MADAME DE SÉVIGNÉ

«En vano busco a mi querida hija (…) y cada paso que da la aleja más de mí. Me fui pues a Sainte-Marie, sin dejar de llorar, sin dejar de morir…»

Napoleón pensaba que las cartas de la marquesa de Sévigné eran claras batidas a punto de nieve: no producían empacho, pero tampoco aportaban nada. No comparto la opinión de Napoleón.

La correspondencia de Madame de Sévigné nos acerca, de forma amena y elegante, a los salones de la Corte de Luis XIV y a los temas que allí se debatían: asuntos como la naturaleza y el cosmos, las posturas enfrentadas entre jesuitas y jansenistas, la voluntad divina y la teología, el teatro y la poesía están recogidos en su largo epistolario.

Es cierto que entre tanta discusión filosófica se cuelan en sus cartas los amores clandestinos de aquel o aquella, los trajes, las joyas, las fastuosas cacerías, los problemas personales y la vida doméstica. Pero ahí es donde radica la grandeza de su epistolario; son sus anécdotas las que nos hacen vivir un mundo tan lejano.

Luis XIV, retrato, Hyacinthe Rigaud, óleo sobre lienzo, 1701. 

Leyendo su correspondencia la vi en su habitación, quejándose del correo porque las respuestas se cruzan y las noticias siempre llegan tarde. Y la vi con su vestido azul dispuesta a ir a la Corte para luego describirnos el rocambolesco ceremonial que Luis XIV había impuesto a los nobles, y que consistía en que nunca nadie estuviera solo (el rey pensaba que así evitaba las conspiraciones); o para contarnos la boda frustrada de la Gran Mademoiselle; o los líos de la reina María Teresa de Austria con su pequeña corte de damas; o los estrenos de Corneille y Racine y los nuevos libros de La Fontaine.

En sus más de ochocientas cartas apreciamos su faceta de madre posesiva y neurótica; pero también sus cartas son relatos vívidos de los salones que frecuentaba y de la vida en la corte del rey Luis XIV, el que tuvo la suerte de nacer con dos dientes (presagio de futuros éxitos): el llamado «Rey Sol», que iluminaba las estancias de sus castillos con miles de linternas para que la nobleza no escapara a su control.

No escribió cartas para que fueran publicadas, su correspondencia es de carácter íntimo. De hecho, la primera edición estuvo a cargo de la marquesa de Simiane, su nieta, y vio la luz treinta años después de su muerte; aunque hay que decir que Bussy, un pariente suyo, había incluido algunas de esas cartas en sus Memorias. La marquesa no conoció la indiscreción de su primo: cuando las Memorias se publican ella había fallecido.

Sus cartas son preciosas por su escritura y son conmovedoras por la exposición de afectos y dependencias hacia su hija. Leyéndolas te cuelas por el hueco de una aguja y, atravesando la tela con la punta de la misma, construyes un puente que te lleva de regreso a los salones barrocos de la Francia del siglo XVII.

Madame de Sévigné, retrato, atribuido a Jean Nocret, óleo sobre lienzo, 1645.

Chantal Marie de Rabutin, marquesa de Sévigné, nació en París en 1626. Huérfana desde pequeña, estuvo al cuidado de su abuelos maternos y luego de su tutor, un tío sacerdote que le dio una educación clásica, que incluyó el estudio del español y del italiano. Fue una mujer culta, guapa y rica que enviudó pronto del barón Henri de Sévigné, quedándose con dos niños pequeños a los que dio una educación como la que ella recibió. Nunca más quiso casarse a pesar de los muchos pretendientes que tuvo.

Es a su hija Francoise-Margarite a quien envía sus cartas, hija que ella casa con un buen partido de la corte: el conde de Grignan, un militar que se la lleva a vivir a Provenza, sitio a donde él fue designado como lugarteniente del Rey. La marcha de su hija es el motivo que desencadena su deseo de escribir, ese sentimiento de ausencia se encuentra presente en cada palabra de su correspondencia, es una obsesión. Pero en estas cartas no sólo hay frases de cariño y amor, también hay reproches y celos.

Carta Manuscrita de Madame de Sévigné.

24 de marzo de 1671: «Qué cosa extraña es una imaginación viva, que representa todas las cosas como si todavía estuvieran ante nuestros ojos: entonces uno piensa en el presente, y cuando tiene el corazón como yo lo tengo, se muere uno. No sé a dónde huir de vos…»

Una peculiaridad de su epistolario es que Madame de Sévigné escribía directamente lo que le pasaba por la cabeza, sin utilizar borradores. De ahí la naturalidad de su correspondencia. En una misma carta encuentras moda sobre peinados y trajes, asuntos de herencia y préstamos, anécdotas y personajes de la corte, enredos amorosos de su hijo y de sus amigos, tratamientos médicos; en fin, la vida misma. Ella brillaba con luz propia en los salones que le suministraban materia prima para su pluma.

8 de abril de 1671: «No me reconocerías: estoy hecha una verdadera comadre; la chismosa del barrio». Más adelante, en la misma carta, escribe: «La Marans decía el otro día en casa de Madame de La Fayette: ‘¡Ay, Dios mío!, tengo que cortarme el pelo’. Madame de La Fayette le respondió con sencillez: ‘Por Dios, Madame, no se os ocurra, eso no le sienta bien mas que a las jóvenes’. ¿Quién da más?»

Madame de Lafayette

1 de abril de 1671: «Los nuevos peinados, al estilo atolondrado, me han divertido mucho; las hay que dan ganas de abofetearlas. La Choiseul se parecía, como dice Ninon (Anne de Lenclos, amante de su hijo) a una primavera de hostelería…»

15 de abril de 1671: «El chocolate ya no es lo que era para mí, la moda me ha arrastrado, como me pasa siempre. Todos los que me hablaban bien de ese remedio, ahora me hablan mal; se lo maldice; se lo acusa de todos los males (…) ya no es la moda en los círculos elegantes. Todo el mundo, la gente importante o menos importante, habla tan mal de él como hablan bien de vos…»

15 de abril de 1671: «… el lacayo del Coadjutor, que se había metido en la Trapa, se salió, medio loco, porque no pudo soportar las autoridades: ahora le están buscando un convento de algodón en el que meterle, para que se recobre. Me temo que esta Trapa, que quiere superar a la humanidad, se convierta en las Petites-Maisons (casa para locos).»

La corte de Luis XIV, anónimo, h. 1670-1680).

21 de junio de 1671: «Aquí leemos mucho. La Mousse me ha suplicado leer el Tasso conmigo; yo lo conozco muy bien porque lo aprendí muy bien; me divierte (…) Mi hijo nos lee bagatelas, comedias que interpreta como Molière; versos, novelas, historias; lo entiendo todo, tiene gracia, nos arrastra y nos ha impedido que emprendiéramos lecturas serias, como teníamos el propósito de hacerlo. Cuando se haya marchado, volveremos a leer algún hermoso tratado de moral». (En su época todavía las lecturas se hacían en voz alta, eran una forma de relacionarse socialmente: iban acompañadas de largas tertulias).

La marquesa de Sévigné -admiradora de Virgilio, Quintiliano, Moliere, La Fontaine, Montaigne, Pascal- murió de viruela en abril de 1696 en el castillo de Grignan, propiedad de su hija. Fue enterrada en la colegiata de la edificación. En 1793, en plena Revolución Francesa, su ataúd fue saqueado y los habitantes del pueblo se repartieron sus restos como reliquias.

Françoise-Marguerite de Grignan, retrato, Pierre Mignard, óleo sobre lienzo.
(Hija de Madame de Sévigné.)

Trepador e inquieto es el arbusto creado, en 1874, por Robert y Moreau en honor a la marquesa: dos tonos de rosas y puchas de dos flores que recuerdan sus ojos de diferente color. Bella y olorosa es la rosa Madame de Sévigné que seguramente trepa, de forma incansable, por los pilares del castillo donde habitaba su querida hija.

Editorial El Aleph publicó una selección de sus cartas en el año 2007; la edición puedes encontrarla en el catálogo de la Casa del Libro. También puedes buscar la edición de Aguilar en la colección Crisol, pero esta sólo la encontrarás en librerías de libros agotados.

Hyacinthe Rigaud, autorretrato, óleo sobre lienzo, 1696.
(Fue el pintor de la corte, se especializó en retratos.)

A continuación transcribo una de las cartas de la marquesa para que puedas apreciar por qué Voltaire escribió:

«Madame de Sévigné: la primera persona de su siglo en cuanto al estilo epistolar, y sobre todo para contar bagatelas con gracia (…) Sus cartas, llenas de anécdotas, escritas con libertad y con un estilo que lo pinta y lo anima todo, son la mejor crítica a las cartas estudiadas, esas que persiguen el ingenio.»

Tartufo, Moliere.

París, lunes 15 de diciembre de 1670
(Carta dirigida a su primo Emmanuel de Coulanges.)

Voy a anunciaros la cosa más sorprendente, la más asombrosa, la más maravillosa, la más milagrosa, la más triunfante, la más despampanante, la más inaudita, la más singular, la más extraordinaria, la más increíble, la más imprevista, la más grande, la más pequeña, la más rara, la más común, la más clamorosa, la más secreta hasta hoy, la más brillante, la más digna de envidia: en fin, una cosa de la que no se encuentra más que un ejemplo en los siglos pasados, y aún así, ese ejemplo no es adecuado; una cosa que nadie se puede creer en París (¿cómo podría creerla alguien en Lyon?); una cosa que hace gritar misericordia a todo el mundo; una cosa que colma de júbilo a Madame de Rohan y a Madame de Hauterive; una cosa, en fin, que se hará el domingo, y los que la vean crearán sufrir una alucinación; una cosa que se hará el domingo y, quizá, no estará hecha el lunes. No puedo decidirme a decirla; adivinadla; a la una… a las dos… a las tres ¿Os dais por vencido? ¡Bueno!, pues habrá que decírosla: Monsieur de Lauzun se casa el domingo en el palacio del Louvre, adivinad con quién. A las cuatro… a las diez… a las cien… Madame de Coulanges dice: «Pues vaya adivinanza; se casará con Madame de la Vallière». «Pues no, Madame». «Entonces, Mademoiselle de Retz». «En absoluto, sois una provinciana». «Qué ignorantes somos, desde luego; decidnos pues ¿es Mademoiselle Colbert?». «Todavía menos». «Entonces seguramente será Mademoiselle de Créquy». «No acertáis ni una. No me va a quedar más remedio que decíroslo: se casa, el domingo, en el Louvre, con permiso del Rey, Con Madmoiselle, Mademoiselle de… Mademoiselle… adivinad el nombre: ¡se casa con Mademoiselle, a fe mía! ¡Dios nos asista! ¡Por todos los santos! Con Mademoiselle, con la Gran Mademoiselle; Mademoiselle, hija del difunto Monsieur; Mademoiselle, nieta de Enrique IV; mademoiselle d’Eu, mademoiselle de Dombes, mademoiselle d’Orléans; Mademoiselle, prima hermana del Rey; Mademoiselle, destinada al trono; Mademoiselle, el único partido de Francia digno de Monsieur. He aquí un hermoso asunto para discurrir». Si gritáis, si estáis fuera de vuestras casillas, si decís que hemos mentido, que es falso, que os estamos tomando el pelo, que a otro perro con ese hueso; si nos cubrís de injurias, os daremos la razón: nosotros hemos hecho exactamente lo mismo.

Adiós; las cartas que os llevará este correo os harán ver si decimos o no la verdad.

Ana María Luisa de Orléans (conocida como Grande mademoiselle y Mademoiselle de Montpensier), Henri Beabrun y Charles Beabrun, óleo sobre lienzo, 1655.
(El retrato fue enviado desde París al rey español Felipe IV para que preparara el matrimonio de Luis XIV con la infanta María Teresa.)

Lauzun fue un hombre sin fortuna y un arribista que tuvo muchos enemigos en la Corte. Luis XIV, que había dado su consentimiento sin mucho énfasis, se retractó y la boda con Mademoiselle de Montpensier no se celebró en el momento en que Madame de Sévigné escribió la carta. La historia de estos dos personajes da para una novela: cárcel, traiciones, abandonos… Pero esa es otra historia.

Madame de Sévigné pertenece al grupo de aristócratas cultas que iniciaron lo que se ha denominado «las mujeres de letras».

firma gabriela3

ENLACES RELACIONADOS

Tratado sobre la amistad (Madame de Lambert).

La princesa de Clèves (Madame de La Fayette).

La mandrágora (Jean Lorrain). Y un poquito de Montmartre.

El París artístico de fin de siglo, los grabados de Félix Vallotton y el Museo Guggenheim Bilbao.


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