LA NAVIDAD DE LA GALLINITA REMEDIOS

A mis amiguitos Sofía, Marcos, Irene, Leyre y Coral.
A todos los niños del mundo que esperan la llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar.

LA NAVIDAD DE LA GALLINITA REMEDIOS

«¡Ay, mi querido que llora en las pajas,
duerma, descanse, que amor se lo manda.»

Érase una vez una gallinita llamada Remedios que era muy famosa por sus buenas mañas para curar heridas y enfermedades. Remedios regentaba un hostal en Nazaret y, en el momento en el que sucede la historia que ahora voy a contarles, tenía como inquilinos tres gatos.

Un día, un mensajero llegó a la ciudad con una revelación:

—¡En Belén nacerá el Niño que salvará al pueblo! —gritaba, por los estrechos callejones, el recadero—. ¡Y descenderá de la casa de David!

¡Qué algarabía se montó en Nazaret con aquella noticia! Nazaret, el lugar donde había nacido María, la esposa del carpintero José, la escogida para ser Madre del Rey de los Cielos.

El mensaje de esperanza que los profetas, en nombre de Dios, estaban difundiendo por toda la tierra, y que había expandido el correo de viva voz por aquella ciudad, también llegó a los inquilinos del hostal de la gallina Remedios. Eran estos ocupantes, como ya les he informado, tres gatos que habían ido en busca de los cuidados del ave y de sus célebres pócimas de hierbas medicinales, pues estaban llenos de magulladuras.

Los gatos, muy conocidos en la zona por sus actividades nocturnas, eran Garabato, Miau Miau y Misu Misu. En batallas de amor y en gestas territoriales el primero había perdido un ojo, el segundo la audición y el tercero una de sus patas.

—¡Hay que partir cuanto antes! ¡Hay que llegar a Belén para adorar al Pequeño! Hagamos el equipaje, pues, al amanecer… ¡nos vamos! —cacareó, nerviosa, la gallinita mientras buscaba dónde llevar, sin que se estropearan por el camino, doce granos de trigo.

Remedios, Gabriela Díaz Gronlier, acuarela sobre papel.

A la luz del alba, con sus zurrones y sus botijos de agua, Remedios, Garabato, Miau Miau y Misu Misu dejaron Nazaret, el sitio donde el arcángel Gabriel había anunciado a la esposa de José el papel crucial que tendría en la historia de la Cristiandad, pues, al nacer el Niño Dios, formaría la Sagrada Familia.

Entretanto, muy lejos de allí, una Estrella, que brillaba más que ninguna en los cielos de Oriente, llamó la atención de tres Magos.

—¡Miren! —dijo Baltasar a Melchor y a Gaspar—. ¡El astro nos está anunciando que va a nacer el Mesías! —y, al igual que la gallinita y los gatos, los Reyes partieron raudos. Pero antes de iniciar el viaje, Melchor echó en oro en su saco, Gaspar echó incienso en el suyo y Baltasar guardó la mirra. Eran los regalos que depositarían a los pies del Niño.

Trece días con sus noches cabalgaron Melchor, Gaspar y Baltasar hasta llegar a Jerusalén, donde pidieron audiencia para ser atendidos por el rey Herodes.

—¿Qué se les ofrece? —preguntó el gobernante, intrigado por la visita de aquellas ricas personalidades que representaban a Europa, a África y a Asia, los tres continentes que, en aquella época, se conocían.

—Queríamos preguntarle si usted sabe dónde ha nacido el Rey de los Judíos, pues venimos a adorarlo —expresaron los tres Magos a la vez.

—¡¿El Rey de los Judíos…?! —preguntó Herodes, quien, reponiéndose pronto del impacto que le había causado la noticia, aclaró: —El único rey de Judea… ¡soy yo!

Misu Misu, Gabriela Díaz Gronlier, acuarela sobre papel.

¡Ay, mis niños lectores!, Herodes nada sabía del nacimiento de Jesús. «¿Cómo es eso de que va a nacer un Rey más poderoso que yo?», cavilaba, retorciéndose en el trono. Aquella noticia fue apoderándose de la mente perversa del vasallo de Roma, quien comenzó a elaborar una macabra estrategia para no perder su poder.
—Desearía pedirles que regresen por Jerusalén para que me digan dónde puedo encontrar al Niño, pues yo también deseo presentar mis respetos ante Él —dijo con voz azucarada, haciendo un gran esfuerzo para ocultar su envidia y sus celos.

—Cuente con ello, a la vuelta le narraremos lo que sepamos y sin perder detalle —respondieron los Reyes Magos, que aún desconocían que Herodes, una vez informado por sus asesores de que la noticia del Nacimiento era cierta, empezó a tramar un plan para hacer desaparecer al Niño que llegaba para reinar en la tierra. Herodes estaba dispuesto a todo, incluso a matarlo.

Melchor, Gaspar y Baltasar, siguiendo a la Estrella que los guiaba, y que en la medida en que se acercaban a su destino se hacía cada vez más y más brillante, partieron hacia Belén. Pero estaban agotados y decidieron hacer un alto a los pies del Monte de los Olivos. Allí prendieron una fogata y, en unas vasijas de barro, prepararon unas sabrosas lentejas con arroz.

—¡Miren! ¡Allí! —dijo Garabato, señalando el lugar donde descansaban los Magos—. ¡Es una hoguera! —y sus ojos brillaron, ya que ellos también estaban extenuados.
—¡Sí…! —contestó la gallinita Remedios, y gritó—: ¡Dirijámonos hacia allí, es el séquito de los Reyes Magos!

—¿Cómo lo sabes, amiga? —quisieron saber, alegres y alborotados, Garabato, Miau Miau y Misu Misu.

—Pues…, porque bajo aquellos olivos reposan el camello de Melchor, el caballo de Gaspar y el elefante de Baltasar.

Y así fue como la gallinita y los gatos, que habían viajado desde Nazaret, se incorporaron a la comitiva de los Reyes Magos, quienes, por cierto, compartieron el guiso de lentejas con los recién llegados. Para aportar algo a la velada, los gatos sacaron de sus zurrones una flauta, una zampoña y un pandero y se pusieron a tocar, mientras Remedios, que era una gallinita con una voz muy bonita, cantaba coplas del lugar.

Mientras todo lo narrado sucedía, José y María habían partido de Nazaret para cumplir la orden del César romano, que exigía que todos los habitantes de Judea fueran censados. Como el carpintero había nacido en Belén, hacia allí se dirigían. María, quien estaba a punto de dar a luz, iba sobre un borriquito, y José hizo todo el trayecto andando.

«¡Por fin hemos llegado!», pensó José al divisar la puerta de la pequeña ciudad, pues estaba muy preocupado ya que era cosa de muy poquito tiempo que María se pusiera de parto. De modo que el carpintero se dio prisa y fue de posada en posada pidiendo alojamiento. Pero, ¡ay!, todos los hospedajes estaban ocupados.

—¡No sé qué hacer…! —se quejaba José—. ¡Pobre esposa mía, que no tendrá un lugar donde alumbrar!

—Chist, chist… ¡Oiga, señor…! —lo llamó un tabernero—. Mi hospedaje está lleno; pero, si lo desea, puedo dejarle un pequeño establo que poseo. Es muy calentito, porque en él tengo un burro, un caballo y un buey.

José lo miró confuso. «¿Llevar a María a dar a luz a una cuadra?», se preguntaba. Pero el tabernero, que se percató de lo que pasaba por la mente del carpintero, insistió:

—Hay un lecho de paja muy limpito y bien puede servir de cuna al Niño —y, haciendo un gesto con la mano, añadió—: ¡Síganme, que se lo enseño!

Garabato, Gabriela Díaz Gronlier, acuarela sobre papel.

Y Jesús nació en el portal de Belén. Aquel mesonero no se imaginaba que su cuadra se convertiría en el pesebre más famoso de todos los tiempos.

Y los Reyes Magos, los pastores, la gallina Remedios y sus amigos Garabato, Miau Miau y Misu Misu llegaron a tiempo para rendir homenaje al Hijo de Dios, que dormía en el pajar. La luz de una lámpara de aceite lo iluminaba suavemente.

Cuando Jesús despertó, el pesebre estaba lleno de regalos. Además de la mirra, el incienso y el oro, que los Reyes Magos habían obsequiado al Niño, se había organizado una gran merienda con los presentes que los pastores habían llevado. Había turrones, mazapanes y variados dulces hechos con higos, uvas, dátiles y ajonjolíes; había almendras y garbanzos tostados y también hogazas de pan de trigo y quesos de la leche de las ovejitas que pastaban por Belén.

¿Y los animalitos de este cuento —me preguntarás— qué ofrendas presentaron? Los gatos, como no podía ser de otra manera, prepararon olorosos espetos de sardinas y arenques. ¡Ah…!, pero la gallinita Remedios, que había hecho todo el trayecto hacia Belén con los granitos de trigo muy bien guardados, dejó a los piececillos del Niño doce huevos que, al abrirlos, en vez de yemas tenían… ¡zafiros amarillos!

Entonces un nubarrón enorme se posó sobre Belén, porque la vida está hecha de buenos y de malos momentos y Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, sufrió muchas desgracias, aunque también recibió mucho amor. La noche antes de partir, los Reyes Magos recibieron un aviso que los alertaba sobre las malvadas intenciones del pérfido gobernador. Un ángel sopló este mensaje divino en sus sueños: «Herodes quiere saber dónde se aloja el Rey de los Cielos no para adorarlo, sino para hacerlo desaparecer».

¡Oh…, muchachos, no se asusten!, pues Melchor, Gaspar y Baltasar, luego de conocer el secreto del gobernador de Judea, decidieron tomar una ruta diferente a la que los había llevado a Belén, de modo que no informaron a Herodes del paradero del Niño. Por esta vez Jesús se salvaba de las injusticias que cometen algunos hombres.

Miau Miau con sus amigos, Gabriela Díaz Gronlier, acuarela sobre papel.

—¿Hacia dónde se dirigen, queridos Reyes Magos? —quisieron saber la gallinita Remedios y los gatos Garabato, Miau Miau y Misu Misu.

—Vamos a un lugar mágico —contestaron, soltando una gran sonrisa, los tres a la vez.

—¿A un lugar mágico? —preguntó Garabato, quien, desde los bigotes hasta la cola, era todo tensión.

—Sí, nos dirigimos a un país que no se encuentra en los mapas, porque está… ¡en el reino de la Fantasía! —afirmó Baltasar, señalando el firmamento.

—Es el lugar donde se fabrican los juguetes que a partir de hoy, y para celebrar el Nacimiento del Niño Dios, llevaremos a todos los chicos del mundo cada… ¡seis de enero! —informaron Melchor y Gaspar, que ya estaban a punto de cabalgar.

—¡Ah…! ¡Oh…! ¡Vaya…! ¡Cáspita…! ¡Queremos ir con ustedes! —vocearon los gatos y la gallinita: los gatos extendiendo sus patas y Remedios moviendo sus alas. Todos en posición de partida.

Los Reyes Magos se miraron entre sí y debatieron un buen rato. Luego, dijeron:

—¡Muy bien! Siempre se necesita ayuda para… ¡leer las cartas que los peques nos mandan y para envolver los regalos! —y exclamaron— ¡A la una, a las dos y a las tres…! ¡Nos vamos!

Estaban a la sombra de un olivo cuando todos partieron al país de los juguetes y de los libros de cuentos que, cada seis de enero, llegarán a los hogares de los niños para festejar… ¡la Epifanía!

Texto inscrito en el Registro de la Propiedad de Madrid.

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