NIKOLAY GUMILIOV
«Y el elefante alzó indignado su trompa al escuchar el disparo, allá, en el espeso bosque…»
Nikolay Gumiliov (1829-1921), a pesar de las circunstancias adversas que le tocó sufrir, siempre se sintió un hombre libre, aunque la realidad distara mucho de su percepción optimista: su espejismo le costó la vida.
Creyó sentirse a salvo levantando un sólido muro de palabras. Las palabras fueron refugio para su espíritu, por siempre abrigado entre sus poemas, pero nada pudieron hacer por su cuerpo.
El gran público ha encasillado a Gumiliov como esposo de Anna Ajmátova. Pero lo cierto es que cuando Stalin lo mandó a fusilar ya no vivía con ella. No merece que lo conozcamos como la pareja de… —aunque esa compañera fuera la gran poetisa Ajmátova—, sino como el vate que fue y será.
Los que conocieron a Gumiliov lo describieron como un hombre tímido, elegante hasta el dandismo, que gustaba de las aventuras y los viajes y que amaba París, la ciudad deseada por todos los artistas de su época.
Gumiliov fue un patriota que quedó atrapado entre las garras de los «perros, que furiosos, / llegaron imprevistos con el viento» —he cogido prestados estos versos, que describen la bajeza y la brutalidad humana, de su poema Jaguar (1907)—. Grande es la vileza, pero más grande aún es la poesía, ¿verdad?
Nikolay Gumiliov encontró en la fauna y en los elementos de la naturaleza buenos aliados para describir los sentimientos que le despertaban su patria, el amor y la confusión del hombre que lo va perdiendo todo.
Escribió poesías que a manera de cuento cuentan, que narran historias, dejando atrás el misticismo simbolista.
A los juegos del poeta se prestaron encantados los jaguares y los elefantes, las jirafas y las águilas, los leopardos y las grullas, que en África seguro le fueron presentados. Y también las nubes y las estrellas, las lluvias y los ríos, el campo y la montaña, la noche y los bosques… Siempre los frondosos bosques, y siempre, aunque sea, un sauce.
Nikolay Gumiliov, retrato, Olga Della-Vos-Kardovskaia, óleo sobre lienzo, 1909.
En su poema Usted y yo, escrito en 1917 —cuatro años antes de ser fusilado—, escribió:
«Y sé que he de morir no en blanda cama,
de médicos, notarios, asistido;
quizás he de caer en algún foso
de hiedras muy espesas recomido».
Hombre y poeta de gran intuición. Fuiste uno más de la inmensa lista escrita con la sangre de los que ingenuamente hicieron de su alma escudo contra las fauces de los bolcheviques. Pero, a diferencia de otros, tú siempre supiste que por encima de todo Dios te observaba.
El pintor Franz Marc y el poeta Nikolay Gumiliov no sólo compartieron época, sino también su amor por los animales, que se encuentran presentes en sus obras. Por esa razón, he decidido que el alemán y el ruso coincidan en este espacio.
El diablo listo y otros poemas está publicado por la editorial Reino de Cordelia. Los poemas que he seleccionado se encuentran en esta edición. La traducción de los mismos está a cargo de Luis Gómez de Aranda, que a su vez ha contado con la colaboración de la filóloga rusa Elena Kúrchenko. El libro se encuentra en catálogo.
Nikolay Gumiliov fue uno de los fundadores del Gremio de Poetas, grupo que dio vida al acmeísmo, movimiento al que perteneció.
POEMAS
Un perro, óleo sobre tela, 1912.
JIRAFA
Hoy he visto muy triste tu mirada.
Tus brazos tan delgados abrazando
con pena tus rodillas. ¡Pero escucha!
En Chad, una jirafa junto al lago
camina su indolente, esbelta, gracia.
Recama su vestido con brocados,
que sólo se comparan con la luna,
quebrada en los esteros y flotando.
De lejos son veleros luminosos,
galopan en la brisa y como pájaros.
Se esconden al crepúsculo prodigios
en grutas excavadas en el mármol…
Te cuento las historias de esas tierras,
de una negra princesa y de su amado.
Mas tú ya has respirado mucha niebla
y crees en la lluvia solamente.
Te cuento de las palmas cimbreantes,
te cuento de mil árboles extraños…
¿Acaso estás llorando? ¡Pero escucha!
En Chad, una jirafa junto al lago…
Vacas amarillas y azules, óleo sobre lienzo, 1912.
CINCO BUEYES
Por años de servicio un hombre rico
—cuidaba a sus caballos en el campo—
cinco bueyes me dio que uncía al yugo,
cual premio del trabajo, uno por año.
Leones me arrancaron al primero;
vi sus huellas escritas en la hierba;
pensé en alzar de agudo espino un seto,
de noche mantener viva la hoguera.
Mas otro a la carrera escapó un día
seguido de un enjambre enfurecido;
largo tiempo búsquelo en la espesura,
inútil fue mi esfuerzo y él, perdido.
Por medio de un beleño venenoso,
dos bueyes me mató mi cruel vecino.
Pendía azul su lengua entre los dientes;
no lejos terminaron del camino.
Al quinto degollé con un cuchillo,
lo asé con sumo gusto, celebrando
que ardía al fin la casa del vecino
y que él gritaba dentro, bien atado.
Acechando al venado, óleo sobre lienzo, 1911.
SUEÑOS
Erguido sobre un poste del oscuro
vallado de una choza arruinada,
contaba un viejo cuervo de sus sueños
y un mísero harapiento le escuchaba.
El cuervo, arrebatado como siempre,
temblante y excitado, al pobre hombre
contaba de visiones, profecías,
de un caso que soñara allá en la torre.
Volaba muy ligero y valeroso,
y libre de tristezas de la tierra.
En cisne blanco, él mismo, convertido,
en príncipe, el mendigo y su miseria.
La noche de los cielos fue cayendo,
llorando el miserable le escuchaba.
La vieja que pasó mirando al lado
signóse con recelo, apresurada.
Animales hadas, óleo sobre lienzo, 1913.
OTOÑO
La bóveda escarlata con naranja…
El viento racheado bajo el cielo
agita a los serbales que sangrando
me ofrecen sus racimos. Voy siguiendo,
persigo a algún caballo que se escapa
y paso junto al solo invernadero,
los hierros de la verja de este parque
y el agua de los cisnes. A mi lado,
se afana, vuela un perro, largo manto,
de pelo rubicundo. Yo le quiero.
Mi perro es en mi alma más que hermano,
jamás podré olvidarle cuando muera.
Más sigue galopando fugitivo,
sus cascos se aceleran resonando,
del suelo levantando polvo, arena.
¡Jamás alcanzarás a aquel caballo,
al árabe inflamado en su carrera!
Mejor renuncio ahora. Jadeante,
me siento a descansar y tomo aliento
sobre una piedra plana como mesa.
Admiro el rojo cielo y sus naranjas,
los gritos estridentes de este viento.
El ánimo embotado y como obtuso
escucho, miro, escucho y me sorprendo.
Caballo azul, óleo sobre lienzo, 1912.
BALADA
Para que alcanzase las simas profundas
y viese en el cielo el rostro más alto,
Lucifer, bienquisto, me dio un fuerte anillo,
un rubí de sangre y sus cinco caballos.
El espacio buscan los fuertes corceles,
temblantes ollares, la danza en los cascos,
y creí que el sol su fuego encendía,
tan sólo por mi, su brillo dorado.
Las noches de estrellas, los días de fuego,
vagaba sin rumbo y aun sin destino;
mas yo me gozaba con los arrebatos
de los cinco brutos, del oro y su brillo.
Y arriba en la mente fue nieve y locura,
pero yo impulsaba con la tralla fuerte.
Mis cinco alcanzaron las cumbres del logos
y, en aquella altura, una joven triste.
En su voz muy suave cantaba la esfera;
en sus ojos raros, pregunta y respuesta.
Y yo di mi anillo a la joven luna
por el brillo incierto de su cabellera.
Y allí, a carcajadas, con sorna insultante,
me abrió las cancelas del oscuro extremo,
y luego aquel ángel para el gran viaje
me dio otro caballo, el fiel Desespero.
Caballo azul, óleo sobre lienzo, 1912.
NADA EN TORNO HA CAMBIADO
Nada en torno ha cambiado y sin embargo,
el mundo, pobre y triste, se ha encendido;
transido, campo y bosque, de milagro,
de inefable belleza revestido.
Quizás, en la hora extrema, de esta suerte,
desnuda ha de surgir la humana carne,
de lo inmenso y oscuro convocada,
cuando el Señor a su presencia llame.
Sólo por ti, tu orgullo y tu ternura,
por tu candor de nieve luminoso,
por tus cabellos rojos en mi pecho,
he dado en ser yo mismo, pese a todo.
Sonríes, dulce amiga, pues no entiendes,
que en el entorno opaco que rodea
el brillo transparente de tu halo,
oscura, va espesando ya la niebla.
ENLACES RELACIONADOS
Anna Ajmátova. En la negruzca neblina de París.
Ajmátova y Tsvetáieva. Poemas.
Mijaíl Osorguín. “La librería de los escritores”.
Diario de la Revolución de 1917 (Marina Tsvietáieva).