LA MÁSCARA ROBADA

«Esa era su gran gloria y triunfo, porque se sabía a Shakespeare de memoria».

La máscara robada (1851) es una novela corta y muy entretenida, una novela escrita a raíz de la lectura de otra que se hizo muy famosa en tiempos victorianos y cuyo autor, Dickens, era íntimo amigo de Wilkie Collins (1824-1889), uno de los iniciadores del género policíaco.

La máscara robada, con humor, melodrama y algo de intriga y suspense, nos regala una trama emparentada con Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens (1812-1870); aunque hay que decir que lo único que empareja los títulos es la intención de Collins de hacer un guiño a su amigo. ¿Por qué afirmo esto? Porque ni la Navidad es el contexto en el que se desarrolla el argumento, ni La máscara robada pretende enviar un mensaje moralizador, como era costumbre en el autor de Historia de dos ciudades.

(Un aparte: Dickens fue editor de Collins, quien tuvo un hermano casado con una hija de Dickens.)

Wilkie Collins calienta motores con este texto que precede a sus dos obras más famosas, a dos clásicos de la novela detectivesca: La dama de blanco (1860) y La piedra lunar (1868).

En La máscara robada hallamos los recursos narrativos que tan popular lo hicieron.  Además de los diálogos con ritmo, de la narración que aumenta en intensidad y de las escenas melodramáticas, Collins muestra su pericia en la creación de pistas que va dejando al lector. No es tarea fácil, pues las pistas, que tienen la misión de confundirnos, deben ser coherentes con lo que se cuenta —¿cuántas veces creemos, mientras leemos relatos policíacos, de misterio, de suspense, que hemos descubierto la solución al enigma y luego, cuando llega el desenlace, comprobamos que no ha sido así? Si esto sucede, si «no damos en el clavo», puede decirse que el libro es digno de su género.

En La máscara robada hay un elemento narrativo novedoso para su época: el autor se cuela en la novela, se vuelve apuntador. Es una narración muy teatral —afirma uno de los protagonistas: «¡Cuántos lazos unen al teatro y a la vida».

Wilkie Collins describe personajes, escenarios, circunstancias… —«Miren otra vez…», o «Escuchen…», nos dice y se lanza a hablar—. Pero, ojo, el Collins de la novela no permite que el lector pueda convertirlo en otro protagonista de la ficción. El Collins que cotillea por las páginas se toma muy en serio que él es real.

Tarjeta del escritor y dramaturgo inglés, fotógrafo y fecha desconocidos.

¡Oh…!, pero La máscara robada también homenajea al teatro y a Shakespeare —el argumento gira en torno al busto de William Shakespeare que se encuentra en la iglesia de Stratford-upun-Avon y que es el motivo de la portada de esta edición.

Reuben Wray, el protagonista, es un viejo actor que ha dedicado su vida a las tablas, aunque, aparentemente, sin ningún éxito. Para Wray sólo hay dos motivos que lo hacen reinventarse cada día: su nieta y Skakespeare —en boca de Wray, Collins afirma que el dramaturgo inglés estará presente «en todas las épocas» y que sus textos podrán servir como argumento «para cualquier cosa del mundo mientras el mundo exista».

Wilkie Collins consiguió el objetivo que se trazó para su novela, que no era otro que «narrar una trama sencilla, escrita de forma llana y natural»—el autor afirmó que la escribió para «contársela a unos amigos ante la chimenea…».

No quiero finalizar la reseña sin antes mencionar que los personajes de las novelas decimonónicas, en la medida en que el siglo avanza, se vuelven más complejos, pues los escritores no fueron ajenos a la psicología científica. Esta característica puede detectarse en el episodio en el que Reuben Wray sufre una fuerte crisis nerviosa.

La máscara robada se encuentra dentro del catálogo de la editorial Funambulista y está traducida por Ruth María Rodríguez López y Gian Luca Luisi. La máscara robada es una lectura grata para cualquier época del año.

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