LA OFRENDA

En la orilla del río croan las ranas, chirrían los grillos, y los abetos son pajareras.

Sobre el río silencioso planean las águilas.

A media tarde, el búho, que habita cerca del río, se despereza y, ululando, augura el traje que arropará a la noche.

Es el momento en el que, sin hacer ruido, la mujer y su sombra se marchan; aunque volverán mañana a ofrendar sus lágrimas.

Aseguran los aldeanos que un salmón de oro aflora en el río cuando el llanto de ella es absorbido por las frías aguas.

—¡Es el Rey! —dicen que dice a sus vecino—-. El salmón es el Rey…¡Y me ama!

(Las aceras sorben las huellas húmedas de sus botines. Humean las ollas en los fogones y las voces de las radios se confunden con la de los habitantes de las casas. Es la hora en la que se anuncian las estrellas.)

—¡Oiga, espere un momento! Escúcheme, por favor, en el río no hay peces encantados —siempre le dice el párroco que la espera a la puerta del templo. Y ella:

—No creo en hechiceros. Regresaré mañana.

Abandonan las nutrias sus madrigueras, cae la noche y la rosa púrpura muere con ella.

ENLACES RELACIONADOS

El desenlace.

La amante de los cuadros.

El banco de piedra.

La comadrita de Antonia.

Una caperucita más.

Un sueño me mece…

El cortejo.

El único hijo.


Compártelo con tus amigos: