La caja de música había estallado. La bailarina ya no giraba y la melodía ya no sonaba.

Siendo muy pequeña, la abuela le había regalado la cajita de música realizada en madera, porcelana, trocitos de nácar y notas de color: “Aquí tienes, te ayudará a sobrellevar la tristeza cuando esta llegue a tu vida”.

-¿Qué es la tristeza? -contestó la niña y, sin esperar respuesta, marchó con su nuevo tesoro a la buhardilla, donde sus juguetes y ella compartían momentos de intimidad.

Y el tiempo pasó y pasó y la linda bailarina giró y giró en su estuche de terciopelo rojo.

Durante las noches, la dueña de la cajita daba cuerda a la bella bailarina que danzaba con una melodía diferente cada vez, pues los sonidos surgían de los suspiros de la dueña, tristezas que caían, poco a poco, entre las púas del instrumento para ser arrojadas, en forma de música, al viento -¡ah, qué manera tan mágica de ahuyentar los tristes recuerdos!

Pero un día el cilindro se partió. Entonces, la pena se apoderó de la vida y la señora descubrió que la pieza rota era su corazón.

Y, perdida, en su llanto se ahogó.

Bailarina, Edgar Degas, pastel, 1883.

 


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