IMRE KERTÉSZ

Mujeres en la ventana, 1980, Evelyn Williams.

Nazismo y estalinismo, Auschwitz, Buchenwald y Siberia, cóctel de pesadillas, cicuta que tragó a la fuerza  Imre Kertész, superviviente de los campos de exterminio, superviviente del comunismo húngaro.

Kertész, hombre-Job, superviviente de esa máquina de moler intelectos y de hacer dinero que el es Premio Nobel de Literatura.

A este hombre, que vivió bajo la presión que desata la impotencia, los cínicos vacíos de alma le pidieron que bajara el tono, que pusiera algo menos de ardor, algo menos de catastrofismo en sus escritos, algo menos de dolor.

La Noche, 1986, Evelyn Williams.

¿Cómo puede esperarse que su obra sea alegre, positiva, en el sentido imbécil de los  sindicados al buenismo?

Es positiva, pero no desde la óptica de los cobardes, no. Es positiva  porque es descarnada, cruda, agria, triste, porque está directamente relacionada con la ética, con la moral; porque se centra en  la sociedad que construimos, la época de los postcampos, época de liquidación de la individualidad; porque en su obra indaga, más que en los campos de destrucción humana, en lo que surgió de allí y en cómo lo hemos gestionado; porque difunde esa gran verdad —que la mayoría no desea ver— que se resume en que el Holocausto no es sólo una cuestión judía, sino de toda la sociedad; porque sentencia que del odio implacable nadie se salva: el odio unifica, liquida al hombre, devora la humanidad que hay en él.

Es positiva porque advierte, grita, llora: ¡Europa está enferma!

La última posada es su ajuste de cuentas con todo y con todos. Es su grito novelado, biografiado, su último grito, su despedida. Dice: «(es) la culminación de mi obra».

Es un texto no apto para pusilánimes. Es un libro desgarrado, que te deja sin aliento, sin respiro, que quita el sueño, que hace pensar. Es áspero, rencoroso, resentido, doloroso. Es una llaga abierta que supura pus. Es el grito de un hombre que no puede olvidar, que se niega a olvidar.

En La última posada aparecen Hungría, la huida al ¿bondadoso? exilio, la envidia, la vejez con sus achaques y los abandonos, la incomprensión, la verdad que espera su ajuste de cuentas.

Kertész cava en las profundidades de su alma y hace que brote la lava que quema, que arrasa, que arrastra todo a su paso cubriendo la tierra de esa pasta negra, espesa que al asentarse, abona.

Pero Kertész es como ese loco Job.  Vivió la vida que otros más fuertes y sin escrúpulos decidieron por él; pero, al igual que Job, obtuvo su recompensa, la más apreciada, la única buscada por él: el Don de la palabra, de la escritura, de la imaginación. Pudo dar cobijo a  sus demonios en sus libros y encontró compañía para los mismos: sus lectores.

A la espera, 1986, Evelyn Williams.

Árido fue el camino, pero allí estaba el fruto. Él nos dice: «siempre he tenido una vida secreta, y siempre ha sido la verdadera».

La última posada comparte la misma intención que el resto de su obra. El texto advierte que el tupido manto que los estados occidentales dejaron caer, por conveniencia y por cobardía, sobre Auschwitz y Siberia, sobre todo el horror vivido por millones de personas, ha mutilado a Occidente, la ha paralizado abduciendo las conciencias a base de conformismo y complicidades.

Afirma que no hay impunidad para la traición, que la aceptación de la idea de que la injuria cometida no merece castigo nos ha llevado al infierno, a la Nada, que es esta Europa de hoy: cobarde, mezquina, incompetente, débil y presuntuosa. Ese masificado acto de abandono a los muertos, nos ha convertido en lo que somos.

El pesimismo de Kertész está en su constante duda. Pero es algo inevitable en él, pues como escribió el poeta inglés Thomas Hoccleve, en Regimiento de Príncipes, «quien piensa demasiado es consumido por la duda».

A la espera, 1986, Evelyn Williams.

Kertész advierte: ¡Cuidado, el espectro de los campos acecha!, pero el castigo puede ser reversible.

La desesperanza puede ser transformada si tú, lector, eres capaz de reconocer la culpa, de levantar el falso sudario puesto sobre los rostros silenciados de los muertos; entonces, de ese acto de dignidad manará la expiación.

La última posada está traducido por Adan Kovacsics y está publicado por la editorial Acantilado.

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