LA ABANDONADA

«¡Sócrates, la vida es un lapso entre dos orillas!»

El pescador, Víctor Manuel, 1950.

 

LA ABANDONADA

«Hay que combatir el amor mediante la fuga», leyó y, con un golpe seco, cerró el libro. Desde ese momento, la frase de Sócrates se apoderó de su mente.

La noche era fresca y por las ventanas abiertas de la hacienda entraba la brisa anunciando un posible chaparrón. En la quietud de la noche, sólo los penachos de las palmas reales mostraban signos de actividad en el batey.

«Fuga, fuga, hay que combatir el amor mediante la fuga», martilleaba su mente, mientras sus manos se aferraban a la nota manuscrita que, sin miramiento alguno, sin despedida ni rúbrica, su hasta entonces Tomás deslizó por debajo de la puerta.

Jacinta, tan joven e inexperta, y tan quemada ya por las penas del amor.

El cafetal, las montañas, las cascadas, los jazmines florecidos y una noche aromática que incita a todo tipo de huida.

(La luna asume la función de iluminar la escena que, posteriormente, los vecinos llamarían «Ceniza y resurrección».)

Mírala, por allí va Jacinta, atravesando el caminito de naranjos y limoneros que desemboca en el cafetal. Lleva sobre los hombros el chal y su pelo cobrizo se entrega, dócilmente, al viento. Sus tacones golpean el suelo y la punta de sus zapatos levantan tacos de tierra muerta. Corre hacia el agua que, temblorosa, la espera.

—¡Sócrates, la vida es un lapso entre dos orillas! —exclama, lanzándose a la cascada crecida, seducida por la idea de que llegará al puerto inevitable donde él algún día atracaría.

(Vuelan los pájaros de la noche.)

«¡Venga, venga, hay que sacar la piragua. Una vida se entrega», silban los picos al viejo Caronte.

Por la vereda bordeada de lilas, que da paso a la ronda limonera, Jacinta fue susurrando —fisgoneando tras las persianas francesas me hice su fedataria—: «¡Ya verás, Tomás, ya verás de lo que es capaz un alma poseída!»

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