LA PLEGARIA

«Si no sabes para qué vives, todavía no has vivido».
Rav Noaj Weinbergz

Sin título, Manuel Díaz Martínez, 2001.

 

LA PLEGARIA

Pagó y se bajó del taxi. La persistente lluvia creaba riachuelos, que buscaban caminos por donde correr ligeros, y el viento azotaba los árboles y los rótulos de los comercios. Se quedó parada bajo el paraguas, mirando, con los ojos irritados por culpa del frío húmedo, la puerta oscura de roble que la devolvería a su pasado. De vez en cuando, un coche la salpicaba. Una voz interior, compitiendo con el lamento de las ramas desnudas y las invocaciones de las gotas de lluvia devoradas por los charcos, la incitaba a andar. Pero sus piernas seguían atornilladas al sitio en el que el coche la había abandonado.

El barrio mostraba la estampa de siempre. Nada parecía haber cambiado. «La puerta… La puerta, quizás, está más gastada», pensaba. Por fin entró en las penumbras de la casa y, sin encender la luz, se dirigió al butacón ubicado en la ventana del salón. Lo desenfundó, corrió las cortinas y se sentó a contemplar el torso, tallado en piedra, de un hombre mutilado que se encontraba en un costado de la glorieta del parque. Tiritaba.

Lentamente la tarde expiró y la noche plomiza entró en la habitación acompañada de la luz de las farolas de su acera. Se sentía derrotada. No recuerda cuándo se quitó la gabardina. No recuerda cuándo se dirigió a su cuarto, ni en qué momento retiró la colcha y se tumbó, vestida, sobre la cama.

Se giró en el lecho buscando una postura que la reconfortara, que la hiciera olvidar su miedo, sus dolorosos recuerdos. Se giró de cara a la pared y allí, en forma de Cruz, halló una grieta que huía de las jambas de la ventana. Era como una rama de olivo en busca de un cielo amenazante, cargado de nubes histéricas que estrellaban contra los cristales esquirlas de laja.

«Debo dar el primer paso, si no es imposible la Revelación. Debo…» —caviló. Pero estaba tan exhausta que dejaría —¡oh.., perdóname, Señor!— la plegaria para cuando brotaran yemas en las ramas.

María sólo quería un día de Gracia, un solo día de felicidad. Pero la muerte se adelantó a su desgana.

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