LA GLORIETA DE H Y 19
«No recordamos días, recordamos momentos».
Cesare Pavese

Es lo que tiene el sueño, que te lleva y te trae como ola hija de mar abierto. Anoche el sueño buscó un escenario antiguo para situarme en su centro. El centro es una glorieta, cuyo tejado sostienen ocho fingidos troncos; porque los maderos, donde nos apoyábamos para contar mientras nuestros amigos buscaban escondites detrás de los inmensos ficus, de barbas que conectaban la verde frondosidad con la madre tierra, eran columnas de cemento; pero esto no importa para este breve relato, ya que esta es una anécdota de infancia.
Los niños de la UNEAC solíamos escaparnos al parque de H y 19; pues el parque, que era una llanura extensa donde poder jugar a capricho, tenía tres atractivos incuestionables: uno era un titán: el árbol de los dátiles, otro era el peligroso pozo, protagonista de la leyenda que aseguraba que era tumba de un chico —ya sabemos que lo tenebroso despierta la imaginación infantil— y la otra tentación, la más importante por su poder hipnotizador, era el ya mencionado templete.

La glorieta.
La glorieta era mágica: allí cantábamos los cantos aprendidos en los jardines de la inocencia y allí gritábamos nuestros nombres, y los nombres de nuestras mascotas, esperando la intervención del eco que nos devolvía, al poco, lo dicho. Para mi mente infantil, que ya salía de casa cargada con lecturas donde la fantasía reinaba, aquello era la confirmación de que el lugar estaba encantado; y ya podía mi padre explicarme las causas por las cuales las voces regresaban: daba igual lo que afirmara, porque la «realidad» me mostraba que una vez posicionada en el centro de aquel cenador, desprovisto de trepaderas, «algo» o «alguien» interpretaba con mi voz Cucú, cantaba la rana; El patio de mi casa; Vinagrito; Barquito de papel… Y eso no pasaba con los pájaros, quienes, posados en las ramas, trinaban entonaciones que nadie imitaba.
Cuando crecí un poco, ya con ocho años —lo recuerdo porque fue el año en el que murió el escritor Raúl Aparicio, padre de buenas amigas que vivían cerca de la glorieta de las diversiones—, el lugar se me volvió algo inquietante. En ese paraíso verdemar, como una sombra, como un donnadie, como un Colombo triste, un hombre, sentado siempre en el mismo banco, solía aguardarnos.
La cuestión era turbadora para mí, porque aquel Colombo, que había sustituido la gabardina por una boina, también visitaba nuestro apartamento. A casa llegaba en la noche; y en el parque lo encontrábamos cuando, ya caída la tarde, lo atravesábamos para acortar camino. Recuerdo al hombre y recuerdo que sólo él hablaba. Recuerdo que me resultaba llamativo que mi padre, con las manos cruzadas en la espalda, sólo escuchara al «seguroso» de nombre falso: ¡él que amaba las palabras! Aún sigue siendo una imagen que se me muestra clara, quizás porque aquellas intervenciones en nuestras rutinas me enseñaron que la tristeza tiene rasgos muy notorios y que suele anular la charla —mi padre decía que en Cuba a todo intelectual se le asignaba un Colombo.

Monumento a Francisco Pi y Margall.
El tiempo es un tiovivo, de modo que muchos años después me encuentro, sólo que de una manera distinta, en la glorieta de H y 19. Resulta que una serie de circunstancias, influidas por mis gustos personales, me convencieron para comprar mi vivienda en una Avenida que conmemora al historiador y político español Francisco Pi y Margall, quien tiene en el parque de H y 19 un monolito con busto y con leyenda. Ay, amigos, si yo pudiera contarles cuántas veces ese monumento me sirvió para ganar… ¡al juego de los escondidos!

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