“El autor soñando. Su yntento sólo es desterrar bulgaridades perjudiciales y perpetuar con esta obra de Caprichos el testimonio sólido de la verdad”.
(Frase que aparece en uno de los dibujos preparatorios de la estampa “El sueño de la razón produce monstruos”).

Aún aprendo, lápiz, entre 1824-1828.

Francisco de Goya y Lucientes, Goya para todos, encontró en el autorretrato una forma de colarse en los salones de la realeza y en los altares. Goya, Francisco de Goya y Lucientes, utilizó este género pictórico para publicitarse. Lo hizo con la ayuda de los espejos, ese invento pulido que hechizó a los indios latinoamericanos.

Durante los primeros años, Goya se retrató con cara retadora, con labios cerrados y carnosos, con mirada intensa. Más tarde, en la medida en que la vida, sierva del Tiempo, fue regalándole verdades y mentiras, agregó la pose de perfil y bajó la intensidad del candil que acaloraba su rostro.

Goya se espió a sí mismo y se pintó unas veintitrés veces, que sepamos. De esos veintitrés cuadros, veinte muestran su semblante, con los otros tres hay reparos. Hay dudas con el Estudio de retrato, donde aparece con sombrero de ala ancha. Y hay dos representaciones más que generan indecisión: una pertenece a la serie La Tauromaquia (estampa titulada Desgracias acaecidas en el tendido de la Plaza de Madrid, y muerte del alcalde de Torrejón) y la otra a una tabla de formato pequeño llamada Corrida de toros.

Existen tres estilos de autorretrato:

Uno es aquel en el que el artista aparece en un cuadro de conjunto. Se incluye dentro de la multitud, como quien no quiere la cosa. Da igual si la temática es religiosa o de asuntos mundanos, él está ahí, viviendo la escena en segundo plano (En la pintura medieval y renacentista era muy común que los que financiaban un cuadro aparecieran a los pies o a los lados del mismo, como orantes o testigos presenciales. De esta costumbre nace esta forma de autorretrato).

El segundo estilo de pintura de autorretrato es aquel en el que el pintor aparece solo o acompañado, pero siempre con su material de trabajo (pinceles, paletas, atriles…).

La tercera y última forma que encontramos es la del pintor en solitario, representándose a sí mismo.

Goya hizo uso de las tres modalidades. Pero de todas ellas, su preferida era la de aparecer solo. Esta opción le permitía ser el protagonista único de la escena y decir: “Aquí estoy yo”; en vez de decir: “Soy yo el que pintó este cuadro”. Las tres formas de autorretrato tienen la misma finalidad: confirmarse, sólo que en solitario se luce más.

En cuanto a la temática, se sirvió de todas para su propósito de divulgarse. Por ejemplo, con contenido religioso tenemos San Bernardino de Siena predicando ante Alonso V de Aragón, de repercusión social está La familia de Carlos IV  o La familia del infante Don Luis y de temas populares podemos citar las estampas Todos caerán o Sueño de la mentira y la inconstancia, de la serie los Caprichos.

Goya comenzó su carrera reproduciendo estampas de cuadros italianos en un taller de Zaragoza. Entonces era joven y quería comerse el mundo; contaba con un aliado indócil: su temperamento. Goya aspiraba a convertirse en Pintor de Cámara del Rey y lo consiguió. Gozó de su fama en vida. Y como vivió tantos años -murió con ochenta y dos- experimentó los sinsabores de la caída. Goya murió en Francia, en Burdeos, huyendo de los problemas políticos de la España de Fernando VII. Ya no tenía los encargos de antes, ni tampoco la fuerza para levantarse de nuevo. Pero siguió pintando. La razón por la que nunca dejó de hacerlo aparece escrita por él, en mina blanda, en uno de sus últimos dibujos: “Aún aprendo”.

La galería de autorretratos que hoy dejo aquí no es más que una biografía visual del pintor aragonés. La expresión de su rostro va suavizándose con el paso del tiempo, como podemos comprobar. Su carácter recio y retador sufre los avatares de la vida.

El espejo de Goya no miente al pintor. Éste se observa y dibuja sus rasgos físicos, pero va más allá, capta sus estados anímicos y los revela. De esta forma, comprobamos cómo va trocando rebeldía por melancolía. Lo vemos joven y decidido, esquivando las zancadillas de la corte de mediocres que lo criticaban y envidiaban. Comprobamos los efectos de la sordera en él -el aislamiento al que esta enfermedad lo sometió marcó un antes y un después en cómo se representa a sí mismo-. Y, cuando avanzamos en el tiempo, descubrimos un rostro abatido, negado a ocultar su tristeza, su desilusión. Es entonces cuando Goya afloja las hebillas del corsé que se había impuesto, cuando empieza a dibujar libremente, a gusto, ajustando cuentas. Es la época de los Caprichos (publicados en 1799), es la era de las Pinturas negras (1819-1823) que controlan las salas de la Quinta del Sordo. 

Francisco de Goya pintó todos los rasgos, todas las expresiones al servicio de las pasiones humanas. Es Grande como es Grande Rembrandt, como son Grandes Shakespeare, Moliere, Dostoievski, Whitman… Sus cuadros, incluidos los autorretratos donde va transmutando el orgullo en decepción, reflejan el alma humana. Visitar las salas que exhiben las obras de Goya en el Museo del Prado es un ejercicio de introspección muy provechoso, debería formar parte de los programas de estudio en los colegios primarios.

He dividido la galería en cuatro partes, dejando para el final los dos cuadros que dependen de tu imaginación para ser catalogados, o no, como autorretratos de Goya.

PRIMERA PARTE

(…) En acordarme de Zaragoza y pintura, me quemo vivo”.

Autorretrato, óleo sobre lienzo, entre 1771-1775.
(Se piensa que esta pintura es su retrato de novio -de pedida-. El fondo oscuro, que siempre utilizó, provoca la sensación de que el pintor surge de las sombras. Este efecto pictórico es  característico de Goya. Se presenta con boca cerrada y autoritaria, ojos desafiantes que transmiten decisión y una cuidadosa imagen que cultivó hasta 1793, año en que la enfermedad lo deja sordo).

Estudio de retrato, óleo sobre lienzo, entre 1773-1775.
(Aunque existen algunas dudas sobre si este boceto es o no un autorretrato realizado por Goya, la mayoría de los estudiosos, basándose en el uso del claroscuro, los empastes, el tipo de pincelada y de tela, creen que sí lo es. Aquí apreciamos sus juegos de luces  y sombras: el sombrero de ala ancha, en moda en el XVIII, provoca una sombra en la zona de los ojos; sin embargo, el contraste y la luz acentúan la expresión de la boca y la mirada, transmitiendo la psicología del retratado. Una curiosidad es la forma apaisada del retrato, poco común en este género y quizás utilizada debido a las dimensiones del sombrero).

La Novillada, óleo sobre lienzo, entre 1779-1780.
(Goya en esta época goza del apoyo del rey Carlos III, su gran protector. Este es un cartón para un tapiz destinado a uno de los aposentos del palacio de El Pardo. La temática de los tapices era sencilla: juegos, bailes, personajes y oficios populares. Goya se viste de carmesí y se cuela, de esa guisa, en El Pardo. Mientras todas las figuras están pendientes del juego, él se gira, nos mira y fisgonea, por tanto, las habitaciones privadas del palacio. Tiene en este momento treinta y tres años. Goya ya era pintor de cartones en los talleres de la Real Manufactura de Tapices de Santa Bárbara de la Villa y Corte. Hay que decir que no hay unanimidad de criterio en cuanto a que sea realmente él, pero la mayoría de los estudiosos aprueban esta tesis). 

San Bernardino de Siena predicando ante Alonso V de Aragón, óleo sobre lienzo, entre 1781-1783.
(Míralo ahí, a la derecha, no parece pendiente de la predicación del santo, sino de lo que sucede afuera del lienzo, otra vez nos observa. A Goya le tocó este tema en un concurso organizado por el Rey para la decoración de la iglesia de San Francisco el Grande, en Madrid. Terminó el cuadro en 1783. El concurso se falló a favor del aragonés en 1784, marcando el comienzo de su ascenso. Goya se colaba así en los altares, consiguiendo publicitarse ante el clero pudiente y los fieles aristócratas).

Autorretrato, lápiz y difumino, 1783.
(Dicen que es un boceto para el cuadro siguiente. Es más pequeño y no tiene la misma dureza que el óleo, aquí las expresiones son algo más suaves, quizás por la técnica aplicada. Está menos rígido. Lleva el cabello a la moda, empolvado. Tiene treinta y siete años).

Autorretrato, óleo sobre lienzo, 1783.
(En este retrato de medio cuerpo repite la expresión retadora. Imagen impecable. Para estas fechas ya contamos seis autorretratos).

El conde de Floridablanca, óleo sobre lienzo, 1783.

(Cuadro grande. El conde, ministro de Carlos III, aparece como lo que era, un presuntuoso de poco fiar. Goya está a la izquierda, da la sensación de que avanza hacia el noble para mostrar un pequeño cuadro que tiene en sus manos y que debe ser un boceto de lo que está pintando. Se incluye de cuerpo entero. Otra vez forma parte del lienzo que colgará en la casa del valido del Rey. Parece decir: “Si quieren un pintor aquí me tienen”).

La familia del infante Don Luis, óleo sobre lienzo, 1783.
(Don Luis, el hermano de Carlos III, había sido enviado al exilio. Vivía en un pueblo de Ávila con su familia. Don Luis fue un gran admirador de Goya. En esta tela vemos al pintor como si fuera miembro del clan, pero esta vez paleta en mano -atrás, a la izquierda-. El lienzo es apaisado y en él todos aparecen haciendo algo: el infante juega a las cartas, la mujer de Don Luis deja que su peluquero se fatigue con su largo pelo, la niñera cuida de un pequeño… A pesar de que la idea era dar una imagen íntima y natural, las poses son afectadas. Este tipo de género, donde cada quien se dedica a lo suyo, ha recibido el nombre de “conversation piece”).

SEGUNDA PARTE

Martín mío, ya soy Pintor del Rey, con quince mil reales”.
(Carta a su amigo de infancia Martín Zapater fechada el 7 de julio de 1786).

Autorretrato, pluma sepia, entre 1785-1795.
(Goya y su sombrero de tres picos. Dibujo a plumilla gruesa que imita el grabado. Construye su imagen con rayas largas reservando para su cara los puntos. ¡Lindo dibujo! Goya es Pintor de Cámara de Carlos IV. Su mirada está un poco desviada, no nos mira a nosotros, mira al espejo, se mira a sí mismo, indaga en él. Las ondulaciones de su sombrero me recuerdan la yerba que, años más tarde, haría mover Van Gogh con la ayuda del viento).

Autorretrato en el estudio, óleo sobre lienzo, 1790-1795.
(En formato pequeño se pinta con un sombrero de copa alta, imposible de obviar. Aparece esta vez de cuerpo entero, cosa rara en él. No está arrodillado ni rodeado de gente, está solo en su estudio acompañado por sus herramientas de trabajo. Es un cuadro de carácter íntimo. Aliado con rojos, ocres y azules construye sus figura sobre un fondo amarillo ámbar, que derrocha luz. Son tonos goyescos. Lleva chaqueta de seda recamada de oro y con perlas. En sus ojos está recogido el instante en que se observa. Una curiosidad: Los pinchos de alambre sostenidos al sombrero servían para poner las velas cuando se pintaba de noche. Goya buscaba en la noche “toques” únicos para sus cuadros; era su aliada).

Autorretrato, óleo sobre lienzo, 1793-1795.

(Goya está convaleciente de la grave enfermedad que padeció en 1792 y que provocó su sordera y problemas de visión. Está más delgado y parece algo desorientado. En esta miniatura se aprecia cómo le cambia la vida. Su mirada ya no reta, su expresión es de dolor, de pena, melancólica. El entrecejo fruncido transmite su estado anímico. Parece deprimido y demacrado).

Autorretrato, tinta china lavada, 1793-1795.

(Es de la misma época que el anterior. Goya está aislado en su sordera. Se repliega hacia sí mismo. Se muestra más reflexivo y apenado. Este estado de ánimo cambia cuando inicia su amistad con la duquesa de Alba, su valedora).

TERCERA PARTE : CAPRICHOS

Para ocupar la imaginación, mortificada en la consideración de mis males, …me dediqué a pintar un juego de cuadros de gabinete, en que he logrado hacer observaciones a que, regularmente, no dan lugar las obras encargadas y en que el capricho y la invención no tienen ensanches”.

Durante su convalecencia crea la serie de aguafuertes que tituló los Caprichos y que publicó, por vez primera, en 1799. En esta serie encontramos cuatro estampas donde se retrata: Franco Goya y Lucientes, Pintor (portada), El sueño de la razón produce monstruos, Todos caerán y Sueño de la mentira y la inconstancia –en estas dos últimas se representa acompañado de la Duquesa de Alba.

Franco Goya y Lucientes, Pintor, Aguafuerte y aguatinta, 1797-1798.
(Mezcla de rayas largas y cortas y el rostro de perfil, mirando por el rabillo del ojo. Un enorme sombrero lo acompaña. Bien peinado y con las patillas cubriendo sus sordas orejas -el peinado era llamado “orejas de perro”-. Su expresión no es la de antes. Hay una profunda tristeza en los ojos que se espían, en sus labios juntos. Ya no es el Goya autoritario, a pesar de su rango, a pesar de su amiga la Duquesa, de la que dicen se enamoró sin ser correspondido).

El sueño de la razón produce monstruos, aguafuerte y aguatinta, 1797-1798.
(Goya representa el mundo de las pesadillas, que no es otro que el mundo de las bajas pasiones, donde mandan la ignorancia, la superstición, la pereza, la farsa, el fanatismo, la adulación, los abusos políticos… Para ello alumbra brujas, demonios y demás seres misteriosos).

Sueño de la mentira y la inconstancia, aguafuerte y aguatinta, 1797-1798.
(En el “Sueño 14” aparece en compañía de la Duquesa de Alba, la de las dos caras con alas de mariposa. Está cogiéndole la mano, reposando en su hombro con rostro suplicante. Ella comparte cariño: su otra mano está sujetando la de la mujer, también de dos caras, que está más abajo. Se interpreta este gesto como una forma de insinuar la homosexualidad de la Duquesa. Goya no incluyó este “Capricho” en la serie que publicó. La serpiente y el sapo significan amores bajos. El tema de la mentira y la veleidad es el asunto de fondo de los “Caprichos”).

Todos caerán, aguafuerte y aguatinta, 1797-1799.

(Goya acompaña a la Duquesa de Alba, los dos tienen cuerpos de pájaro. Ambos están sobre la peana de la bruja. El pintor la mira con deseo. Los “Caprichos” son estampas que representan todos los vicios humanos. El palomar simboliza la prostitución y la bruja la avaricia).

Autorretrato, óleo sobre lienzo, entre 1797-1800.

(Goya aparece por primera vez con gafas, las patillas largas y románticas dejan al aire sus orejas. Goya está a punto de cumplir un nuevo y goloso encargo del rey Carlos IV. Se pinta trajeado, peinado, abotonado, con pañuelo blanco roto cubriendo su cuello. Se expresión es relajada, no encontramos ni la soberbia del principio ni la tristeza provocada por su sordera).

Autorretrato, óleo sobre lienzo, entre 1797-1900.

(Parecido al anterior, pero más sobrio y menos pastoso. Este es más pequeño, no lleva ni botones ni la chaqueta pespunteada en blanco. Se cree que es un trabajo preparatorio con el fin de incluirse en el retrato de la familia del rey Carlos IV, pero en ese cuadro aparece sin gafas, como podemos apreciar a continuación).

Familia de Carlos IV, óleo sobre lienzo, 1800.

(Este lienzo se realizó según los estudios al óleo tomados del natural. Pertenece a la serie de retratos reales que hizo a partir de 1799 y está inspirado en “Las meninas” de Velázquez. Es el último cuadro donde se autorretrata en conjunto. A pesar de estar en la parte más oscura -al fondo, a la izquierda-, su semblante destaca por sobre todos los demás rostros espectrales. Es la luz de la desgracia la que baña a la familia monárquica. Aquí  nadie se mira. La única que parece estar encantada de la vida es la reina. Una curiosidad: Godoy, a la izquierda, de azul, era considerado el amante oficial de María Luisa. Goya pinta al infante, que está entre los reyes, el pequeño, con los rasgos de Godoy. En este cuadro se barrunta el terremoto político que se avecinaba. El futuro y siniestro Fernando VII es el joven que asoma tras Godoy).

Autorretrato, óleo sobre tabla, 1815.
(Mi preferido. Aquí Goya tiene sesenta y nueve años. Tiene la cabeza ladeada y expresión de resignación. La camisa ya no está cerrada, han desaparecido los pañuelos y encajes de su cuello. Muestra el pecho y nos mira. No, no nos mira, nos contempla. Parece cansado. ¡Cuántos estados de ánimo han pasado por su espejo, cuántos lleva reflejados!)

Autorretrato, óleo sobre tabla, 1815.
(Parecido al anterior, pero menos pastoso. El rostro más pálido. Su mirada es profunda y su cabello, tan querido, ha mermado. Si antes cabalgaba sobre corcel árabe ahora monta mula con alforjas. Las arrugas de su boca a pesar de su hondura suavizan el gesto, áspero antaño. Goya sigue usando son fondos oscuros, sus contrastadas luces y sombras que lo hacen surgir de la nada. Ortega y Gasset decía que Goya “se aparecía”).

Goya y su médico Arrieta, óleo sobre lienzo, 1820.

(Cinco años después del autorretrato anterior, Goya cae gravemente enfermo. Arrieta lo cura. El cuadro está pintado en tonos fríos. Sobre el fondo oscuro se aprecian tres rostros medio ocultos que sólo observan. Arrieta incorpora al pintor para darle una medicina. Goya apenas puede tirar de las sábanas -fíjate en sus manos-. Es el rostro de la desolación. El lienzo, pintado un año después de su enfermedad, es su ofrenda al médico que lo salvó. A diferencia del resto de los autorretratos, donde cuenta con el espejo cómplice, aquí reconstruye la historia  valiéndose de sus recuerdos. A los pies del cuadro hay un texto escrito con bonita letra que reza: “Goya, agradecido a su amigo Arrieta por el acierto y el esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad padecida a fines del año 1819, a los setenta y tres de su edad, lo pintó en 1820”).

Autorretrato, pluma sepia sobre papel, 1824.

(Última vez que Goya se interpreta a sí mismo. De perfil y con una gorra de visera ancha. En formato ovalado, pintado en Francia. Esta plumilla define muy bien el carácter universal de la obra de Goya. Es una imagen atemporal. No hay en ella nada que lo ate a su época, ni siquiera el corte de su pelo. Podría ser Goya paseándose por las salas del Museo del Prado que exhiben, como un tesoro, sus cuadros. Quizás el pañuelo que lleva al cuello lo haga parecer pasado de moda, pero puede ser un toque vintage. Este último autorretrato lo pintó en París. Tenía cerca de ochenta años y la mirada intensa y brillante de los hombres sabios).

CUARTA PARTE: LA TAUROMAQUIA
(POSIBLES AUTORRETRATOS).
DECIDE TÚ.

Desgracias acaecidas en el tendido de la Plaza de Madrid, y muerte del alcalde de Torrejón, aguafuerte y aguatinta, 1815-1816.
(Lámina veintiuno de las treinta y tres que componen la colección. Se cree que Goya es la figura que está tras la valla de la Plaza de Toros de Madrid -la cabecita del fondo).

Toros en un pueblo, óleo sobre tabla, 1812.
(Se supone que Goya es el personaje de espaldas al espectador -al centro, con sombrero y anchas espaldas-. El punto de vista es alto para que podamos contemplar toda la plaza, incluida la primera fila. Goya en esta época está interesado en el estudio de la profundidad visual).

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


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