LUCIAN FREUD EN EL MUSEO THYSSEN

«… nada hay en la piel que no esté en los huesos».
Goethe

Autorretrato (Fragmento), óleo sobre lienzo, 1956.
(«Hoy apenas te pido, / Señor, / humildemente, / abrir una ventana y encontrar una rosa…» —José Ángel Buesa).

Trazos que van engrosando según van pasando los años, líneas que van perdiendo definición, unos pigmentos que van acorralando a la viveza y la obsesión de reflejar las huellas que la vida deja en los que para él posaron son los aperos con los que Lucian Freud (1922-2011) retrata el sombrío siglo XX.

¡El sombrío siglo XX…!, donde el hombre del primer mundo decidió ceder su identidad a cambio del disfrute de los placeres mundanos. El ciudadano de la posguerra, atolondrado con tanta desolación moral y ansioso por recuperar espacios donde poder respirar, no pudo prever lo que ocurriría. No pudo ver que los poderes estatales decidirían por ellos cuáles serían los placeres mundanos, de modo que la diversión perdió lo que tiene de sorpresiva e imaginativa —perdió su independencia— para volverse totalitaria y rutinaria.

Garza muerta, óleo sobre lienzo, 1945.
(«… y que ya no hay modo de no morir como los otros…» —Belkis Cuza Malé).

La verdadera víctima de las dos guerras mundiales fue el alma humana.

El Ser fue quien perdió las batallas, de modo que el resultado del trabajo de un artista que busca reflejar lo psíquico de sus retratados no puede ser bello, bello al estilo clásico, pues su obra es reflejo del miedo de volver al horror de las trincheras y del pánico provocado por el nuevo proyecto social, que habla de «tipos ideales», «neutralidad ética» (Max Weber), de «sociología funcional» (Talcott Parsons) y de una historia, al estilo Benedetto Croce, que no se ciñe a descripciones, sino que es tan elástica como sea necesario para dar respuesta a los intereses del poder: una historia que «arrima el ascua a su sardina», como dice el refrán popular.

Hombre con hoja de cardo (autorretrato), óleo sobre lienzo, 1946.
(«Ya nunca sonreirá. Hondas verdades / ciñéndome en tinieblas la cabeza, / van a ocultar su luz, sus potestades, / mientras en sombras la paloma reza» —Gastón Baquero).

Los rostros de Lucian Freud comparten un mismo horizonte y es por eso que la faz en sus lienzos —óvalo, nariz, boca, piel, ojos, pómulos, pelo, músculos…—, revela desconfianza, preocupación, decepción, tristeza, abulia…

Los rasgos faciales y las posturas corporales de las figuras de Freud muestran los efectos del nuevo rumbo de la sociedad, donde se siembra la idea de la inutilidad de la historia, que es sustituida por ciencias sociales cuyos mecenas son los estados…  democráticos.

Muchacha con tulipán, óleo sobre contrachapado, 1945.
(«No se grabó mi nombre / nadie aguarda mi voz» —María Elena Blanco).

Al principio, Freud se decantó por los retratos frontales, con fondos neutros, línea definida, semblante hierático y algo de color. Luego prefirió, aunque no descartó del todo la frontalidad, la visión transversal, la pincelada gruesa y la paleta fría. Sin embargo, Lucian Freud siempre  mantuvo la voluntad, casi obsesiva, de mostrar la intimidad de sus modelos. 

Los cuerpos tampoco se libraron de la necesidad del pintor de exteriorizar la tensión emocional que había en ellos. Los cuerpos, en la mayoría de los casos, se encuentran en posturas incómodas, incluso los más relajados parecen sufrir tormento. Los lienzos de Freud motivan el subconsciente del espectador, última pieza del puzzle del arte de vanguardias.

Leigh con falda de tafetán (detalle), óleo sobre lienzo, 1993.
(«Dile que sí, que sí / que es suyo todo, / ¡hombre de sueño! / que no tiene nada» —Ernesto Fernández Arrondo).

Hombre en una silla (detalle), óleo sobre lienzo, 1985.
(«Este camino yo he de hacerlo a solas…» —Mirta Aguirre).

Las generaciones del hombre-masa muestran un mismo sentimiento anímico, resultado del nihilismo, del consumismo, del neoliberalismo, de las falsas democracias, del quebranto de las voluntades, del papel de la colectividad en la nueva era, de la cultura controlada…

El hombre sin nombre es yesca en manos de quienes poseen su psiquis. Pero…, ¿no es la psiquis el alma humana? ¿Acaso no es la psiquis la que consigue que un corazón sea algo más que un músculo que marchita con el pasar de los años?

Muchacha con vestido verde, óleo sobre lienzo, 1954.
(«… sé sabiendo que cuando nada seas / de ti se ha de quedar lo que quisiste…» —Fina García Marruz).

En la pintura de Lucian Freud el siglo XX se manifiesta en la materialidad del lienzo. En su pintura el cuadro es la suma de lo meramente artístico —composición, línea, luz, sombras, color, soporte…—, de la identidad del que posa, de la interpretación que hace el pintor de lo que observa —lo que su mente revive— y de la mirada del espectador, quien, en definitiva, es el que le aporta un significado a lo que ve.

El retrato de vanguardias es una suma de impresiones, de juicios de valor.

Durmiendo junto a la alfombra del león, óleo sobre lienzo, 1996.
(«La soledad / pulsa el canto, y un cisne / de rocíos se aleja silenciosamente…» —Cleva Solís). 

Gran interior, Notting Hill, óleo sobre lienzo, 1998.
(«Algo permanece y escapa: palabras, labios, gestos que habitarán mi edad o la celeste tersura de los mares…» —Alberto Lauro).

Los retratos de Lucian Freud hacen que pensemos en nuestra historia reciente, aunque no hay referencias explícitas a ella —los fondos de los cuadros suelen ser neutros, o casi neutros, y no hay símbolos que nos lleven por un camino determinado.

Pero los cuadros de Freud son narrativas visuales. Hay, en esas figuras, ricas en texturas y tacañas en cuanto a variedad de expresiones, algo que nos hace pensar en cómo la vida marcó a esos amigos, familiares y clientes —aceptó encargos a partir de 1980— que posaron en su estudio y que, ¡oh…, sí!, fueron hijos de nuestro tiempo.

Gran interior, óleo sobre lienzo, 1973.
(«… este cristal que a la penumbra entrega / la helada luz de su mirada ciega / y el extraño silencio de lo ausente…» —Manuel Díaz Martínez).

Habitación de hotel, óleo sobre lienzo, 1954.
(«Después nuestras almas tristes / tomarán rumbos contrarios…» —Juana Borrero).

¿Qué vemos cuando salimos a la calle? ¿Cómo nos vestimos? ¿Cómo son nuestros hogares? ¿Cómo son los programas televisivos que más audiencias tienen? ¿Cuáles son los exitosos: los que ensalzan las bondades del hombre y de la naturaleza o aquellos en los que hay hombres que sucumben bajo una avalancha de ignominiosas falsedades?

¿Qué paleta prima en nuestras vidas? ¿Priman los colores cálidos, que tanto apreciaron los primeros ismos o priman los fríos y tristes, como triste está el espíritu minado por las rutinas? El color da información muy importante: es expresión de sentimientos.

En el arte, y por tanto en la vida, el color nos habla de sensaciones.

Los grandes centros comerciales proponen que decoremos nuestros hogares con sábanas, alfombras, cortinas, vajillas, cojines y muebles negros, con tonos marchitos. La actualidad es el ripio: el vaquero más cotizado es el que más rajas tiene y la moda impone una piel marcada por tatuajes que facilitan identificar al sujeto que los lleva. Nada de esto es producto del azar y todo ello condiciona una mentalidad. 

Mujer con tulipán, óleo sobre contrachapado, 1945.
(«Mis manos iban cortando / rosas de un campo de amor. / No lo sabía yo…» —Mercedes Torrens).

Último retrato, óleo y lápiz sobre lienzo, 1976-1977.
(«Mas si el afán te devora / sigue llorando, ángel mío, / que el corazón que no llora /  es un corazón vacío…» —José Valera Zequeira).

Sabemos que el retrato es un género que se centra en el rostro humano y que, por tanto, tiene que ver con los sentidos que en él se encuentran —vista, olfato, gusto y oído—. Y sabemos que tiene que ver con los músculos faciales, que le dan movimiento, con la textura de la piel que lo cubre, con los huesos y con el pelo. Toda esta información está en la cara.

¡Oh…!, pero otra cosa es el semblante, donde se refleja el alma. Un retrato es el resultado de la interpretación que el artista hace de la cara y su semblante, porque la pintura no es fotografía.

La pintura es interpretación. La pintura es un concepto. 

Rose, óleo sobre lienzo, 1990.
(«¿Cuáles son los actos que en verdad son míos, / que sin mí jamás se hubieran engendrado?» —Manuel Díaz Martínez).

Retrato de hombre (Barón H. H. Thyssen-Bornemisza), óleo sobre lienzo, 1981-1982.
(«El pájaro azul no es más que un espejismo…» —Reinaldo Arenas).

El retrato es la representación óptica de «asociaciones psíquicas», afirmaba Georg Simmel. Así como el cuerpo físico es un cúmulo de información genética, el retrato lo es del comportamiento humano, ya sea involuntario o consciente. 

El retrato refleja misterios encerrados tras la faz. 

Muchacha con perro blanco, óleo sobre lienzo, 1951-1952.
(«Yo he formado este mundo con miradas…» —Carilda Oliver Labra).

Gran interior (detalle), óleo sobre lienzo, 1968-1969.
(«Así despertarás, / fatigado, / de todo sueño esperanzador…» —Felipe Lázaro).

El retrato, el autorretrato y el retrato en grupo son lunas donde destella el inconsciente. Esta condición los hace complejos y da igual si lo que se pretende es la inmortalidad, como en los templos donde faraones reposan rodeados de fieles criados; da igual si lo que se desea es resaltar el valor de los caballeros medievales y el poder de temidos obispos; da igual si su pretensión es destacar la riqueza y la belleza del Renacimiento…

Da igual si el motivo plástico es subjetivo, como pasa con los ismos, ya sean figurativos o abstractos. Da igual…, porque el retrato es, por su naturaleza, espejo que refleja alientos de vida.

Tarde en el estudio, óleo sobre lienzo, 1993.
(«Y si alguna vez supe / entre zarzas ardientes y jaurías sangrientas lo he olvidado…» —María Elena Cruz Varela).

Cabeza de gallo muerto, óleo sobre lienzo, 1951.
(«Tú que lo sabes, Señor, / ¿si existió, a dónde fue a dar el mundo?, / ¿en qué sitio estará ahora?» —Rafael Alcides Pérez).

El artista no escapa al ambiente que lo rodea, ni siquiera cuando decide escoger para expresarse un tiempo que no es el suyo. Su mundo exterior se refleja en los temas que escoge, en la técnica que utiliza, en la estética de su obra… El papel que siente que le ha tocado representar en su sociedad es el que muestra con su paleta, con su trazo, con sus líneas…

Y esto es evidente en la pintura de Lucian Freud, que refleja las secuelas de las guerras mundiales, de la invasión de Vietnam, del viaje al espacio, del consumo de masas, de la Guerra Fría, del sida, de la falta de poder adquisitivo…

Retrato de lebrel, óleo sobre lienzo, 2011.
(La ficha que acompaña al cuadro nos informa que este retrato, de su ayudante David Dawson —murió de sida—, es la última pintura de Freud.
«Ni sé si al menos sabe que soy su muerto, el muerto, / el último muerto de su amor callado…» —Ángel Escobar Varela).

Hombre desnudo y su amigo, óleo sobre lienzo, 1978-1979.
(«… aquel muslo de carne y de me muero / convocado en las tardes solitarias…» —Carilda Oliver Labra).

El nieto de Sigmund Freud resalta, como el resto de las vanguardias, la importancia de conservar la identidad, el «Yo».

En la pintura de Freud lo figurativo se queda sólo en la forma: su obra es teórica. Como sucede con el resto de los ismos, su lienzo es rebelión contra el sistema que ha anulado al individuo, que ha sustituido la espiritualidad por la Nada, que ha acorralado el más sagrado derecho del hombre: su libertad, que ha dado apariencia democrática a lo que Nietzsche anunció como «la muerte de Dios».

Lucian Freud tiene una serie de desnudos dedicados al gran problema que asoló al hombre de los noventa: el sida. Son cuadros pensados para incomodar al público de la época: cuerpos de un mismo sexo, de texturas empastadas, se muestran en posturas que poco dejan a la imaginación —en 1988, el Gobierno Británico aprobó un decreto para que las autoridades locales no promocionaran la homosexualidad: el sida estaba minando cientos de vidas.

Y el novio, óleo sobre lienzo, 1993.
(«¿Qué posees, sino la ceniza / que te entrega el siglo en su girar intenso?» —Roberto Branly).

Retrato desnudo II, óleo sobre lienzo, 1979-1980.
(«Huye pensamiento mío / de estos campos siempre iguales, / donde es el sol que se pone / tan triste como el que nace» —Úrsula Céspedes de Escanaverino).

Lucian Freud. Nuevas perspectivas es la propuesta del Museo Thyssen-Bornemisza que hoy reseño, acompañando los cuadros con versos de poetas cubanos que he escogido para la ocasión.

Lucian Freud. Nuevas perspectivas nos descubre las particularidades de la obra del artista alemán. Entre las características que lo definen hay tres muy evidentes: la materialización de la pintura, la intención de provocar sensaciones en el espectador y la tendencia a colocar a sus modelos en actitudes incómodas —pintaba del natural.

Decía Leonardo da Vinci que «la pintura es cosa mental».

Bella, óleo sobre lienzo, 1982-1983.
(«¡Me come un mar batido por las alas / de arcángeles sin cielo, naufragados!» —Dulce María Loynaz).

En la novela Un mundo feliz, encasillada aún como distópica y no sé por qué —lo que cuenta está a la vuelta dela esquina—, Aldous Huxley (1894-1963) escribió que el «dolor es un horror que fascina».

El dolor, metódicamente programado, se puso en marcha al terminar la Segunda Guerra Mundial. Los estados, y sus ejércitos de poderes fácticos, han conseguido llegar a la fase de maduración del proyecto de colectividad, donde el individuo, como tal, poco poder tiene de decisión. El proyecto, que desde el inicio alterna bateo y «buenismo», está a punto de pasar a la siguiente fase, llamada Agenda 2030.

El cuarto del pintor, óleo sobre lienzo, 1944.
(El sombrero de copa, el diván, la palmera, el estudio y la tela son elementos que aparecen en muchas de sus telas. La cabeza de cabra, que compró a un taxidermista en 1943, era su amuleto).

GRACIA

Pero sé contar
cómo los anillos de luz
de un fuego innombrable
iluminaron aguas,
vientos,
tierras,
hasta la eternidad.

Manuel Díaz Martínez

El dolor —la angustia— se pasea por nuestras calles y duerme en nuestras camas, mientras la belleza —la esperanza—, que es la otra mitad que Dios nos entregó para equilibrar la balanza de la vida, en las grutas, y con algunos discípulos, practica sus rituales a la espera de una nueva primavera.

Aconsejaba Píndaro: «Sé el que eres».

ENLACES RELACIONADOS

Freud en las vanguardias artísticas: «El pensamiento estético en la obra de Freud».

¿Por qué la guerra? (Albert Einstein y Sigmund Freud).

Fernand Léger, sus grabados y el «Ballet mécanique».

Max Ernst y su «Historia Natural». Incluye el Prefacio.

Max Beckmann. Mi pintura. Conferencia íntegra.

Lorenzo Lotto y el retrato en el Renacimiento.

Los impresionistas y la fotografía.

Del Renacimiento a las Vanguardias.

Hijo de este tiempo (Klaus Mann).

El problema de la libertad (Thomas Mann).

T.S. Eliot. Poemas.

Revolución y libertad (Georges Bernanos). Texto.

La máscara de Dimitrios (Eric Ambler). Película.

Los evangelistas de la muerte.

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Dostoievski, Bakunin y Nechayev.

Picasso / Chanel y el espíritu de una época.

Picasso y Julio González: escultura y amistad.

Man Ray, la fotografía y el objeto surrealista.

Otto Dix. Tríptico de la gran ciudad. EL tríptico profano.

Albert Camus y la perspectiva permanente de la moral.

El triunfo de la belleza (Joseph Roth).

Oskar Kokoschka. Pintura.

El cementerio marino (Paul Valéry). Poema.

Expresionismo alemán. Pintura y poemas.

Goya. Autorretratos.

Los huevos fatales (Mijaíl Bulgákov).

Hannah Arendt. Poemas.

Max Jacob. Poemas.

Berlín secreto (Franz Hessel).

En la colonia penitenciaria (Franz Kafka).


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