LA TRINCHERA

«Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.»
Huxley

Ofelia Gronlier Lamar, fotografía en el comedor de su casa de La Habana.

El periódico La Provincia (Las Palmas de Gran Canaria) publicó el 27 de diciembre de 1995 un texto de Ofelia Gronlier Lamar (1936-1995) titulado La trinchera. Por voluntad del azar ese mismo día fallecía mi madre, la autora del relato sarcástico que recuerda un hecho sucedido en Cuba y que resume la desdicha de un pueblo que fue hechizado por un prestidigitador malvado y curtido en las artes de la comunicación de masas.

La trinchera no ha perdido su vigencia. El propósito del relato aún sigue vivo; pues el cubano, atrapado en las tripas del caimán, sesenta y dos años después del triunfo de la Revolución continúa rezando la jaculatoria fúnebre que advierte, a los futuros pioneros por imposición y a los cederistas por obligación, que en la isla todo se mueve bajo el precepto de «¡Patria o Muerte!».

¡Ah…!, pero «¡Patria o Muerte!» tiene un final que anuncia un nuevo versículo. El final de la vibrante evocación, que fue pensado parar ser la zanahoria en la punta del palo del burro, es «¡Venceremos!». En principio la frase no debiera causar alarma. Es un lema optimista, ¿verdad? Sin embargo, la cosa está en saber cuándo tiene el régimen previsto el momento de «vencer» —por ahora van tres generaciones sacrificadas al totalitarismo comunista.

Los dejo con La trinchera.

LA TRINCHERA
Ofelia Gronlier Lamar

Cartel, diseño de Gabriela Díaz Gronlier.

Lo primero que hizo el nuevo amo fue dejar bien claro —para que nadie lo dudase nunca— quién era el enemigo. Y con indudable talento logró que visualizáramos al enemigo como el eje en torno al cual giraba —por así decirlo, aunque en realidad sería más acertado decir se paralizaba— el nuevo mundo que el nuevo amo ofrecía al mundo nuevo. La vida comenzó a simplificarse en un esquema de buenos y malos como en los malos ‘westerns’. Y los malos a su vez se simplificaron en uno solo: el enemigo.

Las guerras bacteriológicas del enemigo destruían las cosechas; las fábricas se paralizaban por falta de materia prima, de tecnología y de piezas de repuesto que antes venían del enemigo: y por el mismo motivo carecíamos de medicamentos y ya no se construía. Se llegó a pensar que el enemigo, con su tecnología enemiga, hacía experimentos con la atmósfera al punto de desviar ciclones que nos arrasaban y que era por eso que se nos desmoronaban las cosas. Se hablaba de extraños cuerpos celestes de procedencia enemiga; muchos vieron en el Malecón de La Habana discos voladores que desaparecían sin dejar huella como aquel avión perdido en pleno vuelo en el que viajaba un joven héroe llamado Camilo.

El enemigo estaba al acecho y no había que darle argumentos al enemigo. «Hagamos, pues una muralla», dijo el amo, «no visible como la de Berlín o China, pero tan implacable que impida a la vez la entrada al enemigo y a la palabra enemiga, y que sólo permita salir al revolucionario y a la palabra revolucionaria». Como todos éramos revolucionarios sólo hubo que definir para los incapaces de digerir y memorizar los infinitos discursos del amo en qué consistía la palabra revolucionaria. Se optó por aconsejar que siempre es mejor callar que criticar y que memorizáramos aquella inteligente consigna que decía: «El pueblo unido, jamás será vencido». Por lo que unidos nos atrincheramos detrás de la muralla.

Por si acaso, teníamos dos tipos de ejércitos: uno diseminado en forma de guerrillas (nombre romántico que siempre se vincula —y con razón— a los héroes populares y a los pueblos oprimidos) en América Latina y en los más recónditos lugares del mundo, y otro ejército, concentrado, letal y aparatoso, en países lejanos como Mozambique, Angola y Etiopía. Pero de eso también tenía la culpa el enemigo (¿quién sino nuestra pequeña isla podría cambiar la injusta correlación de fuerzas de la guerra fría?).

Al principio de esta historia, la izquierda estaba de moda en el universo, era más relevante en los países donde era subversiva, en las clases marginales y en los mundillos intelectuales que vivían la resaca de la posguerra. Todo el que había soñado su Camelot se acercaba a nosotros para palparlo. Compañeros de viaje e intelectuales del momento venían a conocer el «hombre nuevo»: Jean-Paul Sartre, negándose a la derrota y buscando un espacio limpio donde empezar de nuevo (no lo encontró); Simone de Beauvoir, realista y escéptica; Roger Garaudy, todavía marxista pero crítico; Margarita Aliguer, desgarrada entre el marxismo y la propia experiencia; Michel Leiris; Italo Calvino; Borís Polevoi; Juan Goytisolo; Carlos Fuentes; Cortázar; Vargas Llosa; Evstushenko; Allen Ginsberg… No dijeron ni escucharon gran cosa, sólo la necesidad de defender la causa común frente al enemigo.

Y como ya todo estaba claro en aquel tiempo excepto quién era el amigo, el amo dijo que el amigo era la Unión Soviética. Amigo y hermano (‘gran hermano’, dijo alguien). ¡Qué hermosa relación aquella en que nos alimentaban y nosotros dábamos la vida! Ya se habían abandonado los campos y las fábricas y la innovación y la iniciativa, por razones políticas, y ni siquiera nos llegaba la palabra de los intelectuales del momento, gracias a la muralla, cuando sucedió esto, que es apenas una cuenta insignificante en el rosario de desdichas provocadas por el enemigo y que dice así:

Un día se escuchó la voz del amo: «¡Hay que cavar trincheras!» Y el subsuelo rocoso de La Habana se llenó de huecos. Nos asesoraban entonces técnicos vietnamitas. No alcanzaban los guantes y sólo los más afortunados disponían de un viejo taladro para perforar la roca. «Así que a pico y pala, compañero, y tú, compañerita, si quieres, ya puedes ir halando la carretilla». Sin guantes y con las manos ampolladas. Al final, cuando la ciudad, ya de por sí en ruinas, parecía un colador, a fuerza de cavernas, zanjas, túneles y toda suerte de agujeros, llegaron las lluvias. Sí, los viejos aguaceros torrenciales del trópico, conocidos desde siempre y, sin embargo, olvidados por el amo y sus asesores vietnamitas.

Desbordados por el agua, los innumerables pozos comenzaron a comunicarse entre sí a través de secretos laberintos y ya amenazaban los cimientos de la nueva Venecia caribeña, por cuyas cloacas tupidas salían arrastradas por el agua, muertas o nadando, toda suerte de alimañas. «¡Ahora sí que se hunde la isla de corcho, compay!» decíamos los de las manos ampolladas. «Seguramente ha sido una maniobra del enemigo» aseguraba el secretario general del Sindicato, por debajo de su enorme bigote. Y luego, como el que no quiere la cosa, comentaban por los pasillos los ‘orientadores’ del partido: «Ya saben, con la maquinaria sofisticada que tiene el enemigo te pueden hasta torpedear las nubes».

Y en la reunión se habló de una teoría del hielo seco que nadie entendió, aunque sí nos llegaron al alma las palabras dignas, furiosas y aclaratorias dichas por el compañero a nombre del Partido: «Pero, compañeritos, donde hay hombres no hay fantasmas: ¡a sacar el agua y a llenar de nuevo los agujeritos, que ya se encontrará otra solución con que hacerle frente al enemigo!»

La caída del muro de Berlín fue un hecho lógico pero insólito que dio un giro a nuestra historia pero no cambió nuestro destino. Hoy, aparecen en escena nuevos amigos que ya no son soviéticos ni sueñan con la izquierda, ni con Camelot ni con espacios limpios. Son los chicos de oro del momento y sueñan con el oro: quieren hacernos una transición pacífica. Culpan al enemigo (que es el mismo) y no al amo (que es el mismo) y que sigue defendiendo el sistema (que es el mismo).

El amo está ahora dispuesto a negociar con el enemigo (aunque esto les preocupe a los nuevos amigos), pero no con los de las manos ampolladas; ¡no!, que esos saben demasiado. Desde la trinchera a los de las manos ampolladas ya no les preocupa el enemigo: ahora les preocupan los amigos.

ENLACES RELACIONADOS

Lezama en mi memoria. Texto y dibujos de Ofelia Gronlier Lamar.

Teselas de mi mosaico habanero.

La conga del hambre.

Los dos balseros.

Las modistas de la calle Cuba.

Una comadreja habanera.

1984. Película (adaptación cinematográfica de Orson Welles).

Revolución y libertad (Georges Bernanos). Texto.


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