Esta historia tuvo lugar en un bosque de la Alta Mesopotamia, allá por los años 3.2oo a.C.

A la casa del búho Cachivache se dirigió Golondrina en busca de consejo. Llegó muy sofocada a la vieja encina, pues había volado hasta allí sin apenas hacer paradas para descansar.

-Buenos días, Cachivache.

-Buenos días, Golondrina. Mucha urgencia has de tener, pues has llegado al amanecer.

-¡Oh, sabio amigo…! En verdad, tengo prisa por saber.

-¿Qué necesitas conocer con tanta premura, avecilla? -preguntó el búho poniendo atención.

-Quiero saber qué debo hacer para que mis investigaciones vuelen, señor.

-¡Ah, ah, ah…! A ver si he comprendido bien, ¿quieres compartir tus ideas con los vecinos del bosque?

-¡Sí, sí, así es! He realizado un estudio de árboles variopintos con funciones muy dispares. Pero todo lo que yo sé se aloja en mi entendimiento y…

-¡Vaya asunto interesante! ¿Puedes contarme algo más de esos descubrimientos?

-¡Ya lo creo que sí! Resulta que en nuestro bosque hay encinas, plátanos, moreras y…

-Bueno, bueno, son especies naturales de esta zona, Golondrina -comentó el búho.

-Ya, pero es que existen muchos árboles más y cada uno de ellos tiene su peculiaridad. Unos son ideales como refugio de invierno y otros son más adecuados para pasar el verano. Unos dan frutos que alimentan y otros dan bayas que enferman, con sólo que el pico roce en ellas. Sé de pastizales donde se encuentran sabrosos cereales y…

-Comprendo, comprendo -interrumpió Cachivache-. Compruebo que tus estudios son de vital importancia para la fauna que habita en la Alta Mesopotamia. Estoy de acuerdo contigo, tus ideas deben llegar a toda la población. Debemos informar.

-Pero, ¿cómo? No puedo ir de nido en nido, sería tan agotador… Además, mi abuelo afirma que lo que se difunde oralmente suele interpretarse muy mal, pues cada quien enriquece el discurso con lo que le parece.

-Oh, no, ¡qué dices, Golondrina! Nada de idas y venidas.

-¿Entonces…?

-Tengo la solución definitiva.

-¡¿Cuál?! Di, por favor, Cachivache.

-Recogeremos tus estudios en un libro. Pero antes tendrás que pensar la forma en la que te expresarás.

-¿Un estilo de expresión?

-Sí, una  forma de narrar, de manera que todos comprendan el mensaje.

-Lo haré, aunque es difícil encontrar un lenguaje común para ciervos, conejos, jabalíes, zorros, topos, pájaros… Estudiaré la mejor opción y regresaré.

-Muy bien.

-Pero, dime, ¿cómo se prepara un libro? ¿Cómo introduces mi historia en un libro, Cachivache?

-¡Ah, Golondrina! En un libro el canto se vuelve escritura.

-¡Caracoles!

-Mira, hagamos una cosa. Te invito a comer y luego te llevaré al taller de las tablillas que está en la orilla del río Tigris.

-He oído hablar de ese sitio a las ardillas que tienen sus casas en el nogal que se encuentra en frente del pino donde vivo. Dicen que es propiedad de una familia de ranas.

-Así es, Golondrina. Allí todas escriben con cañas finas. El editor se llama Darío y es famoso por las cuñas y clavos de su caligrafía.

-¡Picos y alas, Cachivache!, ¿has dicho cuñas y clavos?

-Son las formas de los trazos, los caracteres que describirán tus ideas, amiga.

-¡Vaya! ¿Y yo qué tendré que hacer?

-Tendrás que dictarles el trabajo.

-¿Y?

-Y las ranas escribas, con sus punzones de bambú, irán escribiendo en la blanda arcilla lo que le dictes tú.

-Pero, sabio búho, el barro es muy frágil… ¡Las ideas se perderán! -contestó, preocupada, Golondrina.

-No te inquietes por eso. Una vez escrito el texto, la pieza se cocina al sol. Es entonces cuando queda lista la tablilla.

-¡Es un sueño! -trina Golondrina.

-¡Uh, uh, uh!¡Es escritura, avecilla! -afirma el búho.

-¡Mis ideas viajarán! ¡Y serán útiles a los miembros de nuestra comunidad!

-Ya no serás solamente ave investigadora, ahora también serás ¡Golondrina escritora!

Cachivache y Golondrina, luego de comer y de disfrutar de una agradable siesta, viajaron a la orilla derecha del río Tigris. Volaron hasta descubrir un rótulo que dice así:

Editorial Darío.
Escritura cuneiforme.
Textos cocidos al sol o al horno.
Tú escoges.


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