MAX HENRÍQUEZ UREÑA
CAPÍTULO 2: JOSÉ MARÍA DE HEREDIA

José María de Heredia, Emile Lévy, óleo sobre tabla, 1881.

No voy a extenderme en la presentación de la segunda parte del ensayo Poetas cubanos de expresión francesa, pues el apartado que Max Henríquez Ureña dedicó al poeta parnasiano José María de Heredia es rico en detalles. Pero sí voy a enunciar los temas fundamentales en los que ahonda.

Max Henríquez Ureña resalta cuatro aspectos de la obra del cubano Heredia y lo hace insertándolos en su biografía, de manera que obra poética y vida dialogan. Esas peculiaridades son:

La destreza en el arte de sonetizar.
El aporte de su poesía a las letras francesas.
La influencia de los clásicos españoles en su obra poética.
La evocación al «mundo americano» y a los conquistadores españoles» —iniciativa que tuvo gran aceptación, pues acercó al lector francés  trozos de nuestra historia.

Antes de dar paso al ensayo recuerda que el capítulo anterior, Literatura de emigrados, se encuentra en otra entrada (Capítulo 1) y recuerda que, aunque los poemas seleccionados por Max Henríquez Ureña aparecen en su texto en el idioma en que fueron escritos —francés—, sólo dejaré aquí la versión castellana que él incorporó en sus notas —Henríquez Ureña tradujo casi todos los poemas que incluye en su trabajo—. En cuanto a Severiano de Heredia, Cornélius Price, Augusto de Armas y Armand Godoy, los otros compañeros del verso, quedan para otras dos secciones.

Decía Théophile Gautier, autor de Esmaltes y camafeos (1852), libro de referencia de los poetas parnasianos, que es bueno «disfrutar del arte por el arte».

JOSÉ MARÍA DE HEREDIA

Parnaso, Andrea Mantegna, témpera sobre lienzo, 1497.

Heredia es el más parnasiano de los parnasianos. La escuela del Parnaso, que aspiró a la perfección de la forma y tuvo además el culto a la serenidad, encontró en el él su más genuino representante. Rara vez podremos sorprender a Heredia en pecado de abandono lírico: si por excepción llega a traicionar su emoción propia, es para vestirla de serenidad y elevación. Así en el final de su soneto El caracol, el único acaso en que alude a algún motivo de inquietud personal:

Es mi alma tan sólo una prisión sonora,
y así como en tus pliegues aún suspira y llora
el retornelo antiguo con su clamor arcano,
del corazón —que aún Ella colma— surge, invencible,
el rumor lento y sordo, y eterno, aunque insensible,
y en mí ruge el recuerdo tempestuoso y lejano.

Aunque mesurado, ese desahogo lírico es meramente ocasional. Heredia tenía el sentido plástico de la emoción: por eso sus sonetos son a modo de grandiosos frescos que reconstruyen un momento de la historia del mundo o reproducen escenas y paisajes. Sin duda, habría hecho exclamar a la Belleza, como Baudelaire:

Detesto el movimiento que desplaza las líneas:
por eso nunca lloro, por eso nunca río.

Cuando buscó un marco adecuado para sus grandes cuadros históricos o para sus evocaciones de la naturaleza y el ensueño, no encontró otro mejor que el soneto. La elección de ese molde indicaba al mismo tiempo una preocupación de forma. Ninguna combinación métrica más propicia para alardes de virtuosismo. Nadie ha podido superar a Heredia en la técnica del soneto. Según Anatole France, «antes de Heredia, el soneto no se aproximaba siquiera a la riqueza y grandiosidad que ese poeta artesano logró darle».

En Heredia cristalizan, por lo tanto, las dos actitudes peculiares del parnasianismo: la actitud espiritual de la serenidad y el anhelo de perfección en la expresión poética. Ningún otro entre los adeptos de la escuela parnasiana pudo igualarlo en la realización de uno y otro propósito.

Definir de esa suerte su posición dentro del parnasianismo, basta para el objeto de este estudio; porque lo que importa considerar ahora es el aporte personal que pudo llevar a las letras francesas ese poeta nacido en Cuba y descendiente, por la rama paterna, de una familia dominicana de pura cepa española.

Entre los antepasados de Heredia se cuenta, aunque al parecer en la línea colateral, el adelantado don Pedro de Heredia, madrileño, fundador de Cartagena de India. Los Heredia se establecieron en Santo Domingo, la isla Española, desde el siglo XVII. Uno de ellos, Manuel, nacido allí en 1740, casó con María Francisca de Mieses y Guridi (dominicana, hija de españoles linajudos), y uno de los hijos que tuvieron, Domingo, nacido en 1784, fue el padre del poeta de Los Trofeos. Otro hijo de ese matrimonio fue José Francisco, magistrado y escritor, padre del poeta cubano José María Heredia, cantor del Niágara.

Domingo emigró a Cuba a los diecisiete años, lo mismo que su hermano José Francisco, y allí permaneció el resto de sus días. Casó dos veces, en Cuba; las dos, con damas de origen francés: una Ivonnet y una Girard. El poeta de Los Trofeos, último hijo del segundo matrimonio, nació en el cafetal La Fortuna, cerca de Santiago de Cuba, en 1842. Su madre, viuda desde 1849, en vez de enviarlo a España, como primero había pensado, decidió en 1851 confiarlo al preceptor Fauvelle para que lo hiciera cursar estudios en Francia, y de allí retornó Heredia ocho años después, graduado ya de bachiller.

La circunstancia de haber emigrado a Francia a tan temprana edad fue la que obligó al joven Heredia a ejercitarse con preferencia en el dominio del idioma francés. Cierto que esa lengua fue, según él mismo dijo, la primera cuyo encanto conoció en la voz maternal; pero el haber cursado en francés sus estudios secundarios fue lo que determinó su devoción por ese idioma. De haberse realizado el primitivo proyecto de enviarlo a estudiar a España, no habría seguido sin duda el mismo camino.

Iba a cumplir diecisiete años cuando volvió a Cuba. La visión exuberante de la tierra natal dio vida a su inspiración: allí escribió, en francés, sus primeros versos. ¿Cómo habría de escribirlos en español, si conocía mejor el francés a través de sus estudios en el Liceo? De esa época son unos pareados alejandrinos, Los bosques americanos, y un soneto, A la fuente de la India, que termina con este grito:

¡Oh, mi país, oh Cuba! ¡Cuán dulce en los palmares
oír de tus arroyos la voz, con el murmullo
de paz y amor que exhalan tus noches luminosas!

(La fuente de la India es un monumento situado en unos de los parques de La Habana. El monumento simboliza a La Habana en la figura de la matrona india.)

También escribió durante su estancia en Cuba una poesía amorosa, llena de lirismo exaltado, y fechada en La Fortuna en octubre de 1860; y tradujo al francés unos versos de su primo hermano y homónimo el cantor del Niágara: A mi padre encanecido en la fuerza de la edad. Al año siguiente regresó definitivamente a Francia.

Maurice Barrès se lamentaba de que «un empeño excesivo por el arte impersonal hubiera impedido que el poeta nos pintara el placer de tener veinte años en las Antillas». En verdad, fuera de esos ensayos de adolescencia, sólo en contadas ocasiones volvió Heredia a referirse al mundo antillano, como lo hizo en Brisa marina:

El cortijo y el páramo, invierno ha despojado
de sus flores, y todo ha muerto. En grísea roca,
donde, sin fin, la onda del Atlántico choca,
del último pistilo prende el pétalo ajado.

Pero no sé qué aroma tan sutil; exhalado
del mar, trae la brisa; y de embriaguez sofoca
mi corazón su efluvio, que algo extraño en mí evoca…
¿De dónde viene el soplo cálido y perfumado?

¡Ah, sí! Lo reconozco. Viene de tres mil millas,
del mundo en cuyo seno las azules Antillas
bajo el ardor cimbréanse del astro de Occidente.

Y desde el peñón kímrico, que bate ola colérica,
aspiro, en esa ráfaga de aire natal y ardiente,
la flor que abrióse un día en el jardín de América.

Igual evocación se imponía en el discurso de recepción de Heredia en la Academia Francesa. «No es sólo al poeta a quien honra vuestra elección —dijo—.  El honor refluye sobre nuestra hermana latina, España, y va más lejos aún, llega hasta el Nuevo Mundo, que se disputaron nuestros antepasados comunes, más allá del Océano que baña la isla deslumbrante y lejana donde nací».

Dibujos coloreados con vistas de La Habana que, probablemente, fueron diseños para telas de la casa Allioli Fils,  París, primera mitad del  siglo XX.

Por último, también volvió los ojos del espíritu a su isla natal cuando, en 1903, al cumplirse el primer centenario del nacimiento del cantor del Niágara, el Alcalde Municipal de Santiago de Cuba, que era don Emilio Bacardí, lo invitó a asociarse a ese homenaje. Para corresponder a tal petición, Heredia escribió los únicos versos que de él se conocen en castellano: tres sonetos A José María Heredia, en su centenario:

I

Desde la Francia, madre bendecida
de la sublime Libertad, que bella
sobre los mundos de Colón destella
en onda ardiente de pujante vida,

a ti, guerrero de coraza unida
por la virtud, que el combatir no mella;
a ti, creador de la radiante Estrella
de la Isla ardiente por el mar mecida;

a ti, de Cuba campeón glorioso
que no pudiste ver tu venturoso
sueño de amor y de esperanza cierto,

con grave estruendo en mi cantar saludo,
de pie, tocando tu vibrante escudo,
que es inmortal, porque tu voz no ha muerto.

II

Desde la Francia, madre generosa
de la Belleza y de su luz divina,
cuya diadema de robusta encina
tiene la gracia de viviente rosa;

a ti, pintor de la natura hermosa
de la esplendente América Latina;
a ti, gran rey de la oda, peregrina
por tu gallarda fuerza melodiosa;

a ti, cantor del Niágara rugiente,
que diste en versos su tronar al mundo,
y el cambiante color iridiscente

de su masa revuelta en lo profundo
del hondo abismo que al mortal espanta,
grande Heredia, otro Heredia aquí te canta.

III

Y abandonando el habla de la Francia
en que dije el valor de los mayores
al evocar a los Conquistadores
en su viril, magnífica arrogancia,

hoy recuerdo la lengua de mi infancia
y sueño con sus ritmos y colores
para hacerte corona con sus flores
y envolver tu sepulcro en su fragancia.

¡Oh sombra inmensa que la luz admira!
Yo que cogí de tu heredad la Lira
y que llevo tu sangre con tu nombre,

perdón si balbuceo tu lenguaje
al rendir, en mi siglo, este homenaje
al Gran Poeta con que honraste al Hombre!

Ninguna otra alusión a Cuba encontramos en el resto de su producción; pero, en cambio, Heredia llevó a la poesía francesa la visión genuina del mundo americano y la evocación frecuente de los conquistadores españoles, que por primera vez aparece en el más famoso de sus sonetos, escrito en 1888:

Cansada de miseria, cual huye una bravía
banda de gerifaltes de la sierra natal,
la marinera gente desde Palos partía
en la embriaguez de un sueño de heroísmo brutal.

Iban a la conquista del que Cipango cría
en sus minas lejanas fabuloso metal,
y las velas latinas el viento alisio henchía
al borde misterioso del mundo occidental.

De noche, cuando un épico despertar anhelaban,
las fosfóricas ondas del trópico hechizaban
su ensueño con mirajes de doradas centellas.

O de las carabelas en la borda inclinados,
con asombro miraban, en cielos ignorados,
del fondo del Océano subir nuevas estrellas.

A Los Conquistadores subsiguieron, un año después, Los conquistadores del oro, que eran el prólogo, en pareados alejandrinos, de un vasto poema inspirado por la conquista de América: La derrota de Atahualpa. En Los conquistadores del oro narró el avance inicial de Pizarro en la inexplorada tierra de los Incas y describió la naturaleza americana con trazos vigorosos, como lo hizo también en su soneto Flores de fuego. El poema quedó inconcluso, pero Heredia volvió a cantar la gloria de los conquistadores utilizando el molde del soneto: evocó a Juan Ponce de León en Juvencio; a Hernando de Soto en La tumba del conquistador; al piloto Bartolomé Ruiz en Carolo Quinto imperante; a un oscuro soldado de la conquista de México, Alonso Hernández de Puertocarrero —cuyo nombre es, en francés, un alejandrino, y en español, un endecasílabo—, en el soneto humorístico Un nombre; a don Pedro de Heredia en El antepasado, A un fundador de la ciudad y Al mismo; y a Cartagena de Indias, la ciudad que fundó su antepasado, en A una ciudad muerta.

«Amamos esos conquistadores —decía Jules Lemaître—, sobre todo porque difieren de nosotros, porque su furor por la acción nos distrae de nuestra duda y nuestra desidia; pero Heredia los ama porque se parece un poco a ellos, porque siente todavía estremecerse dentro de él algo de esas almas. Él es de esa raza, y lo que ellos hicieron, él lo ha soñado.»

La erudición de Heredia respecto de los conquistadores era muy vasta. En su biblioteca había cerca de doscientas obras sobre el Nuevo Mundo, la mayor parte de ellas relativas a la época de la conquista. Leyó y consultó asiduamente a los cronistas de Indias, principalmente a Oviedo, Herrera, Las Casas, Francisco de Jerez, Cieza de León, Agustín de Zárate, López de Gómara y el Inca Garcilaso. En el prólogo de su admirable traducción de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España por Bernal Díaz del Castillo, anunció su propósito de escribir una extensa obra sobre la conquista de América, concebida mientras realizaba aquel empeño, que representó para él diez años de labor:

«De tan larga intimidad con el aventurero heroico ha surgido una obra nueva. Hemos querido hacerlo revivir. Hemos intentado pintar, en torno de él, a España en los primeros años del siglo XVI, todo un pueblo alucinado, la cruzada codiciosa que lo precipitó hacia América, una naturaleza virgen, la civilización brillante y bárbara de los aztecas, el derrumbamiento de su vasto imperio. Desprendemos de ese libro, todavía sin terminar, algunas páginas de historia.»

Retrato de la Señora de Heredia, Emile Lévy, pastel sobre papel pegado a cartón, 1885.

Las cincuenta páginas que inserta Heredia como preámbulo de su traducción aparecen divididas en dos capítulos: un estudio sobre España en 1513 y 1514, y otro sobre la juventud de Cortés. No perseveró en sus propósitos de historiador, al menos en esa forma. En cambio, concibió en Los Trofeos una síntesis de la historia de la humanidad en sonetos.

Pero no sólo le sedujeron el Nuevo Mundo y la epopeya de su conquista: también España cautivó reiteradamente su atención. En Los Trofeos abundan las referencias españolas: la adaptación de tres fragmentos del Romancero del Cid —empeño en que le precedieron Leconte de Lisle y Víctor Hugo—, El estoque (espada hecha por Antonio Pérez de las Cellas para Calixto Borja), y El viejo artífice, donde hace referencia a algunos orífices españoles: Ruiz, Becerril, Jiménez, Arfe y Fray Juan de Segovia. El tema español reaparece en varias de sus composiciones sueltas: una Malagueña y dos escenas del toreo: Redondillas y La muerte del toro.

Tradujo además La Monja Alférez, resumen de la vida de Catalina de Erauso, y Juan Soldado, uno de los Cuentos populares recogidos por Fernán Caballero. Desde España escribió en 1886 y 1887 tres cartas para el Journal des Débats: «La nochebuena», «Una visita a los cuarteles» y «Una misa militar en el Carabanchel», y otras tres sobre temas de actualidad política española, estas últimas en colaboración con su cuñado Léonce Despaigne. No fue la única vez en que Heredia se asomó al periodismo militante: en 1901 era corresponsal de El País, de Buenos Aires, aunque sólo llegó a enviar cinco artículos relacionados con la actualidad francesa del momento, pues su salud, ya precaria, le impidió continuar esa colaboración.

Esa vinculación nunca interrumpida con España y América se evidencia además en tres de los prólogos que escribió para diversas obras: uno, «En Patagonia», para el Viaje a Patagonia, del Conde Henry de la Vaulx (1901); otro para La taberna de las tres virtudes, de Saint Juirs (1895), en el cual hace un comentario sobre la personalidad del dibujante español Daniel Urrabieta Vierge, que ilustró la obra; y otro para Vórtice (1902), de Emilio Bobadilla. Por una atinada alusión que hay sobre Campoamor en este último prólogo, puede apreciarse que Heredia no dejaba de leer autores españoles: si conocía bien los clásicos, se interesaba igualmente por las letras españolas contemporáneas.

El haber adoptado otra lengua y otra ciudadanía mal podía destruir lo que había de fundamentalmente español en Heredia; y es precisamente esa circunstancia la que presta mayor relieve a su personalidad dentro de las letras francesas. Fácil ha sido descubrir en su obra múltiples influencias francesas, pero muy poco se ha dicho con respecto a las influencias españolas que también pueden señalarse en Heredia.

Bueno es distinguir que, en la obra de Heredia, las influencias francesas se aprecian la mayor parte de las veces en imágenes, en rasgos aislados y en detalles concretos: las influencias españolas trascienden, en cambio, al procedimiento que él adoptó en muchos casos.

Enrique Díez-Canedo ha señalado con acierto la influencia que ejercieron sobre Heredia los clásicos españoles que trataron temas de la antigüedad en forma de soneto, como Juan de Arguijo y Lope de Vega. Es cierto que Heredia abrevó en poetas griegos y latinos el tema de muchos sonetos de Los Trofeos, por lo que toca a las secciones que en el libro llevan por título «Grecia y Sicilia» y «Roma y los Bárbaros»; y que a veces se trata de alguna paráfrasis más o menos habilidosa; pero el procedimiento de encuadrar esos temas dentro del marco del soneto tiene antecedentes españoles.

Heredia tenía en su biblioteca —a veces en ediciones valiosas y raras—, a los clásicos españoles, y los había leído con amor. No es en los sonetos que escribió inspirándose en epigramas de la Antología griega donde podemos apreciarlo así, sino en sus grandes frescos donde la mitología se confunde con la historia: «Hércules y los centauros», «El nacimiento de Afrodita», «El rapto de Antíope», «La visión de Áyax», «Artemis» y «Las ninfas», «Ariana», «Bacanal», «El despertar de un dios», «Marsias», «Perseo y Andrómeda». Algo semejante hizo Juan de Arguijo en múltiples sonetos: «A Ícaro«, «A Baco», «Júpiter y Ganimedes», «Psiquis a Cupido», «Apolo a Dafne», «Ulises», «Artemisa», «Casandra», «Ariadna», «Orfeo», «A Arión», y «Venus en la muerte de Adonis», y tantos otros. La similitud de procedimientos se advierte hasta en la cita, a veces prolija, de nombres griegos. Esto, en Heredia, era un hábito: sirvan de ejemplo estos versos de «El Termodonte», desesperación de los traductores:

¿Dónde el escuadrón regio que la lucha corría
con Febea, Filipis, Aella y Marpea al frente,
tras las huellas de Hipólita y de Asteria la ardiente?

Muerte de Orfeo, Emile Lévy, óleo sobre lienzo, 1866.

«Parece —dice Díez-Canedo— que se tiene delante un soneto de Los Trofeos perteneciente al ciclo de Hércules y los Centauros, cuando se tiene delante este de don Juan Arguijo, caballero veinticuatro de Sevilla, muerto en el primer tercio del siglo XVII:

HÉRCULES

El jabalí de Arcadia, el león Nemeo,
el toro a los cien pueblos pavoroso
cayeron a mis pies y victorioso
de la Hidra me vio el lago Leteo.

El can de tres gargantas y Tifeo,
fieras guardas del claustro tenebroso,
no burlaron mi intento generoso;
ni le valió caer al fuerte Anteo.

Ejemplos de mi ilustre vencimiento
son Acello, Busiris y Diomedes,
y el rey a quien huir Hesperia mira.

Mas ¿por qué ufano mis victorias cuento
cautivo en tu prisión? ¡Cuánto más puedes
si me rendiste, oh, bella Deyanira!

A la cita de Díez-Canedo podrían agregarse otras, como esta, también de Arguijo, que compendia en un solo soneto un tema tratado por Heredia, ajustándose al mismo plan y desarrollo, en una serie de tres sonetos de Los Trofeos:

ANDRÓMEDA Y PERSEO

Expuesta en firme escollo al mar insano
la no culpada hija de Cefeo,
mueve a piedad el reino de Nereo,
remedio a su dolor pidiendo en vano.

Cuando rompiendo el aire con liviano
vuelo se muestra el vencedor Perseo,
que con el gran despojo meduseo
orna glorioso la triunfante mano.

De la doncella el llanto y la hermosura
enviaron a un tiempo el pecho fuerte
de lástima y amor agudas flechas.

Del mar la libra y de la bestia dura,
trocando en vida la temida muerte
y en nupciales cantares las endechas.

De los tres sonetos consagrados en Los Trofeos a Perseo y Andrómeda, el primero, «Andrómeda ante el monstruo», equivale al primer cuarteto de Arguijo; el segundo, «Perseo y Andrómeda», ocupa el lugar del segundo cuarteto y parte de los tercetos finales, cuyo contenido se completa con el último soneto, «El rapto de Andrómeda», único donde Heredia traza un cuadro no sugerido siquiera en el soneto de Arguijo. No importa si en el primero de esos tres sonetos de Heredia puede advertirse la influencia de la Andromède de Banville; no importa si, según era habitual en él tratándose de casos semejantes, para muchos detalles consultó autores griegos como Hesiodo y Apolodoro, y revisó textos de mitología: tuvo presente el soneto de Arguijo, sobre todo como sugestión de procedimiento.

Y cuando evoca «La Tribuna de los Rostros», construida con espolones o rostros de navíos capturados a los volscos en la batalla de Accio, y destinadas a las arengas en el foro romano, no parece oír el eco familiar de una de las obras más famosas de la poesía clásica española:

Cruza el arco de triunfo: caerá tarde o temprano.
Y mira: bajo el palio de la gloria nocturna
desierto está, del lago de Curcio al de Juturna,
lo que en pasados tiempos fue el Gran Foro romano.

Hoy vil pueblo discute cuál del género humano
será la suerte. El voto venal colma la urna.
Mudos Senado y Cónsules en quietud taciturna,
Roma y el vasto mundo tiene un hombre en su mano.

Una nueva tribuna César hizo: es aquella.
Disputa en cien idiomas el Universo en ella.
¡De Tule vendrán rétores con su lenguaje acerbo!

Y la vieja tribuna de los Rostros, vacía,
yace entre polvo y yerbas. Allí habló Graco un día
y aún el bronce vibra con el rumor del verbo.

¿No hay en todo el soneto reminiscencias dispersas de la canción de Rodrigo Caro A las ruinas de Itálica? Baste recordar algunos fragmentos:

Campos de de soledad, mustio collado…
Este llano fue plaza, allí fue templo…
Este despedazado anfiteatro,
Impío honor de los dioses cuya afrenta
Publica el amarillo jaramago,
Ya reducido y trágico teatro
¡Oh fábula del tiempo! representa
Cuánta fue su grandeza y es su estrago…
Todo desapareció, cambió la suerte
Voces alegres en silencio mudo…
Mira mármoles y arcos destrozados,
Mira estatuas soberbias, que violenta
Némesis derribó, yacer tendidas…

También en Heredia el arco de triunfo está llamado a derrumbarse; el gran Foro romano está desierto, es campo de soledad bajo la gloria nocturna; un pueblo vil discute allí la suerte del mundo y lo convierte en algo semejante al despedazado anfiteatro de Rodrigo Caro; mudos están los Cónsules, taciturno el Senado, como aquellas voces que la suerte cambió en silencio mudo; y por último, la vieja tribuna yace entre polvo y yerbas, como en Rodrigo Caro.

La casa para César fabricada,
¡Ay! yace de lagartos vil morada.

Desde luego, no se trata sino de elementos afines; pero la transmutación de elementos para pintar situaciones que guardan analogía con otra anteriormente descrita, era en Heredia un procedimiento favorito.

Aunque profundamente identificado con Francia, cuya literatura enriqueció en tal alto grado, Heredia, que siempre se mostró orgulloso de su procedencia hispánica, conservó el sello indeleble que en su estilo imprimió ese origen: hay en él la altivez y la firmeza de los viejos conquistadores, además del amor a la frase sonora y a la brillantez del colorido, que se armonizan para darnos un eco fiel de la vieja pompa castellana. Podría aplicarse a Heredia, con entera exactitud, la ingeniosa frase que se atribuye a Castelar sobre Víctor Hugo: «Es el más grande de los poetas españoles de lengua francesa.»

ENLACES RELACIONADOS

Max Henríquez Ureña. “Poetas cubanos de expresión francesa”. Primera Parte.

Las poetas modernistas y posmodernistas hispanoamericanas. Poemas.

Agustín Acosta. Poemas.


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