LEOPOLDO LUGONES

«Nuestra lengua nos dice allende el gran mar cosas que aquí no dijo nunca.»
Unamuno.

Dentro del movimiento modernista, heredero del Romanticismo y del Realismo, hay una voz argentina que, junto con otras voces repartidas por Hispanoamérica, se alzó para ofrecer a la poesía y a la narrativa nuevas formas de expresión. Esa voz, del canto coral que se extendió por el mundo, fue la de Leopoldo Lugones (1874-1978).

La poesía modernista, nacida como una religión —ella es principio y fin en sí misma—, enunció su culto desde un principio. Desde el comienzo, la forma fue la deidad a adorar —la forma, que no el fondo—; pues los temas permanecieron atados a Europa por un cordón umbilical, de origen espiritual, hasta el arribo del Posmodernismo.

Los autores modernistas «buscaron el sentido más estricto del verso y de la estrofa en la poesía, y del detalle narrativo y el recortado encuadre de la acción de la novela», escribió Ángel Valbuena Prat en su Historia de la Literatura Española.

La búsqueda de expresiones cultas y bellas, versos para paladares exquisitos, dio paso a una variante más emocional y más centrada en los asuntos cotidianos. Me refiero al Posmodernismo, que no nació como un movimiento en sí mismo, sino como una corriente del Modernismo, aunque con el tiempo adquirió vida propia —las vanguardias iniciales, como el simbolismo, son deudoras del Posmodernismo.

Leopoldo Lugones se ubica en los dos estilos; en lo que es auténtico de los dos estilos, en lo que libera al Nuevo Mundo de las ataduras extranjeras.

El Modernismo fue una arboleda que bebió de aguas subterráneas con nombres de Góngora y Quevedo y en cuyas ramas brotaron frutos nuevos con sabores costumbristas, regionalistas, simbólicos, patrióticos, heroicos, eróticos, amorosos… Frutos muy pronto deseados más allá del Atlántico, donde el crear se había desgastado.

La entrada de hoy la dedico a la poesía de Leopoldo Lugones. Pero no a la que dedicó a la tierra, a la patria, a la naturaleza, la de espíritu whitmaniano que aportó tema y musicalidad nueva al decir de su patria. Esos poemas suyos son los más trascendentes y, por tanto, gozan de extensa bibliografía.

La entrada de hoy está destinada a su obra amorosa. Rica en imágenes potentes, profusa en adjetivos al servicio de la rima y donde abundan estrellas y lunas. Versos vigorosos, sentidos, de finales teatrales. Versos que llevan la tristeza al poema. Poemas por donde se pasean mujeres deseadas, idealizadas y casi siempre engañadoras.

En una sociedad como la nuestra, donde lo sucedido ayer al día siguiente nada importa; donde la prisa destruye la escritura, la conversación directa, la lectura que requiere de recogimiento; donde la prisa, incluso, destruye el luto, es casi impensable que surja un movimiento como el modernista, detenido en la métrica, regalándole paciencia a la rima y levantando columnas helénicas en honor a la belleza… dramática —¿qué puede hacerse hoy con este lenguaje nuestro tan frágil y basto con el que nos (in) comunicamos?

Para que los poemas de Leopoldo Lugones se sientan arropados los hago acompañar por las ilustraciones del dibujante y pintor español, de estilo modernista, Xavier Gosé (1876-1915). He escogido figuras femeninas, pues así nos imaginamos cómo eran las damas que inspiraron los versos que podrás leer a continuación.

El Modernismo, con su torrente poético y literario, con su don para despertar sensaciones, otorgó voz propia a América.

POEMAS

HISTORIA DE MI MUERTE

Soñé la muerte y era muy sencillo;
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo,
con una vuelta menos me ceñía
y cada beso tuyo
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte era muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por solo un cabo entre los dedos…
Cuando de pronto te pusiste fría
y ya no me besaste…
y solté el cabo, y se me fue la vida.

ALMA VENTUROSA

Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería.

Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía…
Con tu rubor me iluminó al hablarte,
y al separarnos te pusiste aparte
del grupo, amedrentada todavía.

Fue silencio y temblor nuestra sorpresa;
mas ya la plenitud de la promesa
nos infundía un júbilo tan blando,

que nuestros labios suspiraron quedos…
Y tu alma estremecíase en tus dedos
como si se estuviera deshojando.

PAX

Las dos hijas del rey, que eran rivales,
quisieron, por salir de su quebranto,
probar la fuerza de su mutuo encanto
en el cubil de los leones reales.

Gloria llegó; trompetas y timbales
repitieron su nombre sacrosanto;
los leones del rey rugieron tanto,
que a lo lejos temblaban los sauzales.

Sonrióse la gente cortesana
al presentarse la princesa hermana;
mas el asombro entró en los corazones

cuando, afrontando la ironía aviesa,
atravesó la pálida princesa
entre un vasto silencio de leones.

EL AMOR ETERNO
(Violoncelo)

Deja caer las hojas y los días
una vez más, segura de mi huerto.
Aún hay rosas en él, y ellas, por cierto,
mejor perfuman cuando son tardías.

Al deshojarse en tus melancolías,
cuando parezca más desnudo y yerto,
ha de guardarte bajo su oro muerto
violetas más nobles y sombrías.

No temas al otoño, si ha venido,
aunque caiga la flor, queda la rama.
La rama queda para hacer el nido.

Y como ahora al florecer se inflama,
leño seco, a tus plantas encendido,
ardientes rosas te echará en la llama.

LA DAMA Y EL CABALLERO

—No creo —dijo la dama—
que nadie muera de amor.
—Es que nunca habéis amado,
el caballero afirmó.

—Aunque de muchos fui amada,
nadie ha muerto de mi amor.
—Acaso porque ninguno
supo lo que es la pasión.

—Entonces si vos me amaráis…
—El secreto de ese amor,
con mi daga enterraría
en mi propio corazón.

—Bien comprendo ahora —dijo
la dama con dulce voz—,
que sólo la muerte alcanza
la perfección del amor.

LA ALCOBA SOLITARIA

El diván dormitaba; las sortijas
brillaban junto a la oxidada aguja,
y un antiguo silencio de Cartuja
bostezaba en las lúgubres rendijas.

Sentía el violín entre prolijas
sugestiones, cual lánguida burbuja,
flotar su extraña anímula de bruja
ahorcada en las unánimes clavijas.

No quedaba de ti más que una gota
de sangre pectoral, sobre la rota
almohada. El espejo opalescente

estaba ciego. Y en el fino vaso,
como un corsé de inviolable raso
se abría una magnolia dulcemente.

V. RONDO
(De Crepúsculo en el Jardín.)

Parque sentimental; senda escondida
donde encontré sus labios; fiel pureza
que en ese lago copia su belleza,
de copiarla a su vez, embellecida.

Este es el buen país sin despedida,
en que buscando la única certeza,
el asno filosófico tropieza
con el granito de oro de la vida.

Dócil como la seda a su destino,
nuestra dicha, hasta el fin, hará el camino
de rosas de tus besos, noble y bella.

Y la muerte de amor, con dulce alarde,
nos dará en el silencio de la tarde
la ilusión de volar hacia una estrella.

AMAPOLA

Con su saya de viejos brocatales
iba Clori sabrosa hacia las trillas,
y al verla entre las mieses amarillas
inflaban sus riñones los donceles.

Evocaban fandangos y rondeles
en las medias punzó sus pantorrillas,
y la sangre pintaba en sus mejillas
como una dehiscencia de claveles.

Sonó un beso… Las vahos del rastrojo
se fatigaban en la ardiente brisa;
y mientras Clori con fingido enojo

sonreía, ajustando su camisa,
brotó un menudo pececito rojo
del trémolo coral de su sonrisa.

AUSENCIA
(A su Aglaura)

Todo, amada, en tu ausencia siempre larga te llora:
el silencio y la estrella, la sombra y la canción,
lo que duda en la dicha, la que en la duda implora.
Y luego… este profundo sangrar del corazón.

Como no ha de llorarte todo lo que es hermoso
y todo cuanto es triste porque es capaz de amar,
si tu ausencia ¡tan larga! se parece al reposo
de la luna suicida que se ahoga en el mar.

Con tu ausencia anochecen la alegría y la aurora.
La esperanza es angustia, sinsabor el placer.
Y hasta en la misma perla del rocío te llorar
lo que tiene de lágrima toda gota al caer.

ODA A LA DESNUDEZ

¡Qué hermosas las mujeres de mis noches!
En sus carnes, que el látigo flagela,
pongo mi beso adolescente y torpe,
como el rocío de las noches negras
que restaña las llagas de las flores.

Pan dice los maitines de la vida
en su rústico pífano de roble,
y Canidia compone en su redoma
los filtros del pecado, con el polen
de rosas ultrajadas, con el zumo
de fogosas cantáridas. El cobre
de un címbalo repica en las tinieblas,
reencarnan en sus mármoles los dioses,
y las pálidas nupcias de la fiebre
florecen como crímenes; la noche,
su negra desnudez de virgen cafre
enseña engalanada de fulgores
de estrellas, que acribillan como heridas
su enorme cuerpo tenebroso. Rompe
el seno de una nube y aparece
crisálida de plata, sobre el bosque,
la media luna, como blanca uña,
apuñalando un seno; y en la torre
donde brilla un científico astrolabio,
con su mano hierática, está un monje
moliendo junto al fuego la divina
pirita azul en su almirez de bronce.

Surgida de los velos aparece
(ensueño astral) mi pálida consorte,
temblando en su emoción como un sollozo,
rosada por el ansia de los goces
como divina brasa de incensario.
Y los besos estallan como golpes.
Y el rocío que baña sus cabellos
moja mi beso adolescente y torpe;
y gimiendo de amor bajo las torvas
virilidades de mi barba, sobre
las violetas que la ungen, exprimiendo
su sangre azul en sus cabellos nobles,
palidece de amor como una grande
azucena desnuda ante la noche.

¡Ah! muerde con tus dientes luminosos,
muerde en el corazón las prohibidas
manzanas del Edén; dame tus pechos,
cálices del ritual de nuestra misa
de amor; dame tus uñas, dagas de oro,
para sufrir tu posesión maldita;
el agua de sus lágrimas culpables;
tu beso en cuyo fondo hay una espina.
Mira la desnudez de las estrellas;
la noble desnudez de las bravías
panteras de Nepal; la carne pura
de los recién nacidos; tu divina
desnudez que da luz como una lámpara
de ópalo, y cuyas vírgenes primicias
disputaré al gusano que te busca,
para morderte con su helada encía
el panal perfumado de tu lengua,
tu boca, con frescuras de piscina.
Que mis brazos rodeen tu cintura
como dos llamas pálidas, unidas
alrededor de una ánfora de plata
en el incendio de una iglesia antigua.
Que debajo mis párpados vigilen
la sombra de tu sueño mis pupilas
cual dos fieras leonas de basalto
en los portales de una sala egipcia.
Quiero que ciña una corona de oro
tu corazón, y que en tu frente lila
caigan mis besos como muchas rosas,
y que brille tu frente de Sibila
en la gloria cirial de los altares,
como una hostia de sagrada harina:
y que triunfes, desnuda como una hostia,
en la pascua ideal de mis delicias.

¡Entrégate! La noche bajo su amplia
cabellera flotante nos cobija.
Yo pulsaré tu cuerpo, y en la noche
tu cuerpo pecador será una lira.

LA ÚNICA

Si en mi tristeza repara
tu implacable frialdad,
me preguntas por quién lloro…
¡Por quién podría llorar!

Si contemplando una estrella,
me abismo en la soledad,
en quien pienso me preguntas…
¡En quién podría pensar!

Si en la alta noche dormido,
me arranca quejas mi mal,
me preguntas con quién sueño…
¡Con quién podría soñar!

Si mi hondo desasosiego,
vagabundo me echa a andar,
a quién busco, me preguntas…
¡A quién podría buscar!

Y cuando invoco la muerte,
cansado ya de sufrir,
de qué muero me preguntas…
¡De qué podría morir! 

ENLACES RELACIONADOS

La polémica del modernismo (Manuel Díaz Martínez). Discurso de ingreso a la Academia Cubana de la Lengua.
Agustín Acosta. Poemas.
Juana Borrero, poemas y litografías cubanas del siglo XIX.

Dulce María Borrero. “Horas de mi vida”. Poemas.
¡Ha muerto Amado Nervo! Cuatro poetas se despiden de un amigo: Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Rubén Darío.

Dulce María Loynaz: «Versos».

María Zambrano. Poemas.

Adán y Eva. La tumba de Aziza. Dos poemas de amor (Ashram El-Kebir).

Pedro Salinas. Poemas de amor.

Víctor Hugo. Poemas de amor.


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