LA OFRENDA

En la orilla del río croan las ranas, chirrían los grillos, y los abetos son pajareras.

Sobre el río silencioso planean las águilas.

A media tarde, el búho, que habita cerca del río, se despereza y, ululando, augura el traje que arropará a la noche.

Es el momento en el que, sin hacer ruido, la mujer y su sombra se marchan; aunque volverán mañana a ofrendar sus lágrimas.

Aseguran los aldeanos que un salmón de oro aflora en el río cuando el llanto de ella es absorbido por las frías aguas.

-¡Es el Rey! -dicen que dice a sus vecinos-. El salmón es el Rey…¡Y me ama!

(Las aceras sorben las huellas húmedas de sus botines. Humean las ollas en los fogones y las voces de las radios se confunden con la de los habitantes de las casas. Es la hora en la que se anuncian las estrellas.)

-¡Oiga, espere un momento! Escúcheme, por favor, en el río no hay peces encantados -siempre le dice el párroco que la espera a la puerta del templo. Y ella:

-No creo en hechiceros. Regresaré mañana.

Abandonan las nutrias sus madrigueras, cae la noche y la rosa púrpura muere con ella.

 


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