LA CENA 

«No vemos las cosas en la manera en que son, sino en la manera en que nosotros somos.»
El Talmud.

La máscara muerta, Emil Nolde, óleo sobre lienzo, 1911.

La mirada de Laura lo alertó, lo había descubierto. De hecho, ella no había probado bocado.

La cena había estado animada, los invitados habían bebido y comido sin preocupación alguna y, al final de la velada, mostrando interés por repetir la experiencia, todos se despidieron. Todos, menos Laura.

—¿Por qué lo has hecho? ¿Por diversión? —preguntó la muchacha, mientras ayudaba a recoger la mesa.

—No, por curiosidad.

—Y, ¿a qué conclusión llegaste? ¿Piensas que no tienen gusto o que comieron por no hacerte el feo? —dijo, con retintín.

—¿En serio me crees tan frívolo como para sacar esas conclusiones de mi… cena?

—No, te veo más perverso —rio y, al ver el rostro serio de su amigo, aclaró—: Bueno, un chistoso perverso.

—Pero, Laura, ¿es que no lo ves? ¿No te llama la atención que ninguno haya encontrado nada raro? ¡Si todos, menos tú, han comido hasta reventar!

—Pue sí, aunque Rebeca estuvo un buen rato mareando las albóndigas con el tenedor —aclaró Laura.

—Tienes razón, pero en cuanto vio que los demás comían… ¡se lanzó sobre los platos!

—¿Y eso te sorprendió?

—¡Para nada!, de todos los invitados ella es la más creída de sí misma. Nunca se pondría en evidencia, tiene alma de líder de grandes almacenes.

—Entonces, ¿piensas que se dio cuenta y, a pesar de ello, comió?

—¡No, qué va! Rebeca es astuta, pero igual de gris que el resto. No se percató de nada, sólo siguió la corriente, créeme.

—Creo que estás siendo muy duro con ellos —afirmó Laura.

—Al contrario, si les dejé marchar con la ilusión de haber saboreado… ¡una cena estupenda!

—¿De verdad piensas que son tan estúpidos?

—Lo son. Son como muñecos hechos de cera, están pasados por el mismo molde. ¡Nada destaca en ellos, Laura! Amiga, un hombre está perdido cuando no es capaz de distinguir el pan que se come o cuando se lo come a sabiendas de que está podrido.

—Pero…

—¿Por qué le das tantas vueltas? ¿Es que no lo percibes? Si hubieran prestado atención… —se acercó, puso su mano en el hombro de ella y dijo:—Ellos solamente quieren creer que piensan, pero no dedican ni un segundo a razonar.

—¿Cómo los autómatas?

—En efecto. Y, no lo dudes, el menú ha estado a la altura de sus comensales.

—Tu ensayo ha sido toda una experiencia para mí, desde luego; pero sigo pensando que has sido excesivo. No ha estado bien lo que has hecho —le recriminó Laura— y, a la larga, te quedarás solo: recuerda que todo sonámbulo tiene quien lo despierte.

—Bueno, es una condena que puedo asumir —contestó el anfitrión y terminó el último trago que quedaba en su vaso.

—No sé, me siento algo aturdida con todo esto, la verdad.

—Tú no has caído en la tentación, te has comportado diferente al resto —susurró al oído de ella.

—Pero el Mal también puede enredar mi vida, o la tuya…

—El Bien y el Mal… ¡Ay, Laura, no hay receta para un dilema que es sólo humano! —y dejó escapar aquella sonrisa que se le pegaba a los labios como una mueca.

—¿Entonces, cómo evitar…?

—Está en cada uno de nosotros caer o levantarse.

—Pero es tan difícil…

—¿Ser uno mismo? ¡Y tanto! Anda, acompáñame a tirar los restos de la cena.

Entre los dos recogieron las latas de albóndigas para perros y las sobras del alpiste para pájaros con el que había conseguido ese toque tan exótico y aplaudido a la ensalada. Cogieron las llaves, los móviles, la basura, cerraron la puerta y llamaron al ascensor.

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