LAS HADAS

A Belkys Rodríguez, Sandra Franco y a mi hermana Claudia.

«¿Qué ángel me despierta en mi lecho de flores?»
(Titania en «Sueño de una noche de verano».)

Elfo musical enseñando a los pájaros jóvenes a cantar, acuarela, Richard «Dicky» Doyle.
(Dicky, famoso por sus acuarelas para el libro «Cuentos de los hermanos Grimm», fue quien creó los elfos con caritas de niños y las hadas con rostros de niñas.)

PRIMERA PARTE

Crecí correteando por los jardines de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y puedo dar fe de que las hadas y los geniecillos existen. Eso sí, nunca pude verlos, aunque sí pude sentirlos; sobre todo, los días en que la lluvia hacía balsitas en las hojas y en los pétalos de los rosales y de los guacamayos. Esos días, un trajín misterioso se apoderaba de la atmósfera. Había algo en el aire que los niños respirábamos y escuchábamos.  

Con la adolescencia, las hadas de mi infancia escaparon de mi mente, como yo me escapaba de mis padres para ir a fiestear con mis amigos. Pero no las olvidé, sigo opinando que las hadas de mi niñez habitan en los jardines.

Alicia con hadas durmiendo, ilustración de Margaret Tarrant.

Hoy sigo pensando en ellas y aún sigo escuchando a mi abuela Titica, voz hace tiempo ida, repetirme, cuando intentaba curiosear en su pasado, aquella frase de Hänsel y Gretel que dice: «Hänsel, ¿por qué te detienes y miras hacia atrás?»

La pregunta, mudada en «Gaby, ¿por qué te detienes y miras hacia atrás?», me condicionó a crecer sin tiempo para acumular ayeres; pues todo mi esfuerzo se centraba en descubrir lo que estaba por venir —adelantarse a los acontecimientos, decía mi contradictoria abuela que vivía en el pasado, puede facilitarnos la vida—. Pero la pregunta ha caducado para mí.

Me encanta mirar hacia atrás y descubrir que siguen volando las hadas por las sabias moralejas de los cuentos de mi infancia.

Por cierto, no sé cuántas horas pasé soñando con la conquista de la casita de caramelos. Estaba dispuesta a enfrentarme a la bruja de Hänsel y Gretel con tal de poder probar la dulce estructura de su morada.

Ilustración de Kay Nielsen para Hänsel y Gretel, 1925.

Como les decía, estaba dispuesta a arriesgarme a que la bruja de Hänsel y Gretel me engordara para echarme en su cazuela. Y lo estaba porque a pesar de los riesgos que corría, si me daba el atracón, sabía que mi hermana y yo nos libraríamos de los malvados hechizos gracias a la astucia, instrumento imprescindible para hacer realidad un deseo —esto lo aprendí en mis libros de hadas y seres fantásticos.

Narro esta anécdota para que sirva de antídoto a las ideologías actuales que pretenden enviar al baúl de los recuerdos, bajo el pretexto de que no son apropiados por machistas y por violentos, los cuentos de mi infancia. A mí me han ayudado a sortear la tunda de palos que te da la vida. Los traumas que puedo padecer no provienen de mis lecturas de antaño, sino de la realidad objetiva.

Ilustración para Hänsel y Gretel de Arthur Rackham, 1909.

SEGUNDA PARTE

Los cuentos clásicos nacieron con la humanidad, son el resultado de la tradición oral. Son hijos de diferentes culturas, son protegidos del Tiempo y mientras más años acumulen… más sabor tendrán.

Y si los cuentos eternos se leen en voz alta, entonando y gesticulando, para que la venganza, el miedo, el abandono, el egoísmo, la maldad, la avaricia, el orgullo… tengan su protagonismo, mejor que mejor se entenderá la moraleja final, que no es otra que la demostración de que los contravalores son derrotados por la voluntad y por la acción del que, en un principio, se mostraba vulnerable.

Ilustración de Arthur Rackham para «Peter Pan», 1906.

Los cuentos clásicos infantiles, donde las hadas tienen un sitio especial, son como la tierra y el agua, como el barro pueden moldearse, pero las sustancias con las que están hechos son irreemplazables.

En las narraciones clásicas, los personajes se mantienen firmes, aunque las historias se metamorfosean según las épocas —han sufrido muchos añadidos y mutilaciones y, sin embargo, no hay una sola versión, una sola adaptación, por muy vanguardista que sea, que haya podido destruir la imagen tradicional de la  Campanilla de Peter Pan, o de la bruja de Blancanieves, o de las hadas bondadosas y maduras del cuento de Cenicienta, por citar tres ejemplos.

En las mutaciones de los cuentos tradicionales también se mantiene inalterable la lucha entre el vicio y la virtud. Es batalla presente en todas las tramas.

Y ahora entremos en el mundo de las hadas, que no tuvieron alas en la tradición oral porque se les consideraban ángeles caídos —aquellas hadas volaban sobre ramitas o briznas de yerba.

El lago del hada, John Anster Fitzgerald, óleo al bardo, ¿1866?

TERCERA PARTE

Las hadas deben a la escritura sus alas. Inspirados en los ángeles de la Biblia, en los amorcillos alados greco-latinos y en la diosa Psique (habitualmente representada como una figura pequeña y con alas de mariposa), los autores otorgaron alas a las hadas.

A la escritura, estos seres imaginarios les deben el no haberse perdido en el país del olvido. ¡Ah!, y a Shakespeare le deben su belleza sin par, su poesía y su entrada en el teatro por la puerta grande.

A las hadas, la potestad de transfigurarse se las da quien las canta.

Sueño de una noche de verano, John Simmons, acuarela, 1873.

Sueño de una noche de verano (1595) las expandió por la campiña inglesa y las inmortalizó en los escenarios. De Sueño de una noche de verano saltaron al Romanticismo, a la pintura de hadas y a la literatura gótica, adueñándose del universo fantástico de la era victoriana (1837-1901) —estos estilos estéticos respetaron la imagen atractiva y bondadosa que Shakespeare les regaló.

El dramaturgo inglés las alejó de los conjuros, los hechizos y las flechas con las que las identificaban las leyendas medievales, donde son descritas como seres temibles —el primer texto escrito en inglés en el que aparecen las hadas es del siglo XI y en él se describe lo peligrosas que eran sus saetas para elfos. Pero no es hasta la segunda mitad del XVIII que la literatura fantástica se independiza para crear género propio.

Titania y Fondo, Henri Fuseli, óleo sobre lienzo, 1790.
(Inspirado en «Sueños de una noche de verano». Titania no quiere ser abandonada por el asno y le echa un hechizo: «Soy espíritu regio de rara condición / y prospera mi corte en la ardiente estación. / Y puesto que te quiero, serás mi compañero». En la tradición popular, las hadas no aparecen desnudas; el desnudo es una aportación de los artistas victorianos a la pintura de hadas. Ellos las hicieron adultas y sensuales.)

Dicen que las hadas pueden hacerse visibles a nuestros ojos si preparamos un ungüento con tréboles de cuatro hojas; dicen que si deseas ahuyentarlas no hay como la hierba de San Juan; dicen, también, que la acedera, el lirio y el perifollo son flores que anulan sus amenazas, porque hay hadas buenas y hadas enrevesadas. Dicen que es peligroso para ellas cambiar con frecuencia de tamaño, pues si abusan de ese poder irán reduciéndose hasta desaparecer. 

Dicen que estos seres alados robaban caballos, los embrujaban y los hacían correr hasta dejarlos exhaustos (en Sueños de una noche de verano, Puck, duende al servicio del rey de las hadas —Oberón—, «atrae a los caballos imitando los relinchos de una yegua joven»).

Dicen que sus cabalgatas son, en realidad, ejércitos de muertos y que si las espías mal final tendrás. Dicen…

El árbol de hadas, acuarela, Richard Dicky Doyle.
(Doscientos personajes más el rey de las hadas están posados en las ramas de la ilustración más popular de Dicky.)

Las hadas dependen de las creencias populares, de la imaginación del autor que las invente y de la disposición del lector a admitir su existencia —ningún ser es del todo independiente, por mucho que se lo crea; esta es la moraleja que podría aplicárseles a ellas, que se piensan principio y final de sí mismas.

De las creencias populares, que dieron vida a las leyendas orales, y de las obras que las recrean se escriben sus biografías. De ahí, por ejemplo, que las plantas, antaño fundamentales para sus hechizos, en el siglo XIX, cuando el miedo a las criaturas mágicas se ha intelectualizado, se conviertan en chalecitos coquetos o en alhajas para sus minúsculos cuerpos. 

Acuarela de travesuras, Ida Rentoul Outhwaite.

Las adaptaciones de los cuentos clásicos, que tuvieron lugar en el siglo XIX, perdieron mucho de la crueldad presente en las leyendas medievales, leyendas  terroríficas con las que los adultos amenizaban sus horas de ocio, mientras asustaban a los pequeños con la finalidad de alejarlos de todo entorno donde corrieran peligros reales. Aquellas familias buscaban respuestas a los enigmas del mundo en lo divino, lo diabólico y en los seres fantásticos.

La literatura medieval está poblada de criaturas mágicas y violentas. Pero el siglo XIX, tan rico en avances para la humanidad, regaló a las moralejas viejas un don especial. El don consistía en anunciar ¡valores morales!

Los amantes de las hadas, Theodor von Holst, óleo sobre lienzo, 1840.

TERCERA PARTE

Hay un fragmento en Lluvia verde, poema escrito por Mary Webb (1881-1827) y que ocupa lugar destacado en el Romanticismo, que dice así:

A los fragantes bosques correremos
a ver el endrino en nieve envuelto.
En lo alto ya retoñan nuevas hojas
y arrulla solitaria una paloma;
los claros con mil músicas se agitan
y suelta el carpintero locas risas.
Roba flores el viento al negro endrino
y brotes al majuelo retorcido;
cual gotas de oro verde granizada
la brisa por el bosque los derrama,
y flotan como lluvia que un sonido
de hadas en el aire ha detenido.

Ilustración de Gustave Doré para «Cenicienta».

En Silvia y Bruno, Lewis Carroll (1832-1898) afirma que las hadas se hacen más visibles cuando el calor aprieta. Informa a los niños buscadores de seres fantásticos: «La primera regla es que el día debe ser especialmente caluroso, eso no admite discusión».

Pero otros autores piensan que es el amanecer el mejor momento para verlas, como hay otros que afirman que se descubren a la hora en la que la carroza de Cenicienta se convierte en calabaza.

Robert Kirk (1644-1692), autor de La secreta comunidad de Elfos, Faunos y Hadas, era de la opinión de que las hadas eran almas que vagaban en pena y que sus vidas dependían del tiempo que necesitara el muerto para expiar sus culpas —Kirk aseguraba haber vivido un tiempo entre ellas.

El sueño del pastor, Henry Fuseli, óleo sobre lienzo, 1793.
(Inspirado en «El paraíso perdido» de John Milton.)

En cuanto a la muerte, salvo en algunos cantos cortesanos medievales, en algunas baladas que las imaginan inmortales y en algún que otro autor que las considera espíritus eternos, sus creadores suelen aceptar que las hadas fallecen.

¡Ah!, pero otra cosa es cuándo mueren. Se conserva una leyenda escocesa que asegura que expiran a los doce meses; aunque son muchas más las historias en las que se afirma su longevidad.

Un antiguo poema galés afirma que la vida de las hadas hurta unos cuantos años al tiempo. Dice:

Nueve por nueve, mama que mama;
nueve por nueve, llora y gatea;
nueve por nueve, lista y graciosa;
nueve por nueve, sana y hermosa;
nueve por nueve, fuerte y triunfante;
nueve por nueve, con cofia y achaques;
nueve por nueve, barbicana y gris;
nueve por nueve, qué duro es morir;
qué duros y largos estos nueve nueves,
qué cortos los otros, idos sin sentir.

William Blake (1757-1827) también amó a las hadas y afirmaba haber presenciado el entierro de una de ellas en su jardín. Según él, el cortejo estaba integrado por unas «criaturas del tamaño y del color de los saltamontes verdes y grises».

Oberón, Titania y Puck bailando con hadas, William Blake, acuarela y grafito sobre papel, 1786.
(Inspirado en «Sueños de una noche de verano».)

La anécdota de Arthur Conan Doyle (1859-1930) con las hadas es muy graciosa. Conan Doyle, como buen espiritista que fue, creía en un universo impenetrable y con mucha marcha.

Entre 1917 y 1920, dos muchachas publicaron en un periódico unas fotografías donde aparecían rodeadas de hadas —en la época victoriana estaban de moda los acontecimientos paranormales y las fotografías sobrenaturales—. Las imágenes fueron todo un acontecimiento, pues las jóvenes aseguraban que eran reales.

El creador de Sherlock Holmes, bajo el influjo de tal suceso, cogió papel y lápiz y escribió El misterio de las hadas, un tratado en defensa de las aladas que incluye una clasificación por tipos, actividades, colores y sonido.

¡Ah!, pero resulta que las fotografías llamadas «hadas de Cottingley», habían sido manipuladas por las muchachas —en 1983, las autoras confesaron a la revista The Unexplained que trucaron las fotos, aunque mantuvieron que a las hadas sí las vieron. Conan Doyle no vivió para descubrir el fraude.

Aquí aparece Frances Griffiths, de 10 años, con cuatro hadas bailando sobre un arbusto. Esta es una de las fotografías que hizo afirmar a Conan Doyle que las «gentes pequeñas» eran nuestras vecinas.

El arcoíris ofreció a las hadas su paleta de colores para que escogieran aquel con el que querían ser identificadas. Ellas decidieron vestirse con los verdes de la naturaleza, así vivieran en las aguas, o bajo tierra, o en los robles y espinos, o en las frágiles flores o en el corazón de los bosques.

No existe hada «original» que no lleve en sus alas pinceladas verdes. Parece que en este detalle sí hay consenso, como también lo hay a la hora de afirmar que el tiempo tiene otra medida en el mundo de la fantasía.

Ilustración de Cecily Mary Barker, 1940.
(Mary Barker se inspiró para sus famosas estampas en «Sueños de una noche de verano». Las hadas encontraron su lugar en el siglo XX en los libros ilustrados y en las tarjetas postales.)

Si las hadas te raptan —los entendidos dicen que suelen hacerlo por amor o por envidia—, o no regresas a tu cotidianidad o si lo haces descubres, por ejemplo, que lo que pensabas que en su mundo duró un día en el tuyo se ha llevado toda una vida; de modo que no reconoces, ¡qué espanto!, tu entorno cuando te devuelven a la realidad.

Y si te quedas dormido al aire libre, ¡ay, qué daño!, serás convertido en el plato estrella de un banquete de hadas. Todas estas peculiaridades, que componen la biografía de las hadas, salen de las leyendas populares.

Ilustración de Henry Meynell Rheam.

La literatura clásica infantil que hoy conocemos es, como he dicho antes, el resultado de las adaptaciones que tuvieron lugar en el transcurso del siglo XIX. Siglo rico en corrientes estéticas y que dio a los cuentos clásicos infantiles la posibilidad de pertenecer, según la fecha en que se rehacían, al movimiento romántico, prerrafaelista, gótico, decadentista, realista, social y naturalista. 

¡Cuántas corrientes literarias atravesaron el siglo XIX volado por hadas seguidas de seres fantásticos!

Las hadas, los duendes, los príncipes convertidos en ranas… sobrevivieron a la revolución industrial, a la fertilización, al abono de jardines y a la explotación de los campos donde habitaban. Todos ellos, sagaces, se aprovecharon de la tecnología para encontrar un buen sito en las postales, los libros, las revistas y los medios audiovisuales.

«Cuentos de hadas de Hans Christian Andersen»,  ilustraciones de Kay Nielsen, 1924.

Ilustración de Arthur Rackham para «Peter Pan», 1906.

Las hadas y demás gentecillas presentes en la literatura de Charles Perrault, los hermanos Grimm, Joseph Jacobs, Hans Christian Andersen… tienen la misión de transmitir virtudes a los pequeños.

Los autores decimonónicos se valieron de una estructura narrativa que hace ágil la fábula: primero descubren las intenciones de los protagonistas; luego, el carácter de los mismos. Un ejemplo es La Cenicienta.

En La Cenicienta, el príncipe tendrá que atravesar todo su país y probar el zapatito de cristal a todas las muchachas casaderas hasta encontrar a su dueña. Y cuando la encuentra debe demostrar que no le importa que su amada es una huérfana desheredada; así queda expuesto su carácter desinteresado y honrado. Por otro lado, Cenicienta muestra obediencia y respeto cuando cumple la promesa que hace a las hadas de llegar a la hora acordada a casa. La perseverancia y el perdón son otros valores que se añaden al cuento de La Cenicienta.

Ilustración de Litte Match Girl para «La niña de los fósforos».

A la primera Cenicienta, llamada Yeh-hsien y nacida alrededor de 850 d.C, los autores del XIX le arrebataron su ferocidad manteniendo su función pedagógica (a las hermanastras y a la madrastra, en versiones antiguas, las matan piedras voladoras).

Pero en el siglo XIX se comenzó a dar voz a la situación de los niños, a su analfabetismo, a su explotación laboral, a los métodos excesivos a los que eran sometidos en su educación y que los convertían en víctimas de malos tratos físicos y psíquicos. Fue la época que dio voz a las teorías pedagógicas que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) propone en su Emilio, o de la educación (1762).

«Cenicienta», Ilustración de Oliver Herford.

En los libros que leí de niña, a diferencia de la literatura oral donde los desenlaces solían dejar al oyente tiritando de miedo, se llega siempre a un final feliz.

El final feliz es la recompensa al esfuerzo, al compromiso y a las buenas acciones; pues aunque parezca que es la vara mágica de las hadas la que resuelve los entuertos de las tramas… no es así: los marrones se transforman en bonanzas gracias a un cambio positivo en el comportamiento de los protagonistas.

Ilustración de Ida Rentoul para «Hadas y elfos», 1919.

Los cuentos clásicos, con sus brujas feas y crueles y sus hadas hermosas y generosas, me ayudaron a comprender conceptos como el poder, el amor, el miedo, el deseo, la responsabilidad, la envidia, el peligro, la obediencia, la curiosidad, la astucia, el enamoramiento, la cobardía… Las crueldades y las injusticias me sacaron lágrimas, pero estas fueron compensadas por la fantasía y el aprendizaje.

Personajes que dan vida a la Caperucita Roja, Basilisa la hermosa, La niña de los fósforos, El Patito feo, Blancanieves, La Bella durmiente, El rey sapo, La sirenita, Barba Azul, Piel de Asno, Pulgarcito…no importa que ahora haya quien quiera borrarlos de los catálogos infantiles, que haya quien los acuse de racistas, machistas, sumisos o agresivos, ustedes estarán siempre protegidos, pues descansan en el ala de la memoria que resguarda la infancia. Son inmortales.

Ilustración de Litte Match Girl para «Blancanieves».

Escribió Charles Perrault (1628-1703) en el prefacio de una de sus recopilaciones que los cuentos clásicos infantiles «son semillas que se lanzan, que al principio no producen más que movimientos de alegría o de tristeza, pero que hacen germinar las buenas intenciones».

«Lo más sabio —como antaño enseñaron los cuentos de hadas a la humanidad, y hasta el día de hoy enseñan a los niños— es hacerle frente a las fuerzas del mundo mítico con astucia y mucho ánimo», recomendaba el filósofo Walter Benjamin (1892-1940). 

Ilustración de Virginia Frances Sterrett para «Viejos cuentos de hadas franceses», 1919.

Hadas oscuras y hadas deslumbrantes, princesitas orgullosas, exigentes, caprichosas, valientes, compasivas…, personajes que enriquecen la bibliografía de los libros eternos, crecí creyendo en ustedes. Ningún rey autoritario o caballero con espíritu de superioridad, presentes en sus historias, ha secuestrado mi mente.

Seres que habitan en el universo de la fantasía, puedo decirles que soy la heroína de las anécdotas de mi biografía; aunque, en honor a la verdad, cuando no he estado centrada, las hadas han hecho saltar de mi boca truchas y ranas.

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