REVOLUCIÓN Y LIBERTAD

«… la verdad no tranquiliza, compromete.»
Bernanos

Cartel, diseño de Gabriela Díaz Gronlier.

En Revolución y libertad, así como en las otras tres conferencias recogidas en el libro titulado La libertad, ¿para qué?, conferencias pronunciadas poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, el escritor y ensayista Georges Bernanos (1888-1948) explica cómo la sociedad de posguerra ha borrado la barrera que separa a los constructores de los destructores. Esta permeabilización es de una hondura tremenda, pues es el origen de la sociedad moderna, tumba de la libertad individual y cuna del hombre-masa. 

Georges Bernanos fue un visionario, un intelectual que dedicó sus escritos, incluidas sus novelas de ficción, ha denunciar los peligros de la era totalitaria; era que tiene su inicio en la Inglaterra del siglo XIX, la del salvaje desarrollo industrial y tecnológico.

Es el mundo controlado por las máquinas, el de «la producción monstruosa», el que Bernanos denuncia. El autor cuestiona la sociedad que aúpa la esquematización de las ideas, la de la publicidad y las consignas; la sociedad que, a base de exceso de productividad y de exceso de especulación, nos ha vuelto solitarios, amargados, desconfiados, suicidas, incultos, violentos y egoístas —hemos comprado un mundo que nos adormece ante la barbarie.

En Revolución y libertad, Bernanos nos habla de un tiempo que, desde su nacimiento, nos ha vendido, como tesoro inestimable, las ventajas de ser «liberados de ser libres». Tremendo, ¿verdad?

Hay muchos que afirman que su narrativa es un jarro de agua fría que te tiran en pleno invierno y a la intemperie. Pero no es cierto que la desesperanza sea mariposa negra aleteando por sus páginas, pues, si bien es verdad que su lenguaje es directo y crudo, no es menos cierto que él creía que la sociedad moderna aún tenía recursos para evitar que la desgracia aniquilara la inteligencia, el espíritu y hasta el azul del cielo.

Bernanos afirma en Revolución y libertad que en las manos de sus contemporáneos estaba el hallar la cura a lo que llamaba «paraíso mecánico» y «civilización de la materia». El escritor opinaba que aún había tiempo para poner freno a la «organización totalitaria y concentracionaria» que unos pocos habían puesto en marcha con el fin de apoderarse del mundo. 

Al «hombre del maquinismo» le advierte sobre las consecuencias de la anulación absoluta de la libertad individual, de los efectos devastadores de la pérdida de la autodeterminación.

Georges Bernanos, fotografía.

En Revolución y libertad, el autor enfrenta al espectador a la imagen que le devuelve el espejo donde lo coloca. Bernanos busca inquietarnos, pretende quitarnos la borrachera que provoca esa nueva ideología, esa nueva filosofía de vida, preludio de lo que ahora conocemos por «buenismo».

En Revolución y libertad, denuncia que la nueva propuesta de posguerra tenía la intención de eliminar la noción de lo que es justo e injusto, de lo que es verdad y de lo que es mentira, que esa propuesta pretendía exterminar el pensamiento humanista. Y aquí estamos, con nuestro «buenismo», hijo primogénito del maquinismo —el «buenismo» es nuestra aportación al determinismo de los preceptos económicos.

¡Qué pena tan grande que los hombres de su tiempo hayan preferido mirar con ojos cerrados la indignidad vestida de gloria! Pues aquí estamos nosotros, sus descendientes, en nuestra sociedad sin aspiraciones, amedrentada, ignorante y ávida no de libertad, sino del placer de las cosas materiales.

Y ahora los dejo con el artículo que he copiado íntegramente porque pienso que la obra de Georges Bernanos merece ser leída y divulgada; sobre todo, los artículos recogidos en Libertad, ¿para qué?, libro publicado por la editorial Encuentro.

En Revolución y libertad, leemos: «… la verdad no tranquiliza, compromete».

Manuscrito y pluma de Georges Bernanos.

REVOLUCIÓN Y LIBERTAD

Estoy dispuesto a hablaros más que nada de revolución. De la democracia ya os hablaré otro día, por ejemplo, el martes de carnaval. O, más bien, por respeto a las tradiciones religiosas del Sr. Schuman y a las penitencias que nos esperan (la cuaresma universal), el miércoles de ceniza. Las cenizas no faltan en el mundo. El miércoles de ceniza podía ser un día festivo en el mundo entero.

La Sorbona, 7 de febrero de 1947

La palabra «revolución» no es aún, para nosotros los franceses, una palabra de vocabulario técnico. Nosotros creemos que la revolución es una ruptura. La revolución es un absoluto. La que esperamos se hará contra el sistema entero o no se hará. Digo sistema para no decir civilización. Cada día se ve más claro, en efecto, que el sistema que se nos ofrece (o, más bien, en el cual somos poco a poco absorbidos) no es una civilización, sino una organización totalitaria y concentracionaria del mundo, que ha cogido a la civilización humana como por sorpresa, aprovechando la mayor crisis espiritual que la historia haya conocido jamás.

En su doble aspecto material y espiritual, esa crisis puede definirse así: la desespiritualización del hombre ha coincidido con la invasión de la civilización por la maquinaria, y la invasión de la maquinaria ha cogido por sorpresa a una Europa descristianizada, a una Europa desespiritualizada, capaz de sacrificar, casi sin lucha, a la inteligencia práctica y a su brutal eficacia, a la inteligencia práctica monstruosamente hipertrofiada, todas las formas superiores de la actividad del espíritu.

Digo que esta organización ha sido totalitaria y concentracionaria desde el principio, incluso cuando se ponía la máscara de la libertad y usurpaba su nombre porque el liberalismo esclavizaba el hombre a la economía, para que el Estado —la especie de parásito al que se sigue dando ese nombre— pudiese apoderarse a la vez, cuando llegara el momento, del hombre y de la economía. El capitalismo de los trusts preparaba así el camino al trust de los trust, al trust supremo, único: al estado técnico divinizado, al dios de un universo sin Dios, como ya escribía en 1930 en ese Grand Peur des bien-pensants cuyo último acto se representó en Vichy.

El liberalismo ha preparado, pues, el camino al marxismo. Los grandes técnicos liberales, que sacrificaban tan fríamente millones de vidas humanas a la técnica liberal, sacrificarían igual de fríamente hoy otros millones de vidas a una técnica diferente, pero en nombre del mismo mito.

Sí, yo creo firmemente que los técnicos liberales de 1830 serían hoy técnicos marxistas, y que para eso no necesitarían más que una modificación de vocabulario. Podrían seguir manteniendo la misma concepción del hombre: el hombre animal, en vías de evolución progresiva. Planteo así el problema como debe plantearlo un novelista: me río de las técnicas, lo que veo es el hombre.

Veo perfectamente, por ejemplo, al proletario de 1830; no tengo que ir a buscarlo a las estadísticas. Nadie me hará creer que ese proletario ha sufrido la terrible dictadura de la ley de la oferta y la demanda simplemente por ignorancia o cobardía. El hombre de 1830 no era más cobarde que el siervo del siglo XII, a quien los intelectualuchos quisieran pintarnos con gorra en la mano, presentándole al señor su mujer y su hija, y apretando las nalgas (¡caramba!, poneos en su lugar…) ante la idea de que pudiese rechazárselas, de que pudiera ser obligado él mismo.

Cuando el obrero de 1830 se resignaba a reventar de hambre, es porque se le había metido en la cabeza que reventaba en aras del progreso. Reventaba por el progreso mecánico, por el paraíso mecánico. En el nombre de ese mismo paraíso, el progreso está hoy dispuesto a hacer reventar a otros. Puede que no sea el mismo instrumento el que se toca, pero sigue siendo la misma canción.

No he venido aquí a enseñar absolutamente nada. No me dirijo a las élites. Estoy de las élites hasta más arriba de la coronilla. O, mejor, digamos: me dirijo a las élites, pero es en calidad de modesto intérprete de millones de hombres del montón a los que conozco perfectamente bien, porque soy uno de ellos. Soy uno de ellos, no me haréis decir lo contrario, soy uno de esos hombres ordinarios. Pero, eso sí, pertenezco a una especie de hombres ordinarios cada día más rara; soy un hombre ordinario que ha permanecido libre, soy un hombre ordinario al que la propaganda no ha conseguido todavía enseñar a saltar por dentro de todos los aros que se le ponen delate.

Al hombre ordinario le da miedo el técnico; el hombre medio, delante de un técnico, está como el perro puesto a dos patas delante del domador. Pero yo no estoy a dos patas, estoy simplemente de pie. ¡Soy un hombre de pie! No pretendo hablar en nombre de los votantes. Los votantes están a dos patas para el circo.

¡Claro, hay varios circos! El circo más grande de Francia ayer tenía un nombre, hoy tiene otro. ¡Qué más da! Los votantes están a dos patas para el circo. Pero, después de todo, hay un hombre dentro de cada votante, ¿no os parece? Pues bien, os hablo en nombre de ese hombre, al menos, de lo que habéis dejado de él.

Conozco a los hombres mucho mejor que los técnicos, porque un domador no conoce más que dos cosas en el animal que doma: su miedo y su hambre. Conozco a los hombres mucho mejor que ellos. Les he hecho vivir en mis libros, y si los técnicos, tan seguros de sí mismos, tratasen de hacer otro tanto, la mayoría de ellos no produciría más que estupideces.

¡Oh! No digo que los técnicos sólo sepan servirse de los hombres. Algunos de ellos hasta creen amarles, pero lo que hacen es amarse a sí mismos en ellos, es amar la idea a la que están siempre dispuestos a sacrificarles. Estáis ante el hombre con vuestras técnicas y vuestras estadísticas, vuestros test y todos los instrumentos psicológicos de medida igual que otra clase de técnicos ante un poema de Baudelaire. Y cuando han terminado su trabajo —¡pobres necios!— viene un adolescente de quince años, al que acaban de cargarse en el instituto, pero que ha recibido del cielo el don divino de la poesía. Abre los ojos, mira, y en un segundo el poema divino desmenuzado por los pedantes, reajusta milagrosamente sus fragmentos dispersos y se pone a cantar a su amigo.

La humanidad ha sido víctima hasta hoy de muchas experiencias, pero esas experiencias empíricas estaban hechas al buen tuntún, se contradecían unas a otras a cada paso. Es la primera vez que la humanidad entra en un laboratorio admirablemente equipado, provisto de todos los recursos de la técnica, del que puede salir mutilada para siempre. Si eso sucede, los cirujanos se secarían las manos en su bata escarlata, y el asunto será definitivamente liquidado.

Tengo perfecto derecho a mirar a ese laboratorio cara a cara. Los cirujanos se dicen seguros de sí mismos. Pero ¿están seguros acaso de lo que tienen entre manos, extendido ante sus ojos en la mesa de operaciones? ¿Y si el hombre no fuese lo que ellos creen? ¿Y si su definición del hombre se mostrase un día falsa e incompleta? Le consideran, por ejemplo, un animal industrioso sometido al determinismo de las cosas y, sin embargo, indefinidamente perfectible.

Pero, ¿y si el hombre estuviese realmente creado a imagen de Dios? Con que haya en él una proporción cualquiera, por muy pequeña que se la imagine, de libertad, ¿a dónde llevarían sus experimentos, sino a la mutilación de un órgano esencial?

¿Y si existiera en el hombre ese principio de autodeterminación, ese odio misterioso de sí mismo que llamamos pecado original, y que los mismos técnicos no han dejado de notar porque explica todas las horribles decepciones de la historia? Es verdad que ellos lo cargan a la cuenta, no del hombre, sino de la mala organización del mundo.

¿Y si se equivocan? ¿Y si la injusticia estuviese en el hombre, y todas las violencias no hiciesen más que aumentar su virulencia? ¿Y si el hombre no pudiese realizarse más que en Dios? ¿Y si la operación delicada de amputarle de su parte divina —o al menos de atrofiarla sistemáticamente hasta que caiga, seca como un órgano por el que la sangre ya no circula— terminase por hacer de él una bestia feroz? ¿O, peor aún, un anormal, un perturbado?

Porque quizá el maquinismo no es sólo un error económico y social. Tal vez es también un vicio del hombre, comparable al de la heroína o la morfina, como si los dos —o los tres— no hiciesen más que delatar un mismo fallo nervioso, una doble tara de la imaginación y de la voluntad. Lo verdaderamente anormal en el toxicómano no es que use un veneno: es que haya sentido la necesidad de usarlo, de practicar esa forma perversa de evasión, de huir de su propia personalidad, como un ladrón se escapa del piso que acaba de asaltar. Ninguna cura de desintoxicación podría curar a ese desgraciado de su mentira, reconciliarle consigo mismo.

¡Ya! Ya sé que esta comparación le parecerá ridícula a un montón de gente. Sin embargo, no tengo en absoluto la intención de condenar a las máquinas. Si el mundo corre el peligro de morir a manos de su maquinaria, como el toxicómano a las de su veneno favorito, se debe a que el hombre moderno espera de las máquinas, sin atreverse a decirlo, o tal vez ni siquiera a confesárselo a sí mismo, no que le ayuden a afrontar la vida, sino a esquivarla, a evitarla, como se evita un obstáculo demasiado rudo.

Los yankees querían hacernos creer hace veinte años que el maquinismo era el síntoma de un impulso excesivo de vitalidad. Si hubiera sido así, la crisis del mundo estaría resuelta, mientras que no cesa de extenderse, de agravarse, de asumir un carácter cada vez más anormal. Lejos de mostrar una vitalidad excesiva, el hombre del maquinismo, a pesar de los inmensos progresos de la medicina preventiva y curativa, se parece cada vez más a un neurópata, pasando sucesivamente de la agitación a la depresión, bajo la doble amenaza de la locura y de la impotencia. La técnica operará tal vez mañana en un ser incapaz de defenderse. Eso es lo que quiero decir.

La especie de civilización que todavía recibe ese nombre —cuando ninguna barbarie lo ha hecho tan bien como ella, ni ha ido tan lejos en la destrucción— no se contenta con amenazar las obras del hombre: amenaza al hombre mismo; es capaz de modificar profundamente su naturaleza y no a base de añadir, sino de amputar. Convertida ya en más o menos dueña de nuestros cerebros por su propaganda colosal, es perfectamente capaz de proporcionarse, muy pronto tal vez, un material humano hecho a su medida, apropiado a sus necesidades.

Si sois lo suficientemente ingenuos como para creer que las experiencias monstruosas de los sabios alemanes no van a repetirse algún día, aquí o en cualquier otra parte del mundo; si pensáis que no pertenecen al corazón de esta civilización técnica, no tengo más que recoger mis papeles y pediros permiso para retirarme. ¡Allá vosotros si queréis entrar en el laboratorio, y confiaros a semejantes manos!

Jóvenes que me escucháis, si contáis con los hombres de mi edad para que os ayuden a franquear ese umbral irreversible, os estáis preparando a vosotros mismos unas decepciones terriblemente crueles. Hoy os invitan a volver al trabajo como si la humanidad volviese de las vacaciones, en lugar de salir diezmada de la catástrofe más grande de la historia, de todas las historias. No quieren más que verdades tranquilizadoras. Pero la verdad no tranquiliza, compromete.

Lo que yo tengo que decir no es ciertamente tranquilizador. En el fondo de mi corazón, sin embargo, creo que es precisamente lo que un hombre de mi país debe decir, si quiere de verdad «hablar francés». He dicho siempre la verdad a mi país. Hasta en las horas más negras, más desesperadas, jamás he pretendido justificarle por medio de mentiras. Sé que en 1940 hemos decepcionado cruelmente a quienes creían en nosotros. Y tal vez les sigamos decepcionando ahora. Pero las generaciones responsables desaparecerán pronto de la tierra, y yo con ellas. No me queda más que el derecho a pensar que hubiese podido desaparecer en mejor compañía. ¡Y qué! Se nace y se muere, no con quien se quiere, sino con quien se puede.

Las generaciones de franceses a las que pertenezco llevarán ante la historia la responsabilidad de una inmensa derrota civil y militar, en la que se han sepultado los prestigios y los instrumentos de nuestro poder. Pero a este país le quedan las reservas, acumuladas desde hace siglos, de un inmenso prestigio espiritual, y yo os anuncio con una seguridad tranquila que, más tarde o más temprano, las pondremos en juego en una lucha que está cercana, no por la conquista del mundo y de sus mercados, sino por su salvación.

Lo menos que puede decirse de la civilización actual es que no encaja en absoluto con las tradiciones y el genio de nuestro pueblo. Al tratar de ajustarse para vivir en ella, es muchísimo, es una inmensidad lo que el pueblo ha perdido. Corre el riesgo de perderlo todo en este esfuerzo contra sí mismo, contra su historia. La civilización totalitaria y concentracionaria le ha debilitado progresivamente; amenaza con degradarle; pero no le impondrá el tener que renegarse a sí mismo.

A la hora en que la civilización de las máquinas —que se puede muy bien llamar, sin ofender a nadie, »anglo-americana», porque si es verdad que América ha producido su expresión más acabada, donde nació fue en Inglaterra, con las primeras máquinas de tejer el algodón—; a la hora en que esta civilización comenzaba la conquista del mundo, Francia lanzaba el último mensaje que el mundo haya recibido de ella: esa Declaración de los derechos que era un grito de fe en el hombre, en la fraternidad del hombre para con el hombre, y que hubiese podido ser igualmente el grito de maldición para una civilización que iba a intentar someter el hombre a las cosas.

La historia dirá un día que Francia ha sido conquistada por la civilización de las máquinas —esta civilización capitalista predestinada desde su nacimiento a convertirse en la civilización totalitaria—, exactamente igual que un pueblo es conquistado por otro pueblo. El mundo, o al menos una parte del mundo, ha sido conquistado también por ella, tomado por la fuerza. La conquista del mundo por la monstruosa alianza de la especulación y de la máquina aparecerá un día como un acontecimiento comparable, no sólo a las invasiones de Gengis Khan o de Tamerlan, sino a las grandes invasiones de la prehistoria, tan mal conocidas aún.

Es esta una idea que quisiera imprimir en vuestras mentes antes que nada. Observad, en primer lugar, que todas las civilizaciones del mundo se han heredado unas a otras, se han pasado la antorcha.

Las civilizaciones que pretenden haber nacido en el mismo suelo en que se han desarrollado, pueden siempre ponerse en relación con las demás por analogías y concordancias profundas. Incluso la de los mayas en América del Sur puede recordar a las de las orillas del Éufrates y del Ganges. Mientras que, si la invasión de la civilización humana por las máquinas crease verdaderamente una civilización del tipo ordinario, se podría decir que no tiene relación directa con ninguna otra. Sería la primera civilización materialista, la primera civilización de la materia. Ha aparecido en un mundo que no la había preparado ni deseado, que se había preparado incluso para otra distinta.

¡Una organización totalitaria y concentracionaria universal! Os imagináis lo que habrían pensado de esa pesadilla Montaigne, Pascal, o Jean-Jacques Rousseau. La civilización de las máquinas es un acontecimiento que se podría calificar de imprevisto, casi fortuito, y cuando hablo de invasión, creo que sé de lo que estoy hablando. Ya he dicho que esta civilización ha salido de Inglaterra. La invasión de la civilización por las máquinas ha coincidido exactamente con la fundación del imperio inglés.

Quiero mucho a los ingleses, y hasta les he escrito una carta a la que, por lo demás, no han respondido nunca; pero eso no es una razón para no decirles lo que pienso. El genio de la especulación ha nacido en Inglaterra. Por supuesto que siempre ha habido entre nosotros especuladores, de esos a los que Grecia llamaba ya «hombres de dinero» («siempre tendréis a los pobres con vosotros», dice el Evangelio y es lo mismo). Es posible que esas personas hayan pensado siempre más o menos en convertirse en los dueños del mundo, pero se desconfiaba de ellos, se sospechaba de ellos. Recordad lo que la Edad Media pensaba del usurero y de la usura…

En la antigua monarquía, casi todos los grandes adinerados, desde Jacques Coeur a Fouquet, han terminado mal. Pero tal vez esas personas aguardaban su hora. Bueno, la esperasen o no, su hora ha llegado. La invención de las máquinas les ha dado de golpe, bruscamente, el instrumento que les faltaba. Las máquinas no tienen la menor responsabilidad en el asunto, eso está claro. No pretendo mandar a las máquinas de Nürenberg, los costos del proceso serían demasiado altos.

Las máquinas no se han multiplicado según las necesidades del hombre, sino según las de la especulación, ese es el punto clave. No se puede confundir una empresa honesta de agencia matrimonial con una organización de prostitución. La ciencia ha puesto las máquinas, la especulación las ha prostituido, y le pide cada día más a la ciencia en vistas a un proyecto que quiere extender a toda la tierra. Finalmente, el Estado moderno se ha hecho cargo de todo el asunto.

Uno podría imaginarse —que eso no cuesta— unos gobiernos prósperos, unos príncipes amigos de las ciencias (como tantos otros lo fueron de las artes y de las letras), alentando a los ingenieros a construir maquinaria. La maquinaria hubiese seguido siendo un medio, no un fin. No habría desquiciado la vida humana, ni habría confiscado casi toda la energía humana, más bien habría facilitado y embellecido la vida, sin usurpar el terreno de las demás artes. Ella misma habría sido un arte. Pero, lo repito, la especulación universal ha visto inmediatamente en las máquinas el instrumento de su poderío.

No ha habido esta lenta evolución de una civilización antigua hacia otra forma de civilización, sino una especie de golpe de fuerza. Los especuladores se han encontrado en la situación de un hombre armado frente a una tropa desarmada. Repito que la civilización de las máquinas, a sus comienzos, haría pensar más bien en una especie de gang. Se ha organizado primero para explotar y sacar tajada del mundo, después ha organizado el mundo a su propia imagen, poco a poco. Hoy sigue conquistándolo. Se olvida con demasiada facilidad que aún no la ha conquistado del todo.

Sí, quisiera ayudaros a revisar un cierto número de ideas convencionales. Hay millones y millones de hombres, continentes enteros, que no se abren tan voluntariamente como se cree a la civilización de las máquinas. Son conquistados por ellas, o lo van a ser, en el sentido más exacto de la palabra. Las máquinas les serán impuestas, aunque sea por la fuerza, aunque sea por la guerra, como los ingleses impusieron en otro tiempo a los chinos el uso del opio para dar salida en el mercado chino al opio de la India.

Pensemos en el ejemplo de Japón, que me parece típico. Japón había formado, en el correr de los siglos, una de las civilizaciones más expresivas, más refinadas que el universo haya conocido jamás, superada tan sólo por la civilización china, aún más acabada.

Desde los comienzos del siglo XIX, el gang europeo de las máquinas se ha esforzado por obligar al Japón a que abriera sus puertas. El Japón se resistió durante 40 años, luego se entreabrió apenas, pero ya era demasiado tarde: la civilización de las máquinas había plantado ya el pie entre la puerta y el dintel. El contagio del maquinismo le ha invadido. La propaganda y el ejemplo han creado necesidades nuevas. El frenesí de la especulación se ha apoderado de ese pueblo. El resultado ya lo sabéis. Sus antiguos educadores e iniciadores han tenido que venir a curarle a base de bombas atómicas de la locura que ellos mismos le habían comunicado.

Frente a esta civilización de la materia, a esta organización totalitaria y concentracionaria que absorbe a las mismas democracias, Francia parece estar completamente sola. Porque las democracias tienden hacia las dictaduras, ya lo sabéis, son ya dictaduras económicas. Las democracias han ganado la guerra y perdido la paz con los mismos métodos que la dictadura.

Los imbéciles dicen que no podían hacer otra cosa. Les responderé que el papel de las democracias no era el de hacer la guerra, sino el de haberla evitado a tiempo. En vez de eso, toleraron y hasta favorecieron a las dictaduras, mientras creyeron que podían utilizarlas para sus fines, tras lo cual tuvieron que ir a Munich en camiseta y con la soga al cuello.

Son los hombres de Munich los que tendrían que haber ido a sentarse entre Ribbentrop y el mariscal Goering, para oír al representante del mariscal Stalin hablar, en nombre de la conciencia universal, de los derechos sagrados de la persona humana. ¡Bah! Frente a esta colosal organización totalitaria y concentracionaria, Francia puede parecer más débil que Atenas frente a Roma. Pero, ¿y si esta civilización gigante llevase precisamente en sí misma la tara del gigantismo?

Decís que dispone de medios poderosos frente a los cuales una civilización como la nuestra está sin defensa. Pero, ¿y si esta civilización fuese una contracivilización, una especie de monstruo destinado a ser cada vez menos capaz de controlar el uso de los medios de que dispone? ¿Y si estuviera poco a poco condenada a servirse de esos medios contra sí misma? Al fin y al cabo, no hay ni uno solo de nosotros que no haya tenido el sueño, o la pesadilla, de una explosión total de los continentes por una bomba atómica defectuosa.

¿Creéis acaso que las inauditas destrucciones de la última guerra van a tener ante la historia otro sentido distinto del que acabo de darles? El valor de una civilización se mide por la seguridad que da a los hombres, y nunca, desde que existen las civilizaciones, los hombres se han visto reducidos a la miserable condición de habitantes provisionales de un planeta que tal vez estará mañana a merced del primer técnico que llegue…

Sé de sobra que en este momento os violento a un esfuerzo difícil, a que adaptéis vuestro pensamiento a un aspecto nuevo de las cosas, a una interpretación diferente de acontecimientos que están demasiado cercanos a vosotros y que no podéis observar con la distancia suficiente. Os agarráis a esa idea confortable, simple y simplista, de que no puede haber dos civilizaciones humanas, que todas las civilizaciones no son, no han sido nunca ni serán jamás más que una sola civilización, revestidas de forma diferente.

¡Perdón! ¿No se podría decir lo mismo de la barbarie? ¿No podría la barbarie asumir formas diferentes? ¿No podríamos encontrarnos, dentro de nada, en plena barbarie técnica? Porque la barbarie es algo muy distinto a la ignorancia. No hay que confundir al bárbaro con el hombre primitivo. El bárbaro no es un bárbaro sino porque ignora o rechaza las elevadas disciplinas espirituales que hacen al hombre digno de llamarse hombre.

Uno puede perfectamente imaginarse una humanidad que ha retrocedido y vuelto a la barbarie —esto es, al culto único de la fuerza—, sin haber perdido ni una de sus adquisiciones técnicas. ¿En qué puede la técnica preservar de la barbarie?

No son los técnicos del mundo moderno los que mantienen esas disciplinas a que acabo de referirme. Ellos lo saben de sobra. Por eso no tienen excusa cuando garantizan y ratifican la opinión de los necios, para los que la idea de civilización es inseparable de la de confort, aunque tengan que pagar ese confort con guerras y catástrofes innumerables, como un animal que se pega una última comilona, y se «pone morado», como se suele decir, antes de ir a sentarse a la silla eléctrica.

¡Jóvenes! ¡Jóvenes! ¡Jóvenes que me escucháis! Los impostores os invitan a tratarme como a Casandra, y os hacen creer que es una cuestión de honor el aceptar alegremente, virilmente, este mundo moderno, como si fuera vuestro, vuestra obra, como si no lo recibiéseis de nuestra manos. Bueno, tal vez sí es vuestro mundo, puede perteneceros como una tumba. Si dura, si nadie le detiene en su evolución implacable, tendréis derecho a un puesto en sus osarios.

Cristianos sin cerebro, pobres curas sin conciencia, aterrados ante la idea de que puede tenérseles por reaccionarios, os invitan a cristianizar un mundo que se organiza deliberadamente, abiertamente, con todas sus energías, para prescindir de Cristo, para instaurar una justicia sin Cristo, una justicia sin amor, la misma en cuyo nombre el Amor fue azotado y crucificado. Pienso que hay entre vosotros, jóvenes, muchos que son realmente cristianos, que viven su fe. Se apela a vosotros en nombre de la justicia, es así como se ejerce sobre las conciencias ese chantaje ante el que tiemblan hoy esos desgraciados que acabo de nombrar.

A los pobres no les falta ni virtud ni celo, sino carácter y, sin darse cuenta, dan síntomas de la misma ceguera, y cometen la misma falta que ese clero del siglo XIX que, en nombre del orden, terminaba reconociéndole a la burguesía una especie de derecho divino. Como el poder ha cambiado de manos, esos tipos de que hablo dejan que se forme hoy la idea de otro derecho divino, esta vez del proletariado.

«Reconoceréis al árbol por sus frutos», eso es lo que la Escritura nos enseña. Nosotros reconocemos una cierta clase de justicia por sus frutos, incluso si se esconde bajo el apelativo de «social», igual que antes, en Mallorca, en el tiempo de la impostura de la Santa Cruzada española, reconocimos por sus frutos un cierto orden que se llamaba también «social»; aquel se llamaba además «cristiano».

En nombre de la «justicia social», como ayer en nombre del «orden social», se mata, se deporta, se tortura a millones de hombres, se esclavizan pueblos enteros, se les trasplanta de un lugar a otro como rebaños. Se mata y, sobre todo, se miente. Se miente con una desvergüenza tal que ya no se trata ni siquiera de abusar de la opinión pública, porque la opinión pública ya no es abusada por semejantes mentiras. Está tan desganada de la verdad que ya no tiene interés por conocerla.

La justicia que no es según Cristo, la justicia sin amor, se vuelve muy pronto un animal rabioso. Sería de locos pensar que la justicia, incluso desbautizada, descristianizada, vaciada de todo su contenido espiritual, sigue siendo algo que se parece a la justicia y que, por lo tanto, puede todavía valer… Es como si me dijérais que un perro rabioso no deja de ser perro, un compañero fiel que uno puede conservar junto a uno mismo. Se ha soltado a la justicia sin Dios en un mundo sin Dios, y no se detendrá —lo digo sin elocuencia, y quisiera encontrar palabras más simples para decirlo—, no se detendrá hasta que haya arrastrado la tierra.

Antes de conseguir de los hombres de hoy que se pongan a trabajar con entusiasmo a rehacer una civilización humana, habría que ayudarles a superar el complejo de inferioridad que les produce una especie de atrofia del juicio y de la voluntad frente a esta civilización. Su poder material ha estado alucinando vuestras imaginaciones desde la infancia. Su propaganda colosal os alimenta día y noche. Muy pronto seréis absolutamente incapaces de concebir otra distinta.

No sois vosotros los que hacéis esta civilización, los que la mantenéis, es ella la que os forma, la que hace de vosotros poco a poco una «cosa suya». Constantemente vuestros cerebros son violados por ella. Os pido, os suplico, que al escucharme hagáis el esfuerzo necesario, doloroso, de imaginaros el mundo sin ella. Tal vez eso mismo os resulta tan difícil como el representaros mentalmente, por ejemplo, la cuarta dimensión del espacio. Por lo menos, trata de convenceros de que puede parecer, y perecer a sus propias manos. Porque —dicho sea de paso— esta civilización del optimismo ¡no es precisamente optimismo lo que engendra! Mirad, por ejemplo, cómo la literatura de América —su Roma, su Meca, su santuario más sagrado—, es esencialmente una literatura desesperada.

¡Oh! ¡Ya sé lo que estáis pensando! Estáis pensando que no se da marcha atrás. ¿No es cierto? Porque esta civilización tiene su filosofía, y el primer axioma de esa filosofía es negar la libertad del hombre, afirmando su servidumbre a la historia, que a su vez está sometida a lo económico.

Jóvenes cristianos que me escucháis, vosotros no razonáis como marxistas, pero algunos de vuestros reflejos mentales son marxistas. Concebís espontáneamente la sociedad humana como una locomotora disparada sobre los raíles, cuando haríais mejor comparándola a una obra de arte, que la imaginación del artista en su trabajo recompone constantemente. Si vuelve a una idea anterior, esa idea no podrá ser exactamente la misma. No es atrás donde la busca. Le vuelve enriquecida, renovada por las experiencias hechas entre tanto.

También vosotros pensáis: la humanidad no puede olvidar lo que ha aprendido una vez. «Lo que la ciencia ha adquirido una vez, queda adquirido para siempre». E inmediatamente hacéis, para reiros de ella, la hipótesis de una destrucción general de las máquinas. De ese modo simplificáis el problema hasta el absurdo, para no tener que resolverlo.

Observad, sin embargo, que vuestra hipótesis es absurda lógicamente, pero no en la historia. Muy al contrario, uno se imagina perfectamente, después de una experiencia desgraciada, que habría diezmado la humanidad, semejante noche de San Bartolomé de máquinas, y hasta de técnicas, por las masas, fuera de sí de cólera y de desesperación. Después de todo, es ya un síntoma bien claro de la desgracia profunda del hombre moderno ese escandalizarse tanto ante la idea de la aniquilación de sus preciosas máquinas, de sus máquinas adoradas, cuando es capaz de considerar con tanta frialdad la masacre de millones de hombres por esas mismas máquinas…

Digo que planteáis el problema al revés, porque el mal no está en las máquinas. Está o estará en el hombre que la civilización de las máquinas está a punto de crear.

La máquina desespiritualiza al hombre al mismo tiempo que acrecienta monstruosamente su poder. Hay ahí una contradicción que hace temblar. Es al hombre descristianizado, inclinado más que nunca a creerse un animal irresponsable, al que acaba de entregarse el secreto de la fisión de plutonio y el medio de destruir a su especie entera. Por mucho que me digáis que es Dios quien le ha hecho ese regalo, ¡no os creeré jamás! «¿Qué padre, dice el Evangelio, si su hijo le pide pan le dará una serpiente?». Tal vez no reflexionamos bastante en esta última advertencia de la providencia.

La civilización de las máquinas nos prometía cada vez más máquinas, y he aquí que aparece de golpe la máquina de las máquinas, la reina de las máquinas, la máquina que concentrará pronto en sus flancos de acero más energía de la que haya sido necesaria para hacer funcionar todas las máquinas desde que las máquinas se inventaron. En una palabra, la máquina de destruir en un abrir y cerrar de ojos todas las máquinas…

Tendremos que aceptar que el único superviviente en una catástrofe planetaria grabe un día con un cuchillo en una roca pulimentada, antes de morir, esta inscripción, que será evidentemente la última de las inscripciones lapidarias (en caso de que sea aún capaz de escribirla en latín): «la civilización humana seguía su curso, pero las máquinas la invadieron, se multiplicaron y acabaron por destruirla».

Podría ponerse esa frase en boca del mono imaginario, dibujado por no sé que caricaturista americano (porque yo también leo las revistas norteamericanas…). La última guerra ha acabado con todos los hombres, menos dos aviadores enemigos que acaban encontrándose sobre una isla desierta del Pacífico. Se precipitan el uno sobre el otro, y en ese momento, en la punta de un cocotero, está un mono y su compañera, que ven a los dos aparatos caer al mar. Y el mono murmura con una voz pensativa: ¡Bueno! ¡A empezar de nuevo…!

Aceptar este mundo es aceptar ser el objeto pasivo de una experiencia terrible, irreversible. Ya os he dicho bastante en qué consiste esta experiencia, cuyo éxito no tiene absolutamente ninguna garantía, ya que hasta ahora no ha conducido sino a catástrofes cada vez más terribles. Algunos os decís todavía a vosotros mismos que la máquina os libera. Os libera provisionalmente, de una forma, sólo de una, pero resulta sugestiva para la imaginación: os libera, en cierto modo, del tiempo, la máquina hace «ganar tiempo». Eso es todo. Ganar tiempo no es siempre una ventaja. Cuando se va al cadalso, por ejemplo, es preferible ir a pie.

La posesión individual de ciertas máquinas cuyo uso es sólo vuestro que no sirven más que a vosotros, puede todavía engañaros, pero esas máquinas dependen ya, y seguro que van a depender cada vez más, de la máquina totalitaria y concentracionaria que está en manos de los técnicos del Estado. Podéis tener en casa mil aparatos eléctricos de iluminación, cada cual más ingenioso, y más caro también. Si la máquina os niega la corriente eléctrica estás a oscuras, y si la máquina ha prohibido la venta de velas, porque tiene necesidad de todo el sebo para su propio uso, no os quedará más remedio que acostaros sin luz. Igual que la luz, mañana podría negaros el calor.

Leéis en los periódicos que por todas partes se crean laboratorios de desintegración atómica, siguiendo el modelo de esas prodigiosas fábricas americanas, ¡y dormís, sin embargo, tan tranquilos! ¡Es pasmoso, dejadme que os lo diga…! ¿Pensáis acaso que quienes van a controlar esas colosales fuentes de energía no abusarán nunca de ella contra nadie? ¡Allá vosotros! En caso de abuso de poder, por lo demás, siempre podréis dirigiros en ese momento a poner una denuncia en la comisaría del barrio.

Estamos ante ese mundo o, mejor, a las puertas de ese mundo, puesto que la puerta no se ha cerrado aún detrás de nosotros. Lo que quiero decir es que muy pronto no necesitará para nada de vuestra aceptación, pero que hoy por hoy teme aún vuestro rechazo. No nos pide que le amemos, no pide amor, no quiere sino que le acepten. Tratando de someter las fuerzas de la naturaleza, espera que nos sometamos a él, a su determinismo técnico, igual que nos sometimos a la misma naturaleza, al determinismo de las cosas, al frío, al calor, a la lluvia, a los terremotos y a los huracanes.

Tiene miedo de nuestro juicio y de nuestra razón. No quiere ser puesto en discusión. Pretende saber mejor que nosotros lo que somos, nos impone su concepción del hombre. Nos invita a producir, a producir ciegamente, a producir cueste lo que cueste, cuando acaba de demostrar de modo terrible su capacidad de destrucción. Nos manda, nos ordena, nos fuerza a producir, para no dejarnos tiempo de reflexionar. Quiere que tengamos la mirada baja sobre nuestro trabajo, para que no la levantemos y la posemos en él. Porque igual que los monstruos, este mundo tiene miedo de la fijeza del mirar humano.

El coloso no es tan fuerte como parece. La experiencia acaba de demostrarnos, y nos lo va a demostrar pronto más y más, que esta barbarie técnica tiene cada vez más la tendencia a volver contra sí misma los enormes medios de destrucción de que dispone. Es imposible no ver en las últimas catástrofes los síntomas de una especie de locura suicida. Sin duda, podríamos esperar que en una crisis aguda de la neurosis que le roe, el monstruo se salte la tapa de los sesos con un revólver a su medida y de su talla, un revólver cargado con una bomba atómica, claro… Pero si eso sucede, desgraciadamente, no le sobreviviremos.

Esta civilización tiene su punto débil: es el Estado. Semejante civilización, en efecto, no sería capaz de soportar la existencia de estados dignos de ese nombre, en el sentido en el que se daba antaño la palabra Estado. El Estado moderno tiende a convertirse en un trust, es un trust, y este trust tiene la moralidad de los trust, es decir, todos los medios le vienen para acrecentar su poder y llenarse las arcas. Y, sin embargo, es a la vez muy potente y muy frágil, debido a su complejidad extraordinaria, monstruosa y siempre creciente.

El Estado moderno es una dictadura administrativa, dispuesta siempre a transformarse en dictadura policial. La resistencia de los ciudadanos al Estado asume así poco a poco, al menos en ciertos países, el carácter de una acción liberadora. En Francia, el mercado negro, en uno de sus aspectos, cuando se le observa sólo en la persona de sus beneficiarios principales, puede recordar a la América de la ley seca.

Pero hay otro mercado negro: el de los millones de ciudadanos que no han buscado en él sino pequeñas ventajas y pequeños beneficios, pero que terminan por sacarle el gusto a esta lucha cotidiana contra la tiranía del Estado omnipotente, a este sabotaje, a este roer una autoridad pejiguera, falta de doctrina y de responsabilidad. Es así como han comenzado siempre las revoluciones. Porque esta revolución se está preparando. El espíritu revolucionario ha dejado de animar a los partidos que presumían de él, pero el tiempo nos apremia.

Jóvenes que me escucháis, os decís a veces que no hay nada que hacer. Eso es lo que quisiérais creer, para no tener que actuar. Las revoluciones se preparan en las conciencias. Es la idea revolucionaria la que hace las revoluciones. La revolución comienza en cuanto se la desea.

La especie de orden inhumano con que estamos amenazados comenzará a doblegarse en cuanto dejéis de creer en él. Los que pretenden imponerla al mundo no son, en definitiva, más que un puñado de gentes.

Supongamos que Europa ha sido destruida. Supongamos que el hombre de Europa ha sido reducido a la impotencia por un cataclismo cualquiera que él mismo ha provocado, ¿creéis que el resto del mundo repetirá la experiencia, o que la repetirá de la misma forma? ¿Creéis que la civilización de la materia no desaparecería, junto con esos hombres insaciables, borrachos de orgullo técnico, rabiosos por esa especie de avitaminosis espiritual que no he dejado de denunciar?

Porque el hombre de Europa no es el hombre materialista, es el hombre desespiritualizado, es un cristiano corrompido. Sus crímenes son precisamente los de una espiritualidad pervertida. Las dictaduras de derechas o de izquierdas explotan esta espiritualidad, o al menos llenan el vacío que ellas han dejado en las conciencias.

¿Pensáis que el resto del universo se resignará —si es que puede evitarlo— a la dictadura de un alucinado capaz de destruir en unos años el trabajo de varios siglos? Porque el hombre de Europa no es el hombre materialista, es el hombre desespiritualizado, es un cristiano corrompido. Sus crímenes son precisamente los de una espiritualidad pervertida. Las dictaduras de derechas o de izquierdas explotan esta espiritualidad, o al menos llenan el vacío que ella ha dejado en las conciencias.

¿Pensáis que el resto del universo se resignará —si es que puede evitarlo— a la dictadura de un alucinado capaz de destruir en unos años el trabajo de varios siglos? Porque el hombre que acaba de aterrorizar a la Tierra era un alucinado. La alucinación había ocupado en él el lugar de la fe.

El hombre moderno es un angustiado. La angustia ha ocupado el lugar de la fe. Todas esas gentes se consideran realistas, prácticos, materialistas, rabiosamente volcados a conquistar los bienes de este mundo. No nos es nada fácil sospechar la naturaleza del mal que les roe, porque lo único que observamos es su actividad delirante, sin caer en la cuenta de que esa actividad es precisamente la forma degradada, envilecida, de su angustia metafísica.

Estos hombres dan la impresión de correr en pos de la fortuna, pero lo que hacen no es correr en pos de la fortuna, sino huir de sí mismos. En estas condiciones, es cada vez más ridículo escuchar a unos pobres curas ignorantes y perezosos tronar desde lo alto del púlpito contra el orgullo de este perpetuo fugitivo, contra el apetito de placer de este enfermo que no es capaz de gozar de nada sino al precio de los mayores esfuerzos, que tiene una súbita voracidad de todo porque no tiene realmente hambre de nada.

El hombre de las máquinas es un anormal. Cuando se habla de desequilibrio entre las necesidades espirituales y la multiplicación de las máquinas, se razona como si para remediar los males que engendra ese desequilibrio bastase con imponer al hombre un empleo del tiempo mejor y más racional, según las reglas de la pedagogía: recreos más cortos, clases más largas.

¡Bah! Esas son ideas de bedel. El hombre moderno no es simplemente un estudiante perezoso que se entretiene jugando con las máquinas en vez de hacer sus deberes o de rezar sus oraciones. Las máquinas le distraen, si se toma esa expresión, que se ha vuelto banal, no en su sentido ordinario, sino en su sentido exacto, etimológico: distrahere. Lo que le pide a las máquinas es que rompan el ritmo antiguo, tradicional, el ritmo humano del trabajo, que lo aceleren de tal manera que sea imposible que las imágenes temibles se formen en su pensamiento, igual que los cristales de hielo no pueden formarse en un mar quebrado de escollos.

Y no hablamos aquí sino de las máquinas utilitarias. Las que el hombre de las máquinas ha preferido siempre, aquellas por las que no se cansa de agotar los recursos de su genio inventivo, y cuyo perfeccionamiento absorbe sin duda las cuartas quintas partes del esfuerzo industrial humano, son precisamente las máquinas que corresponden, que se ajustan exactamente a los mecanismos de defensa del angustiado: el movimiento que embriaga y enajena, la luz que reconforta, las voces que tranquilizan.

¡No seáis ingenuos! Vuestra nación, igual que la mayoría de las otras, podrá construir máquinas mientras el gigantesco monstruo económico, cuya fuerza crece y se organiza cada día al este y al oeste de Europa en ruinas, no haya alcanzado su pleno desarrollo. El día que ese desarrollo esté conseguido —os lo aseguro—, vuestro sueño de un mundo rehecho, según el modelo del que acaba de derrumbarse, no tendrá el más mínimo sentido. No se necesitará de nosotros para construir máquinas, y se nos negará el derecho a ello. Lo único que podremos hacer será comprárselas a los que hayan conquistado el monopolio de la producción y se hayan asegurado el mercado.

Toda la potencia técnica del universo está, pues, destinada a pasar, más tarde o más temprano, a manos de la organización económica más potente y mejor equipada. La civilización totalitaria y concentracionaria se habrá cerrado sobre vosotros.

Hay que darse prisa en salvar al hombre, porque mañana no podrá ser salvado, por la sencilla razón de que no querrá. Si es verdad, en efecto, que esta civilización está loca, también lo es que hace locos. Jóvenes que me escucháis, vosotros os creéis libres con respecto a ella. Eso no es verdad. Vivís, como yo, en su aire, la respiráis, entra en vosotros por todos los poros. Se os dice: «La libertad no puede morir». Sí que puede morir, en el corazón de los hombres. ¡Acordaos!

Miles y miles, millones de jóvenes como vosotros, han perdido de golpe el gusto por la libertad, igual que se pierde el sueño o el apetito. Con la diferencia de que quien ha perdido el sueño o el apetito desea encontrar el uno y el otro. Ellos, en cambio, no habían perdido la libertad, sino que la habían dado, la habían entregado, y estaban orgullosos de ello. Presumían por una extraordinaria, por una prodigiosa contradicción, de haberse librado de ella… ¡liberados de la libertad!

Jóvenes amigos, esos muchachos no eran salvajes. Eran hijos de la antigua e ilustre cristiandad alemana, vuestros vecinos, que hubieran podido ayer ser compañeros vuestros, los herederos legítimos de una de las más altas culturas de la humanidad. Y, sin embargo, han hecho de un hombre un dios. Han muerto por él, para dar testimonio de que habían renunciado a su libertad, de que la habían puesto en sus manos. Su muerte no ha sido un testimonio a favor de la libertad, sino un testimonio contra ella.

Sé que Alemania estaba tal vez más predispuesta a estos descarríos que otras naciones. Péguy la llamaba —lo sabéis— una «cristiandad malograda». Pero nadie me hará decir que el mal venía sólo de ella, de su propio fondo. Ese mal ha alcanzado con la misma gravedad a otros pueblos, y aún sigue amenazando a otros. Alemania ha sido corrompida por la civilización que estoy denunciando, y ninguno de nosotros puede estar seguro de no estar igualmente corrompido.

No se trata sólo de maldecir a esos pobres descarriados, cuyos cadáveres rebosan ahora en todos los osarios de la guerra, de esa guerra que ellos habían deseado. Se trata de formar hombres capaces de dar por la libertad todo lo que estos desgraciados habían comprometido en contra de ella, de darle a la libertad toda la fuerza de sus brazos, todo el entusiasmo de sus corazones, una implacable lucidez, una voluntad inflexible.

¡Se trata de comenzar desde mañana mismo, desde hoy, esa revolución de la libertad que será también, que será especialmente una explosión de las fuerzas espirituales en el mundo, análoga a la de hace dos mil años, la misma! ¡Quiera Dios que salga de Él ese mensaje que el mundo aguarda, y que dará por doquier la señal de la insurrección del Espíritu!

ENLACES RELACIONADOS

Chesterton. Poemas. “El gran mínimo”.

El cementerio marino (Paul Valéry). Dibujos de Gino Severini para el poema.

El Sabbat (Maurice Sachs).

Giacomo Joyce (James Joyce). Texto íntegro.

Sobre “El Diario de Ana Frank”. Incluye la película.

1984. Película (adaptación cinematográfica de Orson Welles).

Fahrenheit 451 (Ray Bradbury).

Fahrenheit 451 (Ray Bradbury).

La Comedia del Arte, la improvisación y la política de hoy.


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