LOS DOS BALSEROS

«Y así han pasado… ¡sesenta y dos años!»

Sin título, Yulier Rodríguez Pérez, grafitis.

 

LOS DOS BALSEROS

«Chin, chin» —brindaron, tenían la garganta seca. Pidieron otra ronda y, luego de pagar, salieron al callejón donde los esperaba un viejo Chevrolet que los llevaría al punto acordado. 

A la medianoche estaban bajo los pinares, luchando contra el enjambre de guasasas que picaban sus brazos, sus piernas, sus cuellos… La noche estaba quieta, nada se escuchaba, ni siquiera el susurro de la ola débil que se entrega a la arena. La sombra del pinar, bajo la luna llena, parecía un ejército agazapado a punto de intervenir en el destino que aquellos balseros habían trazado para sí y que no era otro que huir de una vida mordida por voraces ratas.

—¡Ea…! —susurró, agitado, uno de ellos—. ¡Llegó la hora!

El amanecer se presentó muy rojo en las costas del sur de la Florida. Paseantes mañaneros, quemadores de toxinas, descubrieron en la orilla dos cuerpos sin almas, blancos como el mirlo blanco, como el alba, como el alabastro, como la harina…; rostros sin ceños fruncidos, ni rictus que revelan que para el hambre no existe hora buena —en un principio creyeron que eran troncos arrojados por la mar en tierra firme.

Al lado opuesto de aquella orilla, ya con el sol quemando las agujas perennes de los pinos, las madres, los hijos, las amantes y los fieles amigos voceaban los nombres de los hombres y pedían que, por favor, en cuanto pudieran, confirmaran que, ¡por fin!, se habían puesto ¡el mundo por montera! Aquellos gritos, como repiques de campanas, se convirtieron en el único responso que tuvieron los dos balseros. Al menos el mar evitó que sus cuerpos mudos sufrieran el zumbido con que las moscas festejan la muerte.

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