LA CASA ENCANTADA

Dice el refrán «que no todo es lo que parece».

 

LA CASA ENCANTADA

Érase una vez  una casa que parecía encantada… En ella una dama, con rostro cambiante, habitaba.

Entre vuelos de golondrinas, muy temprano en la mañana, por los recovecos que bordeaban al río, la joven paseaba. Unas veces parecía apagada y triste; otras, apagaban sus pisadas las melodías que ella silbaba.

Por los caminos, duendes y enanos, tras los arbustos, la espiaban.

El viento en su movimiento ondeaba al amanecer cabellos  color de grana, o de azabache, o castaños; pues día a día los tonos de su melena cambiaban.

Érase una vez una casa que parecía encantada…

Por eso cada día, justo al amanecer, se juntaban pigmeos y elfos para ver aparecer a la dueña de mil caras.

—¿Quién es esa misteriosa dama de rizos color de fuego o de granos de café? —preguntaba la maga Urraca decidida a convertir en hermoso Caballero a quien, para el enigma, una respuesta encontrara.

Érase una vez una casa que parecía encantada, pues en la tinaja del baño agua y  azafrán, beleño y napelo, burbujeaban.

—Voy a decirlo bajito: no existe dama lozana. Una vez era una casa habitada por gavilanes y halcones de…  ¡pelucas embrujadas! —informó un día un duende verde que se acercó a la morada.

Sobre los hombros del duende, la maga posó la Espada:

—Te proclamo Caballero Amor. Aquí tienes escudo,  peto y florete; de corcel te entrego al zorro. Ya tienes la suerte echada.

El duende cayó en la trampa de la astuta Doña Urraca, que así pagaba favores a sus compinches halcones.

Y allá fue el pobre duende —ahora Caballero Amor— a poner rodilla en tierra frente a la rapaz almizclada.

Érase una vez una casa encantada.

firma gabriela4

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