JOHN DONNE

«… tú haces volar al mirlo tan ligero
como vuela el jilguero o el alción.»

Mosaico con pinzón de oro, Giacomo Raffaelli, 1775-1800.

En el ensayo que T. S .Eliot (1888-1965) tituló Poetas metafísicos se afirma que los líricos agrupados en torno a este movimiento «estaban empeñados en encontrar equivalentes verbales para estados anímicos e intelectuales».

Hoy dedico mi entrada a la poesía metafísica y escojo para ello a John Donne (1573-1631). Donne es el máximo representante de una corriente que contó con nombres como Richard Crashaw, George Herbert, William Drummond, Henry Vaughan y John Fletcher, entre otros. De todos ellos, Donne es mi preferido.

Hablamos de una poesía de fondo racional y sin artificios. Una poesía que en argot popular podría definirse con una expresión medieval muy popular:  «dura de pelar»; pues, como diría Immanuel Kant (1724-1804), es en la metafísica donde tienen lugar los embates de la razón.

La poesía llamada metafísica expone un tema y llega a unas conclusiones sobre el mismo. Es argumental, pero sus argumentos se basan no en las leyes de la filosofía, sino en el punto de vista que tiene el autor sobre el tema que trata, de modo que la poesía metafísica es una poesía… interpretativa.

Pero, ¿qué es la metafísica? Es necesario recordar en qué consiste esta rama del pensamiento para poder entender la lírica que comparte apellido con ella.

En Nociones de filosofía (1955), el filósofo español Gustavo Bueno (1924-2016) nos dice que la metafísica es la ciencia que «estudia el ser en cuanto ser». 

«La metafísica busca el conocimiento de la totalidad de las cosas, de todo lo que existe o puede existir». Y, desmigando su enunciado, Gustavo Bueno comenta en su ensayo:

«Las ideas de ser, de unidad, de sustancia, de relación y otras muchas están pensadas desde la abstracción metafísica.»

Pero la poesía metafísica no es doctrina filosófica, es interpretación de las experiencias vividas, pues no hunde sus raíces en principios generales. La poesía metafísica se nutre de experiencias personales.

La obra de John Donne es autobiografía lírica. Lo que hallamos en sus versos son la sensaciones que el mundo que lo rodeaba le transmitieron. En esos versos están sus respuestas a cómo interpretó el vínculo entre las cosas y, también, entre las relaciones humanas.

John Donne se centró en el amor y en la religión, fundamentalmente. El inglés hizo algo muy difícil en poesía: le dio protagonismo a la razón, aprovechó el amplio campo abonado de la religión y del amor para presentar, en forma de versos, un discurso racionalista, metiendo en cintura a la emoción.

John Donne nació en el seno de una familia católica, que lo educó bajo los preceptos de esa doctrina -era descendiente de santo Tomás Moro (1478-1535)-. Pero, con los años, se pasó al protestantismo. Vivió los conflictos sociales provocados por la Reforma y la Contrarreforma. Y vivió el auge mercantilista que trajo consigo el asentamiento de la vieja Europa en los mundos recién conquistados.

Donne compartió siglo con Galileo Galilei (1564-1642) y con René Descartes (1596-1650). Y su tiempo estaba bajo el aura de las teorías de Giordano Bruno (1548-1600). No hay artista que pueda escapar a las ideas que son el motor de su generación. Donne sabía que su obra nadaba en un carril paralelo al Barroco y sabía de las obras de los autores que engrandecieron las artes y las letras de España, los autores del Siglo de Oro (1492-1681).

Hay que decir que el apodo «metafísico» es posterior a la obra de los vates que se vieron encasillados bajo ese término. Fue el ensayista y poeta Samuel Johnson (1709-1784) quien, para denigrar una poesía que él concebía como conceptual y elaborada, puso el apelativo con el que hoy se conoce a este grupo de poetas ingleses de finales del XVI y principios del XVII.

Samuel Johnson fue injusto al meter en un mismo saco a estos autores, pues ellos no crearon ninguna escuela, iban cada uno a lo suyo. De hecho, muchos desconocían el trabajo de sus compatriotas; además, quien los haya leído habrá podido comprobar las muchas diferencias que hay entre ellos -por lo dicho anteriormente, porque sus poemas son espejo de sus temperamentos.

La obra de John Donne es dramática, expresiva, discursiva, irónica, melancólica, generosa en hipérboles y parca en herramientas que faciliten al lector la interpretación de los poemas. Donne obliga a pensar.

Esa puesta a prueba, ese convertir nuestra paciencia en la táctica que saca tesoros a la lectura es una de la singularidades de la poesía metafísica que hereda la lírica modernista.

John Donne, miniatura, Isaac Oliver, 1616.

Hay otra característica que deseo señalar antes de pasar a los poemas que he escogido para acompañar estas palabras. Es llamativo como John Donne arrebata a la mujer el hado místico y religioso, típico de la poesía amatoria hasta entonces, para presentarla con sus virtudes y con sus defectos -la poesía cortesana cede ante una mujer terrenal.

En sus poemas amorosos la mujer es responsable de sus actos y, por tanto, del sufrimiento que causa. No es ser angelical, casi divino, que precisa protección y es ajena a toda tacha. Pienso que este cambio tan drástico en el comportamiento de las protagonistas femeninas en las letras tiene que ver con el papel activo que la mujer empezó a jugar ya en el Renacimiento, época en la que no es inusual verlas como empresarias o, incluso, como enfermeras o mecenas de las artes. Esto pienso de manera general; si voy a lo particular creo que Donne desconfía tanto de la amada que esta pasa de adorada a enemiga -despoja a sus protagonistas de idealismo para cargarlas de culpa, tufillo que también se huele en algunos poetas modernistas.

Me hubiese gustado ilustrar los poemas con artistas ingleses contemporáneos a John Donne. Pero esa es tarea casi imposible, pues si la palabra inglesa encontró en el drama y en la poesía autores que la alzaron a los altares, como William Shakespeare (1564-1616) o John Milton (1608-1674), no sucedió lo mismo con la pintura.

En Inglaterra, en la época de Donne los artistas huyeron del arte religioso por ser comprometido, así que pintaban escenas mitológicas y paisajes, aunque el fuerte de ellos era el retrato. Pero el retrato no era tratado como un género artístico, sino como una forma de presentación en sociedad -me van a casar con fulano, pues nos intercambiamos retratos; voy de embajador, pues envío un retrato; quiero hacerle llegar a un ser querido cómo murió su pariente, pues qué mejor que remitirle un pequeño retrato del fallecido… 

«¡Retratos!, esa es mi salvación», me dije; porque a mí me gusta ilustrar mis entradas. Estaba empezando a verle las orejas al lobo cuando me dije: «Gabriela, piensa, ¿en qué destacaron los artesanos ingleses de la época de John Donne?»

«¡En las miniaturas!», grité. «Los ingleses fueron grandes iluministas». Fueron grandes en el arte de representar, con esmaltes o acuarelas y en formatos pequeñitos, los detalles de los rostros que, por una u otra razón, se veían obligados a establecer un contacto a distancia -la imagen sustituía la presencia física-. Los ingleses fueron los reyes de las miniaturas, esas pequeñas piezas nacidas de los códices miniados y del relieve de las monedas y  de los sellos.

Y eso es lo que hoy les regalo, poemas de amor acompañados de rostros que posaron con sus mejores galas para eternizarse en cofrecillos o colgantes ovalados. Piezas portadoras de intensos motivos sentimentales. Miniaturas que viajaban henchidas de amor y de deseos o que, menos espirituales pero no por eso menos llameantes, viajaban esperando una buena alianza que ampliara poder y dinero.

La imagen del amor tiene infinitas caras.

POEMAS

Dama de la corte de los Tudor, realizada por Nicholas Hilliard, 1590.

CONSTANCIA DE MUJER

Un día entero me has amado.
Mañana, al marchar, ¿qué me dirás?
¿Adelantarás la fecha de algún voto recién hecho?
¿O dirás que ya
no somos los mismos que antes éramos?
¿O que de promesas hechas por temor reverente
del amor y su ira, cualquiera puede abjurar?
¿O que, como por la muerte se disuelven matrimonios verdaderos,
así los contratos de amantes, a imagen de los primeros,
atan sólo hasta que el sueño, imagen de la muerte, los desata?
¿O es que para justificar tus propios fines
por haber procurado falsedad y mudanza, tú
no conoces sino falsedad para llegar a la verdad?
Lunática vana, contra estos subterfugios podría yo
argumentar, ganando, si lo hiciera.
Pero me abstengo,
porque mañana puede que yo así también piense.

(Traducción de Purificación Ribes.)

Mary Nesbitt, realizada por Johann Heinrich Hurter, 1783.

ANIVERSARIO

Todos los reyes, todos sus privados
toda gloria de honor, belleza, ingenio,
el mismo Sol, que mientras ellos pasan
crea el tiempo, son ya un año más viejos
que el día en que tú y yo por vez primera
nos miramos. Las cosas,
todas las cosas, corren a su ruina:
nuestro amor no conoce decadencia.
Sin ayer, sin mañana, hace su curso
sin alejarse nunca de nosotros, seguro
en su primer, postrero, eterno día.

Dos tumbas guardarán nuestros cadáveres;
si pudiera encerrarlos una sola
ni la muerte sería ya divorcio.
Como todos los príncipes, nosotros
(príncipes uno de otro)
dejaremos, despojos de la muerte,
estos ojos y oídos nutridos con sinceros juramentos,
y con saladas lágrimas dulcísimas.
Mas las almas que Amor sólo habitaba
(y todo otro pensar es forastero)
sentirán este amor acrecido tal vez más allá en el cielo,
cuando los cuerpos a las tumbas bajan,
y las almas se elevan de la tumba.

Gozaremos entonces gloria plena,
pero no mayor gloria que los otros.
Aquí, sobre la tierra, somos Reyes,
reyes como no hay otros, ni que imperen
sobre tales vasallos;
¿quién reina más seguro que nosotros,
donde nadie podría traicionarnos,
sino uno de los dos?
Refrenemos temores, verdaderos y falsos,
con noble amor, viviendo,
sumando un año, y otro, y tantos años
hasta contar sesenta.
Nuestro reinado inicia su segundo.

(Traducción de Blanca Molho.)

Una dama con chal negro, realizada por Samuel Shelley, h. 1789.

SEDUCCIÓN

Ven a vivir conmigo, y sé mi amor,
y nuevos placeres probaremos
de doradas arenas, y arroyos cristalinos;
con sedales de seda, con anzuelos de plata.

Discurrirá entonces el río susurrante
más que por el sol, por tus ojos calentado,
y allí se quedarán los peces enamorados,
suplicando que a sí puedan revelarse.

Cuando tú en ese baño de vida nades,
los peces todos de todos los canales
hacia ti amorosamente nadarán,
más felices de alcanzarte, que tú a ellos.

(Traducción de Purificación Ribes.)

Dama con corpiño negro y sombrero de plumas, realizado por Gervase Spencer, 1749.

LECCIÓN SOBRE LA SOMBRA

Mi amor, párate un poco, que una filosofía
de amor quiero leerte. En las tres horas
que desgranamos juntos paseando,
iban a nuestro lado dos sombras que nosotros producíamos.
Ahora el sol se cierne sobre nuestras cabezas;
avanzamos pisándonos las sombras;
y ya todas las cosas se concretan
en dura claridad.
Así mientras crecían nuestros amores niños,
los disfraces, las sombras fluían de nosotros
y de nuestro cuidado. Ahora ya no es lo mismo.

Aun no había llegado aquel amor
a su grado más alto. Por eso se ingeniaba
en celarse a la vista de los hombres.
Pero si nuestro amor no se sostiene
en puro mediodía, nuevas sombras
proyectaremos al opuesto lado.
Y mientras las primeras cegaban a los otros,
las que vengan después trabajarán
sobre nosotros mismos, cegando nuestros ojos.
Si nuestro amor desmaya, declina hacia el ocaso,
tú me disfrazarás
falsamente tus actos, yo los míos.
Las sombras mañaneras se esfumaron,
pero estas de la tarde irán creciendo
a lo largo del día
Mas ¡ay! el día del amor es corto
cuando el amor desmaya.

El amor es la luz siempre creciente,
o plena e inmutable.
Y su primer minuto
después del mediodía es ya la noche.

(Traducción de Blanca Molho.)

Dama con velo, realizada por John Smart, 1775.

EL CORAZÓN ROTO

Loco de remate está quien dice
haber estado una hora enamorado,
mas no es que amor así de pronto mengüe, sino que
puede a diez en menos plazo devorar.
¿Quién me creerá si juro
haber sufrido un año de esta plaga?
¿Quién no se reiría de mí si yo dijera
que vi arder todo un día la pólvora de un frasco?

¡Ay, qué insignificante el corazón,
si llega a caer en manos del amor!
Cualquier otro pesar deja sitio
a otros pesares, y para sí reclama sólo parte.
Vienen hasta nosotros, pero a nosotros el Amor arrastra,
y, sin masticar, engulle.
Por él, como por bala encadenada, tropas enteras mueren.
Él es el esturión tirano; nuestros corazones, la morralla.

Si así no fue, ¿qué le pasó
a mi corazón cuando te vi?
Al aposento traje un corazón,
pero de él salí yo sin ninguno.
Si contigo hubiera ido, sé
que a tu corazón el mío habría enseñado a mostrar
por mí más compasión. Pero, ¡ay!, Amor,
de un fuerte golpe lo quebró cual vidrio.

Más nada en nada puede convertirse,
ni lugar alguno puede del todo vaciarse,
así, pues, pienso que aún posee mi pecho todos
esos fragmentos, aunque no estén reunidos.
Y ahora, como los espejos rotos muestran
cientos de rostros más menudos, así
los añicos de mi corazón pueden sentir agrado,
deseo, adoración,
pero después de tal amor, de nuevo amar no pueden.

(Traducción de Purificación Ribes.)

Dama con capa azul y joyas, realizado por Richard Gibson, h. 1675.

CANCIÓN

Vete a coger la estrella fugitiva,
y en tu preñez arranca la mandrágora;
di dónde están los años que pasaron,
o quién clavó la garra del Diablo.
Me enseñarás a oír canciones de sirenas
y a detener la púa de la envidia.
Y acertarás
el viento
que ha de llenar un pecho de lealtad.

Si naciste con ojos visionarios,
que lo invisible extrañamente miran,
cabalgarás diez mil días y noches,
hasta que el Tiempo nieve tus cabellos.
Me contarás el día que regreses
las maravillas que viste ante tus ojos.
Y no jures
que vive
una mujer leal y verdadera.

Si la encontraras, haz que yo lo sepa,
dulce sería tal peregrinaje.
Mas no me avises; no la buscaría,
aunque en la puerta próxima estuviera.
Porque aunque fuese fiel cuando la hallaras,
y aún lo fuera al tiempo que escribías,
en tanto
yo llegaba
podría haber mentido a dos o tres.

(Traducción de Blanca Molho.)

Muchacha con vestido blanco, realizada por Andrew Plimer, h. 1790.

LA APARICIÓN

Cuando por tu despecho, ¡oh, inmoladora!, esté muerto,
y libre te creas ya
de todos mis asedios,
vendrá entonces mi espectro hasta tu lecho
y a ti, vestal farsante, en peores brazos hallará.
Parpadeará entonces tu enfermiza llama,
y aquel, tu entonces dueño, fatigado ya,
si te mueves, o intentas despertarlo con pellizcos, pensará
que pides más,
y en sueño simulado te rehuirá,
y entonces, álamo tembloroso, menospreciada, abandonada,
te bañarás en gélido sudor de azogue,
espectro más real que el mío propio.
Lo que diré no he de decirlo ahora,
no vaya eso a protegerte. Desvanecido ya mi amor,
antes quisiera verte con dolor arrepentida
que, por mis amenazas, inocente.

(Traducción de Purificación Ribes.)

El barón Crewe y su esposa Henrietta María, realizado por Andrew Plimer, 1790.

EL SUEÑO

Querido amor, por nada menos que tú querría
haber roto este sueño feliz; su asunto era
bueno para verdad,
y demasiado fuerte para la fantasía.
Por eso fue discreto venir a despertarme;
con todo, no rompiste mi sueño, lo prosigues.
Eres tan verdadera,
que basta con que fueran de ti los pensamientos
para hacer de los sueños verdad y de la historia
una engañosa fábula.
Ven a mis brazos; puesto que pensaste
que era mejor que no soñase entero
aquel sueño, vivamos lo que falta.
Como el rayo o la luz de las antorchas
tus ojos, no tu ruido, despertáronme.
Y pensé que eras ángel, al mirarte,
que querías de veras.
Pero al ver que veías
mi corazón, leyendo los pensamientos míos,
con más que angélico arte,
cuando supiste lo que yo soñaba,
y cuando conociste que el exceso de gozo
me iba a despertar y te acercaste, entonces
te confieso que fuera pensar como ignorante
suponerte otra cosa que tú misma.

Venir y estar mostraban
que tú eras tú, pero al incorporarme
me hizo vacilar, que Amor es débil
cuando el Temor es fuerte como él.
No es todo alma valiente
si anda mezclado Honor, Miedo y Sonrojo.

Quizá como la antorcha al prepararla,
que los hombres encienden y apagan enseguida,
así haces tú conmigo. Alumbras cuando vienes,
te vas para volver; entonces soñaré
de nuevo esta esperanza
que si no la soñare moriría.

(Traducción de Blanca Molho.)

ENLACES RELACIONADOS

Caravaggio, los pintores del norte y el Concilio de Trento.

El Siglo de Oro español. Poemas.

Siglo de Oro. Poetisas religiosas.

Alegoría de las Indias. La primera medalla española que representa al continente americano.

La polémica del modernismo (Manuel Díaz Martínez). Discurso de ingreso a la Academia Cubana de la Lengua.

Dulce María Borrero. “Horas de mi vida”. Poemas.


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