sábado , 18 noviembre 2017
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Inicio / Carboncillos y pinceles / Ignacio Zuloaga en el París de la Belle Époque, 1889-1914.
Ignacio Zuloaga y Joaquín Sorolla representan las dos caras de una misma moneda. Ambos pintores reflejan las costumbres y el sentir de su época. Cada uno centró su mirada en una capa de la sociedad concreta. Sorolla es agradable, relajante, produce sentimientos placenteros. Zuloaga es más molesto, suscita sentimientos de tristeza.

Ignacio Zuloaga en el París de la Belle Époque, 1889-1914.

“Contemplando sus lienzos he ahondado en mi sentimiento y mi concepción de la noble tragedia de nuestro tiempo”.
Miguel de Unamuno

Doña Rosita Gutiérrez, óleo sobre lienzo, c. 1914-1915.
(Doña Rosita posa con un fondo que representa un caserío castellano y un cielo que recuerdan al Greco. En su abanico aparece la “Maja desnuda” de Goya).

Novedosas construcciones arquitectónicas, bulevares bulliciosos, elegantes transeúntes, mujeres que perfuman con sus polvos las butacas de los teatros, cafés cuyas cristaleras muestran el juego acaracolado del humo de los tabacos, trenes hambrientos de trayectos, carteles que anuncian artículos seriados y, centrándonos en nuestro asunto, tertulias que no se agotan, diarios que dedican espacio sobrado a reseñas y críticas de arte variado, coleccionistas que se dejan convencer por marchantes ambiciosos, burguesas que no han perdido el hábito de poseer salones literarios, donde se ripian o ensalzan glorias consagradas y promesas embrionarias, galerías de arte que no dan a basto con el ir y venir de neoimpresionistas, fauvistas, simbolistas, nabis… Esto no es más que un esbozo de lo que fue París a finales del siglo XIX.

Parisienses, óleo sobre lienzo, 1900.

Una Francia bulliciosa y cosmopolita recibió al joven de diecinueve años que respondía al nombre de Ignacio Zuloaga Zabaleta.

Ignacio Zuloaga llegó a Francia en 1889 y fijó su residencia en el bohemio barrio de Montmartre. En París se hizo famoso y en París se casó. En París hizo realidad la razón que dio a su madre cuando abandonó Éibar, la ciudad vasca donde nació: “Quiero ser pintor, ama”.

¿Cuán ávido de imágenes, cuán desconcertado por las novedades no estaría el joven crecido en la austera y cristianísima tierra española? Todo lo que encontró en París lo deslumbró, pero para su fascinación llevaba el estudiante un antídoto potente que se convirtió, con el pasar de los años, en su sello de identidad: ese antídoto era el sentimiento patrio, que reflejó en sus retratos y escenas costumbristas, los dos géneros que más cultivó.

El alcalde de Torquemada, óleo sobre lienzo, 1903.
(Estos personajes populares recuerdan a  los de Ribera y Velázquez).

La obra de Ignacio Zuloaga rezuma tradición. Es su pintura una mezcla de tradición y modernidad. Esa es la clave de su lenguaje visual, de su poderío, de su grandeza.

Zuloaga fraternizó con simbolistas y nabis. A ellos debe el uso de arabescos en la composición, aunque es una técnica que utilizó con moderación. También empleó los fondos poco realistas con toques tormentosos, la luz artificial, las figuras descentradas, la simplificación de las formas, la subordinación de las mismas al concepto que se quiere revelar, el gusto por el alargamiento de las figuras. Estas características, que  ya se encontraban presentes en la pintura española de períodos anteriores, muestran cómo los artistas españoles influyeron en los movimientos plásticos que tuvieron lugar en París en la segunda mitad del siglo XIX.

Mas en la pintura de Zuloaga también encontramos recursos impresionistas y neoimpresionistas que pueden apreciarse, por ejemplo, en los encuadres y en la luminosidad de los cuadros que realizó en ese período.

Mi padre y mi hermana en París, óleo sobre lienzo, 1891.

Esta es, podríamos decir, por aportar algo del influjo que esos movimientos tuvieron en él, la parte moderna de Zuloaga. Pero creo que Zuloaga es un pintor esencialmente español, si tenemos en cuenta el conjunto de su obra y que los artistas modernos del país vecino miraban con ojos ávidos los tesoros encerrados en El Prado. ¿Simbolistas y nabis influyeron en el pintor? Sí, desde luego, mas no creo que tanto como se afirma. Los cuadros hablan por sí solos.

Los simbolistas buscaban fórmulas que permitieran que la idea fuera identificada; ellos exteriorizaban la idea hilvanándola al soporte, no cosiéndola. Esta manera de hacer la encontramos en Zuloaga. Pero los simbolistas son monarcas en el feudo de la fantasía y en el universo del subconsciente y en esos mundos no veo que destaque el pintor eibarrés. Zuloaga fue, como dijo Miguel de Unamuno, “espejo del alma de la patria”.

Mujer de Alcalá de Guadaira, óleo sobre lienzo, 1896.
(Este cuadro se incluye dentro de las obras de la “España blanca” por su paleta de colores. El efecto de la luz artificial, el fondo abreviado y el personaje que parece andar son elementos que se encuentran en la pintura de Degas).

El lado tradicional de Zuloaga tiene que ver con los dioses de nuestra pintura: el Greco toledano, Ribera, Velázquez y Goya. Es de ellos de quien es deudor. A ellos debe sobriedad, ascetismo, claroscuros, el nervio recio y una gama de colores que, quitando su etapa andaluza incluida en la “España blanca”, va volviéndose severa (ocres, grises, siena, rojo carmesí, negro y verde triste, estilo Greco).

Esa vuelta a las raíces, que exigía sobriedad y dejaba escapar la amargura, fue un pecado que no le perdonó la España viuda de colonias, para quien 1898 fue su Leviatán.

Tipo de Segovia, óleo sobre lienzo, 1906.
(Los pobres de Zuloaga desprenden dignidad con una sencillez que pasma).

Zuloaga fue artista que dedicó su pintura a un solo amor: España. Su pintura es un reflejo de lo que vivió y vio. Y este hecho que lo consagró en el extranjero motivó los desaires que recibió en su tierra. Una parte de España intentaba ocultar la evidencia del fracaso que trajo consigo el año 1898, y lo hacía enalteciendo todo lo que oliera a modernidad, intentando ocultar la depresión que se instaló en el país luego de que Estados Unidos derrotara a España y se perdieran las últimas colonias. Esa parte de la sociedad española no quería saber nada de la historia que Zuloaga mostraba sin afeites.

Los críticos y políticos españoles lo marginaron durante mucho tiempo. A pesar de que la fama lo visitó en París en 1895, no es hasta 1926 que se organiza la primera exposición individual del pintor en España. Este importante reconocimiento a su trayectoria artística tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Celestina, óleo sobre lienzo, 1906.

El sentimiento de lo español nada tiene que ver con toros y corridas, peinetas, mantillas, abanicos, bailes, luz resplandeciente y aporreo de guitarras; estas imágenes no son más que decorados si no van acompañadas de una idea. La pintura de Zuloaga se nutre de las costumbres y las escenas populares. Era su intención tratar los temas que atañen a España a la española. De tal manera, que centró la mirada en nuestros clásicos en vez de buscar, como hicieron tantos, consejo directo en los grandes del Renacimiento.

El propósito de Zuloaga era dar espacio a las maneras de su país. El artista puso primero sus ojos en Andalucía, donde dio rienda suelta al cromatismo de moda en París, que pega tan bien con esa luminosa región de España; es en esta época donde podemos apreciar sus simpatías por el Degas y el Manet de ese período.

Pero unos años más tarde, y ya para siempre, centró todos sus sentidos en las tierras de Castilla, dando paso en sus telas a la España profunda. A partir de 1904 se acentúa su compromiso de dar voz a la identidad nacional, es entonces cuando los colores fríos se adueñan de los lienzos.

Ambos lugares, Andalucía y Castilla, prestaron a Zuloaga lo que necesitaba para pintar sus paisajes costumbristas, paisajes que solía incorporar en sus retratos como telones de fondo.

Ese sometimiento del paisaje al personaje retratado cambia a partir del año 1909. Zuloaga pintó paisajes urbanos y naturales libres de figuras humanas y también pintó bodegones, pero fueron pocos si los comparamos con el conjunto de su obra.

Retrato de Doña Adela de Quintana Moreno, óleo sobre lienzo, 1910.

¿Qué tiene Zuloaga de El Greco? El alargamiento de la figura, algunos de sus cielos, los fondos que muestran pueblos, el modo de utilizar el color negro. ¿Qué tiene de Ribera? Sus claroscuros ¿Qué le hizo fijarse en Velázquez? Su frontalidad, su vigor ¿Qué encontró en el Goya de las Pinturas negras? El sentir amargo impreso en luces y sombras.

Pero lo más importante que heredó no es lo que tiene que ver con la forma. El patrimonio que recibió fue el botijo que encerraba todo lo español. En él encontró una pócima que llevaba, entre otros ingredientes, ascetismo, contrastes de luz, gusto por la tradición y garra.

Cuando estamos frente a un Greco toledano o frente a los murales de las Pinturas negras de Francisco de Goya, cuando estamos frente a los hombres de pueblo de Diego Velázquez o de José de Ribera, cuando contemplamos los cuadros de Zuloaga, entendemos perfectamente qué es eso que llamamos lo español.

La enana Doña Mercedes, óleo sobre lienzo, 1899.
(Las celestinas, los harapientos y los enanos son personajes típicos del Siglo de Oro español que fueron reinterpretados por los artistas de finales del siglo XIX. La enana de Zuloaga recuerda las pintadas por Velázquez).

Mientras Sorolla dejaba al mar balancearse en sus cuadros y al sol deshonrar los capullos de las flores, Zuloaga buscaba inspiración en los pueblos rurales del interior de España. Mientras Sorolla tornasoleaba las telas y se dejaba llevar por los encantos de la vida moderna, representando escenas burguesas, Zuloaga, con su paleta taciturna, daba fe del clima extremo de Castilla, de sus pedregales, de las aldeas sin verdor, de la vida severa y de la capacidad de resistencia de los hombres nacidos en esa tierra.

Mientras Sorolla era el príncipe de la “España blanca”, Zuloaga lo era de la “España negra”, pues si bien es cierto que el pintor vasco tuvo en sus comienzos una etapa luminosa, también es cierto que esa alegría duró lo que un merengue en la puerta de un colegio.

Retrato de Mlle.Valentine Dethomas, c.1895.
(La grandes manchas ocres delimitadas por tonos oscuros es típica de los simbolistas. A mí ese fondo me recuerda algunas obras de Munch).

Ignacio Zuloaga y Joaquín Sorolla representan las dos caras de una misma moneda. Ambos pintores reflejan las costumbres y el sentir de su época. Cada uno centró su mirada en una capa de la sociedad concreta. Sorolla es agradable, relajante, produce sentimientos placenteros. Zuloaga es más molesto, suscita sentimientos de tristeza.

Antes de terminar quiero centrarme en los retratos. Zuloaga trabajó este género, fundamentalmente, en su primera y segunda etapa artística, que son las dos fases que recojo en esta entrada: el período inicial que va desde 1890 a 1898 y que reúne la producción de su período andaluz, influenciado por su formación en Francia, y la época que agrupa las obras realizadas desde 1898 a 1914, donde se muestra Castilla de fondo. El último ciclo abarca los cuadros fechados entre 1915 y 1945, son años más abundantes en paisajes y bodegones.

El género del retrato fue, en el siglo XIX, el amante que todos deseaban. El retrato daba fruto al artista y al que posaba.

El retrato era para el artista una fuente de ingreso rápida -el resultado estaba vendido antes de ser realizado- y era para el cliente, además de una buena inversión, una herramienta publicitaria.

Retrato de Madame Malinowska (La rusa), óleo sobre lienzo, 1912.

En los retratos de Zuloaga las figuras aparecen remarcadas, colocadas por delante de los fondos, que pueden ser neutros o pueden ser paisajes naturales, pueblos resumidos en unas cuantas casas lejanas o fondos decorados con tupidos cortinajes que simulan escenarios.

En los retratos, que son una síntesis de contenido y fondo, la luz se subordina al retratado.

En los retratos, los personajes no esconden su carácter, que es acentuado por la función evocadora del paisaje de fondo. Es el carácter, la psicología del modelo, lo que Zuloaga atrapaba en las telas, no el parecido. Decía el pintor que para reflejar parecidos estaban las cámaras fotográficas.

En los retratos de Zuloaga los hombres y las mujeres tienen una postura que los dignifica, al margen de si son ricos o pobres.

Retrato de la condesa Mathieu de Noailles, óleo sobre lienzo, 1913.
(¿A que recuerda a la Venus de Tiziano y a las majas de Goya?)

“Zuloaga ha pintado el enano Gregorio el Botero. Una figura deforme de horrible faz, ancha, chata y bisoja, calzados los pies de alpargatas y las piernas de calzones que medio se le derriban, en mangas de camisa, abierta ésta por el pecho, que avanza con enormes músculos de antropoide. Sobre el suelo se alzan, y apoyados en su hombro se mantienen en pie, dos henchidos pellejos que conservan las formas orgánicas del animal que en ellos habitó y afirman un no remoto parentesco con el hombre monstruoso que los abraza como a dos semejantes. Más que un ser humano parece un trozo de pedrusco y es el representante, por así decirlo, de la barbarie, de la España anclada en el pasado, de lo irremediable del peso de los siglos sobre España”, escribió Ortega y Gasset en 1911 en el diario El Imparcial.

El enano Gregorio el botero, óleo sobre lienzo, 1907.
(En suelo de Ávila, con un fondo árido y un cielo plomizo, está Gregorio retándonos con el único ojo que le queda. Es Gregorio símbolo de lo que fue la vida en Castilla).

Zuloaga regresa a España siendo un artista que ha demostrado con creces su compromiso con la identidad nacional. La Castilla de Zuloaga enlaza con la de la Generación del 98. Así describe Miguel de Unamuno la tierra atrapada en los cuadros del pintor vasco.

CASTILLA

Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo,
Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
del noble antaño.
Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
y en ti santuario.
Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
aquí, en tus páramos.
¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
desde lo alto!

Retrato de Émile Bernard, óleo sobre lienzo, 1897-1901.
(En esta tela conviven las formas sobrias y la paleta de la pintura española con la simplificación del fondo y de la figura, dos características del simbolismo).

La Fundación Mapfre de Madrid nos invita a visitar la exposición Zuloaga en el París de la Belle Époque. Esta muestra ofrece también un recorrido por la pintura de artistas que fueron compañeros de profesión del pintor vasco o que influyeron en él. Aquí podemos disfrutar de obras de Émile Bernard y Auguste Rodin, amigos personales de Zuloaga. Así como de cuadros de Toulouse-Lautrec, Pablo Uranga, Charles Cottet, Santiago Rusiñol, Pablo Picasso, Paul Gauguin… Y también, gracias a la sala que recoge su faceta de coleccionista, podremos contemplar obras de Francisco de Goya, El Greco y Francisco Zurbarán. Como verás, Mapfre ha tirado, como se dice popularmente, la casa por la ventana. Sólo pongo una pega a la exposición. A Zuloaga le gustaba laquear mucho los cuadros y, debido a cómo están iluminados en esta muestra, los barnices vuelven espejos las telas. Hay que zigzaguear para encontrar un ángulo que permita ver el lienzo en su totalidad.

Monje en éxtasis, óleo sobre lienzo, 1907.
(La figura alargada, las manos deformadas, la pose, el cielo…, pero si ¡hasta los verdes y azulados homenajean al Greco!)

Antes de finalizar esta entrada déjame que te cuente una anécdota que el crítico Giulio de Frenzi recogió en un periódico el 17 de abril de 1911. Es una anécdota curiosa, pues Zuloaga debe mucho a la pintura de El Greco. Dice así:

“Jovencísimo, daba (Zuloaga)  sus primeros pasos artísticos en París, con mucha ambición y escaso peculio, cuando una tarde, en un cafetucho de Montmartre, oyó a otro artista español, Rusiñol, alabar un Greco olvidado en una pequeña y ruinosa capilla de Toledo, cuya existencia ignoraba Zuloaga. No pudo resistir la tentación. Esa misma noche, sin equipaje, marchó en tercera clase hacia Toledo para descubrir la obra ignorada del maestro predilecto”.

El cuadro al que se refiere el crítico italiano es El entierro del Conde de Orgaz.

Víspera de la corrida, óleo sobre lienzo, 1898.

Y déjame también que te cuente que Zuloaga llegó a convertirse en estilista de su clientela norteamericana. Las señoras le encargaban retratos con el deseo de verse ataviadas a la andaluza: con mantillas de encaje, rosas, claveles y peinetas en el pelo, con abanicos y trajes flamencos, querían ser retratadas como las modelos vestidas a la española de sus cuadros andaluces.

Retrato del artista con capa y sombrero, óleo sobre lienzo, 1908.
(Aquí vemos el fondo agitado y oscuro a la manera de los simbolistas).

Y ya por último, lo prometo, les dejo un trocito de una reseña publicada en 1900 en Le Petit Blu titulada ¿Acaso no nos muestra también Zuloaga esas grandiosas caricaturas en las que el maestro de “Las lanzas” anuncia a Goya? Dice así:

“Ante los lienzos de Zuloaga volvemos a encontrarnos con España, pero en este caso ya no es la España de un flamenco, sino la de un español. No le obsesiona la visión colorista de los paisajes bañados por el sol. No es el restallante color de su país lo que nos representa, sino sólo el estilo enérgico, altanero y de maravilloso ardor de sus tipos y de sus aspectos (…) Lo cierto es que el talento del señor Zuloaga puede resultar extraño a nuestros ojos, hechos a un arte más suave, más civilizado, pero no hay más remedio que aplaudir su total pertenencia a su raza y su país. Es más probable que haya pasado por el influjo de Manet, pero las visiones parisinas no han debilitado en nada la rudeza y el ardor viril de su arte ibérico”.

Mujeres de Sepúlveda, óleo sobre lienzo, 1909.
(A partir de este año, Zuloaga decide que figura y paisaje compartan protagonismo. Me gusta mucho este cuadro tan alejado de todo tufo de modernidad con ese caserío de piedra, las calles hechas a base de uña de bestias y las mujeres que van, poco a poco, fundiéndose en el fondo).

¡Ay, ay, no quiero despedir a Zuloaga!


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