silla-gauguinTodavía conserva la motera y los polvos de arroz de la abuela. Ríe y hojea los libros que ha comprado esa mañana en la feria de ocasión. Ha ido como siempre, con la mente en blanco, dispuesta a dejarse atrapar por portadas sugerentes y títulos variopintos. Hojea los libros comprados, no puede centrarse, tiene la mente ocupada por historias de antaño.

Tirada en el sofá observa cómo la tarde oscurece, cómo ennegrece el cielo sobre el que prenden un sinfín de estrellas. “¡Vaya con los fantasmas!”, piensa.

Ahora que ha descubierto el enigma, su miedo le parece absurdo. “Así que el taconeo a altas horas de la noche, el frufrú de la seda, el fuerte olor a violetas y los vahos en el cristal, todo, absolutamente todo, tiene su explicación”.

Ha descubierto que los reflejos rojos y azules que trepaban por las paredes en la noche oscura no eran alucinaciones suyas. Esos destellos, siempre danzando a la misma altura, la de su pecho, no eran más que señales lanzadas por el anillo de rubíes y zafiros que lleva su abuela en la foto enmarcada que reposa sobre una mesilla de té.

“Todos estos años llorando tu ausencia, añorando tu voz, tus historias y resulta que los fantasmas existen y atraviesan los pasillos de las casas con pasos cortos”.

-Nana -dice-, nana espera, voy en busca de la palmatoria de plata para encender una vela, voy a responderte dibujando sombras ondulantes en las lunas de cristal. Pero, ¡si hasta puedo sentir el perfume de tus polvos de arroz, abuela! Espérame, no te muevas.

Y su risa juega con el tintineo de las lágrimas almendradas que adornan la lámpara de araña que cuelga del techo.
firma gabriela4

La silla de Gauguin, óleo sobre lienzo, Vicent van Gogh, 1888.

 

 

 

 


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