“Comprendió el arte de Tiziano mejor que sus discípulos venecianos”.
Carl Justi

San Marcos y San Lucas, óleo sobre lienzo, 1578.

Juan Fernádez de Navarrete (h. 1538-1579) fue el pintor más importante de la corte del rey Felipe II y fue el artista que mejor comprendió el proyecto escurialense. Navarrete fue contratado a la muerte de Gaspar Becerra (h. 1520-1568) como pintor del rey el 6 de marzo de 1568, aunque primero estuvo como restaurador y copista de los cuadros de El Escorial.

La pintura de Juan Fernández de Navarrete se caracteriza por su adhesión a los preceptos de la Contrarreforma y por su técnica, que combina procedimientos de la pintura flamenca (pintura al natural), de la romana (paleta más sobria y perfiles definidos) y de la veneciana (gama cromática cálida y colorida, claroscuro y fluidez de trazo).

Cédula Real con el nombramiento de Navarrete como pintor de Felipe II, 6 de marzo de 1568.

Navarrete, apodado El Mudo por haber perdido el habla en su infancia debido a una enfermedad, se movió entre dos estilos: uno que incitaba a la piedad, gracias a su dramatismo, y otro que complacía dulcemente al alma, pero ambos comparten un mismo propósito: conmover al espectador a través del impacto visual; de ahí el realismo con que presenta las escenas que representa.

La decapitación de Santiago el Mayor, óleo sobre lienzo, 1571.
(Esta pieza, de influjo veneciano, es la más conocida de Navarrete. Escribió fray Sigüenza: “es cuando pasa el cuchillo por la garganta del Apóstol con tal propiedad y naturaleza, que juraran los que le vieron que comienza ya a expirar: los ojos como vueltos, el color perdido, mudado el rostro, que pone compasión en las almas como si se viera el caso y hace venir las lágrimas a los ojos”. )

Realismo, asunto a tener en cuenta. El Concilio de Trento (1543-1563) convierte al arte en un soldado a sus órdenes y al artista en la persona responsable de conseguir que el público empatice con la historia sagrada narrada; puede decirse, hablando pronto y mal, que las ordenanzas de la Contrarreforma parieron el tenebrismo Barroco. Pero Navarrete, un pintor del último tercio del XVI español, navegó entre el hacer renacentista del final de su siglo, el suspiro manierista y los inicios de los contrastes potentes de luces y sombras, de las gestualidades extremas y del despojo de toda figuración anecdótica del Barroco.

La adoración de los pastores, óleo sobre lienzo, 1575.
(Y Fray Diego de Estella ante este Niño exclamó: “¡serafín encendido de amor!” Como curiosidad decir que San José fue un personaje que el Renacimiento rescató del olvido al que lo sometió la Edad Media. Aquí aparece no como un hombre mayor y agotado, sino como un hombre maduro. El uso de un claroscuro violento proviene de la escuela veneciana).

Para un rey tan austero y pegado de su religión como fue Felipe II, Navarrete fue un enviado del cielo. Dos años estuvo el pintor cultivándose en Italia. Visitó Milán, Florencia, Roma y Nápoles entre 1556 y 1558 y, según el bibliotecario y consejero del rey, fray José de Sigüenza (1544-1606), también estuvo en el taller de Tiziano. ¡Oh, Tiziano, el pintor de la casa de Austria!, tan adorado y tan protegido por Carlos V y por su hijo, el rey Felipe II.

Navarrete, quien demostró con sus primeras pinturas su inclinación por la maniera romana, pronto cambió de sentido y fijó su mirada en el gran maestro de la Escuela Veneciana, el sobrio y elegante Tiziano (1490-1576), retratista de Carlos V y de la Emperatriz Isabel de Portugal, los padres de Felipe, el rey.

Retrato de Juan Fernández Navarrete, anónimo español, lápiz negro sobre papel.
(Curiosidad: Además de la firma y el año tiene puesta la edad: 31 años. Para algunos se trata de un autorretrato).

Si, por lo que fuera, Sigüenza no tuviera razón y Navarrete no hubiese pisado los talleres del veneciano, no importa, ¡qué más da!, ya tenía en el mismo edificio levantado por Felipe II cuadros suficientes de Tiziano para inspirarse, y no sólo retratos, también cuadros de temática devocional, obras que pueden visitarse en el Museo del Prado o en las estancias de El Escorial -a los Austrias debemos el poseer una de las pinacotecas más importantes del Renacimiento veneciano.

Bautismo de Cristo, óleo sobre tabla, h. 1567.
(De estilo manierista, esta tabla fue la primera que hizo para el rey).

La Contrarreforma, en sus ordenanzas (sesión XXV del Concilio, 1563), estableció los temas sagrados que había que tratar en el arte; de esta manera pretendía eliminar aquellas historias provenientes de los Apócrifos y de la Leyenda dorada de Jacopo della Vorágine. Hay que decir que no siempre lo consiguió, pues, en ocasiones, se impuso la tradición popular. El historiador de arte Joaquín Yarza (1936-2016) tiene, sobre este particular, un estupendo ensayo titulado Aspectos iconográficos de la pintura de Juan Fernández Navarrete, el Mudo, y relacones con la Contrarreforma. En el ensayo el profesor cuenta, entre otros ejemplos, cómo el papa Gregorio XIII (1572-1585) tuvo que restaurar la fiesta de Santa Ana, suprimida por Pío V (1566-1572).

Aparición de Cristo a su madre, óleo sobre lienzo, 1578-1579.
(Otro ejemplo de influencia veneciana. Joaquín Yarza señala que este tema, extraído de “La leyenda dorada”, tuvo que ser admitido por la Contrarreforma debido a su fuerte tradición popular. Mira la sorpresa de la Madre al ver a su Hijo triunfante y sin heridas).

Navarrete falleció en Toledo a la edad de cuarenta y un años. El Mudo fue un hombre que disfrutó las mieles del éxito y al que la muerte no le arrebató el puesto que ocupó en la historia del arte español, aunque hoy en día no es muy conocido por el gran público. Pero esta injusta situación en la que Navarrete se encuentra, desgraciadamente, no es una excepción. Cada vez es más amplia la lista de los nombres ilustres olvidados por una sociedad que celebra su desmemoria -en la película El vicio del poder, Dick Cheney, el que fuera vicepresidente de Estados Unidos, dice algo así como que “la gente cada vez trabaja más horas y gana menos; así que, el poco tiempo libre que tiene no lo quiere para pensar, sino para divertirse en formas que le permitan olvidar”.

La flagelación, óleo sobre lienzo, 1575.
(En el catálogo leemos: “la figura equilibrada de Cristo con su rostro tan severo es de una gran influencia tizianesca, mientras que la expresión tan exagerada y caricaturesca de los sayones tiene cierto recuerdo flamenco”. Y yo apunto que este Cristo nos recuerda que aún no ha llegado el Barroco, pues no contemplamos heridas sangrantes -los látigos permanecen en el suelo-, sólo vemos al chico de la izquierda mostrando dolor, impotente, ante la escena. No ha llegado el Barroco, digo, pero se acerca).

El “Tiziano español”, como lo apodó el tratadista de pintura Antonio Palomino (1655-1726), tuvo tiempo de cubrir unas cuantas paredes de la Basílica de el Real Monasterio. Navarrete firmó varios contratos que fueron muy bien remunerados. Pero, debido a su estado de salud, no siempre estuvo trabajando en el edificio de El Escorial, al Mudo se le permitió pintar en casa de sus padres, en Logroño, y en casa del pintor del rey Diego de Urbina (1516-1594), uno de los grandes artistas de la Escuela Madrileña renacentista.

Veamos la serie de obras que Navarrete dejó.

En su casa materna pintó: San Jerónimo penitente, La Asunción de la Virgen, San Felipe o el Martirio del Santo y La decapitación de Santiago el Mayor, las dos últimas se perdieron en el incendio que sufrió el monasterio en 1671.

San Jerónimo penitente, óleo sobre lienzo, 1569.
(Escribe Sigüenza del cuadro manierista con toques flamencos: “de mucha frescura y arboleda, que no sé yo haya hecho flamenco cosa tan acabada ni de tanta paciencia”. El paisaje es una pequeña licencia que se permitió el pintor, pues, siguiendo lo indicado por la Contrarreforma, lo suyo es que San Jerónimo estuviese en el polvoriento desierto. Una curiosidad: está inspirado en un grabado de Durero).

En la casa del pintor Diego de Urbina realizó: La Adoración de los pastores, La Sagrada Familia, La flagelación y San Juan Evangelista en la isla de Patmos, esta última obra también sufrió las iras del incendio.

El fraile Sigüenza, refiriéndose al conjunto de estas obras, expresó:

“(…) y verdaderamente son imágenes de devoción, donde se puede y aun da gana de rezar; que en esto muchos que son tenidos por valientes, hay grande descuido, por el demasiado cuidado de mostrar el arte”.

Fray Sigüenza alaba a Navarrete y mete un sablazo al resto de los pintores, que eran casi todos italianos contratados para trabajar en los decorados de El Escorial y que estaban más interesados en las formas y nuevas técnicas que en el contenido a reflejar. Para la Contrarreforma había que decir lo que había que decir, ni más ni menos.

Luego de estas dos grandes series el pintor firmó un contrato en 1571 para desarrollar Abraham y los tres ángeles, uno de mis cuadros preferidos.

Abraham y los tres ángeles, óleo sobre lienzo, 1567.
(Pensada para el retablo mayor de la capilla del Colegio, esta obra de aires venecianos terminó, debido a la historia que narra, en la portería del convento, pues, según Sigüenza, era ideal para el “recibo y hospedaje de la casa”. Una curiosidad: Navarrete fue quien introdujo en España la “maniera” veneciana. Otra curiosidad: No se encuentra en España porque se la llevó José Bonaparte, quien se adueñó de todo lo que encontró a su paso por estas tierras).

En 1576, Navarrete firmó el contrato que fue boicoteado por la muerte. En ese acuerdo se exigía al pintor nada menos que treinta y dos cuadros, realizados a dos medidas y con un plazo de entrega de cuatro años. La temática: los santos, que debían aparecer en pareja.

¿Qué mejor que la vida de los santos para adornar la Basílica? ¿Qué mejor que mostrar la eterna lucha entre valor y mezquindad? ¿Qué mejor forma de conmover a los fieles que representando escenas que despiertan piedad? El arte fue uno de los instrumentos más potentes de aquella Nueva Evangelización iniciada por Trento y que tenía el propósito de imponerse al protestantismo naciente. Austeridad y fervor priman ante la belleza y el virtuosismo renacentista. ¿Cómo pintar a los santos? Ya no los dice Sigüenza:

“(…) los Santos se han de pintar de manera que no quiten la gana de rezar en ellos, antes pongan devoción, pues el principal efecto y fin de su pintura ha de ser ésta”.

San Simón y San Judas Tadeo, óleo sobre lienzo, 1578.
(Curiosidad: Navarrete fue el primer artista español en pintar figuras humanas de gran tamaño).

El Mudo logró terminar siete de los ocho cuadros de una de las series; el último, San Felipe y Santiago el menor, lo concluyó Diego de Urbina en 1580. Los terminados por Navarrete son: San Pedro y San Pablo; Santiago Mayor y San Andrés; San Bartolomé y Santo Tomás; San Matías y San Bernabé; San Marcos y San Lucas; San Juan Evangelista y San Mateo; San Simón y San Judas Tadeo. El resto de la colección es obra de Diego de Urbina y Alonso Sánchez Coello (1556-1607), quienes, por cierto, respetaron las directrices trazadas por Navarrete.

Las obras que Navarrete dejó, al morir en el taller de su casa natal, fueron entregadas al rey en 1580 a través de su veedor. Así es cómo llegan al monasterio el boceto de El entierro del cuerpo de San Lorenzo y las obras acabadas Aparición de Cristo a su madre y Nacimiento de Cristo.

Nacimiento de Cristo, óleo sobre tabla, h.1578-1579.
(Curiosidad: Hasta ahora se desconocía su autor. Técnica tardorromana que se aprecia en el tipo de soporte -tabla-, en los tonos de la paleta y en la forma de definir los escorzos).

Dice el fraile Sigüenza que el rey Felipe II lloró, y mucho, la muerte de su pintor; dice que no encontraron otro a su altura, otro que supiera captar y reflejar lo que su Majestad pretendía en El Escorial. Así se lamenta el jerónimo que tanto lo apreció:

“Lo que me pasa es que se comenzó en él, y en él podemos decir se acabó, porque no vemos hasta ahora quién se le vaya pareciendo, ni aun de lejos”.

El entierro del cuerpo de San Lorenzo (boceto), óleo sobre lienzo, h.1578-1579.
(A resaltar cómo ilumina la escena para otorgarle gran dramatismo. Los focos de luz son la luna, que baña el cuerpo del santo, y la candela que el joven de la derecha sostiene entre sus manos. La obra, según el fraile Sigüenza, fue terminada por uno de sus discípulos. Una curiosidad: en el “Soplón” el Greco recrea la figura del muchacho y la vela).

Entre los epitafios de Félix Lope de Vega (1562-1635) hay uno que dedicó a Navarrete, el Mudo, y que dice así:

“Y tanta vida les dí
con el pincel singular,
que como no pude hablar,
hize que hablassen por mí”.

La Virgen María, detalle de El Calvario de Rogier van der Weyden, copia realizada por Navarrete, óleo sobre lienzo, h. 1570-1580.

Navarrete, el Mudo. Nuestro Apeles en El Escorial es una exposición que se encuentra dentro del edificio construido por el rey Felipe II y que puedes visitar hasta el próximo mes de marzo.

 


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