“El sentimiento de humanidad aún no me ha abandonado”.
Kant

Los últimos días de Emmanuel Kant es un libro singular no sólo por el texto principal, del que toma el nombre, sino por los anexos que incluye.

En Los últimos días de Emmanuel Kant hay dos capítulos llamativos. Uno de ellos saciará la curiosidad de cualquier persona que desee descubrir las costumbres domésticas del filósofo de la Ilustración, pues  recoge testimonios de amigos personales. Y el otro… ¡ah!, el otro capítulo es un estudio del cráneo de Kant realizado en 1804 a partir del molde de yeso que, al morir, hicieron a su cabeza. Se trata de una investigación científica que pretende establecer una relación entre la osamenta -lo físico- y la inteligencia -lo espiritual.

El libro cuenta con un recurso informativo que enriquece, y mucho, la historia que se narra. Me refiero a las notas a pie de página. Las notas a pie de página son tan curiosas como el resto del volumen, porque Thomas de Quincey (1785-1859) las personaliza. De Quincey usa las acotaciones, sobre todo, para introducirse en la trama, convirtiéndose en un personaje más, atribuyéndose el papel de comentarista. Los apuntes son peculiares.

Kant murió a la edad de 79 años. El libro se centra, como puede apreciarse por el título, en la última etapa de su vida; sin embargo, toda su existencia aparece en estas páginas a través del prólogo, que se encarga de completar su biografía. Entre el prólogo, las notas a pie de página y los testimonios de las personas que lo conocieron, el volumen que hoy reseño nos descubre las costumbres de Emmanuel Kant.

El ensayo de Thomas de Quincey tiene una estructura particular. El texto nos es presentado por el autor como un relato de ficción, aunque no lo es. Me explico.

Thomas de Quincey hace pasar por un personaje imaginario al cronista de su historia, que no es otro que Wasianski, el administrador de la casa de Kant en los últimos años de su vida. Wasianski es la figura que más interesa al autor. De Quincey lo desnuda haciendo uso del testimonio que el empleado escribió al fallecer su patrón.  Wasianski, quien cuidó la hacienda de Kant hasta la muerte de este, se preocupó de heredar algo de la fama de su maestro. ¿Cómo? Uniendo su nombre al suyo.

Wasianski dio el salto a la inmortalidad cuando en 1804 publicó un breve y demoledor ensayo describiendo el deterioro físico y mental del autor de La crítica de la razón pura. Wasianski no se dejó nada en el tintero en Emmanuel Kant en sus últimos años de vida. Una aportación al conocimiento de su carácter y de su vida doméstica basada en el trato diario con él. Contó todo lo que no debió, si juzgamos su testimonio desde la óptica de alguien que se dijo amigo personal de Kant y al que Kant confió su hacienda.

Ahora bien, si ponemos distancia en el asunto y nos acercamos a las revelaciones que Wasianski nos proporciona; si leemos estas páginas con la curiosidad que despierta en nosotros ver cómo un hombre de la capacidad intelectual de Kant no fue ajeno a la decrepitud que trae consigo la edad, pues, entonces, las revelaciones de Wasianski lo alejan de la traición y lo sitúan en una posición algo más cómoda. Al hombre extraordinario la naturaleza no le ahorró los padecimientos que sufre todo hombre corriente. Esta realidad, por mucho que la sepamos, no deja de reconfortarnos. Al final, la muerte allana diferencias.

¿Qué por qué me detengo en estas peculiaridades? Pues porque Thomas de Quincey, como he dicho antes, a quien da el protagonismo de su obra es a esa especie de mayordomo confidente que se encargó de sacar a la luz pública la decadencia que fue mermando las capacidades del filósofo prusiano. Son las memorias de Wasianski las que el prosista inglés recrea en su narracióndigo recrea porque también incorpora algunas confidencias de otros contemporáneos asiduos a la casa de Kant.

Los últimos días de Kant fue publicado en 1827 en Blackwood’s Magazine.

Ehregott Andreas Christoph Wasianski (1775-1831) fue alumno de Kant mucho antes de entrar a su servicio. Fue teólogo y diácono antes de administrar los bienes de Kant, cosa que hizo a partir de 1801. Wasianski fue un mediocre encandilado por la fama y el talento del filósofo, a quien admiraba y envidaba a la vez. Sus memorias desnudan intimidades que, estoy convencida, Kant no hubiese aceptado hacer públicas. Su relato es frío, producto de la premeditación. En él, el pensador agoniza lentamente ante la mirada distante de su solícito empleado. En él la grandeza se va volviendo pequeñita… hasta desaparecer. Son tantas las ganas de contar que tiene Wasianski, son tantas las ganas de llamar la atención sobre su persona, que ni siquiera se detuvo ante el último instante. Impudoroso, narra cómo sobó las caderas del anciano en busca del último palpito.

Es extraordinario el efecto que consigue en nosotros Thomas de Quincey al unir ambos cuerpos en el último suspiro de uno de ellos. Ese breve contacto, entre el hombre ilustre que abandona la vida y el que busca la certificación de ese abandono para lanzarse a la fama, tiene tal fuerza representativa que queda grabada con fuego en nuestra mente. Es el segundo en el que la fama es transferida -la mano que palpa a Kant es la misma que describe su caída.

“Y permaneció de pie casi a punto de caerse. Por eso le advertí al médico que Kant no se sentaría, por más que le costase permanecer de pie, hasta que sus huéspedes hubiesen tomado asiento. El doctor pareció dudarlo, pero Kant, que me había escuchado con un esfuerzo sobrehumano, confirmó mi interpretación de su comportamiento y dijo claramente: El sentimiento de humanidad aún no me ha abandonado“.

¿Qué puede aportar el testimonio de Wasianski acerca de la vejez y de la muerte que no sepamos? Amigo lector, se trata de ¡Kant!  Ahí está la chispa de este relato. Sabemos que todo lo que vive termina convirtiéndose en polvo, pero toda obra inmortal eterniza a su autor. Y esa es la magia. El filósofo alejado de las turbulencias romántivas vive, y la curiosidad que tenemos por saber de él no es más que el resultado de la vara del mago.

En el catálogo de la editorial Valdemar encontrarás Los últimos días de Emmanuel Kant.

 


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