“No se escribe poesía para minorías ni para mayorías. Se escribe para la vida”.
Manuel Díaz Martínez

Manuel Díaz Martínez, fotografía de Rafael Calvo.

En el año 2005, la Fundación Mapfre Guanarteme, situada en Las Palmas de Gran Canaria, celebró, con motivo del 70 cumpleaños del poeta cubano Manuel Díaz Martínez, un evento que tituló Señales de vida y que duró tres días. Para este acto Manuel Díaz Martínez, cofrade de la Generación del 50, escribió Sobre la poesía.

Nueve fueron las musas que alegraron la existencia de Apolo con música, teatro, versos y enigmas de constelaciones. Nueve fueron las hijas de Zeus y Mnemosina; nueve las nietas de Urano y Gea. Y de las nueve Calíope, la mayor y más influyente, la de la voz bonita, la que sopla estrofas líricas, es la protectora de la poesía; aunque, realmente, son dos las que escuchan los reclamos de aquellos que buscan inspiración, pues está Erato, “La amable”, portadora de acentos amorosos y eróticos.

He invitado a Calíope y Erato, musas del Museo del Prado, a acompañar el texto donde Manuel Díaz Martínez explica que la poesía se escribe porque hay almas que hablan, lloran y ríen expresando palabras sujetas a metáfora, ritmo y medida.

Ahí está la clave, en las almas que escuchan más allá de los ruidos cotidianos; en las almas que buscan silencio para descifrar misterios, y, también, en el conocimiento de los textos heredados. Es bueno no olvidarlo ahora que tantos, alardeando de prisas, se llaman -así mismos y entre ellos- narradores y poetas.

La poesía, al igual que la literatura y las artes plásticas, es expresión sincera de la verdad del hombre, de la  verdad vista y sentida a través de sus autores.



La musa Erato con Eros, anónimo, escultura, mármol blanco, 130-150.

SOBRE LA POESÍA

La poesía es el género literario que menos público atrae, siendo al mismo tiempo el que cuenta con más cultivadores. ¿Se deberá este fenómeno a que los poetas, como suele decirse, escriben para sí?

Casi todos los poetas de hoy continúan escribiendo, como casi todos los de ayer, con la pretensión de hacerlo para casi todo el mundo. Antonio Machado confesó que lo que más quería él era escribir para el pueblo; pero enseguida subrayó, cerrando así la puerta al simplismo, que “escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia”.

A partir de un cierto nivel de exigencia intelectual, el poeta, cuando crea, sólo piensa en lo que está expresando y en cómo lo está haciendo, sin importarle mucho, o sin importarle nada, quiénes lo comprenderán y quiénes no. A esta actitud debemos que la gran poesía exista.

Aún pasará bastante tiempo antes de que la poesía llegue a ser una necesidad para las mayorías como lo es para la “inmensa minoría” a que se refirió Juan Ramón Jiménez; pasará todo el convulso tiempo que tiene que pasar antes de que el hombre logre constituir una sociedad de masas auténticamente cultas. Mientras tanto, la poesía, que es la expresión literaria por excelencia, tendrá que contentarse con seguir dialogando con los raros lectores por excelencia que ahora tiene.

No se escribe poesía para minorías ni para mayorías. Se escribe poesía para la vida. El destino de un poema es impredecible como el de un hombre, por más esfuerzos que se hagan para predeterminarlo. Lo del poeta es crear su propio código desde la libertad, a partir de sus convicciones y dudas, de sus esperanzas y temores, y ponerlo en el mundo como se pone en circulación una moneda.

En una entrevista me preguntaron que cuál es la función de la poesía. Respondí: “Jean Cocteau dijo que la poesía es útil, pero que él ignoraba para qué servía. ¿Y para qué sirve la novela, la música, la pintura…? ¿Cómo “funciona” en usted un buen poema? En mí suele funcionar como un revulsivo, y a veces hasta como un reto. Yo creo que la poesía debe inquietar, revolver, conmover y, como decía el maestro Eliseo Diego, dar vuelta a las cosas por el lado oscuro. Pero lo mejor para que un poema “funcione” es no asignarle ninguna función”.

El grave humorista que fue Jorge Luis Borges dejó escrito que la poesía es una magia menor. Lo que importa, sin embargo, no es el tamaño de esta magia, sino que es la única.

Calíope, anónimo, escultura, 130-150.

A los veinte años de mi vida publiqué mi primer libro de poemas. Bastante tiempo, pues, he invertido en el trato con la poesía para no darme cuenta ya de que he ido y de que sigo yendo a ella en busca de mí mismo, queriendo abrir la puerta que me queda más cerca para ver lo que pueda, lo que se me permita, de la extraña realidad. El deseo de indagar y el ansia de descubrir me han conducido a la poesía, a la cual me ata mi insatisfacción del mundo. Debo el hábito de volcarme en la palabra a la presunción de ser libre y contribuir a la libertad cuando escribo. Es que siento y ejerzo la poesía como una liberación -sin desafío, sin heroísmo, sin ambiciones: una auténtica liberación.

Al igual que Lezama, pienso que el poema es un cuerpo vivo que se independiza y escapa de quien lo ha creado. Y me felicito de que un poema, pasando de mano en mano como aquella guitarra machadiana del mesón de los caminos, transforme su limitada carga comunicativa en fuerza provocadora, colectivizándose y universalizándose.

He buscado la poesía por diversos rumbos del idioma y a partir de incontables obsesiones, y apetezco y agradezco sus dones visibles e invisibles; pero, de cuanto me concede, lo que me seduce más es que me permite asomarme a lo que hay de abismo en la cotidianidad de la vida.


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