MENDEL EL DE LOS LIBROS

«… había concedido un primer atisbo de lo que es una vida por completo volcada en el espíritu.»

Mendel es un anciano con una memoria prodigiosa, mágica, sobrenatural. Es en sí mismo una enciclopedia, es historia de la humanidad. No es un librero más, no es un bibliotecario, ni siquiera es un judío ilustrado terminando su vida humillado, hambriento y olvidado por todos los que a él acudieron —a la buena literatura hay que ir arrancándole las capas hasta llegar a la intención última del escritor.

Mendel es el símbolo del saber y del conocimiento. Mendel representa la historia del hombre narrada por hombres. Simboliza la memoria social y la memoria histórica; pero, ojo, la huella en el pensamiento es tan delicada como una tacita de porcelana de Sèvres, pues el saber muere donde… no es protegido.

La época del viejo Mendel es borrascosa. Las ráfagas huracanadas, cargadas de sinrazón, pasan por la narración con la orden de aniquilar el universo del hombre erudito. Un mundo nuevo y gris, egoísta y descreído, pisa con su bota inmunda la sabiduría acumulada, mientras sus portavoces gritan: «¡No pienses, no te resistas!». Mas el archivo que Mendel representa —su mente es una biblioteca—, por mucho que muchos lo intenten, nunca será destruido. El libro que Mendel dejó en su mesa, y que quedó al amparo de una anciana analfabeta cuidadora de los aseos del café vienés donde el viejo pasaba las horas leyendo, sobrevivió al protagonista y a la Guerra.

Cuando Stefan Zweig escribió Mendel el de los libros (1929), Goebbels ni en sueños pensaba que sería ministro de Ilustración y Propaganda del Tercer Reich y los austriacos estaban muy lejos de vivir el desmantelamiento de su cultura. Los austriacos, por aquel entonces, no sabían que admiraban a artistas «degenerados» ni que se verían obligados a aplaudir, por imperativo oficial, la versión nazi del clasicismo greco-romano.

El pueblo culto, de vida acomodada, no intuyó el desastre. ¡Oh…!, pero Stefan Zweig sí y su Mendel es un claro ejemplo de su vista de lince.

«Hassid», Maurycy Trebacz, óleo sobre lienzo.

En El mundo de ayer (1939-1941), Zweig escribió:

«… Y sólo cuando (…) los techos y las paredes se desplomaban sobre nuestras cabezas, reconocimos que, desde mucho tiempo atrás, los fundamentos estaban ya socavados y que, con el nuevo siglo, había comenzado simultáneamente en Europa el ocaso de la libertad individual».

Aunque el personaje de Jakob Mendel aparece como un viejo judío ruso «asimilado», que es humillado hasta su destrucción como individuo, no creo que el objetivo principal de la trama sea denunciar el odio racial. Pienso que Stefan Zweig se valió de ese argumento para dar testimonio de lo que realmente le interesaba: avisarnos del peligro mortal que encierra el desconocimiento voluntario. El hombre que reniega de sus raíces, que seca el árbol del saber, que tergiversa la historia, la desprecia o, simplemente, la borra de un plumazo termina quemando la tierra y la vida depositada en ella, incluida la suya propia.

Cuando todo sea destrucción, nos dice el escritor, los cómplices de la aniquilación de la civilización compartirán destino con sus víctimas. Y harán las mismas preguntas para las que recibirán iguales respuestas.

Rescato de la autobiografía de Zweig este pequeño párrafo que tanto me ha hecho pensar:

«¿Por qué yo? ¿Por qué tu? ¿Por qué yo contigo, a quien no conozco, cuyo idioma no comprendo, cuyo modo de pensar no entiendo, a quien nada me liga? ¿Por qué todos nosotros? (…) Es repetir (…) la eterna pregunta de Job a Dios, para que no sea totalmente olvidada sobre la tierra.»

¡Cuántas voces, cuántas almas se tragó el infierno levantado por hombres! ¡Cuántas obras sin concluir! ¡Cuántos apellidos perdidos! Creo que la ignorancia es la fuente de la que brota la tragedia humana.

Mendel el de los libros, obra de entreguerras, se encuentra dentro del catálogo de la editorial Acantilado.

firma gabriela4

ENLACES RELACIONADOS

Una historia crepuscular (Stefan Zweig).

Escritores de la Shoá.

Tardía fama (Arthur Schnitzler).

Fahrenheit 451 (Ray Bradbury).

El deseo de Sarah para el día de Reyes.

A Petr Ginz, asesinado en Auschwitz.

MEDALLONES ( ZOFIA NALKOWSKA).

Mijaíl Osorguín. “La librería de los escritores”.

Hans Keilson. “Ahí está mi casa”.

Escritores de la Shoá.

Librería Isla. Mi librería… ¡Adiós!

Los huevos fatales (Mijaíl Bulgákov).

 


Compártelo con tus amigos: