LA MUERTE DE EUGENIO

«Quien no añade nada a sus conocimientos, los disminuye.»
El Talmud

Caricatura, Jorge Mañach.

Bebía, fumaba, se apareaba… enredaba en los hilos de la vida. Pero, poco a poco, Eugenio fue perdiendo su postura erguida. Jamás pensaba en la muerte. «Cuando llegue, llegará», decía. Eugenio nunca se preocupó por otra cosa que no fuera disfrutar de los instantes.

Así pasaron los años. Hasta que una noche el portón enigmático se abrió y el alma desinformada de Eugenio lo atravesó. Sentado en una silla, detrás de un pequeño escritorio ubicado en un amplio vestíbulo, un funcionario de alas pálidas lo recibió:

-Tiene usted que decidir sobre su destino. Le aconsejo que se tome su tiempo -dijo el apático ángel y, girando la pantalla del ordenador hacia el nuevo asociado, le mostró dos imágenes: a la derecha, en el más absoluto silencio y en un espacio bucólico, un padre mondaba una manzana para dar de comer a su pequeño hijo; a la izquierda, la imagen ofrecía lo que Eugenio interpretó como un guateque con mucho ambiente, debido al bullicio que de allí salía.

-Estas son las dos alternativas disponibles. ¿Por cuál opta? -quiso saber el mensajero de Dios.

-No sé, pensé que aquí decidían por uno. Y ahora usted dice que…

-Tarde o temprano usted iba a llegar aquí, ¿cómo es que no se ha informado al respecto?

-Yo… -el alma titubeaba y el ángel se apiadó.

-Está bien, está bien. Mire, ha cambiado el sistema. Nosotros ya no sentenciamos. Supongo que entiende, al menos, que está en el Más Allá.

-Sí, eso sí lo sé. He perdido la barba y la dentadura -manifestó, acongojado.

-Pero…, ¿a qué viene eso? Aquí no le hacen falta.

-Es que me siento… No sé cómo explicarle.

-Lo suyo es indescriptible. Escúcheme bien, ahora en el Más Allá tenemos un gobierno democrático. Así que usted escoge su eterno destino. Céntrese.

En el fondo, las opciones que se le presentaban a Eugenio eran las mismas de siempre: tentación o rutina, pero como el muerto era un ignorante en asuntos de óbito no se percató de que con el nuevo sistema sólo habían cambiado las apariencias.

-Uff, la derecha es lo de siempre. ¡Menudo rollo! La mujer, los chicos, el cole, las deudas, el curro… Escojo el fiestón de la izquierda.

-¿Está seguro de su elección? No hay segundas oportunidades, aquí no existe el arrepentimiento. Téngalo en cuenta antes de tomar una decisión cuyo estado es perpetuo.

-Nunca se está seguro del todo, pero ya improvisaré sobre la marcha. Prefiero la izquierda -reafirmó.

-La verdad, no sé qué decirle, me sorprende lo atrevido que es usted -respondió el ángel, desconcertado por la actitud del nuevo miembro-. ¿No le da miedo?

-No, ¿por qué iba a tenerlo? -dijo Eugenio, echando un nuevo vistazo a la pantalla-. Mire, si se lo están pasando pipa. ¡Venga, anímese, súmese! ¡En ese lado hay tremenda gozadera!

-No, gracias. Todo para usted. Pero antes debe dejar en consigna el aliento. Sólo pasan las almas -y a su respuesta añadió una sonrisa afilada como la espada de un guerrero en plena batalla.

El alma del muerto se fue por el camino que había escogido. Pero no las tenía todas consigo, pues no podía exhalar, ni inhalar y esto era importante porque le servía para medir su energía; además, había visto cómo el funcionario escribía en su ficha: «Perdido». Y, como si fuera poco, una enorme nube le cerró el paso a mitad del pasillo impidiéndole el retroceso.

Sobre el cielo, el muerto descubrió, horrorizado, que lo que él había considerado un fiestón en toda regla no era más que un aquelarre de dolor. En aquel lugar, las almas se retorcían nadando en un mar de sangre que el Averno no absorbía. Eugenio quiso llorar y no pudo; pues, como le había dicho el recepcionista de espíritus, no había lugar para el arrepentimiento. Las lágrimas podían apagar el fuego eterno.

En el Averno, Eugenio comprendió, aunque demasiado tarde, que la salvación del hombre se halla en su sabiduría.

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