MARCELINO AROZARENA. POEMAS

«Arozena canta opinando.»
Ildefonso Pereda Valdés

Flor de ceiba (Serie de árboles cubanos), Alexi Torres, óleo sobre lienzo, 2002.

Relegada, no entiendo por qué, a la zona donde el tiempo hace a las arañas tejer se encuentra la poesía de Marcelino Arozarena (1912-1996); poesía social y con ritmo de cutara repiqueteando cantos negros; poesía viva, viva como es viva la manera de decir del afrocubano.

El verso de Marcelino Arozarena llamea por su erotismo y por los modos —figuras retóricas— que utiliza para contarnos sus pensamientos profundos. Estas son dos características que hacen de la poesía de Marcelino una poesía muy personal. Pero, como no hay dos sin tres, es necesario apuntar también que su obra es poderosa por la manera en la que permite que el lector visualice la fuerza rítmica de los bembés que los orishas celebran en sus odas.

Tambores batá, bongó, maracas, claves, cornetines… suenan en la poesía de Marcelino Arozarena, que se contonea a ritmo de son, rumba, guaguancó y guaracha; porque sus versos… ¡bailan!

«¡Cáspita…!, ¿y cómo los hace danzar?», una voz me pregunta. «¡Ah…!, pues con la complicidad de los estribillos, los juegos de palabras, las aliteraciones, las jitanjáforas y las onomatopeyas».

Rescato de dos libros que aprecio mucho los ecos sonoros de Marcelino Arozarena, esos libros son: Órbita de la poesía afrocubana, 1928-1937 de Ramón Guirao y  Lo negro y lo mulato en la poesía cubana de Ildefonso Pereda Valdés.

He buscado, como siempre hago, la complicidad de las artes plásticas para que acompañen a Amalia, a Evohé, a Caridá, a Cumbéle Macumbéle… —ardua tarea esta, pues mi intención es que haya afinidad entre la metáfora escrita y la metáfora visual—. He pensado que las obras enigmáticas y cargadas de simbología afrocubana que Belkis Ayón (1967-1999) creó usando la colografía, técnica que consiste en combinar serigrafía y collage, casan muy bien con los poemas que aquí les dejo.

En 1931, después de regresar a España, Federico García Lorca informó que estaba trabajando en un libro sobre «impresiones neoyorquinas», donde tocaba el «mundo poético de Nueva York»; es decir, el de los judíos, sirios y negros. «¡Sobre todo los negros!», declaró. En ese mismo texto, dejó escrito este sentir que tan bien define la poesía negroide: «¡Ese negro que saca la música hasta de los bolsillos!»

Marcelino canta a los suyos y lo hace con palabras que palpitan.

POEMAS

Sin título, 1993.

AMALIA

Amalia baila temblando
—Sí, señor.
Amalia tiembla bailando
—Cómo no.

Amalia, baila como una llama,
como una lengua de sed bestial,
como si fuera su cuerpo crecido arroyo,
como si fuera un jamaqueado majá criollo,
como si fuera palma en bandera,
como si fuera, como si fuera, como si fuera…

Amalia baila temblando,
—Sí, señor.
Amalia tiembla bailando.
—Cómo no.

Amalia, ¡mulata santa!,
las almendras de tus ojos encerraron dos cocuyos
y son tuyos
en la negrísima pulpa de tus radiantes pupilas.
Hilas,
hilas,
hilas petróleo en tu pelo sobre el molde de la ola
y copia el curso sinuoso
tu cuerpo en ritmo sabroso de enervante batahola.
Muele canela tu cara
—esa cara que yo amara—
para asfaltar los caminos
colmenares
a tus turgentes Turquinos,
a tus brujos Bellamares
—ares
sin bueyes: sembraré a mares
el maíz mío:
—qué lío
por cobijar tu bohío!
y en fresco Cauto trasplanta
lindos labios berenjena
—voz serena
que a la par que encanta,
canta:
catauro ya es la garganta,
flor de sépalos ardientes,
guanábana de tus dientes que azucara mi sabor.

Amalia baila temblando
—Sí, señor.
Amalia tiembla bailando.
—Cómo no.

Amalia tiembla: sus pies son eses
—ya no son eles—,
sus ojos, peces;
sus dedos, colas de diez lebreles;
su boca, fiebre de canisteles
que le da el frío de su temblor;
sus senos fingen pares curieles tono oro viejo
y soy su espejo en el remolino de un mar de mieles.

Amalia baila temblando.
—Sí, señor.
Amalia, tiembla bailando
—Cómo no.

Temblando,
sus tachos de sabrosura
que van lujuria quemando;
temblando, jícaras de raspadura
que cuelgan de sus caderas, tremolando;
y todo el cuerpo: temblando,
siguiendo el toque tremendo
que agarra y amarra el alma con ariques de cintura.

¡Qué locura! ¡Amalia! ¡Amalia!
Amalia baila
temblando,
porque teme que en el toque esté oficiando,
traída por su cuerpo y su color,
el alma fuerte, roja y poderosa de Changó:
Amalia baila temblando,
¡Cómo no!

Llorando, 1991.

LITURGIA ETIÓPICA

Sobre la liturgia pura del etiópico ancestral
tonante toque en tumulto tam tam tamtamborilea.
No hay un viro,
ni hay un giro
en que no bulla la bulla de la bacha que emborracha
diluida en la guaracha de la timba del sola.

—Tiempla los cueros, José Caridá!
Llama a tu ecobia que baile el bembé,
que mueva la grupa,
que estire los pies,
que salte,
que grite,
se agache, se pare y se vire al revés.

Lasciva, rugiente, se ríe Mersé:
desencaja la cintura
y la apura con bravura en tamtambaleante paso
que es en su ebúrnea canela
mórbida y vibrante estela de lujuriante sopor.

En torpe rebambaramba de aguardiente y de sudor
tonante toque en tumulto tam tam tamtamborilea.

Entona su canto José Caridá;
lamiendo la bemba vigila a Mersé;
y en tanto cansado y sudado cantaba el bembé
pensaba orgulloso:

—Tu paso sabroso que mata, mulata
lo e’tá protegiendo Babalú Ayé.

Violentamente vibrando sobre el parche que se parte,
ecos secos repercuten su macámbica genial:

—Teberé, monina, teberé:
¡qué sabroso baila mi ibana el bembé!
Y no hay bulla que no bulla de la bacha que emborracha
diluida en la guaracha de la timba del sola.

—Tiempla los cueros ¡José Caridá!
Llama a tu ecobia que baile el bembé,
que mueva la grupa,
que estire los pies,
que salte,
que grite, se agache,
se pare y se vire al revés.

Lasciva, rugiente, se ríe Mersé.
Y mientras la mulata su cuerpo menea,
tonante toque en tumulto
tam tam tamtamborilea
sobre la liturgia pura del etiópico ancestral.

Sentencia, 1993.

LA COMPARSA DEL MAJÁ

Encarnasión!!
Suetta e cajón que cansatte sacudiendo el bembé;
suetta esa murumba que te come e pié;
suéttala,
suéttala,
suéttala ya,
a vé cómo nos sale la compassa del majá.

Afila tu pico de oro:
«Alaalá-alá,
alaalá-alá».
Benga mi coro:
«Alaalá-alá,
alaalá-a-láaa»…
«Saca la cabesa,
güébbela a sacá,
aquí biene rebalando
la compassa del majá…»

Eh!
Saca e pié,
como si tubiera romatismo e la sintura
y te assuttara un majá;
un majá de sabrosura que te muedde las caderas:
no las muebas,
no las muebas,
dentro de esa masa llebas la fiebre de mi cansión.

Encarnasión!!
Yo boy detrá de tu cueppo con mobimiento oppotuno.
Si no miran de frente a los do,
paresemo uno;
si no miran de lao,
oh!
no no miren de lao, por Dió!

«Alaalá-a-lá,
alaalá-a-láaa…»
«Saca la cabesa,
güébbela a sacá,
q’aquí biene rebalando
la compassa del majá»…

Tus hombros bienen y ban
con el ritmo de las ancas,
miras e paso,
y cuando a mí te aproximas me bas hasiendo bagaso.
El ritmo etá cumbanqueando
y su cumbacumba aprieta:
prieta,
tu sintura quema,
y, ella sudando rema,
rema que rema nabegando sobre un pié.

Sus cuerpos ya son veletas.
El rumor de las chancletas
como rabo de cometa va dejando un rastro en «ese».
Tumbando así me pareces
un majá color de noches:
deja tu cuerpo sin broches
«pa que no piedda e compá».

Bamo a bé:
«Ala-alá-a-lá,
ala-alá-a-láaa».
Otra bé:
«Ala-alá-a-lá,
ala-alá-a-láaa».
Saca la cabesa,
güébbela a sacá,
q’aquí biene rebalá…

A!
No siga bailando má!!

Resurrección, 1998.

BONGÓ

Bongó:
Ancestros de sangre negra;
dulzura de canistel;
libaciones de cotel
—de cotel de vena y fibra—
lleva tu parche que vibra
con liturgias de Changó.

Bongó:
Espectro de percusiones
que tema el alma y la adora:
cratera de ensoñaciones
porque en tus entrañas llora
con lágrimas de cintura
la divina creatura de Changó.

Bongó.

Sin título, 1995.

CARIDÁ
A Eusebia Cosme

«Guasa, Columbia, a conconcó mabó».

La garganta de aguardiente raja en el eco rojizo,
y en la fuga galopante del bongó
hay desorden de sonidos desertores del embriago
y rugiente tableteo del rabioso pacatá.
¿Por qué no viene a la bacha la hija de Yemayá,
la pulposa,
la sabrosa,
la rumbosa y majadera Caridá?

La mulata que maltrata la chancleta chancharosa,
en el roce voluptuoso,
en el paso pesaroso
de su grupa mordisqueante y temblorosa,
tentadora del amor.

La epilepsia rimbombante que revuelve sus entrañas,
el sopor electrizante que le endulza la emoción,
resquebraja su cintura
y la exprime con locura
en la etiópica dulzura del sabroso guaguancó,
que es embrujo en el reflujo de la sangre azucarada
y es espasmo en el marasmo del trepidante bongó.

«Guasa, Columbia, a conconcó mabó».

¿Por qué no viene a la bacha la rumbera Caridá?,
si su risa guarachera de mulata sandunguera,
cuando la rumba delira,
llama, rabia, grita y gira,
percutiendo poderosa sobre el parche del bongó.
En dulce sopor que embriaga de la maga del embó
—este diablo de mulata— resquebraja la cintura
y la exprime con locura en la dulzura del sabroso guaguancó.

«Guasa, Columbia, a conconcó mabó».

¿Por qué no viene a la bacha la hija de Yemayá,
la pulposa,
la sabrosa,
la rumbera, majadera y chancletera Caridá?

Sin título, 1993.

EVOHÉ

¡Evohé!
suelta el bongó,
suelta el patín de munición de tu cintura;
suelta el gesto en espiral que te exprime el espinazo;
y sin palos de timbal,
sin jícaras de maracas,
sin manteca de corojo ni maíces del embó
piensa un poco en Scottsboro y no en ogún.

¡Evohé!
¡Evohé!
No seas eco recortado por agria minusvalía,
y no seas sólo eco:
que tus ricas ansias mudas,
que tu voz humedecida por sonoras selvas vírgenes,
es dinamia de heroísmos,
es potencia de proclamas
y no risa de turistas en rumbática secuencia.
¡Evohé!
tu indigencia, tus hermanos,
son canciones en que debes aprender.

¿No ves que bailas
al son
—nuevo esclavo con pailas
y con
barracón
pero sin tasajo brujo ni esquifación—;
no ves que bailas el son
de tu vida
—a pesar de la síncopa sabida—
con pasos
de latigazos,
no sobre médula, rótula y brazos
sino trapichando el canuto de tu razón?

¡Evohé!
suelta el bongó,
no seas risa de turistas en rumbática secuencia:
tu indigencia…
tus hermanos…
piensa un poco en Scottsboro y no en Ogún.

Perfidia, 1998.

CUMBÉLE MACUMBÉLE

Tumbaoore…
Tumbaoore…
Se raja la madrugada con la navaja de los tambores
y sangre de son espeso,
deja un hilo de temblores en la piel de los tambores.

Lujuria de mil canciones desnuda sus cascabeles
cuando aparece Cumbéle
Macumbéle,
Iyamba poderoso de los Equerecuá;
pañuelo en la garganta,
navaja en los bolsillos,
y en los bolsillos de la garganta melodramático y torpe ¡alsa!

El amor de una mujer se le enredó en su alma tosca
como se enrosca
el crudo nudo de la camisa.
Cree que ella es blanca como su risa,
y si alguien le «faja»,
le muestra el filo de una navaja
que también es blanca como su risa.

Su blanca… ¡Ah!
ya no lo soportan ni los ecobios del Equerecuá.

Tumbaoore…
Tumbaoore…
Hierva la jícara blanca de la madrugada
larga «u» de caracol
y suda la madrugada temperaturas de sol.

De pronto, suelta una voz sus cordeles:
«¡Ay! tumbaoore, tumbaoore,
sin obbidá lo papele,
tumbaoore,
ni contené e resueyo,
tumbaoore,
mírenle bien pa lo cueyo
a la mujé de Cumbéle,
tumbaoore.»

Se oyó un grito
y, Cumbéle, contrito dio un salto
como su grito, alto,
y al suelo sudando cayó.

Y en tanto, Cumbéle, entre gestos convulsos se estanca
pensando en «su blanca»,
que ya no es tan blanca como su risa
ágil precisa la voz del coro:
¡Ay! tumbaoore, tumbaoore,
«Mamá con su loro-loro,
mamá con su loro ¿qué?
tumbaoore,
¿quién ha bito niña blanca,
tumbaoore,
con coyá de la Mesé?»

Y él ha visto los collares de «su blanca»
blancos, blancos,
como dientes de su abuelo Ña Cheché.

ENLACES RELACIONADOS

Lo negro y lo mulato en la poesía cubana (Ildefonso Pereda Valdés).

Nicolás Guillén y Víctor Patricio Landaluze. Uno, dos y tres va marcando el paso “Quirino con su tres”.

Sobre la poesía (Manuel Díaz Martínez).

Nicolás Guillén. Por el mar de las Antillas anda un barco de papel.

Más allá canta el mar… (Regino Pedroso). Texto íntegro del poema.

Max Henríquez Ureña. “Poetas cubanos de expresión francesa”. Primera Parte.


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