LA FOTOGRAFÍA DE LA PARTIDA DE AJEDREZ

«En la fotografía hay una realidad tan sutil que llega a ser más real que la realidad.»
André Kertesz

Gran tablero de ajedrez, Paul Klee, óleo sobre yute, 1937.

No falla, el perrillo se sube a la cama, automáticamente, cuando se apaga la luz. No importa que Esperanza le cuente, una y otra vez, que el sueño no llega con la oscuridad, que se toma su tiempo, que, a veces, ni contando ovejas lo atrapa, que debe esperar su momento… si quiere saltarse la regla que le impide dormir a los pies de su ama. Da igual el sermón, el perro brinca y, a pata suelta, se pone a roncar. Pero aquella noche…

La noche de la revelación ni Esperanza ni su mascota pegaron ojo. Abajo, justo en el edificio de enfrente, alguien, acompañado de su guitarra, decidió que la madrugada, tan fresca y con aquella luz de luna que pone al descubierto las travesuras del diablo Cojuelo, bien merecía sus serenatas. Y se puso a cantar boleros. Esperanza lo atisbaba por las persianas y el perro ladraba y la delataba.

El músico callejero, consciente de que tenía público, puso gran sentimiento a sus notas. Cantó tan alto, tocó con tanto énfasis su guitarra, que consiguió que la oyente experimentara una alucinación.

En el aparador del salón de Esperanza había una foto enmarcada que ocupaba un lugar preferente. Era una foto de familia, donde un grupo, que se hacía llamar «la chapuza», rodeaba a dos de sus miembros que jugaban al ajedrez. Estaban todos tan concentrados en la partida, que ninguno miró a la cámara cuando se disparó el flash. Ella siempre se quejó de aquella foto sin miradas, pero era la única que conservaba de los familiares y amigos que habían quedado atrapados en la isla de las promesas congeladas.

¿Qué tenía aquel hombre que hacía que su corazón palpitara, que sus labios cantaran y que sus pies se movieran, con la misma ligereza con la que la brisa columpiaba las cortinas? Esperanza se acercó a la puerta para comprobar que estaba bien cerrada, que era imposible que alguien hubiese entrado en la casa, pues oía, con gran nitidez, voces que tenía guardadas en su alma. Un coche pasó, alguien salió a un balcón, amenazando al tipo con llamar a la policía si no se largaba, y el perro, asustado, gruñó.

Esperanza cuenta que se sentó en el sillón y que cerró los ojos cuando las voces queridas se hicieron «visibles», cuando lo inesperado se apoderó de la escena. Cuenta que su mente le devolvió la alegría, porque vio el tinajón, de los helechos de su madre, rezumando agua. Cuenta que le costó algo de tiempo percatarse de que aquella maceta era la que se veía, al fondo, en la foto; que le costó comprender que las voces que estaba escuchando amenizaban la partida de ajedrez y que no le fue fácil entender que el traqueteo de tazas y vasos, que se entremezclaba con los cantos del borracho, provenía de la cocina de su antiguo hogar, espacio simbolizado en la fotografía por una puerta que dejaba entrever el trocito de pared, azulejeado de amarillo.

¡Y sucedió! Esperanza afirma que, poco a poco, fueron girándose hacia ella los integrantes de la chapuza. Asegura que el primero fue el joven que acababa de dar jaque mate a su contrario; jura que el chico, huesudo y de mirada intensa, se volteó hacia ella, sonrió y le dijo bajito, porque en Cuba llevamos más de sesenta años hablando bajito de «la cosa»: «Tía, por fin…, ¡se largaron los trasgos!».

¡Oh, Diosito lindo! ¿Había escuchado bien? ¿Sería cierto aquello o el deseo y la realidad se habían fundido en su cabeza? Esperanza aclaró sus dudas cuando el teléfono sonó y una voz, al otro lado del auricular, le pidió que pusiera 24 horas. El cantante se había esfumado y la fotografía había enmudecido cuando Televisión Española confirmó la noticia que el sobrino le había cuchicheado en el instante en el que su alfil vencía al rey de su viejo rival.

Desde entonces, Esperanza, con calma y saboreando lo que va a decir, no deja pasar una oportunidad para revelar, a quien quiera escucharla, «lo importante que son las fotografías en esta vida». 

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