LA AMANTE DE LOS CUADROS

Estudio de mujer, Henri de Toulouse-Lautrec, litografía, 1893.

Le gustaba mirar y por eso se le habían vuelto redondos los ojos. Por culpa de su profesión se había acostumbrado a callar y a observar; su vida era motivo de intercambio y este hecho le había llevado a tomar una decisión: ya que ofrecía placer debía recibirlo en la misma proporción. Por fin había encontrado una recompensa para sus noches de insomnio.

Vivía en una casa al fondo de un callejón oscuro que abría su boca al puerto. Allí, en la calle de las sombras, habitaba resguardada tras las persianas. Siempre de pie, siempre observando con sus ojos hechos de pecado y nocturnidad, arropada por sus preciadas posesiones.

Ya no recibía visitas, las fragancias que un día inundaron sus salones se habían evaporado. Pero ella se sentía acompañada por las gentes que iban y venían por su acera y que, al acercarse a su ventana, murmuraban: “ahí vive esa, la amante de los cuadros”. Y ella movía las hojas de las persianas.

Dio y recibió amor. No hubo marinero que parara en el puerto que no acudiera al encuentro de la meretriz de los cuadros, la que cambiaba sexo por arte. Daba lo mismo de dónde llegara el lienzo, ni quién lo había pintado, ni si era obra culta o popular. Cuando los hombres la visitaban, portando pinturas y dibujos de todas partes del mundo, sus manos agradecidas se volvían ágiles pinceles sobre los palpitantes cuerpos.

Nadie supo decirme qué se derrumbó antes. Quizá la casa se cayó primero o quizá, antes de que la casa cayese, ella se desmoronó convirtiéndose en lluvia de pan de oro. Sólo sé que en el coqueto museo de su ciudad natal se encuentran las obras que atesoró y que, gracias a ello, el pueblo tiene un nombre en el mapa.

En la antigua calle, donde la ventana estuvo, sólo se escucha al tranquilo y susurrante tilo latiendo en el silencio de la tarde.


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