domingo , 17 diciembre 2017
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La portera.

Sobre el mantel blanco y almidonado la langosta lucha por llegar al plato, lleva años cociéndose sin que nadie le haga caso.

En el mismo mantel reposa una copa; en ella, el pétalo de una rosa se ahoga en Bermejo.

Las rebanadas de pan, mordidas y secas, esperan en vano un poco de manteca, o dos lonchas de tocino, o una buena untada de jalea de higos, puede que confíen en que serán gratificadas, por tanto tiempo perdido, con un poco de foie gras…

La vela, aburrida, derrama la cera sobre una manzana de la que escapa espantado un gusano que es advertido por un loro vidriado.

Dos gatos negros afilan sus uñas en la moqueta, pues el pájaro ha comenzado a gotear colores sobre el mantel albo.

Ella está fumando tras la ventana; ni siquiera la distraen los estornudos del ciervo disecado, que aspira los anillos de humo formados por sus labios encarnados.

Espía.

Una osamenta alta y de hueso imberbe traspasa la verja. Canturrea. Evita los charcos nacidos de nubes deshechas.

La mujer corre la gruesa cortina, ya no tiene interés en atisbar los callejones de tierra trillada, por donde van y vienen  esqueletos ataviados con sus mejores harapos. Hilaria se agacha y tira hacia arriba la media enrollada en su tobillo izquierdo.

El picaporte se mueve. Chirría.

Dos ojos verdes patinan en la fuente que preside la mesa vestida con un mantel almidonado  y blanco.

Portera, Georges Seurat, lápiz conté sobre papel, 1884.

 


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