MATILDA AL ALBA

«Corres tras el viento si añoras el pasado.»
Nikolái Leskov

Fotografía, Gabriela Díaz Gronlier, 2022.

 

MATILDA AL ALBA

Las bisagras de la cancela chirrían, donde Matilda cree que los claveles crecen. Tiene las manos apoyadas en el andador, el rostro pálido y la peineta resbala por su pelo. Una sensación de frío intenso recorre su cuerpo y de las pupilas de la pintora, abrasadas por las cataratas, huye una luz intensa, extraña, enigmática.

—¡Venga, acuéstese! ¡Por Dios, cuántas veces voy a repetirle que siempre refresca al anochecer! —la asistenta la aleja de la ventana, la acuesta, la arropa y se marcha, dejándola sola.

(Un gato albino maúlla, suavemente, como si deseara acunarla.)

—Puede, puede que esté llegando el momento de las respuestas —murmura la lengua de Matilda, ya de color de mora—. ¿Seré polvo de oro —hubo un tiempo en que su pelo fue rubio— o arena de ópalo blanco? —la mano derecha en el pecho, la otra estrujando la manta.

En la mesilla de noche, al despertador se le escapan los segundos, retozan con las sombras que trepan por las tapias. Y el viento, que es violín en plena sinfonía, entrega a Matilda el adagio para su lápida:

«En cada rincón de la tierra hay un columpio esperando al alba».

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