MAQUIAVELO, SU TIEMPO Y EL PRÍNCIPE

«Hay dos maneras de combatir: una con las leyes y la otra con la fuerza».

Nicolás Maquiavelo, Santi di Tito, óleo sobre lienzo, 1500.

¿Fue Nicolás Maquiavelo un hombre con doble moral? ¿Cuáles eran sus pretensiones políticas? ¿Qué papel otorgaba al pueblo en una Italia regida por nobles y papas rivales? ¿Cómo justificaba la «razón de Estado»? ¿En qué consiste lo que se ha definido como «realismo maquiavélico»? ¿Qué rol juega la observación experimental en sus postulados?

Maquiavelo, su tiempo y el príncipe es un ensayo que abarca no sólo el pensamiento de uno de los grandes nombres del Renacimiento, sino que describe, de manera amena y gráfica, el contexto en el que que creció y se formó quien priorizó el interés colectivo al interés individual.

Es muy necesario, afirma en su semblanza la escritora cubana Mirta Aguirre (1912-1980), conocer qué sucedía en la Italia de los Borgia y de los Médicis, donde la violencia era tan apasionada como el arte, la poesía, la literatura y la arquitectura. Es necesario, afirma, recordar las luchas fratricidas para hacer justicia a este pensador de inteligencia extraordinaria, que buscaba la unificación de un país donde los grupos de poder, en pleno humanismo, se acuchillaban mientras ofrecían mecenazgos.

Amigos, no me extiendo porque el ensayo es largo. Maquiavelo, su tiempo y el príncipe se lee de una sentada, como se lee una novela que te atrapa desde la primera línea. Astucia y fuerza, sugería el secretario florentino a sus señores. Fuerza y astucia para eliminar las luchas intestinas y para poner fin a las invasiones extranjeras y a los ejércitos mercenarios.

No quiero terminar mi introducción sin antes apuntar lo curioso que me ha resultado que Mirta Aguirre dedicara algunas líneas —en los 70 en Cuba, con la que allí estaba cayendo, políticamente hablando— a distinguir entre los planteamientos del florentino, que buscaba el bien común, y las actuaciones de la Compañía de Jesús, orden religiosa que construyó su nicho de poder, según opinión de la autora que señala el «egoísta interés» jesuítico, bajo la apariencia del altruismo y fijándose, obsesivamente, en lo que recomendaba El Príncipe. Me resulta curiosa la distinción porque Fidel Castro se formó con los jesuitas, orden que hizo suya la máxima más palabreada de Maquiavelo, la que afirma que «el fin justifica los medios». Y me pregunto, luego de ver naufragar mi isla, ¿Castro actuó en beneficio del pueblo o  su intención fue «arrimar el ascua a su sardina»?

Maquiavelo, su tiempo y el príncipe se publicó en la Revista Universitaria de La Habana en 1969. Nicolás Maquiavelo, el político que batalló para que Italia entrara en el mundo moderno, encontró en Mirta Aguirre una voz clarividente que lo rescata de su leyenda negra.

Divido en dos el ensayo. Aquí recojo la «Introducción» y el «Cuadro histórico» y en la segunda entrada agruparé «El Príncipe», «Príncipe y pueblo» y «Maquiavelismo y sociedad». Ilustro el texto de Mirta Aguirre con pintores renacentistas que sufrieron, al igual que Maquiavelo, las consecuencias de un país donde un veneciano no se sentía romano, donde un romano no se sentía veneciano, donde un veneciano y un romano no se sentían ni florentinos ni genoveses, y así, y así…

En la República más poderosa de Italia, cuna del Renacimiento y de la perspectiva, los crímenes y los chantajes centelleaban lo mismo que lienzos y mármoles. Allí nació y murió Maquiavelo, el estratega que afirmó que quien gobierna debe actuar de acuerdo a las circunstancias reales y al margen de las consecuencias de sus actos —la moral queda súbdita de los resultados—. Las conductas, opinaba el diplomático, tienen que ser útiles, no buenas o malas. ¿Qué opinas?

MAQUIAVELO, SU TIEMPO Y EL PRÍNCIPE

Anunciación Cestello (detalle del panel), Sandro Botticelli, pintura al temple, 1489-1490.

INTRODUCCIÓN

Se le visualiza con las cejas en punta, casi cuernos; con los cuernos anunciando las pezuñas; y esparciendo a su alrededor olor de azufre. Pasar así a la posteridad, ser imaginado así por la mayoría de la gente fue su destino, aunque muchos hayan hecho esfuerzos por librarlo de él. Sin embargo, era capaz de escribir a un amigo, en días en los que la suerte se le había puesto muy fea y la bilis habría podido rebosarle, estas líneas robustas, de pecho sano, que muy pocos diplomáticos caídos en desgracia podrían duplicar:

«Después de comer vuelvo a la posada, donde generalmente me reúno con el posadero, un carnicero, un molinero y dos o tres panaderos con los que mato el tiempo, jugando a los naipes o al chaquete: mil disputas y mil insultos y diálogos violentos se suceden, en los que se regatea un ochavo, y todos gritamos como para que se nos oiga en San Casciano…».

(Francesco Véttori. Carta de 10 de diciembre de 1514).

Este hombre de panaderos, carniceros, palabrotas y risotadas, ha estado preso y ha subido cuatro veces al potro de la tortura sin despegar los labios para confesar lo que asegura que no ha hecho ni para salvarse acusando a otros de lo que quizás sabía que hicieron; ha estado en misiones representativas de su patria dos veces ante el Papa, dos ante el emperador Maximiliano y cuatro ante el rey de Francia; ha manejado fondos públicos muchas veces jugosamente relacionados con los abastecimientos de las tropas y otros gastos de guerra, y puede, no obstante haber vivido en una época corrupta, estampar en la misma carta antes citada:

«Quien como yo ha sabido guardar la lealtad durante cuarenta y tres años, no es fácil que cambie de modo de ser; y creo que de mi lealtad y de mi honradez es buen testigo mi pobreza».

Su pluma ha sido la más franca de su siglo, la de mayor intransigencia con la hipocresía. En serio unas veces, otras escribiendo para hacer reír, ni en religión ni en moral ni en política —cosas que, por otra parte, él no separaba— ha dejado a la sociedad de su tiempo ni el más leve rastro de una hoja de parra. Ha llamado pan al pan y vino al vino y, puesto que vivía en un mundo de desvergüenzas y de manos tintas en sangre, y en un país que a su juicio estaba demostrando ante otros bastante estupidez histórica, no ha vacilado en denunciar lo indecoroso ni el procurar que la sangre y la violencia sirvan, al menos, para remediar aquella estupidez.

Lo primero era perdonable y hasta regocijante. Lo segundo, no. Lo segundo hería en pleno corazón de sus intereses a todos los poderosos. Sólo un malvado, pues, podía obrar de esa manera. Sólo alguien indeciblemente cínico y sin entrañas podía dar, a cara descubierta, los consejos que se daban en El Príncipe. ¿O se trataría de una diabólica mente subversiva que, aparentando cooperar con los tiranos, alertaba a los tiranizados? ¿O bien se intentaba arrastrar traicioneramente a los gobernantes hasta excesos tales que los condujeran a una segura perdición?

Algo doble y hasta triple tenía que existir tras el hombre capaz de escribir semejante libro. Porque, al fin y al cabo, también era posible que, de veras, se creyera en la conveniencia de obrar como se sugería. Ante la ambigüedad del asunto, erizado de púas desagradables desde diversos ángulos, opresores y oprimidos parecen haber reaccionado igualmente mal. A creer lo que dice B. Varchi en su Historia florentina, Nicolás Maquiavelo fue repudiado por todos sus contemporáneos.

Lo repudiaron después otros. Y la educación jesuítica hizo de él un maquiavélico Nicolás Mefistófeles ante el que se debe trazar, apresuradamente, el signo de la cruz.

EL CUADRO HISTÓRICO

El alma condenada, Miguel Ángel, boceto, tinta china sobre papel, h.1525.

«Es preciso considerar fundamentalmente a Maquiavelo —escribe Antonio Gramsci— como expresión necesaria de su tiempo, vinculado en forma estrecha a las condiciones y exigencias de su tiempo». «Maquiavelo —añade— es todo un hombre de su época; y su ciencia política representa la filosofía de tal época, que tiende a la organización de las monarquías nacionales absolutas como formas políticas que permiten y facilitan un desarrollo ulterior de las fuerzas productivas burguesas»… «Su ferocia está dirigida contra los residuos del mundo feudal y no contra las clases progresistas».

(Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado Moderno, A. Gramsci, Editorial Lautaro).

Sin ser marxista, esto lo había avizorado mucho antes Francesco de Sanctis, en uno de los mejores fragmentos de su lúcida Historia de la Literatura Italiana:

«Rehacer la Edad Media y obtener la reforma de las costumbres y de las conciencias, mediante una restauración religiosa y moral, había sido la idea de Jerónimo Savonarola, recogida y purificada después en el Concilio de Trento. Era la idea más accesible a las multitudes y más sencilla para exponer…

»Maquiavelo, preocupado e intranquilo en medio de ese carnaval italiano, juzgaba dicha corrupción desde un punto de vista más elevado. Ello no consistía en otra cosa que en la misma Edad Media en putrefacción y viva aún en las formas y en las instituciones. Por eso, en lugar de pensar en volver a Italia al pasado y en restaurar la Edad Media, contribuyó a su demolición».

«Es un escritor… —declara— antipapal, antimperial, antifeudal, civil, moderno y democrático».

Lo era en una península desunida en la que existían repúblicas comerciales, siempre en competencia a zarpazos, principados hereditarios, gobiernos de condottieros transformados en señores, reinos en manos de monarcas extranjeros, un Estado papal, rezagos intestinos de luchas entre el Pontificado y el Imperio, supervivencias medioévicas de comunas y municipios, choques entre señores todavía a lo feudal, oscilaciones políticas y militares a favor o en contra de los invasores de otros países —Francia, España— ya territorialmente unificados; y que afrontaba todo esto con ejércitos mercenarios en los que no era posible fiar.

Una península caótica en la que nadie era italiano sino teóricamente, siendo, mucho antes que eso, veneciano, florentino, milanés o cualquier otra cosa. Porque el concepto de patria no se había desarrollado todavía contra las medievales columnas del señorío y el vasallaje. Lo que hace que Italia se vea reducida a la situación en la que se encuentra:

«… más esclavizada que los hebreos, más reducida a la servidumbre que los persas y más dispersos sus habitantes que los atenienses, sin jefe, en el desorden, castigada, despojada, abatida e invadida, soportando toda clase de vejámenes».

(El Príncipe, Maquiavelo, Cap. XXVI).

Maquiavelo exhorta a librar a Italia de los bárbaros. Estos son los invasores extranjeros, los saqueos de Lombardía, las contribuciones a que se ve sometido el reino de Toscana; pero también las intromisiones religiosas en los asuntos temporales, la ausencia de puño unificador de fuerzas, el divisionismo interno, el distanciamiento entre gobierno y pueblo y el uso «desacertado de la crueldad».

La exhortación es, desde luego, maquiavélica, o sea, práctica; realista y no utópica; valorizadora de lo que es y no de lo que debería ser; con aspiraciones de posible aplicación inmediata y no forjada para un futuro impreciso; por lo que, en consecuencia, parte del mundo que en verdad hay y de los hombres de carne y hueso que deben transformarlo, y no de un mundo mejor y de otros hombres:

«… siendo mi intención escribir cosas útiles… me ha parecido más conveniente ir tras la verdad efectiva de los hechos que tras su apariencia, pues muchos han imaginado repúblicas y principados que nunca se han visto ni conocido en la realidad. Porque tanta desproporción hay entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, marcha más hacia su ruina que hacia su conservación».

(El Príncipe, Cap. XV).

Son los días renacentistas, pero la coexistencia social continúa desenvolviéndose más o menos al estilo de los acuerdos de Verdún, cuando al repartirse el imperio del abuelo había tocado Italia a Lotario, nieto de Carlomagno. La irreconciliable querella germánica entre los de Waibling y los de Welf, trasbordada en gibelinos y güelfos por los Hohenstaufen, ha creado una tradición de periódicas carnicerías que no sólo tienen lugar entre diferentes ciudades sino, como en Florencia, en el seno de estas. Pero además los individuos prosiguen oliendo a selva, a cueva primitiva, a colmillo y a garra.

Biordo Michelotti, que a su vez muere asesinado por su pariente el abad de San Pedro, quien lo hiere por la espalda con un puñal envenenado, se apodera del dominio de Perusa asesinando a Pandolfo Baglioni y a sesenta de sus familiares y amigos. Juan Pablo Baglioni, tirano de Perusa, muere en Roma, en 1520, asesinado por el Papa que lo ha hecho venir con un pretexto amistoso. Raimundo Malatesta es asesinado por sus sobrinos. Conrado Trinci, para vengar la muerte de sus hermanos asesinados por Pietro Rasiglia, pasa a cuchillo a todos los de la estirpe de este, sin excepción de mujeres ni de niños, dícese que en número de trescientos. La familia de los Bentiivoglio de Bolonia es exterminada de punta a cabo en 1445 en una fiesta de bautizo organizada por los Canneschi; y, en revancha, los Marescotti, partidarios de las víctimas, terminaron con los Canneschi, clavando sus corazones en la puerta del palacio Bentivoglio.

Recuerda J. A. Symonds en El Renacimiento de Italia:

«En 1402, Antonio Fisiraga quemó en la plaza pública de Lodi a los principales miembros de la familia reinante de los Vistarini, y meses después moría él mismo envenenado. Su sucesor en la tiranía, Giovanni Vignate, fue encerrado por Filippo María Visconti en una jaula de madera, en Pavía, y desesperado se saltó los sesos contra las barras de la cárcel.

»Por la misma época, Gabrino Fóndulo pasó a cuchillo a setenta miembros de la familia de los Cavalcabó en su castillo de Macastormo, con el designio de apoderarse de su tiranía sobre Cremona. Más tarde fue decapitado como traidor en Milán (1425). Ottobón Terzi murió asesinado en Parma (1408), y del mismo modo acabaron Nicolás Borghese en Siena (1499), Altobello Dattiri en Todi (hacia 1500), Raimundo y Pandolfo Malatesta en Rímini y Oddo Antonio de Montefeltro en Urbino (1444). Los Varani fueron exterminados a cuchillo hasta el último hombre en la iglesia de Santo Domingo de Camerino (1434), los Trinci en Foligno (1434) y los Chiavelli de Fabriano cuando celebraban en la iglesia la fiesta de la Asunción (1435)».

(El Príncipe, Cap. XV).

Reseña muy incompleta, desde luego, ya que no comprende la muerte de Juliano de Médicis ni los crímenes de Segismundo Malatesta, de Galeazzo María Sforza, de los Borgia y de cien más. Y reseña que se ciñe a luchas por el poder, cuando la daga y el veneno eran recursos al alcance de todos y puestos masivamente en práctica.

No es un tirano ni un ambicioso de poder sino un artista extraordinario, quien escribe:

«Acerquéme hábilmente a él con un puñal que parecía un cuchillo de caza. Esperaba de un tajo poder cercenarle la cabeza; pero se volvió tan vivamente que el arma le alcanzó sólo el hombro izquierdo y le fracturó el hueso; levantóse, tiró de su espada y presa del dolor, echó a correr. Perseguíle, le alcancé a los cuatro pasos, levanté el puñal sobre su cabeza, que estaba muy inclinada hacia abajo, y mi arma se hundió entre los huesos del cuello y de la nuca tan profundamente que, a pesar de mis esfuerzos, no logré retirarla».

(Filosofía del arte, H. Taine, Segunda Parte, Cap. V).

Así, según él, vengó Benvenuto Cellini a su hermano Giovanni, fallecido a consecuencia de una herida mal curada que le había causado un arcabucero en el instante en que Giovanni, a su vez, había atravesado de parte a parte por el vientre con su espada, sin previo aviso, a «uno que iba armado de un espadón y llevaba una pluma azul en el birrete», a quien, a su turno, se acusaba de haber asesinado a Bertino Aldobrandini, discípulo de Benvenuto.

¿Excepción? Fra Filippo Lippi raptaba monjas, Andrea del Castagno era acusado de haber asesinado a un amigo para robarle la invención de la pintura al óleo, y los discípulos de Rafael se conjuraban para eliminar físicamente al Rosso porque este hablaba de su maestro cosas ofensivas.

Es el ángulo bestial, tantas veces olvidado, del deslumbrante Renacimiento, el telón de fondo de Leonardo, de Rafael, de Miguel Ángel, de Andrea del Sarto, del Beato Angélico: perfidia sistemática, matarifes a sueldo, pócimas mortales, estocadas al volver de la esquina, estrangulamientos y degüellos, pesados bultos que se alojan en el fondo del río, asaltos a traición, justicia por la propia mano, hogueras, torturas, absoluto desdén por la vida humana en pleno predominio del humanismo, ley del más fuerte; en suma, pescadores que a nadie dicen haber visto arrojar al Tíber el cuerpo del duque de Gandía porque no creen que lo amerite, ya que en el transcurso de su vida han visto hacer lo mismo, en el mismo sitio, con más de «cien cadáveres», sin que en ninguna otra ocasión aquello ocasionase averiguaciones.

Sin tener muy presente todo esto, es bien difícil no hacer de Maquiavelo un Nicolás Mefistófeles. E igualmente difícil admitir la tranquila objetividad con la que Maquiavelo da cuentas, a las autoridades de Florencia, de lo que César Borgia, duque de Valentinois, ha hecho en Sinigaglia con Oliveretto o Liveroto de Fermo y con otros señores de similar catadura:

«Magníficos señores: Puesto que Vuestras Señorías no han recibido todas mis cartas, en las cuales se hallaba comprendida una gran parte del asunto de Sinigaglia, he creído conveniente escribirlo al detalle, no dudando que os servirá de agrado, vista la calidad del caso, que es ciertamente raro y memorable.

»El duque había sido vencido por dichos señores y se encontraba débil frente a ellos. Hizo paces, prometióles mucho, les dio algo, prodigó buenas palabras, se alió con ellos y al fin consiguió celebrar una entrevista para tratar de un asunto común. Los otros recelaban y vacilaron mucho tiempo; pero sus ruegos fueron tan vehementes, manejaba tan hábilmente esperanzas y ambiciones, se mostraba de tal modo amable y leal, que al fin acudieron. Lo hicieron, es cierto, con tropas, dejándose conducir, bajo la apariencia de una elegante hospitalidad, a un palacio que el duque habitaba en Sinigaglia. Entran todos a caballo, el duque los saluda cortésmente, pero habiéndose apeado de los caballos en el alojamiento del duque y entrado con este en una cámara secreta, todos fueron hechos prisioneros.

»Rápidamente el duque montó a caballo y ordenó el saqueo de las tierras de Oliveretto y de Orsini. Pero los soldados del duque, no satisfechos con el saqueo de Oliveretto, comenzaron el pillaje en Sinigaglia y, a no haberlos reprimido el duque, castigando su insolencia con la muerte de muchos de ellos, hubiéranlo saqueado todo por entero.

»Llegada la noche y apaciguado el tumulto, pareció oportuno al duque hacer matar a Vitellozzo y a Oliveretto, los cuales, llevados a lugar adecuado, fueron estrangulados…».

Canallesco, sin duda. Pero, ¿quiénes eran Vitellozzo y Oliveretto o Liverotto de Fermo?

Se nos cuenta en El Príncipe:

«En nuestros tiempos, durante el pontificado de Alejandro VI, Liverotto de Fermo, quien, pequeño aún, hacía algunos años había quedado huérfano, fue educado por un tío materno, Giovanni Fogliani. En los primeros años de su juventud se dedicó a la vida militar, a las órdenes de Pablo Vitelli, deseoso de llegar a ocupar, instruido en esa disciplina, un grado elevado en la milicia.

»A la muerte de Pablo entró a militar bajo Vitellozzo, su hermano, y en poco tiempo, por su ingenio y su gallardía espiritual y corporal, se convirtió en la primera figura de su ejército. Pero como no le pareció cosa digna estar al servicio de otro, pensó, con la ayuda de algunos ciudadanos de Fermo, quienes preferían la servidumbre a la libertad de su patria, y con el apoyo de Vitellozzo, en apoderarse de dicha ciudad.

»Escribió a Giovanni Fogliani, diciéndole que como desde hacía tantos años estaba alejado de su casa, deseaba visitarlo a él y a la ciudad, así como reconocer su patrimonio; y como su preocupación había consistido en conquistar honores, deseaba demostrar a sus conciudadanos que no lo había intentado en vano, por lo cual iría honrosamente acompañado por cien jinetes amigos y servidores, rogándole procurara que los habitantes de Fermo lo recibieran dignamente, para honra de ambos, puesto que él lo había educado…».

El tío Giovanni lo creyó y se dispuso a recibir entusiásticamente a su sobrino, al que alojó en su propia casa. Al día siguiente, Liverotto ofreció un banquete en honor del tío y de los principales señores de Fermo, promovió tras la cena una conversación de delicada índole política que aconsejaba una retirada habitación propicia a la charla; y tan pronto Giovanni Fogliani y sus acompañantes penetraron en ella, los hizo asesinar a todos. Inmediatamente tomó la ciudad y se hizo proclamar príncipe, aprovechando que ya no existían «todos los que, por sentirse descontentos, podían significarle un peligro».

Lo único que hizo César Borgia, pues, fue repetirle la jugarreta; y si algo asombra en la sanguinaria historia es que quienes tan bien conocían ese tipo de celadas, pudieran caer en ellas.

El diplomático Nicolás Maquiavelo se las sabía de memoria, lo mismo que había aprendido muchas otras cosas sobre sus contemporáneos y sobre el mundo en que vivía. Quizás, como algunos afirman, no manejara muy bien el latín, mas dominaba a profundidad la ciencia política de su tiempo. Reciamente plantado en el suelo que pisaba, no se hacía ilusiones sobre las probabilidades de triunfo que cabrían a quien, moviéndose en semejante tablero de ajedrez y entre tales esgrimistas, no fuese capaz de reunir en sí mismo la fiereza del león «para espantar a los lobos» y la astucia de la zorra «para conocer las trampas».

«A los hombres —decía— hay que conquistarlos o eliminarlos». Y agregaba:

«Hay dos maneras de combatir: una con las leyes y la otra con la fuerza; la primera es propia del hombre y la segunda de las bestias. Pero cuando la primera no basta, conviene recurrir a la segunda. Por lo tanto, es necesario a un príncipe saber utilizar bien a la bestia y al hombre».

A su juicio ese era el sentido del mito griego que entregaba al centauro Quirón, mitad bestia y mitad hombre, la educación de Aquiles y de otros destinados a altas misiones. Así, sabrían servirse de ambas naturalezas, según las circunstancias. Y si las de la Italia renacentista eran, en mucho, bestiales, ¿podía acaso dejar de proceder conforme a ello quien no quisiera dejar sobre el papel el diseño de utópicas sociedades futuras sino dar concreto impulso histórico a la que tenía entre las manos? 

Amigos, busca la Parte II en la siguiente entrada.

ENLACES RELACIONADOS

Maquiavelo, su tiempo y el príncipe (Mirta Aguirre). Parte II.

Caravaggio, los pintores del norte y el Concilio de Trento.

Giovanni y Lusanna (Gene A. Brucker).

Fra Angelico y el Renacimiento.

Doce fábulas escritas por Leonardo da Vinci.

El Renacimiento en Venecia. La pintura y la Belleza.

Los estudios de plantas y animales (Durero).

Boccaccio humanista y su penetración en España (Joaquín Arce).

Lorenzo Lotto y el retrato en el Renacimiento.

La imagen humana: arte, identidades y simbolismo.

Los ojos del icono (José Jiménez Lozano).

Los ojos del icono: Noche del mundo (José Jiménez Lozano).

Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana.

El Greco y el Manierismo.

El Bosco, el rey Felipe II y el Museo del Prado.

Felipe II y la biblioteca de El Escorial.

Juan de Herrera, arquitecto y censor de Felipe II.

Georges de La Tour y el «silencio en la pintura».

Rembrandt y los retratistas holandeses del Barroco.

Los Brueghel. Un paseo por la pintura flamenca.

Las flores, la pintura y el Siglo de Oro.

Navarrete, el Mudo. El «Tiziano español».

Carlos V y la música.

La Biblia Políglota Complutense.

Bartolomé Bermejo, maestro de la pintura antigua.

«Lo oculto»: esoterismo en las obras del Thyssen.

La Navidad en el Museo Nacional del Prado.

El problema de la libertad (Thomas Mann).

Sobre la facultad mimética (Walter Benjamin). Texto íntegro.

Sobre el teatro de marionetas (Heinrich von Kleist).

Fray Antonio Montesinos.

Nota sobre la supresión general de los partidos políticos (Simone Weil).

Alejandro de Humboldt y la Ilustración (I).

Alejandro de Humboldt y la Ilustración (II).

El espíritu de la Ilustración (Tzvetan Todorov).

Cesare Pavese: Tres textos sobre la palabra y el símbolo.

 

 


Compártelo con tus amigos: