JAMES JOYCE

«Una reproducción de la escena del balcón de Romeo y Julieta colgaba de allí.»

Los muertos es el último de los quince relatos recogidos en Dublineses (1914); es el más largo y diría que el más complejo de todos. En Los muertos, James Joyce construye una historia con varias tramas, siendo la principal aquella que le permite demostrar cómo cualquier suceso inesperado —en este caso una canción interpretada justo antes de terminar una velada— lleva al lado de la conciencia lo que, hasta ese momento, permanecía dormido en el inconsciente.

Una antigua melodía irlandesa despierta recuerdos y trae al presente una relación pasada que cambiará la vida de Gabriel Conroy. El protagonista sentirá cómo pensamientos y emociones se vuelven un volcán en su interior, pero esto no sucederá hasta casi el final del relato; pues Joyce nos oculta la verdadera intención del mismo distrayéndonos con la descripción de un banquete que ocupa casi todas las páginas del cuento.

La historia tiene lugar en Dublín la noche de Epifanía de 1904. Las dos tías solteronas del antihéroe han organizado el baile que, con motivo de la Navidad, ofrecen cada año. Se trata  de una de esas celebraciones que tan bien conocemos, fiestas donde abundan el alcohol y la comida, donde nos comunicamos con gentes con las que tratamos pero no intimamos, donde las conversaciones que establecemos destacan por ser insulsas y corteses y donde siempre hay quien, desinhibido por el alcohol, genera alguna polémica. En ese ambiente, el protagonista del cuento descubre algo fundamental para su vida: lo que su mujer, realmente, siente por él y lo más importante: lo que, realmente, él siente por ella.

En Los muertos, la palabra y el diálogo son las dos herramientas que le permiten a Joyce ahuyentar cualquier conato de aburrimiento. El ritmo de los diálogos, casi cinematográficos, nos permite comprobar la actividad que hay en esa fiesta; en cuanto a la palabra, esta no tiene autonomía propia, está al servicio de un objetivo: demostrar que es imposible rivalizar con los muertos o, lo que es lo mismo si lo llevamos a un plano no metafórico, probar el poder de la mente, que en este caso se representa a través de un recuerdo que despierta una melodía —la nostalgia de un primer amor.

Hay dos espacios muy delimitados en Los muertos: el espacio interior, donde están reunidas una serie de personas —construido, ruidoso, mortal—, y el espacio exterior —la naturaleza, el silencio, la eternidad—, espacio simbolizado por la nieve que cae al margen de lo que sucede en el mundo de los hombres, nieve que cubre con su manto la tierra de los vivos y de los muertos —veo la nieve que hace caer Joyce como la calavera o como el reloj de arena en el Barroco, como un símbolo de la fugacidad y la fragilidad de nuestra existencia.

¿Cómo discurre la mente? ¿De qué manera influye el pasado en el presente? ¿Pueden los difuntos desplazar a los vivos? En Los muertos, James Joyce reflexiona sobre la existencia humana, las relaciones sociales y el amor.

¡Ah!, el amor. ¡Cómo se sirve del amor Joyce! Para poder mostrarnos su teoría, él lleva el amor al éxtasis y lo hace a través de la pureza y, también, a través del deseo —esta singularidad se aprecia más en el texto escrito que en la versión cinematográfica que dejaré a continuación. Todo género artístico tiene sus limitaciones, lo que no impide que sea admirable la adaptación al cine de este cuento que es, por demás, muy gráfico.

En el estudio de grabación: a la izquierda está John Huston, el director, a la derecha está Donan McCann, el protagonista, y en el centro está Anjelica Huston, hija del director y actriz que interpreta a Gretta.

Joyce demora el momento catártico hasta crear en el lector un ansia por llegar al conflicto. Alarga la fiesta para crearnos ansiedad y, cuando llega el momento en que aparece Gretta en lo alto de la escalera, después que hemos estado viendo las escenas que han tenido lugar en la fiesta, caerá sobre nosotros con fuerza arrolladora el conflicto principal.

Y será entonces cuando el autor cambiará de locación y pasaremos de la casa de las tías a la habitación de un hotel donde tendrá lugar el clímax. Cuando Gretta, mantenida por Joyce en un segundo plano, se alza como antagonista, tendrá lugar la revelación. Gabriel, que percibe que algo está a punto de cambiar su vida, dirá la pregunta que hará estallar el drama:

«—Gretta, querida, ¿en qué piensas?»

Antes de dar paso a la película, quiero resaltar que en la fiesta de Epifanía de las tías solteronas de Gabriel, como en todo acontecimiento lúdico, lo frívolo alterna con asuntos profundos. En las conversaciones de los invitados hay alusiones al racismo, a la misoginia de la iglesia católica, al nacionalismo, a la mediocridad de la cultura moderna, temas que ya latían en la sociedad irlandesa.

Y ahora los dejo con la cinta. Los muertos, dirigida por John Huston, obtuvo en 1987, entre otros premios, dos nominaciones al Oscar: mejor vestuario y mejor guion adaptado. Huston estaba muy enfermo cuando grabó la película, la hizo en silla de ruedas y conectado a una máquina de oxígeno. Los muertos fue su última aportación al cine.

Bueno, amigos, ¿ya tienen las palomitas?

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1984. Película (adaptación cinematográfica de Orson Welles).

Oscar Wilde, Alla Nazimova y Natacha Rambova. “Salomé”, película íntegra.

El regador regado, la primera película de ficción y el primer cartel cinematográfico.

Marcel Jouhandeau. “Tres crímenes rituales”.

Nikolái Leskov. “Lady Macbeth de Mtsensk”. Incluye un video donde Shostakóvich interpreta un fragmento de su ópera inspirada en la novela de Leskov.

Ellas y yo. Identidades de papel (Elizabeth Hernández Alvarado).

La tentación de la manzana.

 


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