MIJAÍL OSORGUÍN

Maqueta para cabeza construida n.3, Naum Gabo, 1917.

La librería de los escritores es un libro de memorias, un libro  intenso y breve, de pocas páginas y mucha enjundia.

A través de la historia de la Librería, el escritor Mijaíl Osorguín (1879-1942) nos hace un retrato de la Rusia que estrenaba Revolución.

La librería de la que nos habla el escritor ruso abrió en el año 1918, cuando aún estaba permitido el libre comercio, y cerró en el año 1922, cuando Lenin aprobó la Nueva Política Económica (N.E.P), programa que consistía en garantizar el comercio privado y las inversiones extranjeras.

La Librería de los Escritores nació  durante el período de la Guerra Civil en Rusia y murió cuando se fundó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Puede parecer una paradoja que la Librería cerrara justo cuando el Estado había consentido el comercio privado. Pero esta ley, que duró poco tiempo, no fue más que un intento desesperado del gobierno por encauzar el desastre económico. Fue una trampa que condujo a las personas que se habían quedado sin trabajo, en medio de las revueltas populares que desembocaron en el asentamiento de la dictadura del proletariado, a invertir sus ahorros en pequeños negocios.

Las librerías estuvieron en los primeros puestos de las listas de empresas puestas en marcha, pues la Primera República Socialista Soviética tenía entre sus prioridades acercar el arte al pueblo. El objetivo, en realidad, era crear arte para el pueblo, que era lo mismo que establecer un sistema de propaganda dirigido a  las masas, en su mayoría analfabetas.

Entre las medidas tomadas a principios de la Revolución estaba la de crear bibliotecas populares por todo el territorio nacional. De ahí que proliferaran los negocios de venta de libros; mas esta situación duró poco tiempo. Las librerías fueron nacionalizadas cuando Stalin comprendió que enseñar a pensar es asesinar el poder dictatorial.

Volviendo a Lenin y a su movimiento de cinturapermitió la libertad de comercio interior (N.E.P), pero los impuestos a pagar eran tan elevados que los negocios al poco tiempo de abrir, cerraban. Era la letra pequeña del contrato.

Torso, Naum Gabo, 1917.

Contra el viento y a favor del viento; contra la marea y dejándose llevar por ella, en esa constante paradoja nació y creció la librería más emblemática de Moscú, el icono de la lucha por mantener un espacio donde el pensamiento pudiera asentarse, fortalecerse y volar.

Se fundó como una cooperativa donde todos los intelectuales miembros eran también trabajadores. Borís Záitsev, Nikolái Berdiáiev, Alexéi Dzhivelégov, Alexéi Rémizov y Marina Tsvietáieva fueron algunos de los socios del proyecto. La mayoría de ellos iban y venían, dependiendo de si les caían trabajillos que les suministraran ingresos. La plantilla fija estuvo encabezada por Mijaíl Osorguín.

En tiempos de revolución-purgas-inflación nació este espacio que agrupaba, en el gélido local que sólo contaba con una pequeña estufa, a todas las almas rebeldes que no estaban dispuestas a «romper con la cultura y reprimir sus últimas inquietudes espirituales».  Todas ellas eran atendidas por artistas-creadores reconvertidos en «patrones-empleados» por culpa del paro.

Una cajita de cartón sirvió de caja registradora, una tabla lisa sirvió para improvisar un escaparate, compartiendo libros con la escarcha, una pequeña aportación de los socios permitió adquirir estanterías y el mercado negro aportó hilo, cartón y papel.

¿Y los libros? Los libros llegaron de las donaciones de las bibliotecas privadas de los que participaron en el proyecto, de fondos en depósito entregados por las editoriales a los escritores que, hasta hacía muy poco tiempo, formaban parte de sus catálogos. También provenían de los desesperados que vendían sus valiosos fondos para comprar algo de azúcar, mantequilla y harina.

¡Qué lujo tan grande, en medio de tanta miseria humana, fue aquella Librería! ¡Qué tabla de salvación para tantas mentes brillantes y tozudas en su empeño de no dejarse vencer! Lujo lejano e impensable hoy.

Pienso en el placer que sentirían los clientes al ser atendidos por historiadores, poetas, novelistas, filósofos, especialistas en literatura nacional y en literatura extranjera, juristas, pintores y biógrafos que hoy forman parte de las enciclopedias que aglutinan a los  grandes autores del siglo XX.

¡Y qué pena la mayoría de las librerías de hoy! No son más que papelerías pretenciosas que llevan en sus engañosos distintivos el nombre de librerías.

No voy a desvelar  las anécdotas que componen las memorias de Osorguín. Pero no quiero terminar la reseña sin resaltar que, cuando todas las imprentas estuvieron confiscadas, ellos se lanzaron a editar ejemplares autógrafos y numerados.

Cabeza número 2, Naum Gabo, 1916.

La librería de los escritores forma parte del catálogo de la editorial SextoPiso. El libro incluye algunos poemas de Marina Tsvietáieva y algunas pinturas de Alexéi Rémizov, dos de los treinta y tres artistas editados por la cooperativa.

Si eres lector, si amas los libros, si sabes detectar el olor a tinta y a papel -oro líquido para los artistas rusos de los años veinte-, si tus pies te llevan sin tú pedírselo a esas cajas geométricas hechas de ladrillos con escaparates de cristal que guardan fondos, novedades y un sinfín de curiosidades, vivirás una tarde inolvidable leyendo La librería de los escritores.

Y conocerás las pequeñas anécdotas de aquel espacio dedicado a la cultura, hoy parte de la historia cultural de Rusia, que abrió sus puertas en el callejón de Leóntiev número 16, en el comienzo del otoño de 1918.

firma gabriela6ENLACES RELACIONADOS

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