“Pinto lo invisible. Fotografío lo visible”.
Man Ray

Electricidad, gelatina de plata, 1931 (tiraje posterior, c. 1970).

Transformar la vida cotidiana, quitarle los grilletes que la atan a la realidad objetiva, a la forma precisa y a la intención establecida. Aflorar los sueños que palpitan tras los párpados cerrados y darles representación, a través de las imágenes escritas y visuales, fue el mayor deseo del Surrealismo, el movimiento vanguardista del siglo XX que más ha conectado con nuestra imaginación.

Emmanuel Radnitzky (Filadelfia, 1890-París, 1976), fotógrafo judío del grupo Dadá, es el invitado de hoy a mi blog.

Emmanuel, de seudónimo Man Ray, fue acogido con entusiasmo por los surrealistas debido a su trabajo experimental. El artista alteró la identidad y la función de los objetos que capturó con su cámara, creando imágenes enigmáticas, originales, provocadoras, irónicas y que, en muchos casos, transgredieron las normas morales de su época.

Maniquí, André Masson, gelatina de plata, 1938 (copia posterior).

Hablamos de la fotografía como herramienta que elimina la utilidad primera del objeto retratado, objeto que pasa a una categoría superior al ser poetizado. Hablamos de la fotografía como la entendía Salvador Dalí (1904-1989), “como pura creación de espíritu”. Hablamos de fotografía surrealista.

Man Ray fue pintor, escultor y fotógrafo; pero fue la fotografía la que lo hizo brillar con luz propia. El artista fue un fotógrafo de laboratorio, un manipulador de imágenes que consiguió con sus ensayos dar formas al inconsciente. Man Ray rechazó los valores tradicionales establecidos y repudió el naturalismo descriptivo que se había apoderado de más de medio siglo de la historia del arte, condiciones todas ellas que respondían a las intenciones del Surrealismo.

Afirmaba André Breton (1896-1966) que “el surrealismo es automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, escrito o de cualquier modo el funcionamiento real del pensamiento”.

Accesorio para fumar, tubo de plástico, madera y doce bolas de vidrio, 1959-1970.

Retratos y autorretratos, desnudos femeninos, juegos de ajedrez, rayogramas y objetos construidos (objetos de mi afecto) forman parte de la exposición que la Fundación Canal de Isabel II dedica a Man Ray. La muestra reúne 107 piezas del artista que creó, junto a Marcel Duchamp (1887-1968) y Francis Picabia (1879-1953), el movimiento Dadá en Nueva York.

“Yo creé a dadá cuando era niño y mi madre me zurraba. Yo podría proclamar que soy el autor dadá en Nueva York”, afirmaba quien inventó en 1921 el rayograma, la fotografía sin cámara, la fotografía mágica.

Autorretrato, gelatina de plata, 1930 (tiraje posterior, c. 1970).

Rayograma: Se registra la silueta de pequeños objetos directamente sobre el papel fotosensible por medio de la incidencia aleatoria de la luz.

Botones, plumas, cuerdas, brochas, pañuelos, peines, fósforos, ralladores de cocina, tijeras…, cualquier objeto, más o menos opaco, le servía a Man Ray para crear una imagen hechizada.

Rayograma, 1922.

Sobre los rayogramas escribió el poeta francés de origen rumano Tristan Tazara (1896-1963): “Estas son las proyecciones, las sorpesas en transparencias a la luz de la ternura, los objetos que sueñan y habitan en su sueño”.

La fotografía no como reproducción de la imagen captada, sino como elemento transformador de esa imagen; la fotografía creativa, artística. La fotografía como motivo de experimentación y gozo. Man Ray no se conformó con los rayogramas, también utilizó una técnica que, aunque no nueva, hasta entonces no había conseguido despertar demasiado interés por ella. Me refiero a la solarización.

Solarización: Entrada de luz en el negativo durante el proceso de revelado. Esta técnica define el contorno de la figura y desdibuja el interior de la misma. El resultado es extraño, pues otorga a los objetos un halo irreal.

Perchero, foto Dadá, gelatina de plata, 1920 (original de época).

Los efectos inusuales que el artista consiguió manipulando los negativos le permitieron obtener sombras, texturas y veladuras que dieron a su trabajo resultados imprevisibles, efectos que fueron muy bien recibidos por los medios publicitarios.

Puede decirse que Man Ray revolucionó la fotografía comercial, aunque desde los años veinte del siglo pasado sus retratos, sutiles y misteriosos, eran codiciados por aristócratas, burgueses y bohemios adinerados.

Ballet francés, bronce pintado, 1956-1971.

Sus esculturas.

Bajo el nombre de Objetos de mi afecto (Objects de mon affection) el artista creó una serie con elementos de uso cotidiano sin valor artístico. Pero esas piezas, arrancadas de su contexto y con la ayuda del nombre que les otorgó, cambiaron el sentido de su uso y pasaron de ser vulgares a ser objetos surrealistas.

Para André Breton, Man Ray fue “el gran escrutador de la decoración de la vida cotidiana”.

El regalo, escultura, 1921.
(La alteración de la función del objeto. La plancha con tachuelas deja de ser un instrumento útil para convertirse en un objeto destructivo).

El ajedrez y sus piezas.

El ajedrez, por la forma de su tablero, sedujo a los cubistas.

El ajedrez, por ser un entretenimiento que requiere de agilidad mental, que obliga a quien juega a buscar las soluciones en su interior, que evidencia con la jugada lo que el participante ideó, sedujo a los surrealistas, que vieron en el ajedrez un símbolo entre la vida y la muerte.

Atracción permanente, tablero de ajedrez y tres piezas de madera. Ejemplar 3/8.

Algunas curiosidades: Fue Marcel Duchamp quien enseñó a Man Ray a jugar ajedrez. En 1934, Man Ray hizo un tablero de ajedrez con los retratos de los surrealistas adictos a este juego. A mediados de los años 40, estando en Estados Unidos, el fotógrafo se dedicó a diseñar juegos de ajedrez con fines comerciales.

Manos pintadas por Pablo Picasso, gelatina de plata, 1935 (tiraje posterior, c. 1970).

Retratos y maniquíes.

En 1938 tuvo lugar en la Galería de Bellas Artes de París la Exposición Internacional del Surrealismo. Man Ray, quien fue uno de los quince artistas invitados, aportó al evento un maniquí y se ocupó de la iluminación y de las fotografías que se realizaron, fotografías que editó años más tarde en un libro que tituló La resurrección de los maniquíes (1966).

Sin título, gelatina de plata, c. 1960 (original de época).

En el Surrealismo vemos cómo los artistas (varones) ofrecen dos visiones de la mujer: la mujer real y la mujer artificial, ambas son bellas y provocadoras y tienen la misión de ofrecer placer.

Están las mujeres de carne y hueso, las que posan para las fotografías, y están los maniquíes que simbolizan a las adolescentes vírgenes de los sueños eróticos.

Las reales aparecen posando e insinuantes, son mujeres sexuales que tienen intención de agradar. Las autómatas son féminas construidas por el hombre, son rígidas y hermosas. Son hipnóticas.

Maniquí, Salvador Dalí, gelatina de plata, 1938.

“El maniquí permite asimismo contemplar la desnudez de la muñeca, de la mujer-juguete y convertir el cuerpo de la mujer en un fetiche”, se lee en las paredes de la sala de la exposición de la Fundación Canal. En esta muestra los maniquíes son mostrados a través de fotografías, y no están representados todos los que formaron parte de la Exposición Internacional del Surrealismo.

Maniquí, Joan Miró, gelatina de plata, 1938 (copia posterior).

En el Primer Manifiesto Surrealista (1924), el que da inicio al movimiento, la mujer es presentada como “un objeto artístico, musa u objeto sexual”.

La definición, que a los ojos de hoy escandaliza, no impidió la incorporación de mujeres al Surrealismo. Ahí están las obras de artistas como Remedios Varo (1908-1963), Kay Sage (1898-1963), Lee Miller (1907-1977) , Leonor Fini (1907-1996), Frida Kahlo (1907-1954), por citar algunos ejemplos de creadoras que enriquecieron el catálogo del movimiento artístico.

Anatomías-cuello, gelatina de plata, 1930 (tiraje posterior, c.1970).
(El cuello femenino como símbolo fálico).

“… la mujer como tema, la mujer como signo, la mujer como forma, la mujer como símbolo, inunda la cultura visual en la misma medida en que la mujer como género o la mujer como realidad existencial diversa del hombre está ausente. La imagen femenina ha sido formada por el hombre, como realidad que adquiere consistencia y entidad en función de él. El mundo femenino aparece traducido por el hombre, considerado como una estructura vacía susceptible de acoger lo que se quiera imponer, en la que nada existe -o se ignora su existencia- como propio y privativo”, afirma la historiadora de arte Paloma Rodríguez Escudero en Idea y Representación de la mujer y el surrealismo (Cuaderno de Arte e Iconografía, 1989).

Esta conclusión es adecuada para los artistas surrealistas, pero, como he señalado, hubo también mujeres de gran relevancia en ese movimiento, y estas se ocuparon de dar una imagen muy distinta a la de la mujer objeto; diría, incluso, que hicieron de su arte denuncia social.

Meret Oppenheim en el taller de Louis Marcoussis, gelatina de plata, 1933 (tiraje posterior, c.1970).

La vida es la base en la que se apoya la historia; por eso, si aceptamos que se cambien los hechos ocurridos borrando, modificando o inventando lo sucedido, no sabríamos por qué estamos donde nos encontramos y no podríamos defender nuestros derechos. Si dejamos que las ideologías de turno escriban la historia a su gusto seremos veletas a merced del viento.

Erótico velado, gelatina de plata, 1933 (tirada posterior, c. 1970).

¿Qué harían los credos extremistas con todo el arte nacido a raíz del Primer Manifiesto Surrealista de Bretón? ¿En qué buhardilla ocultarían  las muñecas eróticas de Salvador Dalí, Joan Miró, Marcel Duchamp, Max Ernst…?

¿Qué harían con la esfinge de lágrimas de cristal y mirada vacía de Man Ray?

Maniquí, Man Ray, gelatina de plata, 1938 (copia posterior).

La figura femenina surrealista nace de dos perspectivas diferentes: la masculina (mujer objeto) y la femenina (mujer sujeto). Si eliminamos la parte que no nos gusta, por machista, la imagen surrealista se transforma en otra cosa. Conviene no olvidarlo en esta época de histerias y consignas.

Las fotografías que acompañan esta entrada las hice con la intención de acercar la exposición a tu hogar. Sé que no son ideales, pues los originales están protegidos con cristales no opacos y la luz se refleje en los mismos. Aún así ha valido la pena el esfuerzo, pues May Ray, como dice la célebre frase, “bien vale una misa”.

Autorretrato “a lo Man Ray”.

 


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