducta: “silencio e inmovilidad”.

A finales del siglo XIV los niños salían de sus hogares con ocho años. Si eran chicos servían como pajes; era la forma de aprender a cazar, a montar a caballo y a manejar las armas.

Si eran chicas servían como damas de compañía; era la forma de aprender lo necesario para encontrar marido y llevar una casa. Las muchachas que no se casaban se dedicaban a hilar o eran recluidas en conventos.

En 1382, el obispo de Winchester, Guillermo de Wykeham, fundó la primera gran escuela con internado. Lo hizo con la idea de preparar sacerdotes “con conocimientos de las letras”. El obispo creía que un joven instruido garantizaba “el culto a la justicia” y, por tanto, la “prosperidad humana”. En este propósito no excluyó a los necesitados que recibieron alimento, ropa y educación. Los que se graduaban eran enviados a un colegio universitario también fundado por el obispo Wykeham.

Se señaló un día para ajustar cuentas: el viernes. El resto de la semana no se podía pegar a los chicos en el colegio. Escribe Sylvia Lynd que esto era todo un privilegio, pues los padres eran los primeros en aplicar la disciplina a base de zurras continuas.

En la Edad Media, como hemos podido apreciar, el modo de vida hacía del niño un ser responsable sin privilegio alguno por su condición de niño. Los menores, desde que tenían uso de razón, conocían su destino y se preparaban para enfrentarlo lo mejor posible. La sociedad funcionaba como una máquina de reloj: cada pieza elaborada tenía una función determinada dentro del engranaje.

Y los chavales -que escuchaban los cuentos y las nanas alrededor del fuego encendido en la única habitación de la casa- no eran una excepción.

Pero antes de terminar este capítulo es bueno resaltar que estuvieron bajo la tutela de los adultos. Vivieron la misma vida que sus progenitores y fueron amamantados y criados directamente por sus madres. No fueron abandonados a su suerte como sí sucedió en épocas posteriores.

LOS NIÑOS EN LA ÉPOCA ISABELINA

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Mala suerte tuvieron los niños del siglo XVI, pues ni siquiera en la Corte eran bien recibidos: “lloriqueaban y vomitaban en los brazos de sus nodrizas”, nos dice Sylvia Lynd. Niñeras de mano dura sustituyeron a las madres medievales, tan apegadas a sus hijos.

“Se calcula que de cada cinco niños ricos, dos morían durante la infancia, y otro más en la niñez”. Ni qué decir de cómo fue la mortandad entre los niños pobres.

Había mejores casas que en el medioevo, casas con grandes  ventanales y cristaleras y, sin embargo, la falta de ventilación se convirtió en un problema.

Las pestes, las enfermedades hereditarias, provocadas por matrimonios entre miembros de una misma familia, las sequías, aumentaron la superstición y las dolencias: a la muerte por enfermedades se agregó el asesinato en rituales de brujería.

Contra todo pronóstico, la magia negra aumentó en el siglo XVI; y tanto los pobres como los ricos la practicaron. Se creía que muchas  parteras eran nigromantes y que podían transformar a un bebé en brujo. Los niños escuchaban por todas partes historias de hechicerías. “Los hogares severos, ultra-puritanos, parecen haber producido el mayor número de criaturas neuróticas.”

No es hasta la segunda mitad del siglo XVI que se publican leyes para poner fin a la brujería.

“Con la Reforma, las escuelas de la Iglesia fueron cerradas o pasaron a manos de los protestantes, aunque no hubo cambios en el plan de enseñanzas.”

Los estudios eran una mezcla de literatura y torneos, cacerías y deportes varios. Las muchachas aprendían a leer y a coser con el mayor invento de entonces: la rueda para hilar.

Niños y niñas aprendían latín, y también griego -idioma que comenzó a estudiarse a principios del XVI- entre pellizcos y palos. La vara de abedul estaba tan presente como las plumas de ave con las que tomaban notas en clase.

“El castigo corporal era la regla, hasta el punto de que algunos maestros de escuela de la época Isabelina se conducían como locos. Los golpes y los gritos atronaban las escuelas”, apunta Lynd.

El puritanismo extendió por Inglaterra su rigurosa vida moral, que contemplaba el castigo como forma de reconducir lo que ellos consideraban malas conductas, entre las que se incluían la lentitud y la torpeza, consideradas “pecado de pereza”.

Pero nada es del todo bueno o del todo malo. El calvinismo consideraba la educación como un punto importante, pues aquel que supiera leer tendría acceso directo a la Biblia. De ahí que, a la hora de enseñar a leer y a escribir, no hacían distinciones entre ricos y pobres.

Michel de Montaigne (1533-1592) alzó la voz contra aquella norma que afirmaba que la letra entraba con sangre. Montaigne defendió que las escuelas debían ser “lugares de deleite, adornados con ramas verdes, y no lugares de tormento decorados con varas ensangrentadas”.

EL SIGLO XVII

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Termina el siglo XVI y comienza el XVII trayendo consigo otro peligro añadido: la investigación científica. Los tratamientos  y los medicamentos necesitaban conejillos de indias para los experimentos. ¿Dónde se posaron los ojos? En los niños. 

La Ley de Pobres fue otro contratiempo importante, porque declaró la mendicidad como un delito e hizo responsables a las iglesias de los desamparados que pertenecían a ellas.

Las vicarías “procuraban ahuyentarlos, y los pobres iban de parroquia en parroquia en viaje interminable. Se conservan registros con la mención de entierros de niños muertos de hambre en los caminos”.

En el siglo XVII surge el oficio de deshollinador. ¿Quién puede realizar este trabajo? Los niños.

Al finalizar la centuria, las armas de fuego eran parte del menaje del hogar. ¿Se guardaban en sitios seguros? No. Estaban al alcance de los chavales, que jugaban con ellas.

Terminaba la centuria con otro peligro añadido: la pólvora.

LOS NIÑOS BAJO LA REINA ANA Y LOS JORGES (SIGLO XVIII)

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En los tiempos de la reina Ana la muerte se cebó en los niños: “La Restauración trajo consigo libertinaje; las enfermedades sexuales campeaban por sus respetos; la embriaguez había aumentado (…) Ricos y pobres bebían cognac y ginebra y las mujeres también empinaban el codo (…)”

La moda imponía a las mujeres unos apretados corsés que oprimían la cabeza de los fetos. Trece hijos tuvo la reina Ana y ninguno sobrevivió.

“El orgullo sencillo medieval de traer hijos al mundo había desaparecido, y el orgullo de procrear niños sanos no comenzó hasta pasado dos siglos”, afirma Sylvia Lynd en su ensayo.

La mayoría de las madres no querían amamantar a sus hijos, que se “criaban a mano” con alimentos inapropiados para un bebé. Esta situación se dio durante todo el siglo XVIII y hasta comienzos del XIX.

“De veintiséis niños criados a pecho, cinco muertos; de sesenta y tres alimentados a mano, treinta y cuatro muertos”, es la conclusión a la que llegó Hans Sloane, el médico más reputado de la época.

Otra consecuencia negativa, que trajo el calvinismo con su asfixiante sentido de la moral, fue el abandono de los hijos ilegítimos (en el Medioevo los padres reconocían a sus bastardos y se hacían cargo de ellos). Las mujeres repudiadas dejaban a sus hijos en las calles o, simplemente, los asesinaban para “ocultar su vergüenza”.

En 1739, entre tantos peligros y desatinos, surgió el Hospicio. Fue idea del capitán de barco Thomas Coram, quien donó toda su fortuna para la creación de una casa de acogida que garantizara a los chicos, además de comida, ropa y educación, un oficio.

Coram involucró en su proyecto a la aristocracia y a la intelectualidad de su época. Sylvia Lynd nos cuenta que “Handel le ofrendó el estreno del Mesías y le regaló el manuscrito original”. Gracias a la fundación del Hospicio, los pobres tuvieron una formación que les garantizó independencia.

Pero, en general, los centros infantiles eran “lugares agrios y crueles con inspección insuficiente por parte de los maestros”; eran sitios donde los muchachos “seguían siendo brutalmente apaleados”. Y los menores desafortunados siguieron bajando por los conductos de las chimeneas aunque hubiesen pasado por la escuela.

¡Ah!, ¿pensabas que ya habían tocado fondo? Pues no, otro peligro añadido surgió: la industria mecanizada, que trajo consigo la explotación infantil a gran escala.

LOS NIÑOS Y LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

blancaDe los campos a las ciudades llegaban en masa los vagabundos hambrientos. Niños de la calle en manos de crueles y avariciosos, tan magníficamente retratados por Dickens en Oliver Twist.

“Con la invención de la máquina (…) los niños pobres fueron arrastrados a las fábricas y a las minas, y a veces también por el egoísmo de sus padres. La historia del industrialismo en toda Europa es la historia del martirio de los niños.

En Inglaterra las casas-talleres facilitaban manadas de niños esclavos, huérfanos y desamparados, a cualquier contratista, por brutal que fuera, y para los trabajos más peligrosos y degradantes. Las máquinas deformaban y mutilaban a los niños y causaban nuevas enfermedades llamadas industriales. Vivían hambrientos y apaleados. Muchachos de diez, de siete, de cinco y hasta de tres años se pasaban doce horas seguidas y en ocasiones días y noches sin interrupción, en la oscuridad de las minas (…) sin otra compañía que el de las vagonetas que pasaban.”

Esto sucedía a pesar de que en 1850 la ley prohibió el trabajo en las minas a niños menores de diez años.

La primera mitad del siglo XIX aún se mantuvo fiel a las tesis calvinistas sobre la educación. Decía Calvino que “los niños son malos por naturaleza y que sus pasiones perversas deben ser refrenadas por los padres piadosos y prudentes, haciendo uso de todos los medios que estén a su alcance”.

UN APUNTE MÁS

caballitoEn la segunda mitad del siglo XIX  los pensamientos de Jean-Jacques  Rousseau calaron en la clase intelectual.

Emilio, o de la educación fue un libro fundamental para combatir el puritanismo. Rousseau, siguiendo los pasos de Montaigne, defendió que no había necesidad de pegar palizas para enseñar.

A raíz de Emilio, o de la educación los escritores dieron un paso decisivo en favor de la infancia. No sólo denunciaron el maltrato infantil en sus obras, convirtiendo en tramas los agravios y en protagonistas a los muchachos a quienes iban dirigidos esos agravios, sino que empezaron a escribir para un nuevo público.

Ruskin, Thackeray, Caroll, Dicky Doyle, Dickens…, crearon un nuevo género: la literatura infantil.

A finales  del siglo XIX comenzaron a editarse libros profusamente ilustrados, que demuestran dos cosas: una, la importancia que los editores dieron a sus nuevos lectores; dos, la utilidad de este formato como vehículo educativo.

brujasEn 1870 se estableció la enseñanza gratuita obligatoria en Inglaterra. Los niños tenían que pasar por la educación primaria antes de incorporarse al trabajo de las fábricas. También se fundó la Sociedad Protectora de la Infancia.

El primer texto que reconoce la existencia de los derechos del niño, y la responsabilidad de los adultos en la educación y el bienestar de los mismos, es La Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño. Se firmó en 1824 ¡y no tuvo fuerza vinculante para los Estados!

No es hasta 1959, con la Declaración de los Derechos del Niño, que se reconoce al menor como “ser humano capaz de desarrollarse física, mental, social, moral y espiritualmente con libertad y dignidad”. No es hasta 1959 que se obliga -qué penosa palabra- a los Estados miembros de la ONU a cumplir el tratado.

Pero en plena época de avances tecnológicos e informáticos, ¿cuántos niños no siguen padeciendo enormes sufrimientos? Son muchísimos los que viven sin hogar, sin comida, sin estudios, sin atención médica, explotados y sin identidad.

Quizás algún día los cuentos comiencen así: “Érase una vez un mundo donde niños, ancianos y animales eran ,¡por fin!, respetados”.
fin

ENLACES RELACIONADOS

Recordando los cuentos de mi infancia.

Un niño y un libro.

El libro de los valores para niños (Kay McSpadden).


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