LA HOJA DE ACANTO

«La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes
Josep Pla

Acanto, William Morris, fondo de pantalla, 1875.

 

LA HOJA DE ACANTO

«¿Qué hacer para mejorar?», se dice Ruperta cada día. Es una pregunta que martillea su mente cuando sale del metro camino de su casa. Ruperta vive en una urbanización de arquitectura y jardincillos iguales. A veces, en invierno, cuando la niebla hace que el alumbrado ilumine menos, Ruperta, mientras busca respuesta a la pregunta que sus sienes martillea, pasa de largo, dejando atrás la cancela que la lleva a su vivienda.

«Y bien —se dice— y bien, ¿qué hacer para cambiar el rumbo de las cosas?». Es verano y Ruperta está plantando, en el verdeante césped, lavandas y geranios —ese año todos los vecinos están sembrando lo mismo—. Porque en el mundo de Ruperta, donde la oferta de mercancías es ilimitada, resulta que nadie se atreve a ser diferente. En su mundo, todos visten igual, ven los mismos programas de televisión, leen las superventas, juegan a los mismos juegos online, amueblan sus casas en Ikea, acumulan baratijas chinas y conciertan citas amorosas a través de las páginas de Internet. En su barrio, tan parecido al resto de los barrios del resto de las ciudades del resto del mundo civilizado, al amanecer y al atardecer, los pasos mudos y agotados inician el camino por los adoquines rotos de las calles.

Anoche algo sorprendió a Ruperta, algo que la agitó: el nuevo vecino, el que comparte pared con ella —vive en un adosado—, ha violentado las normas que todos siguen sin haberlas razonado. El vecino ha sembrado ¡acanto! en sus parterres. Ella lo sabe, porque ha visto esas hojas, que representan la vida duradera, adornando las láminas de los libros de historia del arte que muestran capiteles corintios. Ruperta sabía que el acanto vestía la tumba de los héroes. Ella lo había aprendido de niña, cuando los programas de estudio incluían informaciones ahora pasadas de moda.

¡Acanto!, la hoja del triunfo sobre la muerte. La hoja del hombre que ha conseguido ser leyenda a través de sus actos. Fue, entonces, cuando Ruperta, al preguntarse una vez más ¿qué hacer para vencer al hastío?, levantó el rostro habituado a rozar la barbilla con el pavimento —en la sociedad de Ruperta la gente no se observa—. Fue, entonces, cuando sus ardientes pupilas retaron a las estrellas encendidas. Cuando la vista alzó, comenzó el principio del fin de sus derrotas.

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