“El sentido más verdadero y profundo de la vida es un don que se realiza al darse”.
Juan Pablo II

Todas las mañanas se dirigía al banco del parque más cercano a su casa. Los que andaban por allí la veían sentada en la glorieta, con la espalda encorvada y rodeada de pájaros que iban a comer las migas de pan y los granos de arroz que ella les regalaba. La gente transitaba y la miraba con esa mirada apática con que contemplamos las escenas que se han vuelto rutinarias. Miraban y pasaban de largo sin dejar caer palabras.

Y los años pasaban. Pero un día -el chal sobre los hombros, los ojos como oteando el horizonte y unas suelas de zapatos ofreciendo una imagen gastada- el jardinero contratado para podar los árboles se le acercó. Ese día los pájaros, tan ocupados siempre en el picoteo, se mostraron alterados. Subidos al respaldo del banco, a los reposabrazos, a las piernas de su protectora, que estaban demasiado estiradas sobre los hierbajos, las aves aleteaban y se atacaban. Era temprano y ya el sol quemaba.

-Buenos días, señora, ¿se encuentra usted bien? -mirando hacia los lados, el hombre se aproximó con la tijera en la mano.

La mujer no respondió. El jardinero, previendo una desgracia, se acercó aún más. Los pájaros salieron volando en desbandada.

-Pero ¿qué le pasa? -un estremecimiento recorrió el cuerpo del empleado- ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Llamen a una ambulancia! -gritaba, haciendo gestos histéricos a la nada.

La muerte se la llevó por el camino de piedrecillas que cada día la conducía al banco con la esperanza de encontrar a alguien con quien conversar. Era la primera vez que se preocupaban por ella, pero era demasiado tarde. La muerte la había convertido en una figurita recortable, en una marioneta en medio de un jardín salteado de amapolas y margaritas.

Acotación: Esta historia tuvo lugar hace años, hace meses, hace dias y  hace un segundo también.

Fotografía de María Gabriela Díaz Gronlier.


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