MOMIAS DEL ANTIGUO EGIPTO

«Yo estoy intacto como mi padre Osiris-Khepri que es la imagen [mía], aquel cuyo cuerpo no se descompone.»
Libro de los Muertos (Fórmula 154)

Imagen de una mujer casada, de nombre Takhenemet, fotografía de una impresión tomográfica.

Viajar al reino de Osiris era mucho más que un deseo en la civilización que surgió en los fértiles valles del río Nilo. En el Antiguo Egipto la muerte no era más que un lapsus entre dos vidas —la terrenal y la infrahumana—: los que llegaban al feudo de Osiris renacían en compañía de los dioses de ultratumba. 

¡Oh…!, pero para poder arribar al nuevo destino, que era ubicado al Este del país, era condición imprescindible que el difunto viajara con el cuerpo; de ahí la importancia de la momificación y de los entierros.

Aquellos hombres y mujeres creían que el cuerpo era el receptáculo del espíritu y que el embalsamamiento preservaba la integridad del sujeto. Sin cuerpo palpable no había esperanza, decían; pues sin él no se alcanzaba la anhelada inmortalidad.

Caja canópica de Nesaarud, madera; entre finales de la Dinastía XXV y principios de la Dinastía XXVI, c. 680-600 a. C.
(Se utilizaban para guardar los vasos canópicos, que eran los recipientes donde se depositaban las vísceras.)

Vasos canópicos de Djedbastetiuefankh, caliza; Dinastía XXX, c. 380-343 a. C.
(Los egipcios conservaban el hígado, los pulmones, el estómago y los intestinos porque eran «encarnaciones de la persona en su conjunto». Las formas de las tapas de los vasos representaban a uno de los cuatro hijos del dios Horus. Aquí aparecen Duamutef —cabeza de chacal— y  Hapi —cabeza de mono.)

La «egiptomanía» se puso de moda en Europa con la Campaña iniciada por Napoleón Bonaparte en Egipto y Siria (1798).

El general llevaba siempre consigo, porque aspiraba a engrandecer las riquezas de Francia más allá de lo territorial, a físicos, biólogos, ingenieros, arqueólogos, botánicos, historiadores, matemáticos…; especialistas que le aseguraban excelentes «trofeos de guerra».

El fenómeno social —«egiptomanía»— se inició cuando Napoleón mandó organizar exposiciones para mostrar los trofeos en público —entre los objetos encontrados se halla la Piedra Rosetta (196 a. C.), un fragmento de estela egipcia que ha permitido descifrar los jeroglíficos de esa civilización.

Arpa con remate en forma de cabeza, madera, hueso y fayenza; Reino Nuevo, c. 1550-1069 a. C.
(Tenían el convencimiento de que la música les ayudaría a revivir, pues era muy estimada por los dioses.)

Los especialistas tomaron apuntes de todo cuanto vieron. Esos apuntes, que incluyen descripciones y dibujos de las pinturas de las tumbas, de los templos y de objetos arqueológicos difíciles de trasladar, son los recogidos en La descripción de Egipto, extensa obra —treinta volúmenes— publicada a principios del siglo XIX. El conocido como «libro de Napoleón» fue, junto con las piezas trasladadas a Francia, lo que desató la pasión por lo egipcio.

«Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan», comunicó Bonaparte a sus tropas en la batalla de las Pirámides.

En 1922 se descubrió la tumba de Tutankhamon y, ¡hala!, renace la «egiptomanía» y seduce al estilo Art Déco.

Joven del Egipto grecorromano con máscara de cartonaje; finales de la Dinastía Ptolemaica o principios del Período Romano, c. 100 a. C. -100 d. C.

Todos conocemos la existencia de las momias a través de la literatura del siglo XIX y, posteriormente, del cine; dos manifestaciones del intelecto que se dejaron seducir por los secretos ocultos en las pirámides y que convirtieron a los embalsamados en personajes de la narrativa del terror.

Poe, Conan Doyle, Gautier, Boris Karloff, Agatha Christie y otros muchos nos han hecho temblar con esos cuerpos, de ojos de vidrio, envueltos en vendas de lino —también el Modernismo fue cautivado por la temática egipcia.

Caixa Forum nos ofrece una visión diferente de los cadáveres que nos hacían estremecer con la lectura. Nos ofrece un enfoque distinto, pues las momias nos son presentadas desde una perspectiva científica, de modo que las vemos como lo que son: restos de una existencia humana, de individuos que crearon familias y que construyeron su sociedad; de hombres, mujeres y niños que rieron, lloraron, jugaron, amaron, rezaron y murieron pensando en reunirse en el Más Allá.

Adze, madera, bronce y cuero; Reino Nuevo, c. 1550-1069 a. C.
(Esta especie de hacha se usaba, además de para cortar madera, en «la apertura de la boca, compleja serie de ritos a los que eran sometidas las momias y las estatuas para ayudarlas a transformarse en seres vivos…».)

¿Cómo eran estas personas? ¿Cómo se vestían? ¿Qué oficio desempeñaban? ¿Qué ceremoniales practicaban? ¿Qué edad tenían cuando murieron? ¿Bebían cerveza, tomaban vino, comían pan, endulzaban sus paladares con pasas y dátiles?

¿Cómo eran los juguetes de los niños? ¿Y la artesanía? ¿Qué papel ocupaban los animales en los rituales? ¿Qué enfermedades padecieron? ¿De qué murieron? ¿Qué hacían con las vísceras, con los cerebros que extraían de los cuerpos? ¿Qué materiales y qué técnicas usaban en el proceso de embalsamamiento? ¿Cómo eran enterrados? ¿Qué…?

Juguete con forma de ratón, arcilla y madera pintadas; Reino Nuevo, c. 1550-1070 a. C.
(Si tiras de la cola… ¡se abre su boca!)

Caballito con ruedas, madera pintada, Período Romano, después de 30 a.C.

Son preguntas que ya tienen respuestas, gracias a los ajuares encontrados en los sarcófagos y gracias a la tomografía computarizada, técnica no invasiva que ha permitido reconstruir parte de las biografías de los difuntos sin alterar su eterno descanso.

Procedentes del British Museum han llegado a CaixaForum Madrid seis momias egipcias, seis personas que vivieron entre los años 900 y 150 a.C.

Momias de Egipto. Redescubriendo sus vidas se llama la atractiva y didáctica exposición que hoy les recomiendo. Se trata de una muestra donde cada cadáver puede ser visto en tres dimensiones. La emoción de poder apreciar, en movimiento, lo que está oculto tras vendas y mallas, provoca una sensación indescriptible.

Imagen del cuerpo de Ameniryirt, funcionario de Tebas que falleció hacia el 600 a. C, fotografía tomográfica.

Una mujer casada, un funcionario, un niño, un adolescente grecorromano y dos sacerdotes nos revelan, a través de este procedimiento que muestra cortes transversales, parte de los misterios que llevan consigo. Parte, porque aún hay mucho por descodificar.

Las momias, a las que la literatura fantástica dio un siniestro destino —provocar pavor—, eran individuos que pertenecían a la casta del Antiguo Egipto, pues sólo gentes pudientes podían pagar una práctica que solía demorar hasta setenta días en completarse.

Maqueta de barca funeraria (detalle), madera de sicómoro; Dinastía XII, c. 1985-1795 a. C.
(Simboliza el viaje del difunto al inframundo. Las plañideras se cree que representan a Isis y Neftis, las hermanas de Osiris. La figura con el papiro puede simbolizar al sacerdote practicando los rituales.)

Estatuilla de Anubis, madera; Baja Época, 664.332 a. C.
(Anubis, dios funerario, vigilaba las tumbas desde uno de los extremos del sarcófago. Tenía una cola larga, que debía colgar de un lado, y era negro —color que simbolizaba la resurrección.)

Pero…, ¿cómo se practicaba el embalsamamiento, que, por cierto, iba acompañado de rituales religiosos durante todo el complejo proceso? Estos eran los pasos habituales:

* Extirpación del cerebro.

* Extracción de vísceras a través de aberturas laterales en tórax y abdomen.

* Lavado con vino de palma.

* Relleno de las cavidades con materiales como mirra, canela y aromas.

* Colocación de ojos artificiales que mantenían viva la mirada.

* Aplicación de natrón —carbonato sódico— para desecar el cuerpo —al frenar la humedad se detiene la putrefacción.

*  Cubrimiento del difunto con vendas de lino, impregnadas en aceites perfumados.

* Colocación de placas para ocultar los orificios por donde se extraían los órganos.

* Colocación de amuletos que tenían la función de ayudar al fallecido a sortear los peligros de su viaje —los colores de los amuletos tenían un significado. Por ejemplo: la fayenza, azul o verde, simbolizaba juventud; el oro era inalterabilidad, la plata era pureza, la turquesa era maternidad, el jaspe y la cornalina aludían a la sangre.

* Colocación de papiros con textos sagrados del Libro de los muertos —conocido en el Antiguo Egipto como Libro de la salida al día.

Pan comido por escarabajos; probablemente Reino Nuevo, c. 1550-1069 a.C.

Momias de Egipto. Redescubriendo sus vidas nos descubre que:

* Los huesos de la pelvis dan información sobre la edad, el sexo y algunas enfermedades del fallecido.

* El cerebro se extraía con instrumentos que se introducían a través de las fosas nasales.

* Los órganos se trataban por separado y eran colocados en paquetes individuales sobre el cuerpo —en general, sobre las piernas.

* Los jeroglíficos que aparecen en los sarcófagos suelen incluir datos sobre el difunto: nombre, profesión, estatus social…

* Las losas de las estelas fúnebres eran talladas con imágenes del difunto, casi siempre sentado frente a una mesa bien surtida, y con imágenes de sus familiares.

* Apenas hay información personal sobre los embalsamadores.

* Los sacerdotes se lavaban con agua cuatro veces al día: dos por la noche y dos por las mañanas. Se afeitaban todo el cuerpo, mantenían una rigurosa abstinencia sexual y podían servir a varios dioses.

* Los ungüentos se preparaban con resinas, grasas, aceites, cera de abejas, betún…

* El corazón era considerado «el centro del intelecto y la memoria». Era el «centro de la conciencia».

* El relleno para los troncos solía ser de arena, tierra, serrín, liquen.

* El cerebro se extraía para evitar la descomposición, aunque algunos difuntos conservan parte del seso.

* Padecían dos enfermedades que hoy continúan siendo un serio problema de salud: cáncer y aterosclerosis.

* Colocaban en las tumbas maquetas de casas, a las que llamaban «casas del alma».

Momias de Egipto. Redescubriendo sus vidas pone en evidencia que casi todo lo que conocemos de esta civilización proviene del mundo funerario.

Casa del alma, cerámica; Dinastía XII, c. 1985-1795 a.C.
(Se dejaban en las mesas de ofrendas de aquellos que no podían permitirse mansiones subterráneas. Tenían la función de garantizar techo al difunto.)

Itu y Henutweret con su hijo, escultura, caliza; mediados de la Dinastía XVIII, c. 1400 a. C.
(La pieza refleja no sólo lo importante que era para los egipcios la familia, sino también que querían ser recordados sanos y jóvenes. Curiosidad: la piel del hombre se pintaba de rojo y la de la mujer de amarillo.)

La preocupación por la muerte está presente desde que tenemos conciencia de lo que el óbito significa. Yo lo supe cuando, siendo muy niña, perdí a mi primera mascota. Nos resulta difícil asumir que tenemos un tiempo limitado para cumplir deseos y que lo que somos termina sin que podamos impedirlo. Es esta la razón por la que la humanidad ha buscado, desde sus inicios, modos de tranquilizar al alma.

En un mundo que ha abandonado a sus muertos, y que se muestra desinteresado por los ciclos de la naturaleza, se presenta al público una exposición que testifica como el hombre del Antiguo Egipto estaba seguro de que había una aurora… después de esta vida.

Máscaras de una mujer y un hombre joven. Mujer: yeso, oro y vidrio; Período Romano, c. 90-100 d. C. Hombre: yeso, oro y calcita; Período Romano, c. 100-140 d. C.
(Las máscaras de yeso romanas sustituyeron a los retratos sobre madera y a los de cartonaje. Los peinados y las alhajas dan información sobre la fecha en que fueron hechas.)

Sandalias infantiles, cuero; Reino Nuevo, c. 1550-1069 a. C.
(Lo habitual es que el calzado fuera de junco trenzado y de madera; así que es muy probable que estas sandalias pertenecieran a un niño de familia muy rica.)

Y ahora los dejo con algunas fotografías que hice a las representaciones tridimensionales, tomografías que puedes ver en Momias de Egipto. Redescubriendo sus vidas. 

Amigos lectores, desconozco si las almas de las personas embalsamadas lograron residir junto al dios Osiris; sólo sé que sus cuerpos han llegado a nosotros como retos para… ¡descifrar enigmas!

*

LOS SEIS VISITANTES DEL BRITISH MUSEUM

AMENIRYIRT
(Dinastía XXVI, c. 600 a.C.)

Este hombre tenía unos 164 cm de altura y estaba entre los 35 y 49 años de edad cuando murió. Por los estudios de sus huesos se ha podido determinar que padecía de enfermedades cardiovasculares y que, probablemente, falleció debido a un carcinoma metastásico.

Sarcófago de Ameniryit (detalle), madera y yeso.
(En los sarcófagos se escribían los títulos que poseían y fórmulas mágicas para protegerlos en su viaje a la nocturnidad.)

Está cubierto con varias capas de vendas.

Al parecer, los paquetes que están sobre su cuerpo contienen sus vísceras. Los brazos cruzados lo vinculan a Osiris.

El desgaste de la articulación —parte delantera de la pelvis— da información sobre la edad que tenía cuando murió.

NESPERENNUB
(Dinastía XXII, c.800 a. C.)

Fue sacerdote del templo de Karnak, el más importante de Tebas y fue integrante de una familia de alto rango. Tiene la garganta y la boca rellenas para evitar la pérdida de rasgos faciales y fue enterrado con una gran variedad de figurillas religiosas. 

Los vendajes del cuerpo.

Tiene ojos artificiales, de piedra o fayenza, colocados sobre la tela. Y tiene un cuenco en el pecho, dentro de las vendas. La plaquita cuadrada tapa la incisión realizada para extraerle las vísceras.

Conserva un amuleto de corazón y otros dentro de las bandas de tela. Era habitual colocarlos dentro de las mallas y los vendajes.

Tenía aterosclerosis y serios problemas dentales que le ocasionaron abscesos y lesiones en las raíces —resaltadas en amarillo.

Las infecciones llegaron hasta el seno y se cree que pueden haber ocasionado su muerte.

PENAMUNNEBNESUTTAWY
(Dinastía XXV, c. 700 a. C.)

Fue sacerdote, como su padre —se heredaba el cargo— y estuvo en varios templos. Se cree que era originario del delta del Nilo. 

Sarcófago de madera de sicómoro (abierto).

Imagen interior.

Para hacerlo usaron 36 piezas de madera que unieron con ciento nueve clavijas y espigas.

Tiene el cerebro y su conservación es irregular.

TAKHENEMET
(Dinastía XXV, c. 700 a. C.)

Mujer casada, cuya tomografía revela algo fuera de lo común: tiene el pelo recogido en un pequeño moño. Mantiene el cerebro bien conservado. Lleva ojos artificiales, relleno granular y placas que sellan los orificios realizados. Sus vísceras están embalsamadas y guardadas en paquetes que están sobre sus piernas.

Puede apreciarse el pelo recogido.

Conserva el cerebro, aunque le quitaron la mayoría de los órganos del abdomen y del pecho. Tiene relleno granular en los huecos.

Tiene ojos artificiales.

NIÑO DE HAWARA
(Período Romano, c. 40-55 d. C.)

Tenía unos 4 años cuando falleció. Fue encontrado junto a otros dos pequeños y una mujer. Tiene varias capas de vendaje, la cavidad de su cerebro está rellena de resina y su columna y sus costillas se encuentran fuera de sitio.  

Hueso frontal sin cerrar, lo que permite, junto con la dentadura —aún le estaban saliendo dientes—, determinar su corta edad.

Visto por detrás.

Tiene cuatro amuletos en su cuerpo: uno en el ombligo, otro en sus genitales y uno en cada pezón.

El dibujo, sobre el tejido que lo envuelve, nos permite contemplar sus grandes ojos, sus labios carnosos y su corte de pelo. 

¡Cuántos detalles en el dibujo de la tela que lo envuelve!

JOVEN GRECORROMANO
(Finales de la dinastía ptolemaica o principios del periodo romano, c. 100 a.C.-100 d.C.)

Se supone que este adolescente, que lleva máscara de cartonaje, falleció con 17 o 18 años. El tipo de máscara y los vendajes externos hacen pensar que fue enterrado en la necrópolis de Hawara.

Conserva parte del cerebro y un trozo de la herramienta de madera utilizada para extraerlo. También tiene paquetes con partes de sus entrañas.

 

 

Dos imágenes de la tomografía del joven.

 

 

 

 

 

 

En la fórmula nueve del Libro de los Muertos se lee:

«He abierto los caminos que están en el cielo y en la tierra, porque soy el bienamado de mi padre Osiris. Soy noble, soy un espíritu, estoy bien pertrechado. ¡Oh, vosotros, todos los dioses y todos los espíritus, preparad un camino para mí!»

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