FLORES Y EL SIGLO DE ORO ESPAÑOL. PINTURA BARROCA

“De flores y esmeraldas
En las frescas mañanas escogidas,
Haremos las guirnaldas,
En tu amor florecidas,
Y en un cabello mío entretejidas.”
(San Juan de la Cruz)

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Florero con lirios, rosas y mariposas, Pedro de Camprobín, 1636.

La pintura de flores brilla con luz propia en España a partir del 1600. El siglo XVII fue el siglo de los bodegones, pero también el siglo que nos dejó nuevas formas de composición y de uso del color, hecho que puede apreciarse en lo que hasta entonces se conocía como “flores puras” o “sólo flores”.

La pintura floral pasa de ser un elemento decorativo y popular a convertirse en un género autónomo en esta época. Ya no están las flores al servicio de los bodegones, ni están cargadas del simbolismo religioso y moralista del medioevo; ya no se trata de “pinturas de yerbas”, como las llamó Francisco Guevara en el siglo XVI. Ahora las flores son verdaderas protagonistas del género de las naturalezas muertas.

La pintura de flores gana su sitio en la historia del arte con el Barroco.

Bodegón de flores y frutas con una fuente de conchas, Juan de Espinosa, 1645.

Los reyes Felipe II y Felipe III, junto con la iglesia y sus cofradías y hermandades, fueron los grandes mecenas del arte de la España de El Siglo de Oro, que tiene al Renacimiento en un extremo, al Barroco en el otro y al Manierismo en el centro. El artista cristiano pasó, en un corto período de tiempo, de la cosmovisión humanista a interpretar muertes y tormentos. El lienzo luminoso y vitalista, típico del Renacimiento, fue absorbido por los ocres, marrones y grises del movimiento Barroco.

La narraciones dramáticas presentadas con fondos en penumbras, donde un rostro, una mano, un torso, un algo recibe una luz divina en forma de claroscuro, permitieron acercar los preceptos religiosos a un público analfabeto y temeroso de Dios.

El Barroco dio un paso más en relación con la visualización de los textos sagrados, fuente de inspiración del arte desde siempre. El Barroco catequizó el arte y lo convirtió en un instrumento enérgico de divulgación.

Florero con cuádriga vista de frente, Tomás Hiepes, 1643.

En sus comienzos, la pintura barroca, al servicio de las doctrinas aprobadas en el Concilio de Trento, fue naturalista y tenebrista. Pero con el paso de los años, y bajo la influencia de la Escuela Flamenca, fueron abriéndose paso en los cuadros la luz y una gama más amplia de colores que amortizaron el caravaggismo italiano.

La pintura de flores es un claro ejemplo de cómo se suavizó la paleta de nuestros artistas. Esta circunstancia puede apreciarse en las diferencias que hay entre los cuadros de Juan Sánchez Cotán, primer representante del género de pintura de flores en España, Juan Arellano y Pedro de Camprobín -aquí les dejo obras de los tres.

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Canastilla de flores,  Juan de Arellano, 1671.

En España encontramos varias escuelas que influyeron en la pintura barroca: la andaluza, la castellana, la toledana y la vallisoletana, la más importante; aunque hay que señalar que a la escuela toledana pertenecen artistas como El Greco, Sánchez Cotán y Juan Bautista Maíno.

Hay que resaltar también que es en el siglo XVII cuando comienzan a publicarse ensayos sobre teoría artística y que en este campo los estudios de los pintores españoles fueron relevantes.

Vicente Carducho con Diálogos de la Pintura (Madrid, 1633), Francisco Pacheco con Arte de la Pintura (Sevilla, 1649) y Antonio Palomino con Museo Pictórico y escala óptica (Madrid, 1715) encabezan la lista de los ensayistas españoles que se dedicaron a investigar la naturaleza y el cuerpo humano desde la óptica del arte.

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Taza con agua y una rosa sobre bandeja de plata, Francisco de Zurbarán, 1630.

Pero no es hasta 1935 que encontramos el primer reconocimiento público de nuestros bodegones, fuente de la pintura de flores y vanitas.

En 1935 La Sociedad Española de Amigos del Arte organizó la primera muestra sobre este tema, lo hizo agrupando un “conjunto representativo de autores, escuelas y épocas”. Floreros y bodegones en la pintura española se inauguró la víspera del estallido de la Guerra Civil Española (1936-1939).

Muchos años más tarde, en 1983, el Museo del Prado ofreció una segunda exposición: Pintura española de bodegones y floreros de 1600 a Goya.

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Florero de cristal, Juan Arellano, 1668.

La pintura barroca de bodegones y floreros españoles debe mucho al descubrimiento del Nuevo Mundo, a las plantas, animales y objetos que de allí llegaron -lo efímero como concepto teológico y lo exótico vinculado a un interés más terrenal, pues los nuevos territorios ofrecieron nuevas oportunidades a la ciencia, al comercio, a la industria…

El Barroco encontró una vía de escape en los Países Bajos, digamos que se desdobló en arte religioso y arte vinculado a la vida cotidiana. Escenas domésticas, paisajes, retratos de familia, bodegones, pintura de flores… tomaron protagonismo en las representaciones visuales. Los artistas flamencos buscaron en las naturalezas muertas motivos de inspiración, evitando así los temas religiosos que habían primado hasta entonces en Europa, pues estamos en plena época de la reforma luterana y se trataba de evitar terminar en la cárcel o asado en la parrilla de la Inquisición.

Florero con tulipanes, Andries Daniels y Frans Francken el Joven, óleo sobre tabla, 1620-1625.
(Un florero flamenco para comparar.)

Otro aspecto que acercó el Barroco a España es la relación política, económica y social que esta mantenía con los Países Bajos, cosa que hizo posible que los pintores ibéricos estuviesen al tanto de lo que hacían sus contemporáneos flamencos, pues no es hasta 1648 que Flandes consigue poner punto y final al dominio de la Casa de Austria sobre sus tierras.

Las publicaciones ilustradas sobre plantas e insectos de las imprentas de Amberes, los grabados llegados de Alemania con imágenes de composiciones florales, los jarrones atiborrados de pétalos de Jan Brueghel el Viejo, las naturalezas muertas de Georg Savery, despertaron en nuestros artistas barrocos el apetito por la  pintura floral. Pero, a diferencia de los flamencos ocupados en pintar asuntos profanos, en los países católicos siguió primando la pintura de temas sagrados.

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Bodegón con flores, hortalizas y un cesto de cerezas, Juan Sánchez Cotán.
(Curiosidades: Es la última obra localizada del pintor, pues la firma la puso en el centro del cesto de cerezas y no se encontró hasta 1983. Es el primer cuadro español donde aparecen las flores como protagonistas y se considera que puede ser el primer bodegón floral europeo.)

Los motivos florales, piezas ricas en detalles y de cuidada ejecución y simetría, se han ganado un espacio independiente en la Historia del Arte, dejando atrás la mala imagen que tenían de ser meras imitaciones de la naturaleza. El género de los bodegones, como he comentando antes, dio lugar a la la pintura de flores y a las vanitas; pero de las vanitas, como de la influencia del caravaggismo en el género floral, hablaremos otro día.

Cierro esta reseña con un poema de Luis de Góngora dedicado al nacimiento de Cristo, pues se acerca la Navidad. He escogido a Góngora por ser uno de los grandes poetas del Barroco español.

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Guirnalda de flores con Santa Teresa de Jesús, Bartolomé Pérez, óleo sobre lienzo, h.1676.

AL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR
Luis de Góngora

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

Cuando el silencio tenía
Todas las cosas del suelo,
Y, coronada del yelo,
Reinaba la noche fría,
En medio la monarquía
De tiniebla tan cruel,

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

De un solo Clavel ceñida,
La Virgen, Aurora bella,
Al mundo se lo dio, y ella
Quedó cual antes florida;
A la púrpura caída
Solo fue el heno fïel.

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

El heno, pues, que fue dino,
A pesar de tantas nieves,
De ver en sus brazos leves
Este rosicler divino
Para su lecho fue lino,
Oro para su dosel.

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

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ENLACES RELACIONADOS

Caravaggio, los pintores del norte y el Concilio de Trento.
La buena mesa en el barroco. Los bodegones de Clara Peeters, una de las pocas pintoras del siglo XVII.


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