LA NOCHE DE NOCHEBUENA

“Y al ver la Estrella, se regocijaron con muy grande gozo.”
Mateo

NO HAY NI UN ASTRO QUE BRILLE EN EL FIRMAMENTO.

Sentado en el tronco de un árbol, Mario observa cómo la lluvia es tragada por los charcos enlodados. El viento atiza su cara y sus ropas están empapadas. Ha llegado hasta allí atravesando las callecitas vacías de su urbanización, donde la vida de los vecinos  se intuye por el parpadeo de las luces de las guirnaldas reflejadas en los cristales de las ventanas de las casas. Es invierno, estamos en vísperas de Navidad y él se encuentra entristecido.

Esa misma mañana se vistió, se bebió un café y cargando a su mascota, compañera de un largo viaje, apretándola fuertemente junto a su corazón, decidido, la llevó a la clínica donde dieron cumplimiento a una meditada decisión, sentencia que no admitía rescate, pues el animal sufría.

De vuelta a casa, Mario sintió una punzada afilada: un puñal de hoja impalpable le atravesaba la razón, que hasta ese momento lo había acompañado, y la licuaba, convirtiéndola en lágrimas, y lo cegaba, llenándolo de dudas, transformando la compasión en un dolor insoportable.

Fue entonces cuando cogió las llaves, el impermeable y salió  sin rumbo huyendo del hogar. Así, acompañado por la lluvia, protegido por el silencio de las calles y la oscura noche que se asomaba, anduvo hasta que encontró un árbol castrado, un tronco que mostraba impotente sus anillos, dejando constancia de una vida perdida.

Cansado y calado hasta los huesos se sentó durante un largo rato en el leño.  Caía el agua gélida sobre su inclinada cabeza, los ojos fijos en la encharcada tierra. “Es hora de regresar”, pensó, y se puso en marcha.

El viento húmedo azotaba su cara.

UNA LUZ SE ABRE PASO Y ESBOZA SENDEROS EN EL CIELO.

Un temblor nervioso, cierta vibración debajo de un montón de hojas secas que alfombran un abedul, llama la atención de Mario que se agacha y, sin pensar, se quita los guantes y se pone a escarbar con sus huesudas manos, echando a un lado trocitos de corteza, hojuelas y ramitas podridas. Ejecuta el movimiento con firmeza, pues presiente que debe dar auxilio.

La lluvia que cae sobre el impermeable, la lluvia tragada por la tierra, la lluvia acumulada en los charcos, la lluvia continua y los helados  dedos que escudriñan a ciegas.

¡Por fin!, los tensos nervios encuentran respuesta. Las manos de Mario han descubierto vida debajo de las hojas secas. Se trata de un pájaro herido, un zorzal charlo, un pajarito peleón y pendenciero que anida en los tejos, es el pájaro cantor al que Dios ha encomendado la misión de anunciar la llegada del invierno.

Ahí van camino de casa dos almas que hasta hace un instante compartían desconsuelo  sin siquiera conocerse;  dos almas necesitadas de ternura, dos almas latiendo adoloridas.

El hombre y el pájaro atraviesan las desiertas callejuelas entre villancicos y luces que anuncian la Navidad. Huele a tierra empapada, a pavimentos cementados, a muros encalados, a alhelíes, a madera y carbón quemados, a prometedores asados, a bizcochos y dulces almendrados.

Bajo el impermeable negro, pegado al corazón, el zorzal recibe calor. Pero, ¿y el hombre aguijoneado por los remordimientos? Mario siente cómo una nueva energía devuelve calidez a sus ideas;  se fija en las luces que relucen tras los cristales y tararea los viejos y queridos villancicos de su infancia, apretujando contra su pecho al zorzalito.

El hombre aligera el paso y la luna se agranda iluminando el regreso a casa; entretanto las gotas de lluvia amamantan los charcos.

UNA ESTRELLA ENJOYA EL FIRMAMENTO.

Un año después crepita el fuego en la chimenea de la habitación principal de la casa. Mario está sentado intentando concentrarse en la lectura. De vez en cuando levanta la vista hacia el ventanal que le revela un cielo plomizo de invierno.

Por fin, las campanadas del reloj de pared anuncian que son las nueve,  está a punto de llegar su primer invitado a la cena de Nochebuena.

El hombre se levanta, se coloca la chaqueta del traje y abre la ventana: como un remolino, acompañando el aire limpio y puro, entra un avecilla gris, que ha engalanado su cola con pequeños lunares blancos.

Ya no es el zorzal derrumbado y abatido  que un hombre ahogado en su pena encontró, sino un ave fuerte que ha construido, en la horquilla de un árbol, un nido grande con musgo, hierbas y arcilla, pues vuela buscando su amor.

Mientras en el exterior el viento sopla desnudo, intentando quebrar las ramas de los desprotegidos álamos del jardín, en la casa las luces del abeto alumbran las  pequeñas figuras de barro del pesebre que dará acogida al niño Jesús.

Cobijado a los pies del árbol  se encuentra un retrato donde aparecen felices el perro y su amo.

Trina el zorzal y, entre los divertidos copos de nieve, la Estrella de Belén resplandece mostrando el camino a los Magos.

La NOCHE DE NOCHEBUENA es mi regalo para ti. Lo he ilustrado con detalles de mi árbol.
¡Feliz Navidad!
Relato publicado en “Linden Lane Magazine”, invierno 2018. 

 

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