LA VIUDA Y EL TIMADO

Pájaro rojo, David Shrigley.

El pelo negro, liso y recogido en una larga trenza; el traje de chaqueta, negro también, ceñido por un cinturón que marcaba sus caderas. La viuda estaba sentada, mirando a través de la ventana con sus ojos verdes, verdes como hojas de palmeras. Estaba ausente. La sala, silenciosa, daba techo a los concurrentes, quienes, sentados o de pie, velaban el cuerpo del célebre escritor de libros de autoayuda. Rodeando el féretro, tres lustrosos premios, que compartían espacio con las coronas fúnebres, evidenciaban la popularidad que había acompañado al finado.

La ceremonia iba según lo previsto, faltaba poco para que el sacerdote oficiara la misa, que se había acordado sería corta, pues la mujer del difunto tenía prisa por poner fin a las exequias. Pero a las doce en punto, como si fuera el reloj de La Cenicienta dando pie a que la carroza se convierta en calabaza, uno de los asistentes pidió la palabra, interrumpiendo a la viuda que en ese momento había sacado del sostén un papelito con la intención de leerlo.

—Perdonen —dijo el señor a los presentes—. Supongo que no va a gustar lo que voy a decir aquí, pero creo que alguien tiene que actuar con justicia —carraspeó, sacó una petaca y, luego de un lingotazo, continuó—: Un muerto merece irse con aureola de verdad y mucho me temo, señora, que lo que usted tiene previsto contarnos nada tiene que ver con la personalidad del psiquiatra, su marido —los rumores acuchillaron el silencio que, hasta entonces, había reinado en la sala con algún que otro sisear.

—No sé quién es usted, ni que pretende; pero, adelante, diga lo que tenga que decir —aceptó, con desdén, la viuda—. Eso sí, agradecería brevedad.

—No se preocupe, seré breve si usted así lo desea —respondió el individuo y, poniendo voz de trueno, largó—: ¡Su marido era un cabrón!

(Sobresalto generalizado. Gesto del sacerdote que intenta interrumpir al deslenguado, ruido de sillas…).

—No, no me miren como a un loco —afirmó el caballero, señalando su mollera—. Sólo es que se me metió entre ceja y ceja que el doctor debería tener una despedida honesta. Y, para ello, no queda otra que airear su porquería. 

—¡Cállese! ¡Profanador! ¡Difamador! ¡Largo de aquí!…—gritos e intenciones de sacarlo de la sala.

Todos estaban alterados; menos la viuda, que parecía una talla de alabastro. 

—Me gustaría explicarme, si es posible —comentó el revoltoso, dirigiéndose a la señora, quien lo miró de arriba abajo y no contestó. 

—Reniegue y márchese —pidió, entonces, el sacerdote—. ¿Sabe que nadie lo tomará en serio, verdad?

—¡Que se largue con su drama a otra parte! —murmuraron algunos, aunque con menos fragor que al principio, pues les cohibía la actitud tolerante de la mujer; a fin de cuentas, ellos no iban a ser «más papistas que el Papa».

—Feligreses, por favor, todas las criaturas del Señor deben ser escuchadas; así que, cuanto antes empiece este hombre… antes acabará —el cura hizo la señal de la Cruz y se sentó.

—Será mejor que no pierdan los nervios. No es elegante; además, no valdrá la pena, he venido a hablar y no me iré sin hacerlo.

Los presentes volvieron a su posición inicial y la sala recuperó el silencio. En el fondo intuían que, de alguna u otra manera, aquel individuo, al que nadie ponía nombre, les estaba haciendo justicia a todos. Así que el extraño personaje encontró ambiente propicio, y continuó:

—Ese tipo ahondó en mí como quien mete las manos en la panza de un cordero que está destripando —un intenso calor le recorrió el cuerpo, obligándole a hacer una pequeña pausa, era de tensión alta. Unos instantes después, mirando a los presentes, confesó—: Me vendió sus libros y me examinó sobre ellos. Me hizo responsable de mis ataques de ansiedad. ¡Ese tipo me abrió en canal!

(Un moscardón entró por una de las ventanas y se puso a zumbar en la sala. Nadie lo ahuyentó.)

—Ahora soy más maniático, más obsesivo, más neurótico que antes —el desconcierto era general. 

—¿Puede usted abreviar? —susurró el sacerdote al timado—. Tengo otra misa a las seis y el pueblo me queda lejos.

—Ya sé que me extiendo y que hay que enterrarlo. Ya está habiendo hambre, ¿a que sí? —dijo con tonillo irónico—. Pero deben ser más complacientes, a fin de cuentas es la última «sesión» del doctor —y, echándose otro buche de la petaca y apuntando a los reunidos, continuó:

—¿Alguien puede afirmar, haciendo lo que estoy haciendo aquí, que me he vuelto más humano? Porque él me prometió que sus libros de autoayuda y sus sesiones terapéuticas me harían un ser… espiritual —nadie replicó; así que, luego de una breve pausa, el timado gritó:

—¡Intentó curar mi exceso de raciocinio con una falsa plenitud! ¡Ah!, y, encima, me desplumó, me dejó sin un chavo —rio histéricamente, arrancó una flor de una de las coronas, la puso entre las manos del muerto y, mirando al finado, le habló—: Sí, ya sé que…  

—¡Vale, vale…! Está bien así —el reloj del campanario de la iglesia del pueblo sonó—. Las consultas de mi marido tenían una duración de cuarenta y cinco minutos. No podemos extendernos más; así que no leeré lo que traía escrito —la viuda devolvió a su seno izquierdo el papelito y posó una mirada brillante y satisfecha en el antiguo paciente de su marido. Una mirada liberada de una vida regulada y de años de expectativas imposibles de cumplir. Unos minutos más y enterraría la obligatoriedad de ser feliz.

—¡Levanten el féretro! —ordenó el sacerdote y el cortejo se encaminó al cementerio. 

El timado se quedó solo en la habitación, sudoroso, mirando a través de la ventana, con su pelo grasiento y aplastado. Los puños de sus manos, cerrados hasta entonces, se fueron abriendo. Había tenido su primer acto de superación personal. 

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