LA HURAÑA

«…tú eres ciego, de ojos y también de oídos y de cabeza.» Edipo Rey

Fotografía, María Gabriela Díaz Gronlier.

 

LA HURAÑA

Con el pelo cano y recogido en un alto moño trenzado, con los pies hinchados por una afección cardíaca irreversible, anda su último andar. Pero no lo sabe.

Anda, desdeñando la añoranza que le provoca una tarde gris, sin nubes que la distraigan —las nubes son dadas a formar figuras en el cielo—. Va…, despreciando al viento incómodo que la reta de frente. Tiene que llegar y aún le queda por delante la empinada cuesta donde pastan, indolentes, algunas vacas frisonas. Su casa está en lo alto de la cima, porque desde allí divisa los montes y el valle que, más abajo, fue expoliado a la naturaleza para que el pueblo se alce.

«Mientras más alto, más pegada al silencio con el cual la muerte castiga al reino de los vivos», se dijo la que huía de las palabras que una vez dichas no tienen retorno. Y construyó su casa en el paraje solitario: su hogar era, en verano, la guinda que coronaba el paisaje con sus melocotoneros; y en invierno, cuando los copos de nieve caían, el diamante que iluminaba el cielo.

Jadea, aún le queda el trocito de pendiente más difícil. Lleva la hogaza de pan bajo el brazo y se centra en el avellano, que este año viene cargado. Es la época en la que la manzanilla y la campanilla blanca florecen. «Está lindo el campo», piensa. Y el perro, que ya la huele, le ladra una bienvenida. Y el río del aserradero, preñado por las lluvias que van llegando, corre y canta muy alto su alegría.

La tapia está cerca, no queda nada, en dos pasos… llega. De pronto, su mente le hace escuchar el crujir de la escalera de madera cuando la pisa. De pronto, toma conciencia de que nunca ha encendido la radio, ni ha puesto la televisión, ni ha comprado la prensa, ni ha abierto ninguno de los libros que heredó del antiguo dueño de la masía. ¿Por qué? ¿Por qué no dio, siquiera, cuerda al reloj de cuco tallado? «Porque lo único que me ha importado es escuchar al viento, al viento que aviva o apaga las brasas de mis recuerdos», caviló.

Antes de abrir el portón, a sus pies cayó una manzana del árbol y, al instante, ella se desplomó. Aquella mujer impenetrable, que los paisanos del pueblo llevaban de boca en boca, pensaba que con la muerte llegaría su olvido. Sin embargo, no fue así. El día que falleció fue cuando las leyendas, que sobre ella circulaban, se convirtieron en sentencias irrevocables. 

Dicen que, para evitar que los niños se adentren en la espesura del bosque o en las marismas, los mayores les gritan: «¡Cuidado, chicos, cuidado, que por ahí anda penando la huraña!»

Al igual que Edipo, la huraña no pudo huir de su destino; pues Dios no consiente que se borren las huellas de sus hijos.

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